Capítulo 1 Capítulo 1
Contrato con el diablo
La lluvia no caía. Golpeaba. Como si Brooklyn entero quisiera entrar a la fuerza en el apartamento de tres habitaciones que olía humedad y a desesperación.
Alessandra Genovese apagó el portátil a las 1:47 a.m. El último diseño de packaging para una marca de café de segunda había sido enviado, aprobado y cobrado. Mañana tenía que pagar la factura del hospital de su madre y comprar algo que no fueran fideos para Matteo. Otra semana más. Otra semana respirando por la boca para no oler el miedo. La vida no había sido nada fácil en el último tiempo y el cansancio ya empezaba a afectar de maneras que jamás imaginó.
Se levantó. El cajón de la cocina chirrió. Medio cartón de leche, un trozo de queso tan seco que podría usarse de arma y el cuchillo afilado que escondía detrás de los platos. Estaba acostumbrada. Desde que el apellido Genovese dejó de abrir puertas y empezó a cerrarlas, “lujo” se había convertido en una palabra extranjera.
Tres golpes secos en la puerta la sobresaltaron, por un instante se quedó quieta en su sitio, cada músculo de su cuerpo tensandose.
Los golpes no eran tímidos. A esa hora no sería un vecino. Tampoco de un repartidor repartidor. Los golpes eran precisos, medidos, de alguien que ya había decidido que la puerta se abriría a como de lugar.
El corazón le dio un vuelco tan fuerte que le dolió el pecho. Miró por la mirilla.
Dos hombres. Vestidos de negro de arriba abajo. La lluvia empapándoles los hombros. El de la izquierda tenía el cuello tatuado hasta la mandíbula, una cruz ortodoxa retorcida entre serpientes. El de la derecha miraba directamente a la mirilla, como si pudiera ver a través del cristal y de su alma.
—Señorita Genovese —voz grave, acento ruso apenas disimulado—. Cinco segundos. Después entramos.
Alessandra retrocedió. Su mano ya estaba en el cajón. El cuchillo pesaba poco. Demasiado poco.
—¿Quiénes son?
—Enviados de Viktor Sokolov.
El nombre cayó como un cuerpo al vacío. El ruso. El que los italianos evitaban nombrar en voz alta. El que convertía deudas en cadáveres y promesas en sangre.
—No tengo nada que ver con él. Váyanse.
El del tatuaje sonrió. Una sonrisa lenta, casi cariñosa.
—Cuatro.
Miró el pasillo oscuro. Matteo dormía. Dieciséis años. Todavía creía que algún día todo volvería a ser como antes, cuando su padre aún era alguien y no un fantasma borracho.
Tres.
Descorrió el pestillo.
El frío entró primero. Después ellos. La miraron de arriba abajo como quien evalúa mercancía. El abrigo negro que llevaba puesto —el último decente que le quedaba— se sintió de pronto demasiado fino.
—Viene con nosotros. Ahora.
—¿Adónde?
—Donde el señor Sokolov la espera. Y si grita, el chico del fondo se despierta… y no se vuelve a dormir.
No gritó.
Se puso el abrigo. Bajó las escaleras entre ellos. Afuera, un Maybach negro con cristales opacos esperaba con el motor ronroneando. El interior olía a cuero caro, a vodka caro y a algo más oscuro: peligro con precio.
Nadie habló durante el trayecto. Brooklyn se convirtió en Manhattan. Las luces se volvieron más brillantes y más lejanas. Alessandra apretó los puños dentro de los bolsillos hasta que las uñas se le clavaron en la piel. ¿Qué podía querer el Bratva de una diseñadora gráfica que vivía de encargos nocturnos y de la caridad de su propio orgullo?
El edificio del Upper East Side era de cristal y acero. Ascensor privado. Un solo botón. El del ático.
Las puertas se abrieron a un salón que parecía diseñado para intimidar: techos altísimos, ventanales del suelo al cielo, la ciudad a sus pies como una ofrenda. Olía a madera oscura, a whisky y a metal frío.
Y entonces lo vio.
Viktor Sokolov de pie frente a la ventana más grande, de espaldas. Camisa negra arremangada hasta los codos. Hombros anchos. Espalda tensa. Incluso sin verle la cara, el aire a su alrededor pesaba distinto.
Los hombres desaparecieron. El ascensor se cerró.
Solo quedaron ellos dos.
Se giró con una calma que helaba.
Ojos azul hielo. Casi transparentes. Cabello oscuro peinado hacia atrás. Una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda como un recuerdo que no se había molestado en borrar. Mandíbula marcada. Expresión vacía… hasta que sus ojos bajaron por ella, lentos, deliberados, y algo oscuro se movió detrás de esa máscara.
—Alessandra Genovese —dijo. Voz grave, acento suavizado a propósito—. Por fin tengo el privilegio de verte frente a frente.
No contestó, realmente no encontró las palabras adecuadas. El abrigo lo llevaba todavía puesto, tenía las manos escondidas y el pulso martilleándole en la garganta.
Caminó hacia una mesa de mármol negro. Había una botella de vodka. Dos vasos. Un contrato grueso, perfectamente alineado.
—Siéntate, por favor.
—Prefiero quedarme de pie. —Respondió con voz temblorosa.
Él arqueó una de sus cejas. Casi, casi, divertido.
—Como quieras, aunque la silla no muerde,— la burla en su voz era algo evidente.
Sirvió dos vasos de vodka. No se los ofreció. Tomó el contrato y se lo extendió.
—Firma. —Fue una orden seca.
—¿Qué es eso? —Tomó el contrato y sus manos temblaban.
—Un contrato de matrimonio. Tú te conviertes en mi esposa. A cambio, tu madre recibe el mejor tratamiento que el dinero puede comprar. Tu hermano queda bajo mi protección personal. Y tu padre… no muere esta semana.
El silencio fue tan denso que oyó su propia sangre.
—Estás loco.
Viktor sonrió. No llegó a los ojos.
—Estoy siendo generoso. Podría haberme limitado a borrar lo que queda de los Genovese. En cambio, te ofrezco una solución… y un anillo.
Se acercó. Un paso. Otro. Hasta que el calor de su cuerpo la envolvió aunque no la tocara. Olió a madera, a frío y a algo metálico que le erizó la piel de los brazos.
—¿Por qué yo?
—Porque te he estado mirando durante dieciocho meses —respondió con total naturalidad—. Porque sé que trabajas hasta las tres de la mañana para que tu hermano no note que la nevera está vacía. Porque sé que odias a tu padre por haber destruido todo… y aun así no lo abandonas. Porque cada vez que bajas la mirada cuando un hombre te mira demasiado tiempo, me pregunto cómo sonaría tu voz cuando dejas de fingir que no tienes miedo.
Alessandra sintió que el aire se le atascaba.
—¿Me has estado vigilando?
—Sí.
La simpleza de la respuesta le robó el aliento. Él dio un paso más. Ahora estaban tan cerca que ella tenía que levantar la barbilla. Sus ojos bajaron a la boca de ella, se detuvieron un segundo de más, y luego subieron otra vez.
—Firma, Alessandra. O mañana por la mañana tu hermano encontrará a tu madre muerta en esa cama de hospital. Y después encontrará el suyo propio… con mi firma encima.
Ella miró el documento. Las cláusulas danzaban: matrimonio indefinido, obediencia, silencio, exclusividad, derecho de posesión. La convertían en propiedad. En esposa. En suya.
Las manos le temblaban. Pensó en la tos de su madre. En Matteo, que todavía escondía dibujos de cuando eran felices. En el cuchillo que no le habría servido de nada.
Extendió la mano.
Viktor le ofreció un bolígrafo negro. El metal estaba frío. Ella firmó. El trazo salió torcido, pero legible.
Alessandra Genovese.
Él tomó el contrato, lo revisó con calma casi ofensiva y lo dejó sobre la mesa. Después la miró. Realmente la miró. Y por primera vez desde que había entrado, algo vivo —y peligroso— se encendió en esos ojos de hielo.
Se inclinó. No la besó. Solo acercó la boca a su oído, tan cerca que el aliento le rozó la piel y le provocó un escalofrío que no tuvo nada que ver con el miedo.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, esposa.
Alessandra sintió que el suelo se movía. Acababa de venderse al diablo.
Y el diablo, por fin, sonrió de verdad… mientras su mano, grande y caliente, se cerraba con delicadeza brutal alrededor de su muñeca, como si ya estuviera midiendo el tamaño exacto de la cadena.
