Capítulo 3 El trazo roto
El zumbido constante del teléfono sobre la mesa cortó el aire como un tajo limpio, rompiendo la atmósfera sofocante que nos rodeaba.
Max no se movió de inmediato. Permaneció inmóvil durante tres segundos eternos, con su pecho pegado a mi espalda, sintiendo mi respiración desbocada y la forma en que mi cuerpo aún temblaba bajo su toque. Su boca permanecía a milímetros de la mía, reteniendo el aliento antes de soltar un chasquido molesto con la lengua.
Con una lentitud calculada para hacerme saber que era él quien decidía cuándo terminar la tortura, despegó su cuerpo del mío. El vacío frío volvió a instalarse en mi piel en cuanto su calor me abandonó. Se ajustó la camisa con absoluta compostura, caminó hacia la mesa y tomó el aparato.
Al ver el nombre en la pantalla, su mandíbula se tensó imperceptiblemente.
—Habla —dijo con voz helada, dando la espalda al caballete.
Me quedé junto al lienzo, sosteniendo la barra de carbón entre los dedos manchados y tratando desesperadamente de recuperar el aliento. Ajusté la tira de mi vestido marfil sobre el hombro, sintiendo la piel todavía ardiendo en el lugar exacto donde sus dedos la habían rozado. Mi vientre continuaba pulsando con una electricidad oscura y peligrosa.
—Victoria —pronunció Max tras escuchar unos segundos en silencio—. Te dije que no me interrumpieras durante las revisiones de catálogo.
Al escuchar ese nombre, la frialdad me recorrió la espalda. Victoria Grey. La mujer que había intentado desmantelar los activos de mi familia hasta el último minuto y que aún mantenía hilos de poder dentro de la estructura ejecutiva.
—No hay ninguna anomalía en el contrato de la serie Ventanas —continuó Max, con un tono neutro que no revelaba absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir a un metro de él—. El acuerdo con la firma está blindado y la producción ya comenzó. Nos vemos en la oficina a las dos.
Colgó sin esperar respuesta y guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Cuando se giró para mirarme, la fachada de ejecutivo implacable había regresado por completo, pero sus ojos retenían un brillo salvaje, casi hambriento, que desmentía la sobriedad de sus movimientos.
—Victoria está buscando cualquier grieta para impugnar el contrato de representación —dijo, dando dos pasos lentos hacia mí—. Cree que tu talento es el punto débil del apellido. Quiere probar que la transferencia de fondos de Valentina no tiene respaldo artístico real.
—Mi talento no es ninguna grieta —contesté, levantando la barbilla y dando un paso al frente para encararlo, negándome a mostrar la fragilidad en la que me había dejado apenas unos minutos atrás—. Mi trabajo es lo único impecable en toda esta maraña de intereses corporativos.
—Entonces demuéstralo —desafió Max, deteniéndose justo frente a mí. Extendió su mano y apretó con firmeza mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada—. Victoria quiere una exposición previa a puerta cerrada este viernes. Quiere ver la primera obra terminada antes de que el consejo apruebe los fondos de Celadon Arts.
—Eso es imposible —protesté, sintiendo la presión de sus dedos en mi cara—. Una obra de este calibre lleva semanas de secado, capas de veladura, preparación...
—Tienes cuatro días, Florencia —interrumpió, bajando el tono de su voz a una amenaza aterciopelada—. Cuatro días para pintar la obra más visceral de tu vida. Y vas a hacerlo con mi supervisión constante.
Se inclinó ligeramente, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó mis labios una vez más.
—Porque si fracasas, no solo pierdes tu taller. Pierdes la libertad que tu hermana compró. Y yo pierdo el placer de ver cómo te desarmas en este lienzo cada vez que te me acerco.
Soltó mi barbilla con la misma lentitud con la que me había tocado, dejando su impronta marcada en mi piel. Se giró, tomó su chaqueta del sillón y caminó hacia la salida del taller.
—Mañana a las siete de la mañana, Florencia —dijo desde el umbral, sin mirarme—. Esta vez no habrá café ni pausas. Trae un vestido que estés dispuesta a arruinar.
La puerta se cerró con un golpe seco, dejándome sola en la penumbra del estudio con la barra de carbón partida en dos entre mis dedos y el pulso latiendo con fuerza entre las piernas.
