Capítulo 6 C-06

La noche había cubierto la Villa Santander con un silencio elegante que contrastaba con el movimiento constante de la ciudad. Las luces cálidas del gran vestíbulo iluminaban los altos ventanales, las columnas de mármol y la imponente escalera imperial que dominaba el centro de la residencia. Apenas unos minutos antes, Amadeo Santander acababa de regresar después de acompañar a Gina durante toda la tarde. Aflojó ligeramente el nudo de su corbata mientras entregaba las llaves del automóvil al mayordomo y caminaba hacia el salón principal con el cansancio reflejado en el rostro. Había sido un día largo, lleno de reuniones, decisiones empresariales y conversaciones que todavía ocupaban su mente. Sin embargo, apenas levantó la vista hacia la escalera principal, todos aquellos pensamientos desaparecieron de golpe. Allí estaba Sarah. Descendía lentamente cada escalón con una elegancia imposible de ignorar, envuelta en un largo vestido verde de un tono profundo que parecía fundirse con el brillo de sus ojos. La delicada tela abrazaba su figura con absoluta naturalidad, mientras un discreto collar de diamantes descansaba sobre su cuello y unos pendientes de fina elaboración iluminaban su rostro. Su cabello caía en suaves ondas sobre los hombros y el maquillaje apenas realzaba una belleza que nunca había necesitado artificios. Por un instante, Amadeo permaneció completamente inmóvil. Hacía años que veía a Sarah todos los días, pero aquella noche era como si la estuviera observando por primera vez.

Sarah continuó descendiendo sin advertir inicialmente la presencia de su esposo. Su atención estaba puesta en el pequeño bolso que llevaba entre las manos y en el mensaje que Brenda acababa de enviarle para avisarle que ya la esperaba afuera. Cuando finalmente levantó la mirada y encontró a Amadeo observándola fijamente desde el centro del vestíbulo, sintió que sus pasos vacilaban apenas un instante. No era una mujer fácil de intimidar; había negociado con empresarios mucho más experimentados que ella y construido un imperio bajo el apellido Johnson. Sin embargo, existía algo en la intensidad de aquellos ojos grises que conseguía alterar ligeramente el ritmo de su respiración. Amadeo tampoco apartó la vista. Sus facciones permanecían serias, pero el ligero sobresalto que había sentido al verla seguía reflejándose en la profundidad de su mirada.

—¿Vas a salir? —preguntó finalmente, rompiendo el prolongado silencio con una voz tranquila que ocultaba mejor de lo que él mismo imaginaba la sorpresa que acababa de experimentar.

Sarah terminó de bajar el último escalón con absoluta serenidad. Levantó apenas el mentón y sostuvo la mirada de su esposo sin perder la compostura, aunque por dentro seguía preguntándose por qué él la observaba de aquella manera.

—Tengo algo que resolver.

Amadeo dio un paso hacia ella. La distancia entre ambos comenzó a reducirse lentamente hasta que apenas quedaron separados por un par de metros. El aire parecía haberse vuelto más denso. Ninguno de los dos apartaba la vista del otro.

—¿Qué asunto?

Sarah dejó escapar una leve sonrisa cargada de elegancia.

—No es asunto tuyo, Amadeo. Si me disculpas, debo irme.

Intentó continuar su camino con absoluta naturalidad. Pasó junto a él sintiendo el leve perfume amaderado que siempre lo acompañaba. Estuvo a punto de alcanzar la puerta principal cuando una mano sujetó suavemente su brazo.

No hubo brusquedad.

No hubo violencia.

Solo un contacto inesperadamente delicado.

Aun así, aquel roce bastó para que un estremecimiento recorriera la piel de Sarah desde el brazo hasta la nuca. Sintió cómo un escalofrío involuntario erizaba su piel y, molesta consigo misma por aquella reacción, cerró brevemente los ojos antes de girarse para enfrentarlo nuevamente.

Amadeo no ejercía ninguna fuerza. Su mano permanecía apoyada sobre el brazo de Sarah con una firmeza contenida, como si él mismo dudara de la razón por la que la había detenido.

Ella arqueó ligeramente una ceja.

—Si lo que quieres es discutir otra vez, tendrás más tiempo mañana. Esta noche no pienso desperdiciarla.

Su voz sonó firme, autoritaria y perfectamente controlada.

Amadeo retiró lentamente la mano, aunque continuó observándola con aquella intensidad que comenzaba a desconcertarlo incluso a él.

—Solo quiero saber adónde vas.

Sarah cruzó los brazos con elegancia.

—¿Desde cuándo eso te interesa?

Él guardó silencio unos segundos antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Con quién vas?

Los labios de Sarah dibujaron una sonrisa apenas perceptible.

—Voy a cenar con Brenda.

La respuesta fue pronunciada con absoluta naturalidad. No había mentido del todo, después de todo la reunión de exalumnos es una cena y Brenda tambien estará. Sin embargo, Sarah decidió omitir deliberadamente el verdadero motivo de su salida. No encontraba ninguna razón para explicarle a Amadeo detalles de una noche que pertenecía únicamente a ella.

—¿Algún problema? —continuó con serenidad—. Incluso habría podido invitarte... pero como normalmente compartes tus noches con tu amante, consideré innecesario hacerlo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Amadeo sintió el peso de aquella afirmación sin responder inmediatamente. Sabía que Sarah tenía motivos para pronunciarla. También sabía que no existía explicación capaz de suavizar una verdad tan evidente.

Durante unos instantes volvió a contemplarla en silencio.

El vestido verde resaltaba la delicadeza de sus facciones. La seguridad con la que sostenía la mirada, la elegancia natural de cada uno de sus movimientos y la dignidad con la que enfrentaba incluso las situaciones más dolorosas despertaban en él una sensación difícil de definir. Comprendió, quizá por primera vez en mucho tiempo, por qué la fotografía publicada por Brenda había provocado tantos comentarios. Sarah poseía una belleza que no necesitaba buscar atención; simplemente la atraía.

Finalmente, dejó escapar un lento suspiro.

—Cuídate.

Sarah quedó completamente inmóvil.

No esperaba escuchar aquellas palabras.

Durante un brevísimo instante, la dureza que había mantenido en su expresión pareció desvanecerse. Un tenue rubor comenzó a colorear sus mejillas mientras desviaba la mirada hacia el suelo, sorprendida por una preocupación que nunca antes había recibido de labios de su esposo. Aquella simple frase, tan sencilla y tan inesperada, consiguió desarmar una parte de las defensas que había construido durante años.

No respondió.

Sabía que, si hablaba en ese momento, probablemente su voz la traicionaría.

Se limitó a inclinar apenas la cabeza a modo de despedida y reanudó lentamente su camino hacia la puerta principal. El sonido de sus tacones volvió a llenar el inmenso vestíbulo mientras abandonaba la Villa Santander sin mirar atrás.

Amadeo permaneció exactamente donde estaba.

Sus ojos siguieron la figura de Sarah hasta que la puerta principal se cerró suavemente tras ella. Durante varios segundos continuó observando el lugar por donde ella había desaparecido, con una expresión pensativa que ni él mismo conseguía comprender.

Solo cuando el silencio volvió a apoderarse de la residencia llevó lentamente una mano a la nuca y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

Por primera vez en muchos años, la imagen que ocupaba su mente no era la de una negociación empresarial, ni la de un consejo de administración, ni siquiera la de Gina.

Era la espalda de su esposa alejándose con la elegancia de una reina y la incómoda sensación de que acababa de dejar escapar algo que jamás se había detenido a valorar.

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