Capítulo 4 ¡Por favor, no digas nada, Dylan!

Punto de vista de Emma

—¿Lista para irnos, amor?

La voz de Scott aparece detrás de nosotras justo cuando suena la última campana.

El pasillo estalla al instante en ruido. Las taquillas se azotan. Las sillas raspan el piso de las aulas. Los estudiantes inundan el corredor como si alguien acabara de abrir una represa.

Olivia apenas tiene tiempo de girarse antes de que Scott le rodee la cintura con un brazo y la atraiga contra él.

—Guau —se ríe ella—. Alguien está ansioso.

Él le da un beso rápido en la mejilla.

—Día largo. Necesito a mi novia.

Aparto la mirada de inmediato.

No es que esté amargada. Bueno, quizá un poco. Pero sobre todo es que no tengo ganas de ver las relaciones perfectas de los demás ahora mismo.

Scott por fin se da cuenta de que estoy ahí.

—Ah, hola, Emma —dice con naturalidad, como si esta mañana no hubiéramos estado a punto de explotar todos.

—Hola —respondo con sequedad.

Él mira de Olivia a mí.

—Entonces, ¿cuál es el plan para esta noche?

Olivia abre la boca para contestar, pero me adelanto.

—En realidad, creo que me voy a ir a casa —digo rápido—. Tomo el autobús y ya.

Olivia se gira hacia mí tan deprisa que la cola de caballo le da un latigazo.

—¿Qué?

—O sea… ustedes dos seguramente quieren pasar el rato —añado, encogiéndome de hombros—. No quiero arruinarles la noche a los tortolitos.

Scott suelta una risita, como si eso fuera gracioso.

Olivia no.

Me observa con atención, como si pudiera ver los engranes girando detrás de mis ojos.

—Emma —dice despacio—, ya hablamos de esto.

—Sí —digo, retrocediendo un paso—. Y también dije que lo iba a pensar.

—Prometiste ayudarme con la tarea.

—Puedo ayudarte mañana. Nuestra próxima clase de historia es el viernes.

—Emma.

Ahora hay una advertencia en su voz.

Scott levanta las manos.

—Bueno, siento que acabo de meterme en algo.

—Sí —dice Olivia con dulzura antes de volver a mirarme—. Y hoy estoy eligiendo a mi mejor amiga.

Scott finge agarrarse el pecho.

—Guau. Traicionado.

—Relájate —le dice ella—. Vas a sobrevivir una noche sin mí.

Él suspira de manera dramática, pero igual la besa otra vez.

—Está bien. Pero mañana me lo compensas.

—Trato hecho —le responde, y luego me agarra de la muñeca—. Vámonos.

Gimo mientras me arrastra hacia el estacionamiento.

—Olivia, en serio…

—No.

—Olivia.

—No.

—Estás siendo irracional.

—Tú estás siendo dramática.

—No lo estoy.

Ella abre su auto con un bip alegre.

—Súbete.

Me quedo mirando el convertible negro y reluciente en el estacionamiento como si me hubiera ofendido personalmente.

—¿Sabes? —murmuro, subiéndome al asiento del copiloto—. Hay gente que toma el autobús como seres humanos normales.

—Hay gente que tampoco tiene un papá multimillonario —responde Olivia, encendiendo el motor.

El camino a su casa tarda menos de diez minutos.

Por desgracia, eso me da menos de diez minutos para inventar un plan de escape.

—Entonces —digo con tono casual mientras entramos en la larga entrada de autos de la mansión Sterling—, acabo de recordar que quizá tengo una cita con el dentista.

Olivia estaciona.

—Tú no tienes dentista.

—Dentista de emergencia.

Ella se gira para mirarme.

—Emma.

—¿Sí?

—Bájate del auto.

Suspiro.

La casa de los Sterling se ve exactamente igual que siempre. Columnas blancas enormes. Césped perfecto. El tipo de lugar que debería estar en la portada de una revista de lujo.

Normalmente no me molesta, pero hoy se siente como si estuviera caminando hacia mi propia ejecución.

—Vamos —dice Olivia, ya a mitad de camino hacia la puerta.

—Todavía podría ir a casa a dejar mi mochila y volver —intento, sin mucha convicción—. Lo prometo, solo me tomaría cinco minutos.

Me agarra de la mano y me jala escaleras arriba.

—No.

La puerta principal ya está abierta.

—Qué raro —murmura Olivia mientras entramos—. No esperaba a las empleadas domésticas hasta el fin de semana.

La casa está en silencio, pero las luces de la sala están encendidas. Espera, ¿Olivia no sabe que su hermano volvió? Supongo que eso explica por qué no me avisó que iba a ir sola a su casa anoche.

Damos unos cuantos pasos hacia adentro y… nos detenemos. Hay alguien de pie en medio de la sala. Por un segundo, mi cerebro olvida por completo cómo funcionar.

Olivia suelta un chillido.

—¡Dylan!

Cruza corriendo la habitación y lo abraza tan rápido que él apenas tiene tiempo de reaccionar.

—Hola, pequeña —se ríe él, devolviéndole el abrazo.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta ella, apartándose para mirarlo.

—Llegué ayer —responde Dylan—. No había nadie en casa. Supuse que andabas por ahí con ese novio tuyo.

Olivia jadea.

—Podrías haberme mandado un mensaje, hermano. Habría corrido a casa por ti.

Él se encoge de hombros.

—Lo pensé.

Se me revuelve el estómago porque claro, sí lo pensó. En mandarle un mensaje a su hermana. No en besar a la mejor amiga de su hermana en la cocina como un completo desastre a punto de explotar.

Olivia enlaza su brazo con el de él, todavía hablando, todavía emocionada de que su hermano haya vuelto como si nada en el mundo hubiera cambiado. Mientras tanto, mi cerebro da vueltas dentro de mi cráneo mientras me quedo cerca de la puerta como una estatua.

Durante años, Dylan Sterling solo ha existido en el fondo de mi vida. Olivia hablando de él, fotos de sus partidos de hockey, alguna que otra visita en las fiestas en la que apenas notaba que yo existía.

Ahora está de pie a tres metros de Olivia como una bomba de tiempo que podría destruir mi vida si abre la boca.

Olivia por fin se da la vuelta y me presta atención.

—Cierto, Emma también está aquí. —Me hace señas con entusiasmo para que me acerque—. Ven.

Me muevo despacio, sintiendo cada paso antinatural.

—Dylan —dice Olivia—, ¿te acuerdas de Emma?

Él levanta la mirada hacia mí. Y ahí está. Esa misma pequeña sonrisa ladeada de anoche. Su mirada recorre lentamente mi rostro como si se estuviera tomando su tiempo para recordar cada detalle.

Se me seca la garganta.

—Por supuesto que me acuerdo de Emma —dice.

El estómago me da un vuelco. Claro que se acuerda de mí. Anoche debió haberle activado la memoria.

Olivia sonríe, orgullosa.

—Es básicamente mi otra mitad —dice—. Mi mejor amiga de más confianza.

Esas palabras me caen en el pecho como una piedra.

De más confianza.

Si tan solo supiera.

Los ojos de Dylan destellan con una diversión silenciosa, como si pudiera leer cada pensamiento de pánico que me está cruzando la cabeza.

Empiezo a sudar por las palmas.

Si dice algo, lo que sea… estoy acabada.

Olivia me va a matar. No metafóricamente. De verdad me va a matar.

Desde la secundaria ha repetido una sola regla como si fuera una ley sagrada del universo y anoche, de alguna manera, conseguí romper esa regla de la forma más catastrófica posible.

Mantengo los ojos clavados en el piso con cuidado porque mirar a Dylan se siente peligroso ahora mismo.

Pero la curiosidad gana.

Cuando alzo la vista, él sigue observándome, como si supiera que estoy esperando el momento en que decida arruinarme la vida.

El corazón me late con más fuerza.

Por favor, no digas nada, Dylan. Por favor.

El silencio se alarga apenas un segundo de más, y el pulso se me dispara. Entonces Dylan da un pequeño paso al frente.

—Emma, ¿verdad? —pregunta, ofreciéndome la mano—. Qué gusto conocerte por fin.

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