Capítulo 2 C-02
El despacho privado de Sarah Johnson ocupaba el extremo más silencioso de la Villa Santander. Era el único lugar de aquella inmensa residencia donde sentía que todavía conservaba una pequeña parte de sí misma. Las paredes revestidas de madera oscura, los enormes libreros repletos de documentos corporativos y el amplio ventanal con vista a los jardines formaban un ambiente sobrio, casi solemne, donde el ruido del resto de la casa desaparecía por completo. Sobre el escritorio de nogal descansaban varios informes financieros de Bluewber Corporation, contratos pendientes de revisión y proyecciones de inversión para el siguiente trimestre. Sarah mantenía la vista fija sobre aquellas hojas perfectamente ordenadas, pero las cifras habían dejado de tener sentido hacía varios minutos. Su mente había escapado muy lejos de los balances y las estrategias empresariales para perderse en un recuerdo que llevaba años intentando enterrar. Lentamente dejó la pluma sobre la carpeta abierta, apoyó la espalda contra el elegante sillón y cerró los ojos durante unos instantes, permitiendo que el silencio la envolviera por completo mientras una amarga sonrisa aparecía en sus labios, mientras la discusión con su esposo y otros sucesos que venía arrastrando golpea su mente.
—Qué ingenua fui... —susurró con una voz tan baja que apenas ella pudo escucharla—. De verdad llegué a creer que algún día podrías quererme.
Las imágenes de su boda comenzaron a desfilar una tras otra dentro de su memoria con una claridad dolorosa. Recordó el inmenso salón decorado con miles de rosas blancas, los empresarios más influyentes del país ocupando las primeras filas, los fotógrafos inmortalizando cada sonrisa cuidadosamente preparada y los titulares que al día siguiente hablaron del matrimonio del siglo. Todo había sido perfecto para el mundo. Ella aún podía verse caminando hacia el altar con aquel vestido confeccionado exclusivamente para la ocasión, observando a Amadeo esperándola con la elegancia que siempre lo caracterizaba. En aquel momento había querido convencerse de que, aunque el matrimonio hubiera nacido de un contrato y no del amor, el tiempo podría hacer el resto. Pensó que la convivencia, el respeto y los pequeños detalles construirían lentamente un vínculo verdadero. Se aferró a esa ilusión con la fuerza de quien necesita creer que el destino todavía puede ofrecer un milagro. Sin embargo, bastaron apenas unos meses para comprender que Amadeo jamás había contemplado esa posibilidad.
—Nunca me miraste como un hombre mira a la mujer que ama... —continuó murmurando mientras acariciaba distraídamente el borde de una carpeta—. Siempre fuiste correcto, educado cuando era necesario y completamente distante el resto del tiempo. Compartíamos la misma mesa, la misma casa y el mismo apellido, pero nunca compartimos el corazón. Yo esperaba una conversación durante la cena, un paseo inesperado, una felicitación en mi cumpleaños o simplemente que recordaras la fecha de nuestro aniversario. Esperé durante años un gesto que me hiciera pensar que existía una oportunidad para nosotros... y ese gesto nunca llegó.
Un profundo suspiro escapó de sus labios. Sus ojos comenzaron a humedecerse, aunque las lágrimas se negaban a caer. Había aprendido a llorar hacia adentro mucho tiempo atrás. Lentamente giró la mirada hacia una fotografía que permanecía guardada dentro de un discreto portarretrato en uno de los estantes. Era la única imagen de su boda que había conservado en aquel despacho. En ella aparecía sonriendo junto a Amadeo mientras los invitados aplaudían. Resultaba casi irónico contemplarla ahora. Aquella mujer irradiaba esperanza sin imaginar que estaba comenzando una vida donde el amor solo existiría frente a las cámaras.
—Después apareció Gina... —susurró con una mezcla de tristeza y resignación—. Al principio quise convencerme de que solo era una socia más. Una empresaria brillante con quien compartías proyectos y reuniones. Incluso llegué a sentirme avergonzada por mis propios celos porque pensaba que estaba imaginando cosas. Pero cada vez regresabas más tarde, cada viaje de negocios la incluía a ella, cada evento importante terminaba con ustedes dos juntos. Tú siempre encontrabas tiempo para Gina... mientras para mí nunca hubo un cumpleaños celebrado, un regalo inesperado o un aniversario recordado. Ni siquiera un ramo de flores por compromiso. Comprendí demasiado tarde que el lugar que ingenuamente esperaba ocupar en tu vida ya tenía dueña desde mucho antes de que yo pronunciara mis votos frente al altar.
Sarah dejó escapar una pequeña risa cargada de amargura antes de levantarse del sillón. Caminó lentamente hasta el ventanal y contempló los extensos jardines perfectamente cuidados de la Villa. Desde aquella altura todo parecía hermoso, perfecto, digno de una revista de arquitectura. Exactamente igual que su matrimonio. Una fachada impecable escondiendo grietas imposibles de reparar. Apoyó suavemente una mano sobre el cristal frío mientras continuaba hablando consigo misma, como si al pronunciar aquellas palabras consiguiera liberar un peso que llevaba demasiado tiempo oprimiendo su pecho.
—Con el paso de los años aprendí a conformarme. Dejé de esperar llamadas, dejé de imaginar cenas románticas y también dejé de preguntarme cuándo regresarías a casa. Aprendí a vivir siendo la esposa de Amadeo Santander... pero nunca la mujer amada por Amadeo Santander. Son dos cosas completamente distintas. Una firma en un contrato puede convertirte en esposa, pero jamás conseguirá convertirte en el amor de alguien. Nuestros lazos estaban rotos incluso antes de comenzar. Quizá nunca existieron realmente. Si nuestras familias no hubieran estado al borde del colapso por aquella maldita estafa, jamás habría aceptado casarme contigo. Tal vez hoy tendríamos vidas diferentes... tal vez ambos seríamos más felices lejos del otro.
El sonido de una notificación electrónica interrumpió el profundo silencio del despacho. Sarah parpadeó varias veces, obligándose a abandonar los recuerdos que amenazaban con consumirla. Regresó lentamente hasta el escritorio y abrió su computadora portátil. Un nuevo correo acababa de llegar. Durante unos segundos observó el remitente con cierta sorpresa antes de que una auténtica sonrisa, pequeña pero sincera, apareciera en su rostro por primera vez en mucho tiempo.
—¿Alessio Montero? —murmuró con evidente curiosidad.
Abrió el mensaje sin perder un instante. Alessio había sido uno de sus mejores amigos durante la universidad. Compartieron incontables proyectos académicos, largas noches preparando exposiciones y una amistad tan sólida que ni siquiera los años habían logrado romper por completo. Aunque la vida los llevó por caminos distintos y ambos quedaron absorbidos por sus responsabilidades empresariales, de vez en cuando seguían intercambiando algún mensaje cordial.
Sarah comenzó a leer lentamente el contenido del correo.
—"Querida Sarah, sé que hace demasiado tiempo no coincidimos. Mañana por la noche celebraremos una reunión de ex alumnos de la universidad. Muchos confirmaron su asistencia y sinceramente me encantaría volver a verte. Creo que todos necesitamos recordar quiénes éramos antes de que los negocios nos consumieran. Espero que puedas venir. Será una noche para reencontrarnos, reír y olvidar por unas horas nuestras obligaciones."
Sarah permaneció inmóvil observando la pantalla durante varios segundos. Aquella invitación despertó una sensación que hacía mucho tiempo no experimentaba. Nostalgia. Recordó una época en la que todavía podía caminar por los pasillos de la universidad sin cargar sobre los hombros el peso de dos apellidos poderosos, cuando su futuro aún parecía pertenecerle y las decisiones importantes no estaban escritas en contratos familiares.
Una leve sonrisa terminó iluminando su rostro.
—Quizá eso es exactamente lo que necesito... respirar un poco.
Sin darle más vueltas al asunto, tomó el teclado y respondió con rapidez.
—"Gracias por acordarte de mí, Alessio. Será un placer asistir. Confirma mi presencia. Nos vemos mañana por la noche."
Después de enviar el correo, cerró lentamente la computadora y volvió a mirar el inmenso despacho que durante años había servido como refugio de sus silencios. Por primera vez en mucho tiempo sintió que el aire dentro de aquella habitación no era suficiente. La Villa Santander comenzaba a asfixiarla con sus paredes repletas de recuerdos, promesas incumplidas y un matrimonio que existía únicamente sobre el papel. Mañana, aunque solo fuera durante unas horas, abandonaría aquella elegante prisión. Necesitaba volver a sentirse Sarah Johnson y no únicamente la impecable señora de Santander. Sin saberlo, aquella sencilla decisión estaba a punto de cambiar el rumbo de una historia cuyos lazos ya parecían completamente rotos.
