Capítulo 4 El trazo de la carne
A las siete de la mañana, la luz que entraba por el ventanal era fría, casi azul. Yo ya llevaba dos horas en el taller, preparando los pigmentos, mezclando el aceite de linaza y ajustando la tela sobre el caballete grande.
Siguiendo su advertencia, me había puesto un vestido corto de seda fina en tono rosa pálido, casi transparente contra la luz del amanecer, que se ajustaba a las curvas de mis caderas y dejaba la espalda completamente al descubierto. No llevaba sujetador. Cada roce del aire fresco sobre mi piel recordaba exactamente la razón por la que estaba allí: no tenía escapatoria.
La puerta se abrió puntualmente. Max no llevaba traje esta vez. Vestía una camisa negra de mangas enrolladas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos robustos y marcados por venas prominentes, y unos pantalones oscuros que acentuaban su porte imponente.
Cerró la puerta con llave. El chasquido del cerrojo resonó en el silencio del taller como una sentencia.
—Puntual —comentó Max, caminando despacio hacia el centro del estudio. Su mirada recorrió mi silueta de arriba abajo, deteniéndose en la transparencia sutil de la tela rosa y el contorno erguido de mis pezones marcados por el frío—. Y obediente.
—Quiero terminar esto rápido —dije, sosteniendo la paleta de madera y los pinceles gruesos con manos que luchaban por no temblar.
—Nada en esta habitación va a ser rápido, Florencia —respondió, acortando la distancia.
Se colocó detrás de mí, tan cerca que pude sentir el calor que emanaba de su torso rodeando mi espalda. Sin previo aviso, deslizó sus dos manos por mis caderas, apretándome con firmeza contra su pelvis. El contraste entre la calidez de sus palmas y la tela fría de mi vestido me sacó un jadeo involuntario.
—Hoy no usarás la paleta —susurró cerca de mi oído, mientras sus dedos subían lentamente por mis costillas, ahuecando la curva inferior de mis pechos a través de la seda—. Victoria quiere ver pasión pura en la tela, no técnica académica. Tu cuerpo va a ser la herramienta.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, tratando de girarme, pero su agarre en mi cintura se volvió de hierro, inmovilizándome.
Max tomó un frasco de pintura al óleo color carmesí denso, destapándolo con una sola mano. Sumergió sus dedos largo y bien formados en el pigmento espeso. Luego, con una lentitud tortuosa, llevó su mano manchada hacia mi clavícula.
El frío de la pintura al contacto con mi piel me hizo sofocar un grito, pero la calidez de sus dedos frotando el color húmedo contra mi pecho convirtió el impacto inicial en una ola de calor abrasador. Deslizó su mano hacia abajo, dibujando una línea húmeda que bajó entre mis senos, manchando la tela rosa que comenzó a pegarse a mi piel como una segunda capa.
—Max... —supliqué, con la respiración entrecortada mientras la sensación líquida y el roce de sus yemas enviaban descargas eléctricas directo a mi entrepierna.
—Mira el lienzo —ordenó con voz grave y dominante, apretando su mandíbula contra mi sien.
Puso su otra mano sobre mi vientre, inclinándome hacia adelante hasta que mis pechos rozaron la tela limpia del cuadro. La textura áspera del lino contra mi piel sensibilizada y la pintura fresca que Max continuaba esparciendo por mis hombros me hicieron arquear la espalda de puro placer.
—Pinta con tu cuerpo —murmuró, deslizando sus dedos manchados de carmesí por mi espalda desnuda, bajando hasta el borde inferior de mi vestido.
Levantó la tela con brusquedad, dejando mis nalgas y la parte posterior de mis muslos completamente expuestas al aire frío. La presión de su cuerpo rígido contra mi piel desnuda me confirmó lo excitado que estaba. Sostuvo mi cadera izquierda mientras con la otra mano continuaba extendiendo el óleo caliente por mis muslos y mi cintura.
Apresada entre el lienzo y la masa muscular de Max, me dejé llevar. Presioné mi pecho manchado contra la tela, arrastrando el cuerpo hacia arriba y hacia abajo en un movimiento rítmico y desesperado. El carmesí y el marfil se mezclaron en el lienzo en formas orgánicas, violentas y sensuales, mientras los gemidos se me escapaban entre los dientes.
Max introdujo una de sus manos por debajo de mi vestido, buscando el centro de mi pelvis. Cuando sus dedos encontraron la humedad hirviente entre mis piernas, soltó un gruñido bajo contra mi cuello.
—Mírate... —susurró, acariciando mi clítoris con trazos lentos y profundos que me hicieron ver estrellas—. Eres pura tentación, Florencia. Estás pintando la obra de tu vida mientras te deshaces en mis manos.
El ritmo de sus dedos dentro de mí se volvió más rápido, implacable, coordinado con la forma en que yo restregaba mi piel cargada de pintura contra el caballete. Cada embestida de sus dedos despertaba un eco de placer tan intenso que mis piernas amenazaron con doblarse. Tuve que agarrarme con ambas manos de la madera del marco para no caer.
—No te atrevas a cerrar los ojos —exigió Max, dándome un leve azote en el muslo que me hizo jadear de sorpresa y excitación—. Quiero que veas el rastro de tu placer en la tela.
El clímax me sobrevino como una ola violenta. Un espasmo profundo me recorrió desde las entrañas, haciendo que mi pelvis se contrajera convulsivamente alrededor de sus dedos mientras soltaba un grito ahogado que resonó por todo el taller. Me pegué al lienzo, dejando la marca completa de mi torso pintado sobre la superficie blanca, creando una composición viva, caótica y abrumadoramente erótica.
Max me sostuvo con fuerza durante toda la sacudida, besando con ferocidad la curva de mi cuello húmedo de sudor mientras sus dedos apuraban las últimas gotas de mi rendición.
Cuando finalmente la marejada de placer comenzó a ceder, me dejó apoyada contra el lienzo, temblando, con la respiración desbocada y la piel manchada de óleo rojo. Él se dio un paso atrás, ajustándose el pantalón con respiración agitada, pero con una sonrisa de triunfo absoluto en los labios.
En el lienzo, la figura abstracta de un cuerpo en pleno éxtasis quedaba inmortalizada para siempre.
—Victoria no va a poder decir una sola palabra este viernes —dijo Max, mirándome con una mezcla de posesión y orgullo primitivo—. Esto es arte puro, Florencia. Y apenas estamos empezando.
