Capítulo 1 La textura de la piel

El aroma a trementina, pigmentos minerales y aceite de linaza siempre había sido mi refugio más seguro. En la penumbra de mi taller, donde la luz del poniente atravesaba los ventanales y se quebraba sobre frascos, pinceles y telas, el mundo exterior perdía volumen. Afuera estaban Celadon Arts, los abogados, los titulares y las semanas de negociaciones que Valentina había sostenido casi sin dormir para impedir que el patrimonio familiar terminara devorado por acreedores. Adentro podía fingir, al menos durante unas horas, que mi apellido no era un expediente abierto sobre una mesa de juntas.

Aquí solo existíamos el lienzo y yo.

Deslicé la espátula cargada de óleo sobre la tela y abrí una línea áspera en medio del azul. Mi nueva serie, Ventanas, había nacido como una declaración de libertad, pero cada cuadro terminaba pareciéndose más a una puerta cerrada. En una bandeja aparte conservaba una pequeña muestra de pigmento azul que había pertenecido a mi padre. Valentina la había encontrado entre documentos familiares y me la entregó sin darle importancia. Yo tampoco sabía entonces por qué Alejandro Salazar había marcado el frasco con una sola palabra: CELADON. No lo utilizaba. Lo guardaba como se guardan las cosas que todavía no sabemos si son recuerdo o advertencia.

Me pasé el dorso de la mano por la frente, sudorosa por el calor sofocante del atardecer, dejando sin querer una mancha de sombra tostada sobre mi piel. Llevaba puesta solo una camiseta de tirantes gastada que se me pegaba al torso y un pantalón corto de mezclilla deshilachado, cubiertos por mi viejo delantal de cuero manchado. Mi respiración era agitada, rítmica, al compás de la música suave que resonaba en los altavoces de la esquina.

Un crujido seco en la madera de la entrada me hizo dar un brinco.

—Esa línea no transmite libertad, Florencia. Transmite contención —dijo una voz grave, vibrante, que pareció acariciar y erizar el vello de mi nuca al instante.

Giré sobre mis talones con la espátula aún en la mano. De pie, bajo el marco de la puerta de roble macizo, estaba Max Thorne.

Él no pertenecía a este espacio caótico y terrenal. Max era la encarnación de la elegancia fría y peligrosa. Llevaba un traje a medida de color gris marengo, la camisa blanca ligeramente desabotonada en el cuello, revelando la sombra de su piel bronceada, y una corbata de seda oscura aflojada con impecable descuido. Su figura imponente llenaba el umbral, pero lo que realmente me congeló fue su mirada: dos orbes oscuros, afilados como navajas, que me recorrieron despacio, sin prisa, desde mis pies descalzos hasta el desorden de mi cabello recogido.

—Este es un estudio privado, señor Thorne —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque el corazón me latía con violencia contra las costillas—. Las visitas de Celadon Arts Advisory se coordinan con días de anticipación. 

Max avanzó un paso. El sonido de sus zapatos de cuero sobre la madera retumbó en el silencio del taller. No se detuvo hasta quedar a menos de medio metro de mí. Su presencia era abrumadora; emanaba un perfume sofocante a madera de sándalo, tabaco dulce y un calor corporal que alteró el aire entre los dos.

—Las reglas ordinarias no aplican cuando se trata de una cláusula prioritaria, Florencia —contestó, bajando el tono de su voz a un susurro cavernoso—. Y menos cuando el contenido de esa cláusula concierne exclusivamente a ti.

Sacó un sobre de papel de algodón pesado del bolsillo interior de su saco y lo sostuvo entre dos dedos largos y bien cuidados.

—Valentina firmó para liberar las acciones familiares —continué, dando un paso atrás para marcar distancia, sintiendo el borde de la mesa de mezclas golpear mi cadera—. El acuerdo está cerrado. 

—El acuerdo corporativo, sí —respondió Max—. Pero antes del traspaso definitivo quedó activa una cláusula de producción vinculada a tu serie. Celadon obtuvo prioridad de exhibición sobre doce obras inéditas y el derecho a una supervisión curatorial. No puede obligarte a pintar ni decidir qué haces con tu cuerpo, pero sí puede reclamar daños si abandonas la entrega sin renegociar. Victoria Grey está esperando exactamente eso.

Dejó el sobre sobre la mesa en lugar de invadir el poco espacio que quedaba entre nosotros. Aun así, su cercanía me alteró. Max tenía una forma irritante de convertir cada silencio en una provocación, como si estuviera acostumbrado a que las habitaciones se reorganizaran alrededor de él.

—Doce obras —continuó—. Mi supervisión será directa porque yo defendí la valoración ante el comité. Pero las reglas del taller las pones tú. Si aceptas, empezamos mañana. Si no, llamaré a Valentina y a los abogados y discutiremos las consecuencias como adultos.

—Eso es absurdo. No voy a pintar con un ejecutivo vigilando cada uno de mis movimientos.

—No soy solo un ejecutivo, Florencia. Soy quien puso su firma debajo de la valoración de Ventanas cuando media junta quería convertir tus cuadros en garantía de una deuda. Si esta serie fracasa, Victoria tendrá el argumento que necesita para reabrirlo todo. No vengo a salvarte ni a amenazarte. Vengo a comprobar si la artista que defendí existe fuera de los informes.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, una mezcla embriagadora de rabia, miedo y un impulso primario que se encendió en la parte baja de mi abdomen. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, rozando la tela de su chaqueta.

Max miró la mancha de pintura de mi pómulo y levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarme. —¿Puedo? —preguntó. El gesto me desconcertó más que cualquiera de sus amenazas. Asentí una sola vez. Entonces limpió la pintura con el pulgar, despacio, y la descarga que me recorrió no tuvo nada que ver con contratos ni consejos de administración.

—Tienes demasiado control sobre el lienzo, pero muy poco sobre ti misma —murmuró, arrastrando el pulgar hacia abajo, siguiendo la línea de mi mandíbula hasta detenerse en el centro de mi cuello, donde mi pulso palpitaba con fuerza salvaje. Sostuvo la presión justo allí, sintiendo mi acelerado ritmo cardíaco—. Estás llena de pasión reprimida, Florencia. Lo veo en tus ojos, en la forma en que respiras... en cómo tiemblas cuando me acerco.

—No tiemblo —mentí en un hilo de voz, aunque el roce de sus dedos en mi garganta enviaba descargas eléctricas directo a mi pelvis.

—Mientes —susurró, inclinándose aún más hasta que sus labios rozaron la curva sensible de mi oreja. Su voz era una caricia oscura—. Y tu pintura lo sabe. Estás atada a la técnica porque le tienes miedo a lo que sentirías si te dejases llevar.

Su mano descendió hasta mi hombro y se detuvo allí. Fui yo quien acortó el último centímetro, más por desafío que por rendición. El contacto entre nuestros cuerpos fue breve, suficiente para confirmar que la atracción existía y que precisamente por eso necesitaba reglas. Apoyé una palma en su pecho y lo obligué a retroceder.

Apreté los puños contra su pecho para frenarlo, pero el contacto con la solapa de su saco solo sirvió para fijar mi agarre en él.

—Hasta aquí, Max. Mi taller, mis reglas. Si vas a supervisar mi trabajo, apréndetelas.

Max sostuvo mi mirada durante un instante y luego dio un paso atrás. —Bien. Primera regla aprendida. Y tú aprende la mía: no voy a mentirte para hacerte sentir segura. Victoria buscará cualquier grieta que dejemos.

Tragué saliva, atrapada en el pozo negro de su mirada. La tensión erótica en la habitación era tan espesa que casi se podía moldear como arcilla. El deseo me recorría la sangre como un veneno dulce, una tentación destructiva que amenazaba con arruinar la delgada línea entre mi libertad y su dominio.

—Mañana a primera hora —dijo, recuperando el sobre—. Trae ropa que puedas manchar y una idea que estés dispuesta a defender. No quiero una modelo obediente. Quiero a la artista que hizo que yo arriesgara mi nombre ante el comité.

Se marchó sin mirar atrás. Esperé hasta oír cerrarse la puerta y entonces tomé el teléfono. Tenía tres mensajes de Valentina: uno preguntando si Max ya había llegado, otro recordándome que no firmara nada sin leerlo y un tercero, más corto: «Y llama a Isabella. Lleva dos días sin responderme». Miré el pequeño frasco azul junto al lienzo. Por primera vez, la llegada de Max dejó de parecer el único problema que se acercaba.

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