Capítulo 6
En el minuto que me tomó procesar lo que estaban viendo mis ojos, Irene gritó y empujó al Beta de Jackson lejos de ella. En un abrir y cerrar de ojos, ella se estaba alisando la falda y Todd, el Beta, se estaba abrochando los jeans. Era el mejor amigo de Jackson y, aun así…
—¿Qué haces aquí? —gruñó Irene, fulminándome con la mirada.
—El bebé… —Miré su vientre y estallé en carcajadas.
—¡Perra loca! —Sus ojos se clavaron en Todd, que estaba rojo de la vergüenza—. ¿Por qué tú…?
Me agarré el estómago y me doblé, jadeando, mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Me reí hasta que me dolió el pecho y se me hizo demasiado difícil respirar.
Mi pareja me echó por esta mujer. La misma mujer a la que se estaba tirando el mejor amigo de él.
—¡Todd, haz algo! —exclamó ella, y el Beta empezó a acercarse a mí con los ojos llenos de ansiedad.
—¿Y si ni siquiera es suyo? —pregunté, con la voz ronca.
—¡Claro que es suyo! —chilló Irene—. ¡Todd! ¡Idiota, tenemos que deshacernos de ella! —le gritó al Beta.
Me atraganté cuando me agarró del cuello. Entonces oímos el sonido inconfundible de la puerta abriéndose. El agarre de Todd en mi garganta se aflojó y me quedé helada al escuchar la voz de mi madrastra.
—¿Quién está ahí? —gritó, pero antes de que cualquiera de nosotros pudiera contestar, Irene chilló al lanzarse contra una pared con tanta fuerza que rebotó y se desplomó en el suelo.
—¡Mi bebé! —aulló mi madrastra, subiendo las escaleras a toda prisa—. ¡Oh, diosa, qué has hecho!
Unos ojos llenos de odio se encontraron con los míos cuando se agachó junto a su hija.
—¡Llama al Alfa! ¡Rápido, llama al Alfa! —le gritó a Todd mientras recogía a Irene entre sus brazos.
—¿Qué pasó? —preguntó mi padre al llegar a la escena.
—Mamá, p- papá… —Irene se tocó el vientre mientras gemía—. Mi bebé… ella intentó lastimar a mi bebé.
Mi cuerpo se pegó a la pared cuando Thelma, mi madrastra, se volvió hacia mí. Había pocas personas en el mundo que me dieran miedo, y esta mujer me aterraba más que ninguna. Era Beta, pero en ese momento era tan imponente y dominante como un Alfa.
—¿Es verdad? —Mi padre se volvió hacia mí.
Mirándolo, era difícil decidir si quería escuchar mi versión o si preguntaba solo por formalidad. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Todd intervino.
—Sí. ¡Yo lo vi! —Las cejas de mi padre se alzaron y Todd continuó—. Iba pasando cuando oí los gritos de Irene, así que vine a ver y vi a Lu… a Chantelle atacándola.
—¡Perra desagradecida! —gruñó Thelma, incorporándose.
—Lleva a tu hija al hospital antes de que sangre por todos lados —la cortó mi padre.
—S- sí —asintió ella, haciéndole una seña a Todd.
El Beta levantó a Irene en brazos y, así de rápido, el hedor de la sangre se expandió. Thelma los siguió, aullando y maldiciendo mi nombre.
Tenía que aplaudir a Irene. Era una genia para convertirme en la villana sin aviso y sin perder un segundo.
A solas con mi padre, mi mente inventó cien escenarios distintos. Pensé en Jackson y me estremecí; me temblaban las manos mientras intentaba secarme el sudor.
—Yo no la empujé —murmuré—. Te lo juro… yo no… yo no la empujé. —Alcé la vista para encontrar la mirada de mi padre.
—Está embarazada del hijo del Alfa y tú ya no eres la Luna —dijo con voz monótona.
Era su manera de decirme que era mi palabra contra la de Irene, y que la mía no valía nada.
—Tú… ¿me crees? Yo… no… —Se me trabaron las piernas, el corazón se me aceleró y se me apretó el pecho—. ¿Me crees?
Necesitaba que alguien me creyera. Yo no hice nada. Si tan solo… si tan solo alguien me creyera, tal vez el futuro que se representaba en mi cabeza sería distinto. Necesitaba un testigo. Las palabras se me atoraron y salieron a borbotones. Alcé los ojos para encontrar los de mi padre, pero su expresión siguió impasible.
—¿Qué importa si te creo? —preguntó.
Y yo grité. Grité tan fuerte que me atraganté, pero él apenas se inmutó al alejarse, dejándome con un pequeño charco de la sangre de Irene y un dolor de cabeza.
Con la espalda contra la pared, me dejé resbalar hasta el piso y me sujeté la cabeza entre las manos.
Mi palabra contra la de Irene.
¿Quién me creería?
Nadie. Nadie creería que yo no intenté lastimar a la amante embarazada de mi pareja.
El hielo me inundó las venas cuando la puerta principal se abrió de golpe. Enderezándome, me puse de pie cuando Jackson se acercó con fuego ardiéndole en los ojos.
—Jack…
No me dejó terminar.
La cabeza se me fue hacia un lado de un golpe y vi estrellas. Me zumbaban los oídos y saboreé sangre cuando los dientes me cortaron la lengua. Me tambaleé, pero un brazo fuerte me sostuvo antes de que tocara el suelo y otra bofetada me dejó los oídos sordos.
—Jackson… por favor… —suplicé cuando me soltó otra cachetada que amenazó con reventarme los tímpanos, pero un gruñido profundo le retumbó desde el pecho.
—Mi nombre… ¿quién te dio derecho…? —jadeó—. Mi madre tenía razón contigo. —Se le oscurecieron los ojos—. No eres más que mala suerte… ¡una bruja! Por eso no puedes tener un hijo tuyo. ¡Eres malvada!
—¿Puedo preguntar qué está pasando? —La voz de mi padre nunca había sonado tan bien como en ese momento.
—¡Esta bruja a la que llamas hija intentó matar a mi hijo! —rugió Jack, estrangulándome—. ¿Así la criaste…?
Volcó su ira y su odio sobre mi padre.
—Jack… —aferré la mano que me apretaba el cuello.
—Cuidado —murmuró mi padre—. No olvides quién soy.
Como si recordara el estatus de mi padre como el mayor benefactor de la manada, Jack me soltó, me lanzó contra la pared y se sacudió las manos.
—Más te vale que no le pase nada a mi cachorro —escupió, se dio la vuelta y salió de la casa con un portazo.
—¿Qué hago? ¿Qué hago? —sollozé contra las palmas, con el pecho encogido y la cabeza martillándome.
De verdad se había acabado.
Como dijo mi padre, era mi palabra contra la de Irene y, para la mañana siguiente, la noticia de cómo ataqué a Irene por celos ya se había propagado. No fue sorpresa que mi pareja —expareja— me exhibiera frente a toda la manada para desterrarme.
—Tienes suerte de que esté bien —siseó—. Te habría matado con mis propias manos si le pasaba algo a Irene y a mi cachorro.
Levanté la vista hacia Jackson y no vi nada del hombre del que me enamoré. Era como si una persona completamente distinta me fulminara con la mirada. En sus ojos duros no había amor, ni cariño, ni siquiera familiaridad; solo ira y desprecio.
Quise que supiera que la mujer a la que eligió por encima de mí había estado abierta de piernas para su Beta el día anterior, pero me mordí la lengua. No me creería. Nadie lo haría.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que no eras más que mala suerte! —La madre de Jackson vino corriendo hacia mí, me agarró del cabello y tiró hasta que vi estrellas—. ¡Mujer malvada! ¿Mi hijo te dejó estéril? ¿Por qué elegiste complicarle la vida? —gritó a todo pulmón, empujándome al suelo y aplastándome con el pie.
—¿Te arrancó el útero? —restregó el pie en mi vientre—. ¿Es culpa de él que estés vacía? ¡Cómo te atreves a atacar a nuestro próximo Alfa! ¿Qué te hizo alguna vez Blood Moon? —chilló y chilló, sus zapatos desgarrándome la camisa y amoratándome la piel.
Me quedé inmóvil mientras me pisoteaba, me pateaba y me escupía. Me quedé inmóvil mientras me llovían los insultos. Me quedé inmóvil hasta que se cansó y los guerreros de la manada me alzaron a la fuerza. En todo, permanecí en silencio.
Estaban por echarme de mi manada, de mi hogar.
—Desde hoy en adelante, Chantelle Park… —la voz de Jackson retumbó en el salón, pero entonces se le fue el color del rostro.
Lo sentí. Todos lo sentimos: el cambio de poder cuando un depredador por encima de nuestro Alfa entró en nuestro territorio.
—Problemas —un chico adolescente entró corriendo, jadeando—. ¡Hay problemas! —chilló.
—¿Qué está pasando? —preguntó alguien entre la multitud.
—Dicen… —el chico se interrumpió para recuperar el aliento—, el alfa maldito —susurró, y todos supimos lo que eso significaba.
