Capítulo 4 C-04
Las oficinas ejecutivas de
Bluewber Corporation
ocupaban los últimos pisos de uno de los edificios más emblemáticos del distrito financiero. Desde el despacho principal podía contemplarse prácticamente toda la ciudad, un paisaje dominado por rascacielos de cristal y avenidas donde el poder económico nunca parecía descansar. Sarah Johnson permanecía de pie junto al ventanal, observando distraídamente el movimiento incesante de los automóviles mientras sostenía una carpeta con los últimos informes financieros de la compañía. Habían transcurrido apenas unas horas desde su desagradable encuentro con Gina en la Villa Santander, pero la rutina empresarial siempre conseguía obligarla a guardar sus emociones detrás de una impecable máscara de profesionalismo. Aquella mañana había presidido dos reuniones del consejo directivo, aprobado una importante adquisición para la empresa familiar y, además, revisado personalmente varios proyectos pertenecientes a la corporación privada que había levantado con el apellido Johnson, un logro que nadie podía atribuir a su matrimonio con Amadeo. Sin embargo, por más que los números respondieran perfectamente y las inversiones continuaran creciendo, existían heridas que ningún balance financiero era capaz de reparar.
Un suave toque sobre la puerta interrumpió sus pensamientos. Sarah apenas tuvo tiempo de responder cuando la figura elegante de Brenda Hubert apareció con una amplia sonrisa que iluminó por completo el despacho. Alta, sofisticada y poseedora de una personalidad cálida que contrastaba con la rigidez del mundo empresarial, Brenda llevaba más de diez años ocupando un lugar privilegiado en la vida de Sarah. Habían compartido la universidad, los primeros desafíos profesionales y también los momentos más difíciles que ninguna fotografía lograba mostrar. Brenda conocía el verdadero rostro del matrimonio entre Sarah y Amadeo, pero jamás utilizó esa información para emitir juicios o alimentar rumores. Su amistad siempre había estado construida sobre el respeto, la lealtad y la certeza de que, incluso en los peores días, una estaría presente para sostener a la otra.
—Espero no haber llegado demasiado temprano —comentó Brenda mientras dejaba su bolso sobre uno de los sillones del despacho y observaba con una sonrisa divertida el escritorio completamente cubierto de documentos—. Aunque, siendo tú, imaginé que ya habrías salvado tres empresas antes del mediodía.
Sarah dejó escapar una risa sincera, una de esas que aparecían únicamente cuando estaba con personas capaces de hacerla olvidar, aunque fuera durante unos minutos, el peso de su apellido.
—Solo dos empresas. La tercera tendrá que esperar hasta mañana.
Brenda negó con la cabeza entre risas antes de acercarse para abrazarla con cariño. Aquel gesto sencillo consiguió relajar por completo la expresión de Sarah, quien respondió al abrazo con evidente gratitud. Hacía mucho tiempo que había aprendido que el afecto verdadero no necesitaba grandes discursos.
—¿Cómo estás realmente? —preguntó Brenda con suavidad al separarse de ella.
Sarah guardó silencio durante unos segundos. Sabía perfectamente que aquella pregunta no hacía referencia al trabajo.
—He estado mejor.
Brenda asintió despacio. No insistió ni formuló preguntas incómodas. Conocía demasiado bien a su amiga para comprender que ella hablaría cuando estuviera preparada.
—Entonces esta noche será exactamente lo que necesitas. Una fiesta, viejos compañeros, buena música y ninguna conversación sobre juntas directivas, contratos o matrimonios empresariales.
Una sonrisa discreta apareció en el rostro de Sarah.
—Suena casi irreal.
—Precisamente por eso debemos aprovecharla.
Minutos después ambas abandonaron el edificio para dirigirse a una exclusiva boutique donde acostumbraban preparar sus atuendos para los eventos más importantes. El elegante establecimiento ocupaba una antigua mansión restaurada, donde los vestidos de alta costura convivían con joyas elaboradas por artesanos europeos y diseños exclusivos reservados para un reducido grupo de clientas. Apenas cruzaron la puerta fueron recibidas con absoluta cordialidad. Las asesoras conocían perfectamente a las dos empresarias y comenzaron a mostrarles las nuevas colecciones mientras Brenda recorría los percheros con el entusiasmo de quien disfrutaba profundamente del mundo de la moda.
—Por cierto —comentó Brenda mientras observaba un vestido confeccionado en seda italiana—, dentro de dos semanas viajaré a Milán. Finalmente confirmaron el desfile de la nueva colección y varios diseñadores quieren que asistamos como representantes de algunas corporaciones latinoamericanas.
Sarah acarició distraídamente la delicada tela del vestido antes de sonreír.
—Recuerdo cuando soñábamos con asistir a un desfile en Italia siendo estudiantes. Nos parecía imposible.
—Y ahora nos invitan personalmente.
—La vida tiene un extraño sentido del humor.
Brenda soltó una pequeña carcajada.
—Todavía estás a tiempo de acompañarme. Estoy segura de que los italianos quedarían fascinados contigo.
Sarah negó lentamente con la cabeza.
—Con todo lo que está ocurriendo en Bluewber Corporation y con la empresa Johnson, me resulta imposible ausentarme tantos días.
Brenda comprendió que aquella no era la única razón. También existía la complicada situación dentro de la Villa Santander, aunque decidió no mencionarla.
—Entonces iré yo, revisaré todas las tendencias y después te obligaré a renovar completamente tu guardarropa.
—Eso suena más a una amenaza que a una invitación.
—Es una promesa.
Ambas rieron mientras continuaban observando diferentes vestidos. Finalmente, Sarah eligió un elegante diseño color esmeralda de líneas sobrias que resaltaba su figura con una elegancia natural, mientras Brenda se decidió por un sofisticado vestido azul profundo acompañado por discretas joyas de diamantes. Al contemplarse frente al enorme espejo del salón principal, Sarah sintió algo que hacía mucho tiempo no experimentaba: volvía a reconocerse a sí misma más allá del apellido Santander. Durante unos instantes dejó de ser la esposa atrapada en un matrimonio de conveniencia para convertirse nuevamente en la mujer brillante, decidida y segura que había construido su propio imperio empresarial.
Brenda tomó entonces su teléfono móvil y sonrió con evidente satisfacción.
—No te muevas. Hace años que intento conseguir una fotografía donde aparezcas sonriendo de verdad.
Sarah levantó una ceja divertida.
—Espero que esa fotografía no termine recorriendo todo internet.
—No prometo nada.
El obturador sonó varias veces mientras la luz de la boutique iluminaba el rostro sereno de Sarah. Cuando Brenda revisó el resultado, sonrió orgullosa.
—Perfecta... exactamente como quería.
Sin darle demasiada importancia, Sarah volvió a cambiarse mientras Brenda, incapaz de contener el entusiasmo, publicó discretamente la imagen en sus redes sociales con una sencilla descripción:
"Preparándonos para reencontrarnos con viejos recuerdos. Hay amistades que el tiempo jamás consigue borrar."
A varios kilómetros de allí, en el último piso del edificio Bluewber Corporation, Amadeo aguardaba el inicio de una reunión con inversionistas internacionales. Mientras los demás directivos terminaban de ingresar a la sala, tomó distraídamente su teléfono para revisar las últimas notificaciones. Entre informes financieros y mensajes corporativos apareció la reciente publicación de Brenda Hubert. Su dedo se detuvo por instinto sobre la pantalla.
La fotografía ocupaba casi todo el teléfono.
Sarah sonreía con una elegancia natural, vestida de esmeralda, irradiando una seguridad que hacía imposible apartar la mirada. En cuestión de minutos, la publicación acumulaba cientos de reacciones y decenas de comentarios. Muchos destacaban su belleza; otros la describían como una mujer extraordinariamente elegante, y no faltaban quienes, sin ocultar su admiración, escribían que parecía una auténtica muñeca.
Las facciones de Amadeo se endurecieron lentamente. Sin decir una sola palabra, apoyó los codos sobre la mesa y comenzó a masajearse la frente con los dedos mientras seguía leyendo aquellos mensajes. Sabía perfectamente que Sarah siempre llamaba la atención cuando aparecía en público. Lo había sabido desde la universidad. Sin embargo, descubrir que tantos hombres la observaban con abierta admiración despertó una sensación incómoda que no conseguía explicar ni aceptar. Pero la sangre hierve al pensar que Sarah se roba varias miradas.
