Capítulo 7 Capítulo 7

Alessandra no consiguió dormir más de un par de horas.

Cada vez que cerraba los ojos veía la frente de Viktor rozando la suya, el calor de su aliento, la forma en que había dicho su nombre como si fuera algo sagrado y peligroso al mismo tiempo. Se dio la vuelta mil veces en la cama. El anillo le pesaba en el dedo. El silencio del ático le resultaba ensordecedor.

A las seis de la mañana se rindió. Se levantó, se duchó con agua tibia y se puso una de las pocas prendas cómodas que había encontrado en el vestidor: un pantalón negro y una camiseta de algodón. Bajó descalza al salón.

Viktor ya estaba despierto.

Estaba de pie frente al ventanal más grande, con una taza de café en la mano, mirando cómo la ciudad se despertaba bajo un cielo todavía gris. Vestía solo una camiseta negra y pantalones de chándal. El cabello todavía húmedo. Parecía haber salido de la ducha hacía poco.

No se giró cuando ella entró, pero habló igual:

—No dormiste.

No era una pregunta.

—Tú tampoco —respondió ella.

Él dio un sorbo al café y por fin la miró por encima del hombro. Sus ojos estaban más oscuros de lo habitual, con ojeras apenas visibles que delataban una noche igual de inquieta.

—Hay noticias —dijo sin más preámbulos—. El hombre que envió la foto de Matteo tiene nombre. Y tiene socios. Tres, para ser exactos. Uno de ellos es alguien que tu padre consideraba casi familia hace años.

Alessandra sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quién?

—Roberto Mancini. Lo conocías como “tío Robbie” cuando eras pequeña. Después desapareció cuando el imperio Genovese empezó a sangrar. Al parecer nunca se fue del todo. Solo esperó el momento adecuado para clavar el cuchillo.

El nombre le trajo un recuerdo borroso: un hombre alto, sonriente, que le regalaba chocolates cuando visitaba la casa de su padre. Un hombre al que su madre nunca había mirado con buenos ojos.

—¿Qué quiere?

—Quiere lo que todos los buitres quieren cuando huele a sangre. Dinero. Territorio. Y, sobre todo, demostrar que el gran Viktor Sokolov tiene un punto débil con forma de mujer.

Viktor dejó la taza sobre la mesa baja y se acercó a ella. Esta vez no mantuvo la distancia habitual. Se detuvo lo bastante cerca para que Alessandra tuviera que levantar la barbilla.

—Esta mañana recibí otra “sugerencia”. Una foto de la habitación del hospital de tu madre. Tomada desde el pasillo. Mis hombres ya reforzaron la seguridad, pero el mensaje es claro: saben exactamente dónde golpear.

Alessandra sintió que las rodillas le temblaban. Se agarró al respaldo del sofá.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que sé hacer. Voy a encontrarlos. Uno por uno. Y voy a asegurarme de que el último pensamiento que tengan sea arrepentirse de haber pronunciado tu nombre.

La forma en que lo dijo, tan calmada y absoluta, le provocó un escalofrío que no era solo de miedo. Había algo en su certeza que resultaba aterradoramente reconfortante.

—Quiero ir a ver a mi madre —dijo de pronto.

Viktor negó con la cabeza de inmediato.

—No. Demasiado riesgo.

—No te estoy pidiendo permiso para pasear por la ciudad. Te estoy pidiendo diez minutos con ella. En el hospital. Con tus hombres. Con todas las precauciones que quieras. Pero necesito verla. Necesito que sepa que estoy bien.

Él la estudió en silencio durante varios segundos. La mandíbula apretada. Los ojos calculando riesgos.

—Diez minutos —concedió al fin—. Hoy a las once. Yo voy contigo. No te separas de mi lado ni un segundo. Y si huelo el más mínimo problema, salimos. Sin discusión.

Alessandra asintió. Era más de lo que esperaba.

Las horas hasta las once se arrastraron. Viktor dio órdenes. Hombres entraron y salieron. Se revisaron rutas, vehículos, posibles puntos de ataque. Alessandra intentó desayunar y apenas pudo tragar dos tostadas. Cada minuto que pasaba sentía el nudo en el pecho hacerse más apretado.

A las diez y media ya estaba lista. Pantalones negros, blusa discreta, el cabello recogido en una coleta baja. Nada que llamara la atención. Viktor apareció vestido de negro completo, el traje impecable, la expresión de piedra. Le ofreció un abrigo largo y oscuro.

—Póntelo. Cubre más.

Obedeció sin discutir.

El trayecto hasta el hospital se hizo en un convoy de tres coches. Alessandra iba en el del medio, con Viktor a su lado. Él no habló durante casi todo el camino. Solo miraba por la ventana, la mandíbula tensa, una mano apoyada en su propio muslo como si contuviera el impulso de tocar algo… o a alguien.

Cuando llegaron, dos de sus hombres bajaron primero. Revisaron el perímetro. Solo entonces Viktor abrió la puerta y le ofreció la mano para ayudarla a salir. Alessandra la tomó. El contacto fue breve, pero firme.

La habitación de su madre estaba en una planta alta, con vistas a un patio interior. Había dos hombres de Viktor apostados en el pasillo. Dentro, el ambiente olía a desinfectante y a flores marchitas. Su madre dormía. La piel más pálida de lo que recordaba, el cabello más fino, el cuerpo más pequeño bajo las sábanas del hospital.

Alessandra se acercó despacio. Se sentó en la silla junto a la cama y tomó la mano fría de su madre entre las suyas.

—Mamá… soy yo.

Los párpados de la mujer se movieron. Tardó unos segundos en enfocar. Cuando lo hizo, una sonrisa cansada iluminó su rostro.

—Alessandra… cielo. Estás aquí.

—Estoy aquí —repitió ella, conteniendo las lágrimas—. Estoy bien. De verdad.

Su madre apretó débilmente sus dedos.

—Me dijeron que te habías casado. Con… ese hombre. El ruso.

Alessandra sintió la presencia de Viktor a su espalda, silencioso, vigilante. No se había movido del umbral.

—Sí. Me casé.

—¿Te trata bien?

La pregunta era sencilla. La respuesta no lo era.

Alessandra miró un segundo por encima del hombro. Viktor la observaba sin expresión, pero sus ojos no se apartaban de ella.

—Me protege —dijo al fin—. Eso es lo que importa ahora.

Su madre asintió despacio, como si entendiera más de lo que decía. Hablaron en voz baja durante los minutos que les quedaban. Alessandra le contó versiones suaves de la verdad. Que estaba segura. Que Matteo también. Que pronto las cosas mejorarían. Cuando el tiempo se agotó, Viktor dio un paso adelante.

—Tenemos que irnos.

Alessandra se inclinó y besó la frente de su madre.

—Volveré. Lo prometo.

Salió de la habitación con la sensación de dejar un pedazo de sí misma atrás. En el pasillo, Viktor puso una mano en la parte baja de su espalda y la guió hacia el ascensor. No dijo nada hasta que estuvieron de nuevo dentro del coche.

—Gracias —murmuró ella, mirando por la ventana.

—No me des las gracias por llevarte a ver a tu madre. Debería haberlo hecho antes.

El regreso fue silencioso. Alessandra sentía el peso de la visita, el olor del hospital todavía impregnado en la ropa, la imagen de su madre tan frágil. Cuando llegaron al ático, se dirigió directamente a su habitación. Necesitaba un momento a solas.

No lo consiguió.

Viktor la siguió. Entró detrás de ella y cerró la puerta. Alessandra se giró, sorprendida.

—¿Qué haces?

—Estás temblando —dijo él simplemente.

No se había dado cuenta. Efectivamente, las manos le temblaban. El frío del hospital, el miedo contenido, la tensión de los últimos días… todo se le venía encima de golpe.

Viktor se acercó. Esta vez no hubo órdenes ni posesividad agresiva. Solo se detuvo frente a ella y, con una lentitud deliberada, le sujetó las manos entre las suyas. Eran grandes, calientes, callosas.

—Respira —le dijo en voz baja—. Estoy aquí.

Alessandra levantó la vista. Estaban demasiado cerca. Otra vez. El aroma a su colonia, a café y a algo puramente masculino la envolvió. Por un segundo el mundo se redujo a ese punto de contacto entre sus manos y a la forma en que él la miraba: no como a una posesión, sino como a alguien a quien no podía permitirse perder.

—No sé cómo hacer esto —susurró ella—. No sé cómo estar aquí contigo sin sentir que me estoy ahogando y, al mismo tiempo, que es el único lugar donde puedo respirar.

Viktor cerró los ojos un instante, como si esas palabras le hubieran golpeado más fuerte de lo esperado. Cuando los abrió, había algo crudo en su expresión.

—Entonces no lo pienses tanto. Solo… quédate. Un día a la vez.

Le soltó una mano para levantarla hasta su mejilla. El pulgar le rozó la piel con una suavidad que no le había visto nunca. Alessandra contuvo la respiración. El momento se estiró, tenso, frágil, a punto de romperse.

Luego el teléfono de Viktor vibró en su bolsillo.

La magia se quebró.

Él miró la pantalla, el rostro endureciéndose de inmediato.

—Tengo que atender esto.

Se apartó. Ya estaba hablando en ruso cuando salió de la habitación, la voz baja y cortante.

Alessandra se quedó sola, con la mejilla todavía caliente donde él la había tocado y el corazón latiéndole desbocado.

Se sentó en el borde de la cama. Se tocó el lugar donde habían estado sus dedos.

Por primera vez desde que había firmado el contrato, no pensó en escapar.

Pensó en lo peligroso que era empezar a querer quedarse.

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