Capítulo 6 Capítulo 6

Alessandra abrió los ojos antes de que saliera el sol.

La habitación seguía en penumbra. La única luz provenía de la ciudad que nunca terminaba de apagarse del todo, filtrándose a través de las cortinas pesadas. Por un segundo no recordó dónde estaba. Luego sintió el calor a su espalda y el leve sonido de una respiración profunda y controlada.

Viktor.

Estaba de espaldas a ella, a menos de un brazo de distancia. No la había tocado en toda la noche, tal como había prometido. Pero su presencia llenaba el colchón como si ocupara mucho más espacio del que realmente necesitaba. Alessandra se quedó quieta, sin atreverse a moverse. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Odiaba lo cerca que estaba. Odiaba todavía más el hecho de que, por primera vez en días, hubiera dormido más de tres horas seguidas.

Se deslizó con cuidado hacia el borde de la cama. El colchón se hundió apenas. Viktor no se movió. Ella esperó unos segundos, contando respiraciones, y luego se levantó en silencio. El suelo frío le heló los pies descalzos. Caminó hasta la puerta sin mirar atrás.

En el pasillo la luz automática se encendió. Bajó al salón. El ático estaba en silencio absoluto. Ni un guardia a la vista, aunque sabía que estaban ahí, en algún lugar. Se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Bebió despacio, apoyada contra la isla de mármol, intentando ordenar los pensamientos.

La amenaza contra Matteo.

La mancha oscura en el abrigo de Viktor.

La forma en que había dicho “por ti” la noche anterior.

Nada de eso encajaba con el monstruo que ella había construido en su cabeza. Y eso la aterraba más que cualquier amenaza.

Escuchó pasos detrás de ella.

No se giró. Ya sabía quién era.

—No tenías que irte en silencio —dijo Viktor. Su voz estaba ronca por el sueño, más grave de lo habitual.

—No quería despertarte.

—Me desperté en el momento en que dejaste la cama.

Alessandra dejó el vaso sobre la isla y por fin se enfrentó a él. Vestía la misma camiseta negra de la noche anterior y pantalones de chándal oscuros. El cabello revuelto. Sin el traje, sin el reloj, sin la máscara perfecta, parecía… humano. Peligrosamente humano.

—¿Dormiste? —preguntó ella, aunque no sabía por qué le importaba.

—Lo suficiente.

Se acercó a la cafetera y empezó a prepararla sin decir nada más. El aroma del café recién molido llenó la cocina. Alessandra lo observó en silencio. Los movimientos precisos. La forma en que no desperdiciaba ni un gesto. Incluso preparando café parecía estar calculando algo.

Cuando las dos tazas estuvieron listas, le ofreció una. Ella la aceptó. El calor del cerámica le calentó los dedos.

—Matteo está bien —dijo Viktor de pronto, sin mirarla—. Hablé con mis hombres hace una hora. Duerme. No sabe nada de la amenaza. Solo que lo trasladaron por precaución temporal.

Alessandra sintió que se le aflojaba algo en el pecho.

—¿Puedo hablar con él hoy?

—Esta tarde. Te prepararé una llamada segura. Diez minutos. Nada de detalles. Nada de dónde estás exactamente.

Asintió. No iba a discutir. Diez minutos eran más de lo que había tenido en días.

Se sentaron en la isla de la cocina, uno frente al otro. El silencio no era cómodo, pero tampoco era hostil. Era… denso. Cargado de todo lo que no se decían.

—Anoche —empezó Alessandra, y se detuvo. No sabía cómo continuar.

Viktor levantó la vista de su taza.

—Anoche qué.

—Dormiste a mi lado y no intentaste nada. Podías haberlo hecho. Tenías todas las de ganar.

Él dejó la taza sobre el mármol con un sonido suave.

—Te dije que no te tocaría. Cumplo lo que digo. Aunque a veces me cueste más de lo que debería.

La forma en que lo dijo, baja y sincera, le provocó un escalofrío. Alessandra bajó la mirada hacia su propio café.

—No entiendo qué quieres de mí a largo plazo, Viktor. De verdad. Firmé un contrato. Soy tu esposa delante de todo el mundo. ¿Qué más?

Él se quedó callado un momento. Luego se levantó, rodeó la isla y se detuvo a su lado. Demasiado cerca. El calor de su cuerpo le llegó incluso a través de la ropa.

—Quiero que dejes de mirarme como si fuera solo la jaula —dijo—. Quiero que empieces a mirarme como lo que también soy: el único hombre en esta ciudad que está dispuesto a quemar medio Nueva York para que tu hermano siga respirando. El único que no te va a abandonar cuando las cosas se pongan feas. El único que te eligió mucho antes de que tú supieras que existía.

Alessandra levantó la cara. Estaban tan cerca que podía ver las pequeñas cicatrices cerca de su ceja, la sombra de la barba de un día, el azul casi transparente de sus ojos.

—Eso no es amor —susurró—. Es obsesión.

—Puede ser las dos cosas.

Por un segundo el aire entre ellos se volvió demasiado espeso. Alessandra sintió que si se inclinaba un centímetro más, algo irreversible iba a ocurrir. Dio un paso atrás. Necesitaba distancia. Necesitaba oxigenar la cabeza.

—Voy a ducharme —dijo.

Viktor no la detuvo. Solo la siguió con la mirada mientras cruzaba el salón y desaparecía por el pasillo.

En la ducha, Alessandra dejó que el agua caliente le cayera encima durante mucho más tiempo del necesario. Intentó lavarse la sensación de su cercanía, el eco de su voz, la forma en que había dicho “por ti”. No lo consiguió del todo.

Cuando salió, envuelta en una toalla, encontró un vestido negro sencillo y ropa interior nueva sobre la cama de la habitación de Viktor. No había nota. No hacía falta. Él ya estaba decidiendo incluso qué se ponía.

Se vistió. Se secó el cabello. Bajó de nuevo.

Viktor estaba en una llamada cuando ella llegó al salón. Hablaba en ruso, rápido y bajo. En cuanto la vio, cortó la conversación y dejó el teléfono sobre la mesa.

—Hay movimiento —dijo sin preámbulos—. El que mandó la foto no estaba solo. Hay al menos tres personas involucradas. Una de ellas tiene conexión directa con los viejos socios de tu padre. Gente que creyó que, al casarte conmigo, se abría una grieta.

Alessandra se cruzó de brazos.

—¿Y qué van a hacer?

—Lo que siempre hacen los estúpidos. Intentar usar a la familia para debilitarme. Pero se equivocaron de objetivo. Y se equivocaron de momento.

Se acercó a ella. Esta vez no hubo suavidad en su expresión. Solo determinación fría.

—Hoy no sales del ático. Ni siquiera a la terraza. Mis hombres van a reforzar la seguridad. Y esta noche… esta noche tengo una reunión. Tú vienes conmigo.

—¿Otra cena?

—No. Algo más privado. Un almacén en el puerto. Quiero que te vean. Quiero que entiendan que no eres un punto débil. Eres mi esposa. Y quien te toque, me toca a mí.

Alessandra sintió un nudo en el estómago.

—No soy tu arma.

—No. Eres mucho más peligroso que eso. Eres lo único que puede hacerme perder la cabeza. Y ellos necesitan verlo.

Pasaron el resto de la mañana en una tensión extraña. Alessandra intentó trabajar. No pudo concentrarse. Cada poco miraba el teléfono, esperando la llamada con Matteo. Viktor entraba y salía, daba órdenes en ruso, recibía actualizaciones. A mediodía le trajeron comida. Comieron en silencio.

A las tres de la tarde, por fin, el teléfono seguro sonó.

Viktor se lo entregó personalmente.

—Diez minutos. Ni uno más. Y recuerda: nada de ubicaciones exactas.

Alessandra se aisló en la oficina y contestó.

—¿Matteo?

La voz de su hermano del otro lado la destrozó.

—Alex… ¿estás bien? Me dijeron que estabas segura, pero no me explican nada. Mamá tampoco sabe mucho. Solo que tú estás… casada. ¿Con el ruso? ¿Es verdad?

Ella cerró los ojos. Las lágrimas le quemaron, pero no las dejó caer.

—Estoy bien. De verdad. Estoy… protegida. No te preocupes por mí. Preocúpate por estudiar. Por cuidar de mamá cuando salga del hospital. Yo me encargo del resto.

—No me digas que no me preocupe. Llevas días desaparecida. Y ahora resulta que estás casada con un tipo de esos… peligrosos.

—Matteo. Escúchame. Estoy bien. Más bien de lo que he estado en mucho tiempo. Y tú también lo estás porque alguien se está asegurando de ello. Confía en mí. Solo esta vez.

Hablaron siete minutos más. Ella preguntó por la escuela, por los amigos, por si había comido. Él preguntó si la trataban bien. Ella mintió lo justo. Cuando el tiempo se acabó, Viktor apareció en el umbral y le hizo un gesto. Alessandra se despidió, le dijo que la quería, y cortó.

Se quedó mirando el teléfono apagado durante un largo rato.

Viktor no dijo nada. Solo se quedó allí, apoyado en el marco de la puerta, observándola.

—Gracias —murmuró ella al fin, sin mirarlo.

—No me des las gracias por proteger lo que es mío.

Esta vez no discutió la frase.

La tarde se arrastró. A las siete, Irina apareció de nuevo para prepararla. Vestido negro, más severo esta vez. Tacones. Maquillaje discreto. Cuando bajó al salón, Viktor ya la esperaba con el abrigo puesto. Le pasó una mirada de arriba abajo y asintió una sola vez, como si aprobara el resultado.

El trayecto hasta el puerto fue en un coche distinto, más discreto. Dos vehículos de seguridad los escoltaban. Alessandra miraba por la ventana cómo los edificios se volvían más bajos, más industriales, hasta que solo quedaron almacenes y grúas iluminadas contra el cielo nocturno.

El almacén era enorme y frío. Olores a metal, a aceite y a mar. Dentro esperaban varios hombres. Algunos los reconoció de la cena anterior. Otros eran caras nuevas. Todos se pusieron de pie cuando Viktor entró con ella del brazo.

La presentación fue breve. Viktor no necesitó muchas palabras. Solo dijo:

—Mi esposa. Alessandra Sokolov.

El apellido le sonó ajeno y definitivo en la boca de él. Los hombres inclinaron la cabeza. Uno de ellos, más joven, la miró un segundo de más. Viktor lo notó. No dijo nada. Solo sostuvo la mirada del hombre hasta que este apartó los ojos.

La reunión fue en ruso la mayor parte del tiempo. Alessandra no entendía cada palabra, pero captaba el tono. Había tensión. Había órdenes. Había advertencias. En un momento, Viktor puso una mano en la parte baja de su espalda, el contacto firme y posesivo, y la acercó un poco más a su cuerpo mientras hablaba. El mensaje era claro para todos los presentes: ella no era un invitado. Era territorio.

Cuando por fin salieron, el aire de la noche le pareció más limpio. En el coche de regreso, Alessandra se recostó contra el asiento y cerró los ojos un segundo.

—¿Siempre es así? —preguntó.

—Así de qué.

—De que uses a la gente como símbolos. Como advertencias andantes.

Viktor giró la cabeza hacia ella. En la oscuridad del coche, sus ojos parecían más claros.

—No te usé. Te mostré. Hay diferencia. Ellos necesitaban ver que no hay grieta. Que no hay forma de llegarme a través de ti. Ahora lo saben.

Llegaron al ático pasada la medianoche. Viktor acompañó a Alessandra hasta la puerta de su habitación original esta vez. Se detuvo allí.

—Puedes dormir en tu cama esta noche. La amenaza más inmediata está controlada. Pero la puerta de mi habitación seguirá abierta. Por si cambias de opinión.

Alessandra asintió. No confió en su voz.

Él se inclinó un poco. No la besó. Solo dejó que su frente rozara apenas la suya durante un segundo, un gesto tan inesperado y contenido que le cortó la respiración.

—Buenas noches, Alessandra.

—Buenas noches, Viktor.

Entró en su habitación y cerró la puerta. Se apoyó contra ella, el corazón desbocado. El aroma de él todavía le impregnaba la ropa. El recuerdo de su frente contra la suya le quemaba la piel.

Se quitó el vestido, se metió en la cama y miró el techo a oscuras.

Por primera vez desde que había firmado el contrato, el miedo no era lo único que sentía.

Había algo más.

Algo peligroso.

Algo que empezaba a parecerse peligrosamente al comienzo de una caída.

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