Capítulo 4

—Vamos a tener un bebé —dijo Irene con una sonrisa amplia, rodeando con la mano la cintura de Jackson y recostándose contra él.

Parecían la pareja perfecta. Me dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes.

—Rena, ¿puedes darnos un minuto? —pidió Jackson, acariciándole el cabello.

Yo lo miraba todo con los ojos muy abiertos y un dolor punzante en el pecho.

Una parte de mí se negaba a creer que esto estuviera pasando. Me resultaba casi imposible asimilarlo. Era mi pareja destinada desde hacía cinco años, un hombre al que amaba con cada fibra de mi ser, un hombre que creí que me amaría para siempre… ¡y estaba abrazando a otra mujer, esperando un hijo con otra mujer!

—Yo… pero… pero no quiero —Irene pateó el suelo, haciendo un puchero.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y mi pareja destinada se inclinó para besarle los labios. Delante de mí.

—Solo tomará un momento, te lo prometo. Por favor, amor —suplicó él.

Parpadeé una vez y luego otra, mientras la incredulidad, la ira y la angustia peleaban dentro de mí. Irene me dedicó una sonrisa a escondidas antes de volver a hacer puchero y subir las escaleras hecha una furia.

—Jackson, ¿qué es esto? ¿Qué está pasando? ¿Qué…? —tenía la mente hecha un caos.

¿Irene estaba embarazada de Jackson? Intenté tocarme el vientre, pero las manos se me habían quedado sin fuerza. Todo mi cuerpo se había quedado sin fuerza. Me desplomé en el asiento y apreté los ojos con fuerza.

Ya se había acabado. Eso de lo que estaba huyendo sin siquiera admitir ante mí misma que huía de ello por fin había ocurrido. Mi pareja destinada eligió a otra mujer. Nuestra relación… todo a lo que me había entregado durante los últimos cinco años no había servido de nada. Ya se había acabado.

Las lágrimas se me juntaron en los ojos, pero no cayeron. Me temblaban las manos, así que las cerré en puños. Un sollozo se me atoró en la garganta. Todo lo que había pasado en los últimos meses me cruzó la mente como un relámpago: las visitas a los médicos, los exámenes, las visitas al templo, las donaciones, las mezclas, la sangre de venado… todo desfilaba uno tras otro en mi cabeza. A pesar de todo lo que hice, a pesar de cuánto recé, lloré y tuve esperanza, todo fue en vano. Mis lágrimas fueron en vano. Todo.

—Podríamos… podríamos haber adoptado un bebé —logré decir con la voz quebrada, con los ojos apretados y los puños cerrados a los lados.

—No seas ridícula —dijo Jackson, con un tono suave que me recordó al hombre que alguna vez fue… al hombre del que me enamoré—. Lamento decírtelo así —añadió.

Lo peor era lo arrepentido que sonaba. Escuché el remordimiento en su voz y sentí su tristeza derramándose en mí a través de nuestro endeble vínculo de parejas destinadas.

—De entre todas las mujeres del mundo… de entre todas las mujeres con las que podías engañarme… ¿por qué ella? —abrí los ojos y él se estremeció—. ¿Por qué me traicionarías así?

—¿Eso es lo que te preocupa en este momento? —preguntó, evitando mi mirada.

—Me preocupan muchas cosas —admití—. Tengo muchas preguntas, pero responde esto. ¿Por qué ella?

Aunque yo llamaba a Irene mi hermana, en realidad era mi hermanastra. Mi madre murió cuando yo tenía ocho años y, unos meses después, mi padre trajo a otra mujer a casa. Esa mujer venía con Irene.

Un año mayor que yo, entendí pronto que Irene competía conmigo. Jamás intentó ocultarlo. Si yo tenía algo, ella lo quería. ¿La atención de mi padre? Tenía que ser suya. ¿Mis muñecas? También suyas. ¿Mi habitación? Suya. Incluso los juguetes que mi madre me compró antes de morir terminaron en sus manos. Tenía una rivalidad silenciosa conmigo y, por más que intentara ignorarla, siempre encontraba la forma de meterse en mi vida. Janet y yo solíamos bromear diciendo que Irene tenía una enfermedad en los ojos que la hacía ir tras todo lo que me veía tener. Ahora no había nada gracioso en lo que había hecho.

—Solo… solo pasó —dijo Jackson, pasándose una mano por el cabello—. No es que lo hubiera planeado. Ella estaba allí y… —se quedó callado y yo apreté los labios.

¿Me sentía mejor al saber que no la buscó a propósito? Conociendo a Irene, seguro fue tras él para lastimarme, pero eso no cambiaba nada. Mi pareja destinada me engañó. No había traición peor que esa.

—Juramos el uno al otro… juramos el uno al otro, ¿y me traicionas así?

Me restregué las palmas por la cara. La rabia y la frustración me ardían por dentro. La angustia, el miedo y la ira me golpeaban desde distintos ángulos.

—Lo siento. No te mereces nada de esto, pero… pasó —dijo Jackson, con lástima en la voz.

La rabia en las entrañas se me encendió de golpe.

—No me merezco nada de esto, ¡pero tú me hiciste pasar por todo esto! ¿Cuánto tiempo, eh? ¿Cuánto tiempo has estado cogiendo con esa perra?

—Channy…

Le empujé el hombro cuando se acercó a mí.

—No, ¡me convertí en Chantelle para ti!

Odié cómo las lágrimas que había mantenido a raya se derramaron por mis mejillas, despacio al principio y luego en cascada con cada segundo que pasaba.

—¡Hice todo! ¡Todo por ti! Casi arruino mi vida tratando de ser todo lo que querías, ¿y así es como me lo pagas?

Le piqué el hombro con el dedo.

—Todo, Jackson. Renuncié a todo porque te amaba. ¡Te amo!

—Te amo… te amaba… ya no lo sé, Channy. Tienes que entenderlo, ya casi tengo treinta. Necesito un hijo que me suceda…

Me agarró la mano cuando intenté volver a pincharle el hombro.

No fue mi intención. Nunca se me había pasado por la cabeza golpear a mi pareja, pero en ese momento mi palma se estampó contra su mejilla y él perdió el control.

—¿Acaso no hice lo mejor que pude? ¿Por qué tú… por qué tú…?

Hundí la cara en las manos cuando estallé en sollozos fuertes. Estaba tan absorbida por mis emociones que no noté que el aire se volvía gélido.

—¿Acabas de pegarme?

Escuché un gruñido bajo que me obligó a levantar la cabeza. Me encontré con los ojos de un Alfa que me hicieron encogerme.

—Yo…

Me estremecí cuando su mano se cerró alrededor de mi cuello.

—¿Cómo te atreves a pegarme? —gruñó, con los ojos todavía ardiendo en el rojo de su lobo.

Mi loba rechinó los dientes mientras él apretaba.

—¿Cómo te atreves a faltarme al respeto?

—Jackson —logré ahogar, arañando su mano.

—¿Yo te dejé estéril? Durante cinco años mantuve a una mujer a mi lado y aun así te atreves a quejarte. ¿Qué hiciste tú por mí? Ni siquiera pudiste cumplir la función más básica de una mujer, ¿y quieres estar quejándote?

Acercó su rostro al mío y gruñó, su aliento en mi cara y su ira incendiada.

—Tu único deber como mi Luna era darme cachorros, pero durante cinco años fallaste y aun así quieres hablarme de que hiciste lo mejor que pudiste.

—Jackson, soy tu pareja —le recordé, sacándole sangre de la mano que tenía alrededor de mi cuello al arañarlo.

—Ya no —respondió—. No puedo seguir manteniendo a una mujer vacía a mi lado por lástima.

Su mano cayó de mi cuello y me masajeé la zona enrojecida.

—A Irene le tomó un día hacer lo que tú no pudiste en cinco años. Si tanta curiosidad tienes, está embarazada de tres meses —escupió—. Aguanté mucho por ti. Te respeté aunque no seas digna de respeto.

Se puso de pie y me miró con odio desde arriba.

—Irene está embarazada de mi hijo, así que ella es la única persona digna de estar a mi lado, no una tabla como tú. Mañana romperemos esta maldición llamada vínculo de pareja.

Me dejó con esas palabras finales. Me dejó para irse con Irene. Sola en la sala, lloré a mares. Intenté pensar en un plan, intenté decidir qué hacer, pero no se me ocurrió nada.

Irene estaba embarazada. Embarazada de tres meses.

Recordé cuándo noté que él empezaba a alejarse de mí, cuándo me volví desesperada por tener un hijo para recuperar su atención. En ese momento debí haber sabido que algo iba mal. Debí haberlo sabido, pero elegí ser ciega, buscando desesperadamente una forma de concebir para un hombre que ya había terminado conmigo. Me reí entre lágrimas, un sonido quebrado y miserable.

Tomé mi teléfono, sintiendo que mi mundo se derrumbaba sobre sí mismo. Deslicé por mis contactos, buscando un nombre al que llamar, una amiga con quien compartir esa carga aplastante. Mis manos se detuvieron sobre el de Janet y mis sollozos se hicieron más fuertes.

Ella lo sabía.

Janet sabía lo que estaba pasando mientras yo la llamaba llorando todo el tiempo.

Darme cuenta de que no tenía a nadie de mi lado me hizo llorar aún más. Lloré a mares quién sabe cuánto tiempo, pero luego me obligué a levantarme.

Yo era de las que lloraban, sí, pero no lloraba por mucho. No iba a llorar por mucho. No por un hombre que dejó claro que mis lágrimas no valían nada.

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