Capítulo 6 La víspera del fuego

El aire helado de la noche se filtraba con persistencia por las rendijas de los ventanales altos del taller, arrastrando el murmullo lejano de la ciudad. Faltaban menos de veinticuatro horas para la gala de evaluación que definiría el futuro de mi obra, y el espacio parecía un laboratorio frío y estéril antes de una prueba decisiva.

Sobre el caballete central descansaba un imponente lienzo de lino de dos metros, áspero y blanco bajo los focos de trabajo. A su lado, había dispuesto con rigurosa precisión tres gamas de pigmentos puros, un juego de espátulas de acero, paños de algodón y un cronómetro digital. Esta vez no quería que Max viniera a jugar al salvador ni a provocarme con sus silencios calculados. Quería ensayar exactamente qué ocurriría cuando cien personas en esa sala intentaran destrozarme con la mirada.

Max caminó alrededor del montaje con una libreta de cuero en la mano, analizando cada detalle con frialdad profesional. Se había quitado el saco, arrojándolo sin mirar sobre el sofá, y llevaba las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, dejando a la vista los antebrazos firmes. En lugar de observar mi cuerpo como solía hacerlo en los rincones oscuros, estudiaba la iluminación cenital, la distancia milimétrica entre las mesas y el recorrido exacto que yo tendría que dar sobre el escenario.

—Te tiemblan los dedos —dijo sin levantar la vista de sus notas, deteniéndose frente a mí—. Si entras con ese pulso a la sala de exposiciones, no podrás sostener la espátula ni diez segundos.

—Porque sé perfectamente que mañana pueden convertir cada error milimétrico en un titular de prensa —repliqué, cruzándome de brazos mientras sentía cómo la tensión me contraía la boca del estomago—. No necesito que vengas a vigilarme, Max. Necesito que me hagas las preguntas exactas que Victoria formulará para destruirme ante el comité.

Max cerró la libreta con un golpe seco que resonó en el silencio del estudio.

—Bien. Si eso es lo que buscas, juguemos en serio —dijo, dando un paso al frente con una expresión calculadora—. Primera pregunta de prueba: ¿La serie Ventanas existe porque eres una Salazar o porque realmente eres una artista?

La pregunta me golpeó con la fuerza de una bofetada, mucho más profundo de lo que estaba preparada para admitir. Sin pensar, hundí la espátula con rabia en el cuenco de pigmento rojo y marqué el lienzo con un trazo violento y profundo.

—¡Existe porque durante años todos los demás decidieron exactamente qué debía significar mi maldito apellido! —le contesté, respirando con dificultad, con la voz rota—. Esto... esto es lo único que todavía puedo decidir por mí misma.

—Segunda pregunta —continuó Max, implacable, sin concederme un segundo de tregua—: ¿Tu valor real en el mercado aumentó porque Celadon te eligió, o Celadon te eligió únicamente porque ya tenías un valor que no podían ignorar?

—Siguiente pregunta —espeté, apretando los dientes, negándome a caer en esa trampa mental.

—No. Esa es la pregunta exacta que tienes que contestar mañana frente a todos ellos, pero sin abrir la boca. Que hable la pintura por ti.

Trabajamos durante horas bajo esa dinámica agotadora. Max cambió la posición de los focos de luz para cegarme, simuló interrupciones molestas, hizo sonar su teléfono a propósito para romper mi concentración e incluso leyó en voz alta fragmentos hostiles y despectivos de los informes previos del comité. Cada vez que el ritmo decaía o el miedo me paralizaba, me obligaba a empezar de cero sin borrar lo anterior. El ensayo dejó de ser una simple preparación táctica contra Victoria y se convirtió en una pelea feroz contra mi propia necesidad neurótica de corregirlo todo.

Cerca de la medianoche, mientras daba los últimos trazos bajo la luz artificial, encontré por fin el movimiento que llevaba buscando semanas: una diagonal de azul profundo cruzando el rojo intenso sin llegar a mezclarse con él. Me detuve en seco, con el aliento suspendido. Aquel tono exacto se parecía demasiado al pigmento que guardaba el viejo frasco de mi padre, aunque juraba que no lo había sacado de ahí.

Max se percató del cambio al instante; sus pasos resonaron sobre el suelo de madera mientras se acercaba al lienzo.

—Ese azul no estaba en tu paleta inicial —señaló, entrecerrando los ojos con suspicacia—. ¿De dónde salió?

—No lo sé exactamente... o sí —murmuré, pasándome una mano manchada por la frente—. Mi padre guardaba uno parecido en su estudio. Valentina encontró el frasco olvidado entre sus cosas viejas.

Max frunció el ceño, acercándose tanto a la tela que casi podía tocarla. —¿Decía algo? ¿Celadon?

—Eso dice una etiqueta escrita a mano en la base. Nada más.

Por primera vez en toda la noche, Max dejó por completo el tono de curador distante. Me miró con una intensidad oscura que me hizo dar un paso atrás.

—No lo traigas mañana a la galería —ordenó, con una urgencia sorda en la voz—. Hasta averiguar de dónde salió y qué contiene exactamente, guárdalo bajo llave. Y por lo que más quieras, no se lo enseñes a Victoria.

—¿Por qué tanta obsesión? —protesté, levantando la barbilla—. Es solo pintura.

—Porque Victoria reconoce el valor económico y el poder de un secreto antes siquiera de saber de dónde viene —respondió él con severidad—. Y conozco lo suficiente a tu padre como para saber que él nunca etiquetaba nada sin un motivo oculto.

Guardé silencio, sintiendo que el aire del estudio se volvía denso de repente. Max dio un paso más, acortando la distancia entre nosotros, pero esperó deliberadamente a que fuera yo quien extendiera la mano hacia él. Solo cuando vio mis dedos abiertos, entrelazó los suyos con los míos. El gesto fue breve, áspero, casi impropio de un hombre tan hermético como él.

—Mañana en esa sala no voy a tocarte para obligarte a pintar ni para rescatarte —dijo, mirándome directo a los ojos, sin permitir que apartara la vista—. Si te bloqueas frente al público, busca la pintura y mira el lienzo. Si sigues bloqueada, mírame a mí. Pero la decisión final del cuadro será únicamente tuya.

—¿Y si fracaso estrepitosamente ante todos ellos? —le pregunté, sintiendo por fin el verdadero peso del miedo en la voz.

—Entonces fracasaremos delante de todos, saldremos de ahí y encontraremos otra salida —replicó sin dudar un segundo, con una firmeza absoluta—. Pero no voy a permitir que te conviertan en un simple truco publicitario para ganar una votación interna.

La respuesta me desarmó por completo, disolviendo una coraza que ni la peor arrogancia de mi familia había logrado tocar jamás. Sin pensarlo dos veces, me acerqué y lo besé una sola vez, despacio, con una quietud extraña, porque genuinamente quise hacerlo. Max respondió al contacto sin prisas, con la misma intensidad contenida, y se apartó con elegancia antes de que pudiera atraparlo de nuevo.

—Eso que acabas de hacer definitivamente no estaba en el guion del ensayo —murmuró, con una ligera sombra de sonrisa en la comisura de los labios.

—Tampoco estaba prohibido en las reglas del taller —contesté, devolviéndole el desafío.

Me giré para contemplar una vez más el gran lienzo de práctica bajo los focos. Seguía teniendo imperfecciones, trazos salvajes y dudas latentes, pero por primera vez en mi vida, esa imperfección no me aterraba; parecía una elección consciente y no un defecto que debiera ocultar.

—Ahora sí estoy lista —dije, sintiendo que el pulso se me estabilizaba por fin—. Y esta vez no necesito que Max me lo confirme para saber que es verdad.

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