Capítulo 5
Empaqué mis cosas.
Cuando empecé a decorar esta casa, la decoré como mi hogar. Nunca soñé que dejaría mi hogar, y mucho menos así.
Me detuve un minuto y eché una última mirada a la habitación que compartí con mi pareja durante los últimos cinco años. Esa habitación había sido mi refugio, un lugar lleno de risas y calidez. Ahora era un lugar que ya no podía llamar mío. Ni siquiera podía mirar bien la cama que una vez compartí con mi pareja, porque ahora estaba marcada por la infidelidad.
Metí todo lo que tenía en dos maletas, asegurándome de no dejar nada atrás. Este espacio era para Irene ahora, y no podía soportar la idea de que usara mis cosas o incluso las tirara con desprecio.
Cuando cerré el cierre de la segunda maleta, la puerta del dormitorio se abrió y me puse rígida.
—¿Estás molesta?
Levanté la cabeza para ver a Irene sonriéndome con suficiencia desde arriba. Ignorándola, volví a cerrar mi maleta, pero ella se negó a que la ignoraran.
—¿Qué se siente perder contra mí? —preguntó, pero seguí sin prestarle atención.
—¿Sabes? —continuó—. Siempre te he odiado. Siempre has tenido una vida fácil. Yo he tenido que trabajar duro por todo lo que tengo, mientras que a ti te lo han dado todo.
No sabía de qué estaba hablando y no me importaba aprenderlo. No era novedad que Irene me envidiara, pero además de envidiosa, parecía delirante.
Cuando terminé de empacar mis cosas, arrastré mi maleta conmigo, pero la víbora me bloqueó el paso.
—Todavía no sabes cuál es tu lugar —se burló—. Ya no puedes ignorarme. ¡Pronto seré tu Luna! —me siseó en la cara.
—Irene —pronuncié su nombre con un tono de advertencia.
—¡Ahí vas otra vez, actuando como si fueras superior! —dio un pisotón—. Yo orquesté todo esto. ¡Perdiste a tu pareja por mi culpa! ¡Ya es hora de bajarte de tu pedestal y darte cuenta de que estás por debajo de mí!
—¿Eso es lo que quieres? —pregunté, y ella se encogió de hombros.
—Es una de las muchas cosas que quiero.
—¿Quieres que te felicite?
—¿Q-Qué? —se estremeció cuando la miré con dureza.
Tenía los ojos hinchados y pesados por todas las lágrimas que había derramado. Mi corazón sangraba. Nada se sentía bien, y en parte era por culpa de esta mujer; una persona desagradable con la costumbre de arrebatarme mis cosas para saborear una sensación enfermiza de victoria. No sabía por qué siempre competía conmigo, pero en ese momento no me importaba, mientras la angustia me desgarraba el corazón.
—Ganaste. ¿Quieres que te felicite? —repetí, y ella apretó los labios.
Cuando me robó mis muñecas, la dejé pasar. Cuando manipuló a mis amigos para que me abandonaran por ella, los dejé ir. Incluso cuando empezó a pelear por la atención de mi padre, la dejé hacer. Estaba ansiosa por quebrarme y pisotearme para poder reírse, pero esta vez no iba a dejar que viera cuánto me había lastimado; no iba a permitir que supiera que había hecho añicos hasta el último pedazo de mí. No quería darle esa satisfacción.
—Tú… —empezó ella, pero el sonido de unos pasos que se acercaban la hizo callar.
—¿Qué le dijiste? —exigió Jackson, colocándose al lado de Irene mientras me fulminaba con la mirada.
—Jackie, intenté hacer que entendiera nuestra situación, pero se negó a hablar conmigo. No me reconoce como tu Luna, y a tu bebé no le gusta eso.
Aunque usó su falsete habitual, ese que la hacía sonar como una niña ingenua e inocente, yo sabía que se estaba burlando de mí al enfatizar la palabra «bebé». Irene tenía un talento para fingir. Hiciera lo que hiciera, nadie sospechaba jamás que tuviera malas intenciones.
—Solo deja que se vaya. No tienes por qué explicarle nada. No hiciste nada malo —respondió Jackson, y yo apreté los dientes.
—P-pero ¿adónde iría? No puedes volver a casa, hermana, y ya no eres la Luna, así que necesitas mi aprobación para quedarte en la casa de la manada. ¿No es mejor que te quedes con Jackie y conmigo? —Me atraganté con esas palabras—. Piénsalo. La casa es grande y solitaria, así que necesito a alguien que me haga compañía cuando Jackie esté en el trabajo. —Abrió bien los ojos, parpadeando con inocencia mientras se enrollaba un mechón de cabello en el dedo.
—Yo sigo siendo la Luna de esta manada —fueron las únicas palabras que pude reunir.
Ver a mi pareja al lado de otra mujer me partía aún más el corazón, ya de por sí magullado, y saber que estaba junto a ella, en mi contra, lo volvía todo mucho peor.
En vez de torturarme mirando a esos dos, pasé de largo, pero Irene se apresuró a bloquearme el paso. Frené en seco al verla frente a mí, pero, para mi absoluta sorpresa, ella gritó y se desplomó al suelo.
Jackson la atrapó justo antes de que golpeara el piso, levantándola en brazos. Luego se volvió hacia mí con unos ojos que mostraban que su lobo estaba al mando.
—¡Yo no hice nada! —exclamé antes de que él pudiera hablar, con los sentidos gritándome peligro, pero entonces Irene me señaló con un dedo tembloroso.
—Hermana… hermana Channy, ¿por qué me empujaste? ¿T-tanto me odias? —Sus ojos claros se le llenaron de lágrimas en un parpadeo—. ¿Estás enojada por… por el bebé? —Se tocó el vientre—. ¡Lo hice por ti! —exclamó de repente—. Lo hice por ti. Yo… yo pensé que te pondrías feliz por mí. ¿No es mejor que tu hermana dé a luz al próximo heredero a que otra mujer te arrebate el puesto? Temía que me guardaras rencor, pero esto… ¿también le guardas rencor a mi bebé? ¿Estás tratando de lastimar a mi bebé?
Nunca había querido maldecir tanto como en ese instante. Era el peor guion que había interpretado en su vida, pero Jackson se lo estaba tragando completo.
¿Hizo qué por mí? ¿Arruinó mi vínculo? ¿Mi vida? Había tantas cosas que quería gritarle, pero el fuego ardiendo en los ojos de Jackson me sostuvo la lengua.
—Tú… tú… —Sus fosas nasales se dilataron mientras sus ojos se oscurecían—. De verdad eres una maldición —escupió—. Después de todo… te soporté… tanto tiempo… —La ira le deformó las palabras. Cuanto más se enojaba, más le costaba hilvanar frases—. Todo lo que aguanté… y tú… tú quieres hacerle daño a mi hijo…
Avanzó a zancadas y acostó a Irene en la cama. Nuestra cama.
Quise reír, llorar y gritar al mismo tiempo. La vida era injusta. Siempre había sido injusta conmigo, pero nunca a este extremo. Lo estaba perdiendo todo en un abrir y cerrar de ojos y, como si no fuera suficiente, tenía que ver al hombre que amaba sostener a otra mujer y acusarme de intentar hacerle daño a su hijo.
—Chantelle… —Volvió a mirarme, pero Irene tiró de su manga. Él se inclinó cuando ella le susurró al oído. Era una escena tan íntima que se me nubló la vista con lágrimas nuevas.
—Tienes razón —dijo, asintiendo mientras se enderezaba y me fulminaba con la mirada—. Ven aquí.
Me agarró de la mano y me sacó de la casa a tirones.
—¿Adónde me llevas? —Forcejeé contra su agarre, tratando de resistirme mientras me jalaba, pero no era lo bastante fuerte como para oponerme a un alfa en plena forma—. ¿Adónde me llevas? —exclamé cuando me arrojó dentro del auto.
—¡Quédate! —gruñó, y me hizo estremecer.
—Jackson… —lo llamé, con el corazón latiéndome en la garganta cuando se sentó al volante.
—Para ti es Alfa Jackson —bufó, saliendo del camino de entrada con un chirrido de llantas.
Conducía como un loco, la mirada vidriosa mientras se enlazaba mentalmente con alguien, y yo recitaba plegarias a la diosa para que nos salvara de su manejo brutal.
Llegamos a la casa de la manada en un abrir y cerrar de ojos. Jackson me arrastró fuera del auto y me metió en el vestíbulo. La gente que pasaba se detuvo a mirar y, en cuestión de segundos, el lugar empezó a llenarse. Dos ancianos llegaron en menos de cinco minutos y por fin entendí lo que estaba ocurriendo.
—Luna Chantelle —me llamó el mayor de los dos, acercándose—. El Alfa ha pedido romper su vínculo con usted. ¿Está de acuerdo?
Tragué con dificultad, con la garganta cerrada, sintiendo que el corazón se me encogía.
Estaba rompiendo nuestro vínculo.
Salió más gente. La excitación en el aire era palpable. No me atreví a mirar a nadie a la cara, temiendo ver esa emoción reflejada en sus ojos. Aunque no podía fingir ser perfecta, a mi manera había intentado ser una buena Luna para estos lobos. Me esforcé más de lo necesario para servirles y hacer de la manada un hogar para cada uno. Y aun así, parecía que todos habían estado esperando mi caída.
—Estoy de acuerdo —le respondí al anciano.
Una parte de mí quería negarse. Mi loba gimoteó, frustrada. Aunque Jackson no era su pareja predestinada, habíamos llegado a amarlo. Yo amaba a ese hombre con cada fibra de mi ser, pero el amor no era suficiente. Yo no era suficiente.
No había razón para negarme, ninguna razón para alargarlo. Ya no podía aferrarme a un hombre que hacía mucho había soltado… a mí… a nosotros.
—Luna Chantelle, has fracasado como Luna ante los lobos de Blood Moon. Por esta razón, te liberaré de tu vínculo con el Alfa y con la manada.
Una mujer corrió hacia adelante con un cuchillo en cuanto el anciano se dio la vuelta. Como si fuera una señal, se lo entregó y yo extendí la palma de la mano. Él me hizo un pequeño corte en la palma y repitió la acción con Jackson.
—Puede proceder con el rechazo, Alfa.
El anciano dio un paso atrás mientras Jackson se giraba hacia mí con los ojos todavía ardiendo de furia.
—Yo, Jackson Knight de Blood Moon, te renuncio, Chantelle Park, como mi pareja y mi Luna. Renuncio al vínculo que compartimos y a los juramentos que hicimos.
Un fuego se encendió en mis entrañas, trepó hasta mi pecho y luego me quemó la garganta.
—Y-yo… acepto la renuncia.
Mi loba aulló. Me tembló la barbilla y la vista se me nubló. Apreté los puños a los costados, con las uñas clavándose en el corte de mi palma.
—Nosotros somos testigos. Está hecho —declaró el anciano, y solté un suspiro de alivio.
No sabía qué esperar de anular un vínculo, pero pese al peso de la desesperación aplastándome, sentí un destello de alivio.
Durante los últimos meses había cargado un peso invisible mientras caminaba de puntillas alrededor de mi pareja y de la manada, pero ahora… ahora sentía como si la roca que me aplastaba el pecho se hubiera levantado.
Los ancianos se dispersaron. Jackson me dejó atrás sin mirarme siquiera. La multitud se fue reduciendo y me quedé sola en el vestíbulo de la casa de la manada.
Por un segundo breve y demencial, consideré arrodillarme, aferrarme a las piernas de mi pareja y suplicarle que me perdonara, que me amara como antes, pero me recordé que ya no era mi pareja. Renunció a los últimos cinco años.
No sé si lloré, pero mis piernas me llevaron lejos de la casa de la manada. No tenía nada en la mente mientras avanzaba. Me movía sin pensar ni rumbo, con los pies controlando todo mi ser.
Mi loba aulló varias veces. Me detuve a mirar la luna mientras ascendía. El entumecimiento se extendió por mí a medida que caminaba y tuve el pensamiento fugaz de caminar para siempre. Alejarme caminando del dolor y la angustia que me asfixiaban.
Vagué hasta que me dolieron las piernas y me rugió el estómago. Entonces me detuve bajo una farola.
¿Adónde iría? Me había quedado sin hogar en un abrir y cerrar de ojos. Ya no podía quedarme en la casa de la manada. No tenía nada encima: ni teléfono, ni dinero, ni un plan.
Para detener las emociones que estaban a punto de ahogarme, seguí caminando, y mis pies me llevaron al primer lugar que alguna vez llamé hogar. Mi padre y su esposa estaban fuera de la ciudad en ese momento, así que no habría nadie en la casa. Entré con la llave de repuesto que siempre se guardaba debajo de una maceta en la entrada y luego me arrastré hasta mi antigua habitación, preguntándome en qué la habría convertido Irene.
Empujé la puerta, di un paso al interior y me quedé paralizada. Era una escena que ya había visto ese mismo día: Irene desnuda en mi cama, pero esta vez… esta vez no era con Jackson.
