Capítulo 1
Escalar una montaña no era tarea fácil, pero arrastrar conmigo a un ciervo asustado hacía el esfuerzo aún más intimidante. El sol me castigaba y el estómago me rugía, pero apreté los dientes y seguí ascendiendo por la montaña de los milagros. Las “sacerdotisas” que me guiaban se detenían a intervalos para lanzarme miradas fulminantes, como si me reprocharan, recordándome que no podía darme el lujo de ser floja si quería un hijo. Hasta que tuviera un hijo, no habría descanso para mí.
—Diosa, por favor —murmuré para mí—, por favor, solo un hijo… un bebé… por favor…
Después de cinco años emparejada con un Alfa sin dar a luz a un heredero, o siquiera quedar embarazada una sola vez, la gente ya no hablaba a mis espaldas; me llamaban estéril en la cara. La única manera de salvarme a mí misma y a mi matrimonio era quedar embarazada lo antes posible.
Me dolían las piernas mientras subía; tenía las manos lastimadas de tirar de la cuerda atada al ciervo. El sol me abrasaba la piel y la vista se me ponía blanca cada diez minutos, pero seguí escalando la montaña. Había intentado todo lo que pude en los últimos cinco años, y empezaba a sentir que me estaba quedando sin opciones.
Tras la agotadora proeza de la subida, llegamos a la cima y, tal como me habían indicado de antemano, saqué un cuchillo y degollé al ciervo, murmurando las palabras extrañas que las sacerdotisas me habían enseñado. La cima de la montaña estaba manchada con la sangre de otros que habían realizado sacrificios antes que yo.
Mientras degollaba al ciervo y murmuraba las palabras extrañas, mi loba caminaba de un lado a otro, incómoda, y se me juntaban las lágrimas en los ojos. La culpa me devoraba. Lo que estaba haciendo era un sacrilegio para la diosa, pero la desesperación me había empujado hasta ese punto.
Cuando terminé el ritual, tenía que beber la sangre del ciervo inerte frente a mí. Me arrodillé con lágrimas en los ojos y apoyé los labios sobre el animal muerto, con el estómago rebelándose y el corazón encogiéndose. Las lágrimas cayeron.
—¿Por qué estás llorando? —me regañó una de las sacerdotisas—. Este es el momento de alegrarte.
Asentí, me incorporé y me limpié los labios de la sangre del animal.
—Sí, mira el arcoíris allá —señaló la otra sacerdotisa hacia el cielo.
Alcé la vista, pero solo me topé con el resplandor cruel del sol incandescente.
—Alégrate, porque el dios supremo ha concedido tu petición.
—Sí —murmuré, pero las lágrimas no dejaron de caer.
—Ya puedes irte. Nos quedaremos aquí para rezar por ti durante los próximos catorce días —dijeron las sacerdotisas, y asentí—. ¿Qué estás esperando? ¡Vete de inmediato!
Me sobresalté ante el grito áspero y empecé a bajar a trompicones por la montaña.
No se sentía como si hubiera recibido un milagro. Aunque las sacerdotisas me dijeron que incluso la más mínima duda en mi corazón entorpecería mi milagro, no pude evitar pensar que había desperdiciado mi tiempo y mi dinero.
—Tu milagro viene en camino, Channy —me dije, sujetándome el vientre—. Tendrás un bebé en nueve meses, solo cree.
Bajar la montaña debería haber sido más fácil, pero no lo fue. Se me revolvía el estómago y me dolían las piernas. Me detuve una vez para vomitar y, incluso después de llegar al pie de la montaña, tuve que caminar un buen trecho hasta donde había estacionado.
El sol se estaba poniendo cuando entré en mi auto. Al revisar el teléfono, no encontré ni una sola llamada perdida. Aunque había estado fuera todo el día, mi pareja no se molestó en ver cómo estaba. Sabía adónde había ido; puso los ojos en blanco cuando le dije que visitaría la montaña de los milagros, pero no me dijo nada.
Cada día me hablaba menos y menos, y a veces lo sorprendía mirándome con asco. Me dolía el corazón, pero ¿qué podía hacer? Eso solo alimentaba mi desesperación. Todo a mi alrededor se estaba desmoronando porque no podía concebir. Si tan solo pudiera quedar embarazada, las cosas serían mejores. Mi pareja volvería a mirarme con amor, los miembros de mi manada volverían a respetarme y mi suegra no torcería la nariz cada vez que me viera.
—Diosa, por favor…— Me sentía indigna de pronunciar el nombre de la diosa después de lo que acababa de hacer, pero estaba al límite. Lo había intentado todo: hice voluntariado en guarderías, me hice todas las pruebas que los médicos recomendaron, doné al templo… todo lo que se me ocurría, y aun así no sirvió de nada. Mi vientre seguía plano y cada vez más hundido conforme bajaba de peso.
El regreso a casa fue un viaje largo y, cuando volví, ya casi era medianoche. Las luces estaban apagadas y escuché a mi pareja roncando adentro. Yo ni siquiera podía dormitar las noches en que él llegaba tarde del trabajo.
Me cepillé los dientes tan a fondo como pude y me lavé el cuerpo de toda la mugre y el sudor que se me pegaban. Luego me puse la lencería que compré hace unos meses, pero que nunca había podido estrenar.
—Jackson —susurré el nombre de mi pareja, mordiéndome los labios cuando se estremeció, pero siguió roncando. No quería interrumpir su sueño, pero la sacerdotisa me dijo que sería esta noche. Tenía que concebir esta noche—. Jackson… amor…
Le di unos golpecitos en el hombro.
—Ya volví.
Después de cinco minutos sacudiendo a mi pareja, por fin abrió los ojos. La mirada de repulsión que vi en sus ojos antes de que parpadeara me hizo encogerme.
—Pensé que vivirías con ellos en las montañas un tiempo —murmuró, frotándose los ojos—. ¿Qué quieres?
—No… yo solo… ¿Quieres…? —hice un gesto hacia mi cuerpo, por si no había notado la lencería negra y sexy que me puse solo para él.
—No importa cuántas veces lo intente, nada cambia. Estoy cansado.
Se puso una almohada sobre la cara, amortiguando las palabras que le quedaban.
—No me interesa.
—¡Pero Jackson, esto es diferente! ¡Lo sé! ¡Podemos hacer un bebé esta noche! —le agarré la mano y él se zafó de mi agarre.
—Lo has dicho más veces de las que puedo contar, Chantelle —siseó, apartándose la almohada de la cara—. Eres infértil. No va a haber ningún bebé contigo, así que déjame dormir de una maldita vez.
—Pero… —contuve las lágrimas—. Esta vez es real… y aunque… aunque… ¿no quieres… al menos… por… por diversión?
Me miró con unos ojos tan crueles que me hice hacia atrás. Luego soltó una risita; el sonido fue tan áspero que se me apretó el pecho.
—¿Por diversión? —bufó, incorporándose—. ¿Alguna vez el sexo contigo ha sido divertido? Lo único que sabes hacer es gemir como un perro moribundo.
—¡Jackson! —se me cerró la garganta al exclamar.
Aunque en los últimos meses había sentido que mi pareja se alejaba de mí, jamás soñé que le oiría decirme palabras tan crueles. Mi pareja era la única persona que prometió… que me juró… estar a mi lado para siempre, apoyarme y amarme.
En los primeros años de nuestro vínculo, nos habíamos explorado por todos lados en esta casa, del dormitorio a la cocina. Lo hicimos en su oficina, en el auto, en el bosque y, a veces, en casa de sus padres. Me deseaba todo el tiempo y, con él, aprendí a disfrutar la emoción de ponernos fogosos en lugares inesperados. No había imaginado —ni en mi peor pesadilla— que alguna vez me llamaría aburrida en la cama.
—Tengo que levantarme temprano para trabajar mañana, algo que tú no puedes entender, porque lo único que sabes hacer es ir detrás de doctores y sacerdotisas falsas.
Se recostó y cerró los ojos.
—¡Pero lo estoy haciendo por nosotros! —exclamé—. ¿No quieres un hijo?
—Eres el producto defectuoso que recogí, así que no te culpo por hacer preguntas estúpidas —resopló—. Preguntarle a un Alfa si no quiere hijos… —murmuró, negando con la cabeza—. Vete a dormir, Chantelle. No me molestes más de lo que ya lo haces.
A pesar de los insultos, le rogué. Sabía que ya no me deseaba, pero yo era la que recibía maldiciones cada vez que salía de mi casa. Yo era a la que su madre le lanzaba insultos, la estéril. Necesitaba un hijo más que él. Él podía elegir a otra mujer como me eligió a mí, pero yo no podía soportar perder al hombre que amaba, así que supliqué.
Me miró hacia abajo como si tener intimidad conmigo fuera la peor tarea del mundo y luego me puso una almohada sobre la cara. Se me cortó la respiración y por un segundo temí que fuera a asfixiarme, pero solo me bloqueó el rostro.
Escuché un forcejeo suave durante unos minutos, pero no moví la almohada para no hacerlo enojar. Luego apartó mi ropa interior hacia un lado, y solté un suspiro de alivio que se convirtió en un grito cuando su hombría me atravesó sin ninguna preparación.
—Jack…
Él presionó la almohada hacia abajo y me quedé helada.
—No te muevas. Tú querías esto, así que, a menos que quieras que cambie de opinión, más te vale quedarte quieta.
Me quedé inmóvil mientras me embestía una y otra vez, sin ritmo.
Dolía peor que la noche en que perdí la virginidad. No hubo palabras dulces, ni caricias, ni suavidad, solo el movimiento de sus caderas y los sollozos que intentaba contener. Se terminó en unos minutos, cuando me bombeó su semilla dentro.
—Nada diferente a tirar mi semilla en el piso del baño —murmuró al desplomarse a mi lado.
Me quedé quieta, en shock y angustia, incluso después de que se durmió y volvió a roncar. Fue como si me hubieran echado encima un balde de agua helada. Se me congeló la sangre. Me dolía la parte baja del cuerpo. La almohada siguió sobre mi cara mientras trataba de procesar lo que acababa de pasar. Puede que me hubiera desgarrado algo, pero no dolía tanto como la revelación que me inundó.
Mi pareja me odiaba.
Me levanté de la cama después de una hora de incredulidad, siseando de dolor mientras iba al baño a limpiarme su semilla mezclada con mi sangre. Cuando volví a meterme en la cama, me quedé mirando el rostro de mi pareja y me reí para mí misma, con el pecho apretado, la cabeza dando vueltas y la vista yéndose y volviendo de foco.
