Capítulo 5 C-05
La tarde caía lentamente sobre la ciudad cuando el teléfono móvil de Amadeo Santander vibró sobre el escritorio de su despacho. La jornada en
Bluewber Corporation
había sido agotadora. Informes financieros, reuniones con inversionistas y varias negociaciones internacionales habían ocupado prácticamente todo su día. Apenas levantó la vista hacia la pantalla, el nombre de Gina Carvajal apareció iluminando el dispositivo. Durante unos segundos permaneció inmóvil. No era habitual que ella lo llamara en pleno horario laboral, mucho menos de manera insistente. Después del tercer intento, deslizó el dedo sobre la pantalla y contestó inmediatamente.
—¿Gina?
Al otro lado de la línea solo se escuchó una respiración entrecortada. Pasaron unos segundos antes de que la voz de Gina, notablemente débil, consiguiera romper el silencio.
—Amadeo perdón por llamarte y molestarte en horas de trabajo, pero no sabía a quién más recurrir.
El empresario abandonó inmediatamente la carpeta que estaba revisando y se incorporó de su asiento. Su expresión cambió por completo al percibir el aparente malestar de la mujer.
—¿Qué ocurrió? — Pregunta con precaución.
—Desde esta mañana me siento muy mal me duele muchísimo la cabeza apenas puedo mantenerme de pie. Estoy completamente sola.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con evidente dificultad. Amadeo frunció el ceño y caminó hasta el ventanal de su oficina mientras continuaba escuchándola.
—¿Llamaste a un médico?
—No no quería molestar a nadie.— Fue la respuesta de la mujer.
Amadeo dejó escapar un profundo suspiro.
—No te muevas. Voy para allá.
Apenas terminó la llamada, tomó las llaves de su automóvil y salió del edificio sin esperar a su asistente. En el trayecto apenas prestó atención al tráfico. Durante años había acompañado a Gina en los momentos más complicados de su vida y verla vulnerable despertaba en él un sincero sentimiento de responsabilidad.
Mientras tanto, en el exclusivo departamento de Gina, el silencio era absoluto. Ella dejó lentamente el teléfono sobre la mesa de centro y caminó hasta el enorme espejo del salón. Observó su reflejo durante unos segundos y una discreta sonrisa apareció en sus labios antes de desaparecer casi de inmediato. Respiró profundamente, desordenó ligeramente su cabello y regresó al sofá, donde volvió a adoptar una expresión de evidente agotamiento.
—Perfecto... —susurró para sí misma—. Ahora solo necesito paciencia.
Había visitado aquella misma mañana la Villa Santander. Bastó recorrer sus interminables pasillos, admirar los jardines y contemplar el lujo que rodeaba la residencia para comprender que ya no estaba dispuesta a seguir esperando. Aquella casa no era únicamente un hogar; representaba poder, prestigio y el lugar que siempre había imaginado ocupar. Sin embargo, había encontrado un obstáculo mucho más firme de lo que esperaba.
Sarah Johnson.
Gina apoyó lentamente la cabeza sobre el respaldo del sofá mientras recordaba la serenidad con la que Sarah había defendido su posición como esposa. Aquella imagen seguía molestándola profundamente.
—Todavía te sientes segura porque llevas ese apellido... —pensó con frialdad—. Pero ninguna corona permanece para siempre.
El sonido del timbre interrumpió sus pensamientos.
Amadeo llegó pocos minutos después. Apenas cruzó la puerta, encontró a Gina incorporándose lentamente del sofá con evidente dificultad. Sin pronunciar palabra, se acercó para ayudarla.
—No debiste levantarte.
Ella sonrió con aparente debilidad.
—No quería que pensaras que exageraba.
Amadeo llevó una mano hasta su frente para comprobar si tenía fiebre. Su gesto fue completamente natural, cargado de una preocupación que Gina percibió de inmediato.
—No estás ardiendo, pero tienes muy mal aspecto.
—Solo necesito descansar un poco.
Él observó alrededor del departamento.
—Voy a llamar a un médico.
—No, por favor. Solo quédate unos minutos conmigo.
Amadeo permaneció en silencio antes de sentarse a su lado.
Durante algunos instantes conversaron sobre asuntos cotidianos. Gina respondía lentamente, manteniendo la apariencia de alguien agotado, aunque por dentro analizaba cuidadosamente cada reacción del hombre que tenía frente a ella.
Finalmente decidió llevar la conversación hacia el verdadero motivo de su llamada.
—Amadeo... ¿has pensado en lo que hablamos?
Él levantó la mirada.
—¿Sobre la villa? —
Gina asintió con suavidad.
—Siento que allí estaría mucho más tranquila. Además... tú podrías estar cerca.
Amadeo permaneció pensativo unos segundos.
—Aún debo resolver algunos asuntos antes de que eso ocurra.
Gina no necesitó preguntar cuáles eran esos asuntos. La respuesta tenía nombre y apellido.
Sarah Johnson.
Aun así, mantuvo una expresión comprensiva.
—Lo entiendo. No quiero ocasionarte problemas.
Aquella respuesta hizo que Amadeo relajara ligeramente los hombros.
—Solo necesito un poco más de tiempo.
Gina sonrió con dulzura.
—Puedo esperar — Responde ella con suavidad.
Por fuera parecía paciente. Por dentro, cada minuto de espera aumentaba su determinación. Después de conocer la Villa Santander ya no deseaba simplemente visitar aquella residencia. Quería vivir allí. Quería recorrer sus salones sin sentirse una invitada. Quería ocupar el lugar reservado para la señora de la casa y,
para lograrlo, Sarah tendría que desaparecer de ese camino.
Guardó aquel pensamiento únicamente para sí, en
lugar de insistir, apoyó suavemente su mano sobre la de Amadeo.
—¿Sabes qué creo que podría hacerme sentir mejor?
Él la observó con atención.
—¿Qué necesitas?
—Salir un rato. Ir al cine como antes olvidar por unas horas todo este estrés.
Amadeo dejó escapar una leve sonrisa.
—No parece mala idea.
—Entonces... ¿me acompañas?
Él asintió sin dudarlo.
—Claro.
El rostro de Gina se iluminó con una satisfacción que procuró disimular rápidamente.
Minutos después abandonaron el departamento juntos. Antes de subir al automóvil, Amadeo rodeó los hombros de Gina con un brazo en un gesto protector. Ella apoyó discretamente la cabeza sobre él, aparentando buscar consuelo.
Sin embargo, mientras él creía estar cuidando a la mujer que amaba, los pensamientos de Gina seguían un rumbo completamente distinto.
Ya no le bastaba con ocupar un espacio en el corazón de Amadeo.
Quería su apellido.
Quería la Villa Santander.
Quería el lugar que la sociedad reservaba para la esposa y estaba convencida de que, tarde o temprano, encontraría la manera de desplazar a Sarah Johnson y convertirse en la única señora Santander.
