Capítulo 1 La textura de la piel
El aroma a trementina, pigmentos minerales y aceite de linaza siempre había sido mi refugio más seguro. En la penumbra de mi taller, donde los rayos del sol poniente apenas lograban filtrar una luz dorada a través de los ventanales ventosos, el mundo exterior no existía. No había corporaciones amenazantes, ni titulares de prensa sobre Grey Meridian, ni los ecos de la batalla legal y financiera que Valentina había tenido que librar para salvarnos a todas.
Aquí solo existíamos el lienzo y yo.
Deslicé la espátula cargada de óleo denso sobre la tela tensada, creando una trazo firme pero áspero. Mi nueva serie de pinturas, Ventanas, representaba la libertad que tanto nos había costado recuperar. Sin embargo, la superficie del cuadro no reflejaba calma; reflejaba una tensión latente, una inquietud que me quemaba por dentro desde hacía semanas. Una necesidad de soltar el control que no lograba plasmar del todo con los pinceles.
Me pasé el dorso de la mano por la frente, sudorosa por el calor sofocante del atardecer, dejando sin querer una mancha de sombra tostada sobre mi piel. Llevaba puesta solo una camiseta de tirantes gastada que se me pegaba al torso y un pantalón corto de mezclilla deshilachado, cubiertos por mi viejo delantal de cuero manchado. Mi respiración era agitada, rítmica, al compás de la música suave que resonaba en los altavoces de la esquina.
Un crujido seco en la madera de la entrada me hizo dar un brinco.
—Esa línea no transmite libertad, Florencia. Transmite contención —dijo una voz grave, vibrante, que pareció acariciar y erizar el vello de mi nuca al instante.
Giré sobre mis talones con la espátula aún en la mano. De pie, bajo el marco de la puerta de roble macizo, estaba Max Thorne.
Él no pertenecía a este espacio caótico y terrenal. Max era la encarnación de la elegancia fría y peligrosa. Llevaba un traje a medida de color gris marengo, la camisa blanca ligeramente desabotonada en el cuello, revelando la sombra de su piel bronceada, y una corbata de seda oscura aflojada con impecable descuido. Su figura imponente llenaba el umbral, pero lo que realmente me congeló fue su mirada: dos orbes oscuros, afilados como navajas, que me recorrieron despacio, sin prisa, desde mis pies descalzos hasta el desorden de mi cabello recogido.
—Este es un estudio privado, señor Thorne —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque el corazón me latía con violencia contra las costillas—. Las visitas de Celadon Arts Advisory se coordinan con días de anticipación.
Max avanzó un paso. El sonido de sus zapatos de cuero sobre la madera retumbó en el silencio del taller. No se detuvo hasta quedar a menos de medio metro de mí. Su presencia era abrumadora; emanaba un perfume sofocante a madera de sándalo, tabaco dulce y un calor corporal que alteró el aire entre los dos.
—Las reglas ordinarias no aplican cuando se trata de una cláusula prioritaria, Florencia —contestó, bajando el tono de su voz a un susurro cavernoso—. Y menos cuando el contenido de esa cláusula concierne exclusivamente a ti.
Sacó un sobre de papel de algodón pesado del bolsillo interior de su saco y lo sostuvo entre dos dedos largos y bien cuidados.
—Valentina firmó para liberar las acciones familiares —continué, dando un paso atrás para marcar distancia, sintiendo el borde de la mesa de mezclas golpear mi cadera—. El acuerdo está cerrado.
—El acuerdo corporativo, sí —Max sonrió, una curva lenta y predadora que no llegó a sus ojos—. Pero Celadon Arts no financia promesas abstractas. La firma adquirió la exclusividad de tu producción artística antes de que tu hermana firmara el traspaso definitivo.
Extendió la mano y, antes de que pudiera esquivarlo, sus dedos enguantados en una aura de poder contenida no tomaron el sobre, sino que se posaron sobre la mesa, acorralándome entre su cuerpo y el mueble. La proximidad me cortó la respiración. Podía sentir el calor que salía de su pecho, rozando casi el encaje de mi sujetador bajo la camiseta fina.
—La cláusula exige doce obras inéditas producidas bajo mi supervisión directa y personal —continuó, fijando sus ojos en los míos con una intensidad casi salvaje—. Aquí. En este taller. Sin intermediarios. Sin la protección de tus hermanas.
—Eso es absurdo. No voy a pintar con un ejecutivo vigilando cada uno de mis movimientos.
—No soy solo un ejecutivo, Florencia —dijo, acercando su rostro al mío hasta que su aliento cálido me rozó la comisura de los labios—. Soy el hombre que decide si tu carrera despega a nivel internacional o si tu apellido queda enterrado en demandas por incumplimiento de contrato que destruirán todo lo que Valentina intentó salvar.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, una mezcla embriagadora de rabia, miedo y un impulso primario que se encendió en la parte baja de mi abdomen. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, rozando la tela de su chaqueta.
Max bajó la mirada hacia mis labios semiabiertos. Sin pedir permiso, levantó la mano derecha. Con una lentitud tortuosa, rozó el yema de su dedo pulgar contra mi pómulo, limpiando suavemente la mancha de pintura que me había dejado minutos antes. El contacto de su piel contra la mía fue como una chispa sobre gasolina. Su tacto no era brusco, pero sí implacable, dominando mi espacio con una autoridad natural que me dejó paralizada.
—Tienes demasiado control sobre el lienzo, pero muy poco sobre ti misma —murmuró, arrastrando el pulgar hacia abajo, siguiendo la línea de mi mandíbula hasta detenerse en el centro de mi cuello, donde mi pulso palpitaba con fuerza salvaje. Sostuvo la presión justo allí, sintiendo mi acelerado ritmo cardíaco—. Estás llena de pasión reprimida, Florencia. Lo veo en tus ojos, en la forma en que respiras... en cómo tiemblas cuando me acerco.
—No tiemblo —mentí en un hilo de voz, aunque el roce de sus dedos en mi garganta enviaba descargas eléctricas directo a mi pelvis.
—Mientes —susurró, inclinándose aún más hasta que sus labios rozaron la curva sensible de mi oreja. Su voz era una caricia oscura—. Y tu pintura lo sabe. Estás atada a la técnica porque le tienes miedo a lo que sentirías si te dejases llevar.
Deslizó la mano desde mi cuello hacia abajo, bajando por mi hombro hasta apretar con firmeza mi cintura, pegándome instintivamente a la dureza de su cuerpo. El contraste entre la tela áspera de mi delantal y la sofisticación de su traje encendió una llama abrasadora. Sentí el contorno firme de sus muslos contra los míos, la presión inconfundible de su deseo creciendo bajo la tela de su pantalón, recordándome exactamente dónde estaba el peligro.
Apreté los puños contra su pecho para frenarlo, pero el contacto con la solapa de su saco solo sirvió para fijar mi agarre en él.
—Suéltame, Max... —exigí, aunque mi tono carecía de la fuerza necesaria; sonó más como una súplica de rendición.
—Solo si me miras a los ojos y me dices que no quieres que me quede —desafió, apartándose apenas un centímetro para escudriñar mi rostro. Su mano no cedió en mi cintura; al contrario, sus dedos se hundieron en la carne blanda de mi cadera, reclamando el territorio como si fuera suyo.
Tragué saliva, atrapada en el pozo negro de su mirada. La tensión erótica en la habitación era tan espesa que casi se podía moldear como arcilla. El deseo me recorría la sangre como un veneno dulce, una tentación destructiva que amenazaba con arruinar la delgada línea entre mi libertad y su dominio.
—Mañana a primera hora, Florencia —susurró, soltándome de golpe y dejando una sensación de vacío frío donde antes había estado su calor—. Empezamos la primera sesión. Y asegúrate de no llevar tanto exceso de ropa. Necesito ver la anatomía del dolor y el placer si quiero que este cuadro valga un solo centavo.
Se giró con elegancia ejecutiva, dejando el sobre sobre la mesa de pintura. Caminó hacia la salida sin mirar atrás, dejándome sola en la penumbra del taller, con las piernas temblando, la piel ardiendo por su toque y la certeza absoluta de que acababa de firmar mi propia condena.
