Capítulo 5 El peso del cristal
El viernes llegó con una tormenta fría que azotaba los ventanales del estudio. El agua repiqueteaba contra los cristales, pero dentro del taller el ambiente continuaba sofocante.
La obra terminada descansaba sobre el gran caballete central. El lienzo, una composición monumental dominada por trazos carmesí, sombras densas y texturas orgánicas, atrapaba la luz de las lámparas halógenas con una fuerza casi violenta. Era la huella viva de la sesión anterior, la evidencia tangible de mi entrega física bajo la mirada y las manos de Max.
A las tres de la tarde, el sonido metálico de unos tacones sobre la madera anunció la llegada de Victoria Grey.
Entró al taller luciendo un abrigo de corte impecable en tono marfil, el cabello recogido en un moño perfecto y una expresión de fría severidad. A su lado caminaba Max, llevando su impecable traje gris y una postura rígida, profesional, como si entre nosotros jamás hubieran existido las caricias brutales ni las noches de tensión.
—El espacio es claustrofóbico, Max —comentó Victoria, recorriendo el taller con la mirada y deteniéndose apenas un segundo en la ropa desordenada y los tubos de pintura sobre la mesa—. Espero que el resultado justifique la premura y el presupuesto de Celadon Arts Advisory.
—Júzgalo tú misma, Victoria —contestó Max con voz pausada, colocándose a un metro del lienzo, a mi lado.
Victoria se acercó a la obra. Se quitó los guantes de piel negra con parsimonia y se detuvo a escasos centímetros de la superficie. Durante dos minutos enteros que parecieron siglos, el único sonido en la habitación fue el caer de la lluvia afuera y el ritmo frenético de mi corazón.
Sus ojos astutos recorrieron cada relieve de óleo carmesí. Pasó la mirada desde las formas abstractas hasta la intensidad del pigmento, buscando el menor defecto, la grieta técnica que le permitiera invalidar el contrato.
—Es visceral... —murmuró finalmente Victoria, rompiendo el silencio con una voz que intentaba sonar despectiva, pero que no pudo ocultar un tinte de asombro—. Demasiado visceral para lo que solías presentar con tu familia. Hay un descontrol evidente en la espátula.
—No es descontrol. Es liberación, Victoria —intervine, dando un paso al frente y sosteniéndole la mirada con una firmeza que ni yo misma sabía que poseía—. Es la diferencia entre pintar para complacer a un mercado estático y pintar desde la carne.
Victoria giró el rostro hacia mí. Una sonrisa gélida se dibujó en sus labios.
—La carne es volátil, Florencia. Y Celadon Arts no invierte en emociones pasajeras —se giró hacia Max, encarándolo—. La obra es impactante, no voy a negarlo. Pero exijo una cláusula de verificación de autoría. Quiero una sesión completa de pintura en vivo durante la gala de la próxima semana ante el comité de evaluación. Si puedes replicar esta intensidad frente a los inversores, el acuerdo de tus hermanas quedará sellado definitivamente. Si no... el contrato se rescinde.
Miré a Max de inmediato. Su rostro permanecía impasible, pero en la profundidad de sus ojos vi un destello de peligro.
—Aceptamos las condiciones —declaró Max sin dudar un segundo, antes de que yo pudiera protestar.
—Perfecto —dijo Victoria, ajustándose los guantes—. Nos vemos en la gala.
Salió del taller tan fríamente como había entrado. En cuanto la puerta se cerró tras ella, la tensión reprimida en la estancia volvió a estallar.
—¿Estás loco? —exclamé, encarándome a Max—. ¡Pintar en vivo ante el comité no es lo mismo que estar a solas en mi taller!
Max no respondió con palabras. Dio dos pasos agigantados, me tomó por la cintura y me estampó de espaldas contra el borde de la gran mesa de mezclas. El impacto seco hizo resonar los frascos de vidrio.
—Vas a pintar frente a ellos exactamente lo mismo que pintaste aquí —susurró, sujetando mis dos muñecas sobre mi cabeza con una sola mano, mientras su otra mano se introducía con brusquedad entre mis muslos, aplastando su cuerpo contra el mío—. Porque antes de que subas a ese escenario, me voy a asegurar de que no recuerdes otro toque que no sea el mío.
