Capítulo 2 La primera sesión

El taller se sentía diferente esa mañana. El aire olía al café amargo que había preparado para intentar calmar mis nervios y a la trementina que no lograba despejar de mis manos. Había pasado la noche en blanco, dando vueltas en la cama, reviviendo la presión de la mano de Max en mi cintura y el sonido de su voz rasposa prometiendo regresar. 

A las ocho en punto, la puerta de roble se abrió. No llamó. No pidió permiso.

Max Thorne entró al estudio luciendo impecable, como si la noche anterior jamás me hubiera acorralado contra la mesa de mezclas. Vestía un traje azul marino ajustado a sus hombros anchos y una camisa clara sin cravata, dejando al descubierto el arranque firme de su cuello. Cerró la puerta tras de sí con un chasquido seco que resonó en todo el espacio. 

—Llegas puntual —dije, apoyada contra el gran lienzo en blanco que había montado sobre el caballete principal.

—Nunca llego tarde a una inversión, Florencia —respondió, quitándose la chaqueta con un movimiento fluido y doblándola con parsimonia antes de colocarla sobre el respaldo de un sillón gastado—. Y menos cuando la artista parece lista para salir huyendo.

Su mirada se posó sobre mi ropa. Atendiendo a sus palabras —más por rebeldía que por complacencia—, me había puesto un vestido sencillo de tirantes finos en tono marfil, de tela ligera que caía floja sobre mi cuerpo. Aún llevaba la piel descubierta en los hombros y la espalda.

Max caminó hacia mí sin prisas. Cada paso suyo rompía la distancia de forma amenazante. Se detuvo justo al lado del caballete, rozando el marco de madera antes de girarse completamente hacia mí.

—El lienzo está blanco. ¿Por dónde empezamos? —preguntó, cruzando los brazos sobre el pecho. La tela de su camisa se tensó sobre sus bíceps.

—Por el boceto. Necesito que te quedes quieto en esa silla —señalé la estructura de madera al fondo del taller.

Max soltó una risa baja, un sonido gutural que me erizó la piel.

—¿Creíste que yo sería el modelo, Florencia? —se acercó un paso más, reduciendo el espacio a nada. Su sombra me cubrió casi por completo—. Te equivocas. El contrato exige tu esencia, tu vulnerabilidad. La serie no tratará sobre mí. Tratará sobre lo que yo logro sacar de ti.

Antes de que pudiera protestar, su mano se extendió y atrajo el caballete hacia un lado, dejándome expuesta ante él. Con dos dedos, tomó la tira de mi vestido en el hombro derecho y la deslizó despacio, muy despacio, hasta dejar al descubierto la línea de mi clavícula y la curva de mi pecho.

El aire se congeló en mis pulmones. El calor de su mano bordeó la tela sin tocar directamente la piel, pero la cercanía era tan intensa que sentí que me quemaba.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, con la voz ahogada por el pulso acelerado que me retumbaba en los oídos.

—Inspirándote —susurró Max. Se inclinó, dejando su boca a milímetros de mi hombro desnudo. Su aliento cálido provocó un escalofrío violento que me hizo cerrar los ojos—. Quitas la ropa sobria, pero mantienes la armadura en la postura. Quiero que te sientas observada, Florencia. Quiero que sientas la mirada de quien tiene tu destino en sus manos. 

Deslizó el pulgar por la parte superior de mi pecho, siguiendo el borde del escote. El roce fue lento, deliberado, ejerciendo una presión calculada que me obligó a arquear ligeramente la espalda. Una corriente eléctrica descendió directo a mi vientre, encendiendo un deseo oscuro y sofocante.

—Toma el carbón —ordenó con voz grave, pegando su pecho a mi espalda desnuda. Sentí la dureza de su cuerpo detrás de mí, el calor de su torso presionando mis nalgas y la firmeza de sus muslos rodeándome.

Mi mano tembló cuando tomé la barra de carboncillo de la bandeja. Max cubrió mi mano con la suya, envolviendo mis dedos con una fuerza dominante. Guió mi brazo hacia la superficie blanca del lienzo.

—No pienses. Siente —murmuró cerca de mi oído, apretándome más contra él. Sentí la evidencia de su excitación marcada contra mi cadera, una rigidez inevitable que me hizo soltar un jadeo ahogado—. Traza lo que sientes en este momento. La rabia, la tentación... la necesidad de entregarte.

Con su mano presionando la mía, trazamos una línea negra, gruesa y violenta a través de la tela. El sonido del carbón rasgando el lienzo llenó el taller, pero el único sonido que realmente me importaba era la respiración agitada de Max contra mi cuello y el ritmo desenfrenado de mi propio corazón.

—Eso es... —susurró, deslizando su otra mano por mi cintura, subiendo lentamente por mis costillas hasta rozar el lateral de mi seno sobre la tela fina del vestido—. Libera el control, Florencia. Deja que el trazo sea tan sucio y hambriento como lo que estás sintiendo por dentro.

Giré ligeramente la cara, buscando su mirada. Sus ojos oscuros quemaban con una mezcla peligrosa de posesión y fascinación. La distancia entre nuestros labios se redujo a un milímetro. La tentación de romper la última barrera y besarlo me dominó por completo, haciendo que me olvida de contratos, de mi familia y de la prudencia. 

Sin embargo, cuando nuestros labios rozaron apenas la primera chispa, el teléfono de Max sobre la mesa de centro comenzó a vibrar con insistencia, rompiendo el hechizo como un cristal cayendo al suelo.

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