5 Un día casi perfecto
Fecha = 26 de marzo
Las chicas están alargando el día. Y a mí no me molesta en absoluto.
Lugar = San Francisco (Pier 39)
Y puedo ir a lugares en los que nunca he estado.
POV - Aria
Vamos a mitad de camino hacia el muelle, con el toldo retraído, debatiendo si un camión de tacos se considera alta cocina o no.
Nos estamos riendo tanto que se nos salen las lágrimas por las mejillas, y hasta me empieza a doler la panza. Estas chicas saben exactamente cómo animar a alguien, y me alegra muchísimo que hayan entrado en mi vida.
Aunque haya sido bajo falsos pretextos, la amistad que siento es muy real.
¡POP! ¡BANG!
Nos tragamos la risa. El estruendo nos sacude y nos deja a todas en un silencio atónito.
El coche zigzaguea por la carretera y parece desacelerar de golpe, haciendo un extraño sonido flop-flop-flop.
—¡Mierda! —grita Kiara, y tira del volante para contrarrestar el tirón repentino hacia la derecha. Se concentra en mantener el BMW blanco en línea recta, con la lengua asomándole por la boca, y al final consigue orillarse y estacionar.
El olor a goma quemada, vapores de gasolina y eucalipto se mezcla con polvo y mala suerte en una nube que nos envuelve.
—¿Qué demonios pasó? —pregunta Haley, mirándonos a cada una por separado, como si estuviera comprobando mentalmente que estamos bien. Mel está pálida, con una expresión de pánico, como si esperara que alguien viniera a llevársela a rastras. Con la intención de tranquilizarla, le tomo la mano.
—Está bien, creo que se reventó una llanta. —Kiara también se ha quedado varios tonos más clara, y caigo en la cuenta de que el secuestro probablemente todavía las persigue. Mel me contó toda la historia con detalle, desde el choque hasta el final, y aunque ni siquiera puedo imaginar por lo que tuvieron que pasar, sé que algo así se queda para siempre.
Sí que soportaron muchas dificultades.
Pero yo también. Tal vez por eso nos llevamos tan bien: podemos entender el dolor de la otra.
Bueno, excepto Enrique, que por fuera muestra emociones artificiales y mezcladas. Y Jackson, que es totalmente inexpresivo, y Logan, que en cambio muestra demasiadas emociones… Así que reformulo… nosotras, las chicas, entendemos el sufrimiento de la otra.
Mel se desabrocha el cinturón con aire lúgubre usando el brazo que no tiene enyesado y abre la puerta. Aspira hondo y la cierra de un portazo. Yo también me bajo.
Y sí: la llanta delantera derecha está hecha un desastre.
Por un rato, nos quedamos ahí, mirando la rueda reventada, como si fuera a repararse mágicamente sola.
Un olor agrio y ácido, con un toque de carbono y azufre, se cuela entre las partículas de polvo del aire, y Mel olfatea sin nada de delicadeza antes de vomitar en los matorrales junto a la carretera. Haley corre a ayudarla.
—Eh, supongo que hay que cambiarla. —Kiara es la primera en llegar a esa brillante conclusión.
—Eso, si logramos averiguar cómo funciona exactamente eso de “cambiarla”. Yo nunca he cambiado una llanta —confieso.
—Siempre podemos llamar a alguno de los chicos —sugiere Haley, mientras le pasa a Mel una botella de agua que saca del bolso.
—¡Ni hablar! —gritamos las demás al mismo tiempo. Luego nos reímos como niñas de trece años en su primera menstruación. Nervios, si me preguntas.
Mel se pasa la palma por los ojos y camina hacia la parte trasera del coche con expresión decidida.
—Amiga, ya sabes lo que dijo el doctor… mejor deja que nosotras nos encarguemos de lo pesado —dice Kiara, y Mel retrocede, levantando las manos. Miro a Kiara con determinación, y las dos asentimos con una valentía temeraria: nos toca a nosotras.
Nos quitamos las chaquetas y se las entregamos a nuestro equipo de apoyo, visiblemente sombrío.
A duras penas puedo abarcar la llanta con las manos, pero logramos sacar la de refacción (sin rompernos una uña, cabe aclarar) y la dejamos caer sin ceremonia en el suelo, apartándonos de un salto para que no le caiga en los dedos a nadie. ¡Carajo, cómo pesa esa cosa!
Kiara me mira, y volvemos a estallar en una risa incontrolable, agarrándonos la una a la otra para no caernos. Hacía muchísimo, muchísimo tiempo que no me divertía así.
No lo voy a admitir, pero la enfermedad de mi hermana me ha pasado factura, dejándome con miedo por su vida. Y quedarme completamente sola cuando los chicos se fueron a San Francisco no lo hizo más fácil. Al menos ahora tengo gente con quien compartir cosas, que me ayude a quitarme presión de encima, y se siente como si pudiera respirar sin restricciones por primera vez en meses. Tal vez años.
Mel me ofrece la llave de cruz y consigo, con algo de fuerza, aflojar la primera tuerca. Sin embargo, la siguiente está tan apretada que hace falta un esfuerzo en equipo (Kiara y yo) solo para moverla un poquito.
Esto puede tardar un rato.
Mel y Haley nos animan desde un lado. El sudor ya me baja por la cara hasta juntarse entre los pechos y perderse en el sostén.
—¿Una llanta ponchada?
La voz grave me sobresalta, y suelto la llave de cruz de inmediato y caigo de espaldas sobre el trasero… otra vez. Kiara suelta un chillido y se tapa la boca con la mano. Ninguna de nosotras notó el coche deteniéndose ni al hombre que ahora está de pie detrás de nosotras.
Con gafas de sol de diseñador. Sosteniendo las llaves del coche. Como si acabara de terminar de filmar un comercial de colonia en el que el frasco explota en cámara lenta.
Brian maldito-sea como se llame.
Molesta, soplo unos mechones sueltos para apartarlos de la cara.
—No puede ser —murmuro.
Se agacha a mi lado, evaluando la situación como un tipo que sabe interpretar a un mecánico en una película.
—Puedo arreglarlo.
—¿Nos estás siguiendo? —pregunta Mel, con un signo de interrogación entre sus cejas perfectas.
—Pura coincidencia, lo juro. —Se lleva una mano al pecho y nos dedica una sonrisa enorme—. Voy camino a ver a unos amigos al muelle —continúa.
—Nos vendría genial una ayuda —suelta Haley, y me quita la llave de cruz de la mano cerrada, seguramente temiendo que le reviente la cabeza al tipo o algo así. Bueno, la verdad… sí lo estaba considerando.
Hay algo en él que me revuelve el estómago, y no son mariposas. Unos ojos sin pareja me cruzan la mente. Sí, a estas alturas ya sé perfectamente qué se sienten las mariposas.
En diez minutos, con las mangas arremangadas y unas manos sospechosamente limpias, ya puso la refacción y está apretando las tuercas. Trabaja con eficiencia y seguridad, como si de verdad lo hiciera y no fuera solo algo para lo que entrenó por un papel en el cine.
Lo hace ver facilísimo. Tal vez debería entrenar más.
—Presumido —susurra Kiara en mi oído, y yo le alzo las cejas, de acuerdo.
Deja la llanta ponchada en la cajuela y ayuda a volver a acomodar los paquetes de bebé encima, apretándolos para que quepan. Entre “gracias” distantes, las chicas se suben al coche.
Entonces me entrega la llave de cruz como si fuera un ramo, sonriendo. La clase de sonrisa que hace que a la gente la elijan como protagonista romántico.
—Gracias por el rescate —añado, mientras retrocedo hacia mi puerta.
Me mira como si no me creyera.
—De nada… Aria, ¿cierto?
Me quedo helada medio segundo. No me he presentado. ¿Cómo sabe mi nombre?
—… Sí.
Sonríe como un ajedrecista al hacer una jugada.
—Dile a Enrique que le mando saludos.
Parpadeo.
—¿Cómo…? —pero él ya se fue.
Algo en él me altera, y me subo al coche rápido para escapar de esa incomodidad, azotando la puerta un poco más fuerte de lo necesario.
—¿Por qué estás sonrojada? —pregunta Kiara de inmediato, girando la cabeza.
—No lo estoy.
—¿Te estaba coqueteando? —Mel resopla—. Te estaba coqueteando totalmente.
—Ni se les ocurra empezar —digo, fulminando con la mirada la carretera—. Ese hombre es problemas.
Mel alza el puño como si quisiera darle un golpe tardío a distancia. Por alguna razón, Brian le arruinó la función.
—¿Cómo se atreve a coquetear con la novia de mi hermano? —Y ahora sabemos por qué—. Enrique lo va a enterrar sin brújula, y Jackson le va a dar una bofetada tan fuerte que su norte va a ser sur.
No tiene sentido… pero Kiara articula en silencio “hormonas” mientras me mira por el retrovisor. Con los Blackburn nunca hay un momento aburrido.
Mel se queja sin parar, con Haley soltando de vez en cuando un “Mm” y un “Sí”, asintiendo con la cabeza.
—¡Más te vale no coquetearle de vuelta, hermana!
Me trago la risa mordiéndome el labio.
—Ajá. —Es lo único que logro responder sin estallar en una risita de hiena.
Entonces, como si fuera a propósito, suena mi teléfono, y me topo con otro Blackburn enfurecido. Pero lo suyo, con toda seguridad, está relacionado conmigo y no con hormonas.
Aspiro el polvo carbonatado y logro soltar un suspiro profundo antes de que gruñe:
—Aria, ¿dónde demonios estás?
Noto que estamos cerca de la costa. Ahora huelo el aire salado del mar. Pero no tengo idea de dónde… todavía no conozco San Francisco.
—Eh… en el coche —digo, porque parece la respuesta más lógica. Mel deja de despotricar.
—¡Carajo, niña! ¿Lo haces a propósito para volverme loco?… ¿DÓNDE está el coche?
¿Qué diablos le pasa? Tal vez tienen esa cosa de vínculo entre hermanos en la que sienten el enojo del otro o algo así.
—Cerca del océano —intento otra vez. Las chicas estallan en carcajadas.
—¡Mierda! Pasó algo con la prensa… —¿Lo sabe? ¡Maldición! Eso fue rapidísimo.
En pánico, hago lo que creo que es mejor: cuelgo y apago el teléfono. Sé que probablemente esto le provoque casi un ataque, pero me ocuparé de eso cuando regrese a casa.
Entonces suena el teléfono de Mel. Es él. Ella sonríe y también lo apaga.
—Puede esperar.
—Entonces… sean honestas. ¿Los chicos siempre son así de intensos? —pregunto, necesitando saber a qué me enfrento.
—Eso no es intenso —se burla Kiara—. Eso es cuando se están portando en su mejor comportamiento.
—¿Entonces no es como… cosa de luna llena? —Una puede tener esperanza.
—Más bien es cosa de lunes a domingo —dice Kiara con desdén.
—Ay, cariño —se ríe Haley—. Digámoslo así: emocionalmente, están a una sola cagada fallida de volverse salvajes.
—No salvajes —dice Mel—. Solo por capas. Bárbaros. Con abdominales.
—Mierda —mascullo, de mal humor. ¿En qué me metí?—. ¿Entonces siempre son así?
—Vamos a desglosarlo —suspira Kiara hondo—. Como eres nueva. Considera esto tu curso exprés de “¿Debería casarme con él o electrocutarlo con una táser?”.
—Uuuuh, uuuuh, ¿puedo empezar? —chilla Mel y, sin esperar respuesta, continúa—. El papá de mi bebé… guapo, fuerte… buenísimo en una persecución en coche y en una crisis. Menos bueno para combinar calcetines y hablar de sentimientos. Pero es amable. Me sostiene el pelo mientras vomito y luego me dice que soy hermosa. —A Mel se le ilumina la cara—. Dominante y estúpidamente torpe, pero a la vez tan lindo. Ay. Eso es muy tierno.
—¡Puaj! —Kiara hace un sonido como si fuera a vomitar. Aun así, yo sigo pensando que es tierno.
—Ilkay… me gusta. Parece el que tiende a lo normal.
—Sí, y además es jodidamente confiable… responsable, misterioso, y reprograma la culpa —sonríe Mel.
—Y debería ser buenísimo con las manos —comenta Haley—. Todos los médicos lo son con las manos. Yo lo sabría.
Kiara resopla. —También parece de los que agendan la intimidad para los jueves a las 8:15 p. m.
Yo suelto una risita. De hecho sí tiene pinta. Pero ya aprendí por las malas a no juzgar un libro por su portada. A veces los callados son los que más te sorprenden.
—De Axel, lo único que puedo decir —dice Mel, inflándose— es que tiene todas las H: hot, helpful, haunted, hero, heartbreak… con ojos hambrientos. Te cargaría a través del fuego sin parpadear. Solo no esperes un mensaje de cumpleaños. Ni una oración completa.
Me río. Estas chicas son graciosas.
—Logan parece bastante equilibrado —digo, pasando al siguiente.
—Ay, mi pequeño malvavisco emocional… —dice Mel en voz baja—. Lo es… relativamente, comparado con el resto. Llora con videos de perros. Tiene complejo de salvador y huele a testosterona y esperanza.
—Ahora, tu desastre ambulante —sonríe Haley.
Me pongo un poco rígida.
—Eh… sí, a ver. Dime.
—Es complicado. Encantador. Showman —explica Mel—. Pero ese chico tiene grietas que no ves hasta que ya estás a medio camino de enamorarte.
Yo estoy justo en ese punto. Vi las grietas. Todavía no sé qué tan profundo llega.
—Te coquetea hasta meterte en una crisis existencial y luego te hace ghosting porque está “protegiéndote de su oscuridad” —remata Kiara con voz grave, haciendo comillas con los dedos en esas últimas palabras.
—Pero tiene buenas intenciones. Solo que… no sabe cómo dejarse querer —dice Mel, con gesto de fastidio—. Necesita paciencia. Y alguien que no salga corriendo cuando se pone difícil.
Ya escuché suficiente. Mi corazón ya está golpeando demasiado rápido. Hora de cambiar de tema hacia otro hombre.
—Bueno, me da miedo preguntar… ¿Jackson?
Cae el silencio. Todas se miran entre sí, así que sigo:
—Le dije “hola” y solo asintió. Como si yo fuera un error que pensaba arreglar después.
Aun así, nadie habla. Espero en silencio.
Por fin, Mel arranca:
—Jackson es… un problema. —Se detiene un momento—. De los que hay que resolver despacio. Con galletas, un sedante y por lo menos dos botellas de vino.
Como tantas otras veces, no tiene sentido para mí.
—Ay, vamos. No es tan malo. Es solo… está roto… es sombrío… y un poco psicópata —sale Haley a defender al chico—. Bueno, quizá sí es intenso.
—¿Intenso? —pregunto—. El hombre habla en acertijos, desaparece por días y aparece todo sombrío con una chaqueta de cuero. Desde que llegué me dijo una sola palabra: “bienvenida”. Y ya pasó una semana.
—Jackson clásico. Así coquetea. Pocas palabras, máxima guerra psicológica —se ríe Kiara.
En lo personal, a mí no me parece muy gracioso. En realidad me da un poco de miedo. Como si hubiera visto cosas y hecho cosas. Cosas que nadie hace antes del desayuno.
Estacionamos el coche y nos bajamos.
—Deberías saber esto de Jackson —dice Mel, enganchándose de mi brazo mientras cruzamos el puente peatonal hacia el nivel 2 del Pier 39—: es inteligente, oscuro, indescifrable, pero si te ama, mataría por ti. En silencio. Con elegancia. Y luego te haría té.
La fragancia del océano flotando en el aire me entusiasma hasta rozar la risa tonta. Mientras avanzamos, se me queda la boca literalmente abierta ante tantas cosas imposibles de asimilar de una sola vez.
Veo a un hombre vendiendo tazas de café desde una carretilla, con un letrero de cartón que dice: “Moodcups”. En cuanto descubro cómo funcionan, compro cuatro de inmediato: para mí, para Leyla, para Noah y, por supuesto, para mi robot.
Tal vez pueda enseñarle a reconectar con sus emociones perdidas. O, por lo menos, podré saber en qué estado de ánimo está. Mel compra dos. Haley se lleva media docena: al fin y al cabo, tiene cuatro ejemplares del género con dificultades emocionales en su familia inmediata.
Entonces casi me desmayo… tanto por la vista como por el olor. Afuera, sobre el agua, apretujadas en un par de muelles flotantes, hay manadas de leones marinos —perezosamente aplastados unos contra otros e incluso apilados encima de los demás—. La mayoría está profundamente dormida, pero unos cuantos inconformes del grupo braman y se quejan, discutiendo por un lugar favorito en las tablas.
Soltando a Mel, corro a la valla y me inclino para ver mejor. Son absurdamente tiernos. Tengo que traer a Leyla; se volvería totalmente loca.
—¡Oye, Aria, la comida es por aquí! —grita Mel, y cuando sigo sin moverme, me jala con brusquedad y me mete al restaurante. Ojalá nunca tenga tanta hambre.
Mientras nos dirigimos a una mesa en la esquina, vuelvo a quedarme sin aliento por el paisaje —a través de los ventanales de piso a techo—. Esta vez es una vista espectacular, de postal perfecta, de la bahía de San Francisco, con el Puente Golden Gate a un lado y Alcatraz a la derecha.
Un mesero se acerca a tomar nuestra orden, pero yo sigo mirando con los ojos como platos a través del vidrio. Kiara me empuja para que me siente en una silla, y mientras corre al baño, Mel contesta una llamada entrante de Damion.
—Esta vista nunca cansa —suspira Haley, y observamos en silencio la actividad marítima, con veleros y ferris que van y vienen, y enormes cargueros avanzando pesadamente hacia el puerto—; es como si, solo por un instante, el tiempo se detuviera. Un momento lleno de paz, delicioso.
—¡No puede ser!
Y así, sin más, el momento se esfuma.
La voz demasiado segura me saca de mi estado de dicha, y mis ojos se posan en nada menos que Brian. Al menos esta vez ya estoy sentada.
Los tipos atractivos a su lado parecen tan incómodos como yo. Brian los presenta como PJ, un colega, y Graham, un amigo. Al menos no mintió sobre quedar con alguien.
Mel regresa con una gran sonrisa en la cara —una que solo Damion puede provocarle—, pero se le borra en cuanto ve a los hombres.
—¡¿En serio?! —suena asesina, exactamente como me siento yo. Si Brian no me hubiera arruinado el ánimo, la manera en que pegaron el brinco habría sido graciosa. PJ se pone blanco como la cal en cuanto ve a Mel.
Le da un codazo a Brian en las costillas.
—No me dijiste que ELLA es parte del grupo —ahora se ve medio mareado.
—Bro… Damion nos va a reventar por meternos con su chica —continúa PJ. Por fin… un hombre con cerebro.
Brian lo mira con aburrimiento, mientras Graham resopla con desdén.
—Además es la hermana de JACKSON, bro… —murmura PJ, mirando alrededor como si acabara de invocar al diablo. Parece que va a vomitar aquí mismo sobre la mesa.
—No me dan miedo esos imbéciles —es el tal Graham el valiente, y eso me provoca una expresión llena de odio. Algo me dice que hay más historia aquí. Como una rivalidad.
—Sí, tal vez Jackson no le rompió suficientes costillas la última vez —se burla Mel, clavándole la mirada a Graham, que le responde con una mueca de asco.
—Es un cabrón —gruñe Graham.
—Ah, justo hablé con Damion… ya viene de regreso. Dice que Argentina estuvo preciosa —Mel no afloja. Graham frunce el ceño; una vena le late rápido en el cuello.
—Se volvió a caer —susurra—. Pero al menos esta vez nadie murió por su imprudencia.
Mel palidece.
—Aun así ganó.
No tengo la menor idea de qué está pasando.
—Sí, eso es lo único que le importa —silba Graham—. Más te vale tener cuidado: ganar es su único amor verdadero.
Mel se queda callada, pero sus ojos son llamas azules feroces.
—Vámonos —PJ tira, nervioso, de la manga de Brian, recorriendo el lugar con la mirada como si esperara que Jackson se materializara de la nada. Bueno, con las habilidades telepáticas de los chicos, tampoco me sorprendería que pudieran teletransportarse.
—Nos vemos pronto, Aria —Brian guiña un ojo, juguetón, y yo me muerdo el labio inferior, aliviada de que se haya acabado.
—¡Oh, eso espero que no!
Una expresión de dolor le cruza la cara antes de que se den la vuelta y se alejen. Los vemos irse. PJ les susurra algo; su lenguaje corporal está furioso. Brian nos mira por encima del hombro y se encoge de hombros.
—¿Sabes? Por gente como ellos es que necesitamos instrucciones en los frascos de champú —sisea Mel.
—¿Por qué se ven tan conocidos? —pregunta Kiara en voz baja.
—El archienemigo de Enrique —Mel parece alterada—. Y el otro es el de Damion.
—¡Mierda! —jadea Kiara, señalándolos con el dedo—. ¿Es ESE Brian? ¿Y ESE Graham?
Mel asiente con los labios fruncidos.
—Ugh, olvidémonos de esos idiotas y pidamos COMIDA… porque esta niña…
—¡Se está muriendo de hambre! —termino la frase por ella. Me lanza una mirada despectiva como si yo fuera una idiota, luego se da unas palmaditas en la panza con un rubor ligeramente avergonzado.
Una sonrisa satisfecha me tira de las comisuras de la boca —si quitas a Brian y a la prensa, este es un día casi perfecto—.
