Capítulo 03
Cada día que pasaba, el peso de lo que se avecinaba parecía hacerse más pesado. Mi boda con Michael estaba programada para dentro de unas semanas, y todos a mi alrededor parecían emocionados por mí—excepto yo. Las decisiones que antes parecían tan seguras ahora estaban envueltas en dudas, alimentadas por el regreso de Alexander y los sentimientos encontrados que había resurgido.
Estaba en la floristería, eligiendo los arreglos finales para la ceremonia. Mi madre estaba a mi lado, comentando emocionada sobre las flores que mejor combinaban con el tema de la boda. Todo parecía perfecto; la vida que siempre había soñado estaba a solo unos pasos de convertirse en realidad, pero mi mente no podía concentrarse. Mientras ella hablaba, apenas la escuchaba, perdida en un torbellino de pensamientos.
—Emily, ¿qué te parecen estas? ¿Rosas blancas o lirios? —preguntó mi madre, sonriendo.
Miré las flores sin realmente verlas, su dulce aroma se mezclaba con el amargo sentimiento que crecía dentro de mí.
—Son hermosas, mamá —respondí automáticamente, sin estar segura de cuáles había señalado.
Ella frunció el ceño, notando mi distracción.
—¿Estás bien? Has estado tan distante últimamente.
Sonreí, pero no llegó a mis ojos.
—Solo estoy cansada de tanto planear. Todo está bien. —Era la misma excusa que había estado repitiendo a todos, incluyéndome a mí misma. Pero la verdad era que todo estaba lejos de estar bien.
Regresé a casa esa noche, exhausta, pero el cansancio no era físico; era emocional. El apartamento estaba en silencio, solo los ecos de mis pensamientos me hacían compañía. Abrí el armario y vi mi vestido de novia colgado allí, el delicado encaje blanco reflejando la suave luz de la habitación. Era hermoso, perfecto, pero en lugar de traerme alegría, su vista me causaba un nudo en el pecho.
Recordé cuando Michael y yo lo elegimos juntos, cómo me había tomado de la mano y prometido que este sería el comienzo de nuestra nueva vida. En ese momento, había creído que estaba lista para seguir adelante, para dejar el pasado atrás. Pero ahora, con Alexander de vuelta, esa certeza se había convertido en una frágil ilusión.
Me senté en el suelo de mi habitación, abrazando mis rodillas, mientras las lágrimas que había estado conteniendo durante días finalmente salieron. Amaba a Michael, lo sabía. Él era todo lo que siempre había querido: un hombre bueno, estable, que me trataba con respeto y cariño. Pero había una parte de mí, una parte oscura y terca, que aún se aferraba a Alexander y lo que él representaba—un amor tumultuoso, lleno de altibajos, pero también lleno de pasión e intensidad.
El teléfono vibró a mi lado, y mi corazón se aceleró al ver el nombre de Alexander en la pantalla. Se estaba convirtiendo en una presencia constante, un fantasma que no podía exorcizar. Cerré los ojos, tratando de ignorarlo, pero el mensaje ya estaba grabado en mi mente sin abrirlo. Quería verme. Quería hablar. Quería una oportunidad para explicarse.
¿Por qué, justo ahora, cuando faltaban días para casarme, tenía que volver y arruinarlo todo? La respuesta parecía simple—porque Alexander siempre me quería en sus términos, en su tiempo, sin importarle lo que me costara.
Pasé el resto de la noche tratando de trabajar, intentando concentrarme en cualquier cosa que me alejara de ese estado de indecisión, pero fue inútil. El rostro de Alexander, sus palabras, su promesa de que había cambiado—todo resonaba en mi cabeza. Y junto con eso, la visión de Michael sonriendo, tan seguro de que yo era su elección, de que nada podría interponerse entre nosotros.
A la mañana siguiente, me desperté con los ojos hinchados y el corazón pesado. Michael me llamó temprano, emocionado por las invitaciones que finalmente habían sido enviadas.
—¡Ya casi estamos, amor! Solo unas semanas más y seremos oficialmente marido y mujer —dijo, su voz rebosante de alegría.
Cerré los ojos, tratando de absorber su entusiasmo, pero todo lo que sentí fue un nudo en la garganta.
—Sí, ya casi estamos —respondí, mi voz sonando distante incluso para mí misma.
En el trabajo, me senté en mi escritorio e intenté enterrarme en tareas, pero la concentración no llegaba. Mis dedos se movían sin rumbo por el teclado, mientras mi mente vagaba, dividida entre el futuro que había planeado con Michael y el pasado inconcluso con Alexander.
Entonces, recibí un correo electrónico de la organizadora de la boda, confirmando los detalles finales. En lugar de traer alivio, solo añadió al peso que ya cargaba. Cada detalle confirmado se sentía como otro paso más hacia un destino que, en el fondo, no estaba segura de querer.
Durante el almuerzo, salí de la oficina sin rumbo, buscando el aire frío para despejar mi mente. Pasé por una joyería y me detuve frente a la vitrina, mis ojos fijos en un anillo de diamantes. Se parecía al anillo de compromiso que Alexander una vez me prometió en una de esas noches de ensueño cuando decía que algún día seríamos más que amantes ocultos. Pero esa promesa, como tantas otras, nunca se cumplió.
Caminé sin dirección hasta encontrarme frente al café donde Alexander y yo solíamos encontrarnos. El mismo lugar donde, años atrás, me había besado por primera vez, sin importarle quién pudiera vernos. Lo amé en ese momento porque me hizo sentir especial, deseada, algo que nunca había sentido antes. Y ahora, ese mismo lugar se sentía como un campo minado de recuerdos que estaba tratando de evitar.
Entré sin pensar, y el olor familiar de café y pasteles me envolvió. Me senté en una mesa al fondo, tratando de alejar la nostalgia. Entonces sentí movimiento frente a mí, y cuando levanté la vista, ahí estaba él—Alexander, como si supiera exactamente dónde encontrarme. No dijo nada, solo se sentó, sus ojos fijos en los míos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, demasiado agotada para levantarme e irme.
Me miró con esa mirada que siempre me desarmaba.
—No quiero perderte, Emily.
Sus palabras resonaron, y el conflicto que estaba tratando de enterrar explotó con toda su fuerza. Estaba a solo pasos de un futuro seguro, pero Alexander me hacía recordar que la seguridad no siempre era lo que el corazón quería. Y allí, en ese café que una vez fue nuestro, me encontraba entre dos mundos—el pasado tirando de mí con una fuerza irresistible y el presente prometiendo paz, que no estaba segura de poder abrazar.
Las lágrimas amenazaban con caer, pero las contuve. No podía seguir desgarrándome. Tenía que elegir, y esa elección rompería mi corazón de cualquier manera.
