Capítulo 6 Cap. 6
Quito- Pichincha, Ecuador.
Diego Serrano, finalizó una difícil histerectomía de una paciente con miomas uterinos. Esa noche tenía guardia en el hospital privado en donde laboraba. Salió del quirófano, después de haberse realizado todas las normas de asepsia pertinentes. Caminó por los pasillos del hospital saludando y bromeando con varios colegas; se acercó a charlar con las enfermeras de recepción:
—Si se presenta alguna emergencia voy a estar en la cafetería —indicó con su amable sonrisa.
Más de una chica suspiraba por el atractivo, y afectuoso médico. Sin embargo, sabían que no podían acercarse a él, por dos razones fundamentales: era un hombre muy correcto y fiel a su esposa, y la segunda causa era ella, su compañera, quién le hacía escenas de celos aterradoras, que dejaban en vergüenza al ginecólogo.
El médico siguió su rumbo y llegó a la cafetería.
—Doctor Diego, buenas noches —saludó la simpática mujer con una sonrisa en los labios. —¿Le sirvo lo de siempre?
—Sí, señora Margarita —indicó él, mientras su colega: la doctora Cáceres, lo invitaba a acompañarla.
—Tienes cara de cansado Dieguito —le dijo su simpática amiga, al ver el semblante del doctor.
—Tuve una cirugía de emergencia, algo difícil. —Sonrió esperando que le sirvieran su bebida, y los tamales rellenos con pollo.
Mientras Diego, se colocaba las cucharadas de azúcar a su café, una hermosa mujer alta, con el cabello liso negro, y bien peinado, observó con furia la interacción de su con la colega. Llena de ira y enojo se acercó a él tal como si fuera una fiera salvaje. Sin decir nada tomó la taza hirviendo y, sin pensar un segundo lanzó al cuerpo de la doctora, quien enseguida se puso de pie gritando por la quemadura.
Diego abrió sus ojos con sorpresa, se levantó de inmediato.
—¿Qué te pasa Pamela? ¿Por qué hiciste eso? —exclamó, avergonzado y preocupado por su amiga, mientras varias enfermeras se acercaban a ayudarla.
La esposa de él, miró a la doctora con los ojos a punto de salir de su órbita.
—Para que le quede claro a esa zorra y a todas las demás —señaló con sus manos—, que tú Diego Serrano, eres mío —afirmó con aquellos ojos negros que parecía que se iban a brincar, de celos—. ¿Esa es tu amante? ¿Por eso no llegas a casa temprano? —reclamó a gritos. —¡Responde!
Diego, trataba de que se calmara, hacía todo lo posible por sacarla de la cafetería; médicos, enfermeras, y visitantes, murmuraban entre ellos.
—Yo no tengo amantes, ni se me ha cruzado esa idea por la cabeza —explicó, observando con seriedad a su esposa—. Si no llego a dormir es porque tengo turno aquí en el hospital —repitió por enésima vez el doctor Serrano.
—¡Mentira! —exclamó al tiempo que empezó a darle golpes en el pecho a su esposo.
Diego intentó tranquilizarla, trató de sacarla de la cafetería y hacerle entrar en razón, pero Pamela, jamás entendía, y esa no era la primera vez que lo dejaba en ridículo. Sin ser brusco, ni grosero, logró llevarla al parqueadero, mientras ella a los cuatro vientos declaraba que él tenía varias amantes; los colegas de Diego, murmuraban entre ellos, sus compañeras de igual forma, nadie entendía por qué razón no dejaba a aquella mujer.
—¡Ya basta Pamela! —pronunció de manera firme, mientras le sostenía de las manos para que no lo siguiera agrediendo.
—En la casa tienes una hija que te necesita y tú, pasas las veinticuatro horas del día en este lugar —increpó Pamela.
—Es mi trabajo, acá requieren de mis servicios, sabías bien como era mi profesión —explicó Diego, inhalando profundo para calmarse—. Estoy cansado, de tus constantes escenas de celos, de que me avergüences en público, soy el hazmerreír de todo el hospital — pronunció el médico con tristeza.
—¿Entonces qué esperas para darme el divorcio? —cuestionó embravecida—, eso es lo que buscas, que sea yo la mala del cuento —vociferó Pamela, con el ceño fruncido—; pensándolo bien ya no me desagrada la idea ¿Qué mujer en su sano juicio va a querer estar con un sujeto que no sirve en la cama? — lo humilló viéndolo a los ojos—. Porque tú, Diego Serrano, como hombre, no vales —vociferó, a los cuatro vientos.
El doctor Serrando, se pasó las manos por la cabeza. En esos momentos se cuestionaba del gran error que cometió al casarse con una mujer a la que no conocía bien. Él como muchos se dejó deslumbrar de la belleza y el encanto de Pamela, quién cuándo fue su novia, nunca demostró su verdadera naturaleza; se enamoró como un loco de ella, y por eso la convirtió en su esposa cinco años atrás, pero tiempo después su vida al lado de esa dama, se volvió un verdadero infierno.
Pamela, no conforme con humillarlo en público, lo hería a diario, haciéndole creer que no era capaz de satisfacerla en lo sexual. A más de las ignominias, también estaban las agresiones físicas por parte de ella hacía él. Aquella mujer destrozaba la autoestima del médico, que permanecía al lado de su esposa solo por su hija: Dulce María, quién era la luz de sus ojos; sin embargo, Diego, estaba llegando a su límite.
—Ve a casa por favor —suplicó el doctor Serrano.
—Está bien, me voy, pero te estaré esperando para hablar —declaró Pamela, caminando con dirección a su auto.
Diego prefirió quedarse un momento en el estacionamiento, sentía tanta vergüenza de ingresar al hospital, era consciente de los chismes y habladurías.
Muchas personas creían que le faltaba hombría para enfrentar a su mujer. Otros decían que su esposa lo tenía bien dominado; pero nadie comprendía que para el doctor Serrano, la pequeña Dulce María, era la luz que alumbraba su vida llena de oscuridad. Nadie conocía sobre los constantes chantajes de los cuales era objeto. Cuando intentaba irse de la casa Pamela, lo amenazaba con desaparecer con la pequeña, Diego, que la conocía demasiado bien, estaba seguro que ella era capaz de eso, por tal motivo aguantaba en silencio todo ese martirio; su corazón se iba secando por dentro, sus sueños de tener una vida feliz junto a su familia se iban desvaneciendo día a día; de aquel hombre, seguro, fuerte, y decidido, solo quedaban despojos; tenía tanto temor de que en verdad no fuera capaz de complacer a una mujer, sus manos temblaban al recordar la frialdad de su esposa, y sus rechazos, rememoraba aquellos instantes cuando consumaban el acto, y ella siempre le decía: que no fue lo que esperaba; varias lágrimas bajaban por el rostro del médico, mientras sentía su pecho arder de dolor, él era un hombre muy sensible, de buenos sentimientos, noble y correcto, incapaz de agredir a nadie, un verdadero caballero.
Agentes de la policía ecuatoriana, junto con el Fiscal de turno, subieron a la ambulancia de medicina legal el cuerpo inerte de Alain Arellano. Para Iván, todo aquello parecía una pesadilla, un cuento de terror, no aceptaba que ya no iba a compartir su vida con su hermano. Se había quedado solo, poseía familia en el extranjero, pero era como que no existieran, la persona más cercana a él: era el joven pintor, quien tenía una sólida carrera por delante.
—¿Por qué hermano? ¿Por qué lo hiciste? —se cuestionaba, gruñendo en voz alta, mientras conducía detrás de la ambulancia.
Iván escondió la nota encontrada junto al cuerpo de su hermano y también su celular. Él no confiaba en la justicia, por eso pensaba cobrar la muerte de Alain, con sus propias manos y hacer que la culpable pagara con su vida, presionaba el volante del auto con fuerza, recordando como antes de que la policía llegara varias empleadas afirmaron conocer a Paloma.
«La señorita del cuadro venía muy seguido, se encerraban por horas en el estudio del joven Alain» declaró la señora que cocinaba.
«No estoy segura, pero creo que su hermano y aquella muchacha eran novios» afirmó la joven que realizaba la limpieza.
Un semáforo detuvo el recorrido de Iván, entonces empezó a dar golpes al volante de su auto. No soportaba aquel ardor que llevaba por dentro, se sentía culpable, pensaba que quizás si hubiera llegado unos minutos antes, habría podido conversar con su hermano y evitar la tragedia.
Momentos después, llegaron a la morgue en donde procedieron a realizar la autopsia al cadáver de Alain.
Iván, esperaba en las inmediaciones del anfiteatro, caminando de un lado a otro, como un animal enjaulado, mientras sostenía aquel papel en sus manos:
«Tan solo soy un infeliz, un pobre diablo que creyó en aquellas mentiras, fui para ella: una aventura más, un juguete al que tomaba cuando tenía ganas de satisfacer sus instintos, tan solo eso, un objeto al que utilizó a su antojo…Ya no me queda nada, sin ella mi vida no tiene sentido, no deseo, ni conservo ganas de seguir, no tengo el valor para sacarla de mi alma, porque la llevo grabada en lo más hondo de mi ser, la amaré hasta en el más allá, así ella ahora ame a otro, un aparecido que salió de la nada para acabar con nuestro romance, espero nunca seas feliz con él. Adiós Pa…»
Volver a leer esas líneas desangró el corazón de Iván. La parte que completaba el nombre de aquella maldita mujer se había roto al mojarse con la sangre de Alain, entonces sintió su corazón estrujarse al pensar que el hombre por el que ella lo dejó, era él. A pesar de eso albergaba la pequeña esperanza de que no fuera Paloma, la mujer por la cual su hermano se quitó la vida, entonces se puso a revisar el móvil de Alain, ahí encontró conversaciones con ella, ya no le quedaban dudas, al leer como su chica, lo trataba: «Mi tarado soñador».
—Maldita Paloma, pagarás con tu vida lo que le hiciste a mi hermano — murmuró bajo, presionando con fuerza aquella hoja. Mientras su corazón se quebraba en miles de pedazos, y sentimientos oscuros y sombríos como el deseo de venganza se incrustaban en su pecho, creyendo que con eso el dolor de la herida sanaría.
