Capítulo 6 El escenario de la carne
El gran salón del Hotel Grand Palace brillaba bajo un enjambre de arañas de cristal de bohemia. La élite del mercado del arte, críticos de renombre, coleccionistas internacionales y los miembros más influyentes de Celadon Arts Advisory conversaban con copas de champagne en la mano. Sin embargo, en el centro del escenario elevado, rodeado por un cordón de terciopelo negro, el ambiente se sentía como un matadero de lujo.
Sobre un gran atril de hierro negro reposaba un lienzo en blanco de tres metros de ancho. A un lado, las mesas de vidrio exhibían frascos de pigmentos puros, aceites y espátulas relucientes.
Llevaba un vestido de gala de corte sirena en satén negro, con la espalda completamente descubierta hasta el nacimiento de la cadera. La seda se adhería a mi piel como una caricia helada, recordándome a cada paso las marcas invisibles que los dedos de Max me habían dejado la noche anterior. Bajo la tela fina, la sensibilidad de mi cuerpo seguía a flor de piel; cada roce interno quemaba como un susurro de su posesión.
A diez metros de mí, en la primera fila de mesas reservadas, Victoria Grey me observaba con una sonrisa gélida sobre el borde de su copa de cristal. A su lado, impasible, impecable en un esmoquin negro a medida que acentuaba la anchura de sus hombros y la autoridad de su porte, estaba Max Thorne.
Nuestras miradas se cruzaron en medio del murmullo sofocante de la multitud. No hubo un solo gesto en su rostro ejecutivo, pero la profundidad oscura de sus ojos encendió de inmediato una chispa en mi vientre. "Di de quién es la voz que vas a escuchar", había dicho. La promesa de su toque resonó en mis oídos con más fuerza que la música de cámara que sonaba de fondo.
Un hombre de cabello cano y traje gris se puso de pie frente al escenario: Arthur Vance, el presidente del comité de evaluación de Celadon Arts.
—Damas y caballeros —anunció su voz amplificada por los altavoces—, esta noche no presenciamos una subasta habitual. Asistimos a la prueba de fuego de la nueva serie de la firma. La señorita Florencia creará una obra en vivo para validar la autenticidad y la carga emocional del contrato que une su talento a nuestro catálogo. Dispone de cuarenta y cinco minutos.
El murmurar del salón cesó de golpe. Las luces principales se atenuaron, dejando un foco blanco de luz cenital cayendo directamente sobre mí y el lienzo en blanco.
Tragué saliva. La presión del aire parecía haber aumentado diez atmósferas. El pánico amenazó con congelarme las piernas, pero en ese segundo, Max levantó ligeramente la barbilla. Un movimiento imperceptible para el resto, pero para mí fue una orden directa: domina.
Tomé una espátula pesada. En lugar de vacilar con trazos suaves o bocetos previos con carbón, volqué medio frasco de óleo negro sobre la paleta y sumergí la herramienta de metal en la masa húmeda.
El primer golpe contra la tela resonó en el salón como un disparo.
Atqué el lienzo con un movimiento violento de hombro. La espátula rasgó la superficie de lino, dejando una grieta negra, densa y caótica que cortó el blanco impoluto. Un jadeo colectivo recorrió a la audiencia, pero yo ya no estaba en el salón. Estaba de vuelta en el taller, acorralada contra la mesa de mezclas, sintiendo las manos de Max alzando mi vestido y su boca devorando mi cuello.
Sumergí mis manos desnudas en un recipiente de pigmento rojo carmesí. Ignorando los pinceles, presioné ambas palmas contra el lienzo, arrastrando los dedos hacia abajo en un trazo desesperado que imitaba el recorrido de sus caricias sobre mi vientre. La textura fría y espesa del óleo cubrió mis manos hasta las muñecas.
Desde la primera fila, vi a Victoria Grey erguirse en su asiento, borrándosele la sonrisa burlona del rostro al ver la furia pura y el erotismo no disimulado que salía de mis brazos.
Giré el cuerpo sobre la tarima, extendiendo los brazos y pintando con el dorso de los antebrazos. El vestido de satén se tensó sobre mi cadera, acentuando la curva de mi espalda desnudada frente a los cientos de espectadores. Sentía las miradas clavadas en mi piel, pero la única que me quemaba era la de Max. Él no pestañeaba. Su mirada recorría el sudor ligero que empezaba a brotar en mi escote y la forma en que mi respiración agitada hacía subir y bajar mis pechos.
Introduje las yemas manchadas de carmesí en el centro de la mancha negra, abriendo la pintura con fuerza, imitando el ritmo sin piedad con el que Max me había tomado la noche anterior. El cuadro empezó a cobrar una vida aterradora: una masa viva de sombras, fuego y contornos anatómicos que transmitían una rendición abrumadora y una dominación implacable.
—Quedan cinco minutos —anunció la voz de Vance.
Estaba exhausta, con los brazos temblando por el esfuerzo físico y el corazón batiéndome contra las costillas. Con un último impulso salvaje, tomé un frasco de solvente y lo arrojé contra la parte superior del lienzo. El líquido diluyó el óleo pesado, haciendo que gruesas gotas rojas corrieran como lágrimas o sangre sobre la composición, fijando la obra en una imperfección trágica y hermosa.
Dejé caer la espátula al suelo. El metal chocó contra la madera en medio de un silencio sepulcral.
Me quedé allí de pie, con las manos manchadas de carmesí hasta los codos, el pecho agitado y la espalda desnuda brillando bajo la luz del reflector. Durante diez segundos interminables, nadie respiró en el salón.
De pronto, un aplauso solitario rompió el hielo.
Max Thorne se había puesto de pie. Sus palmas resonaron con parsimonia, con una lentitud llena de orgullo y triunfo posesivo. Un segundo después, el resto del comité y los coleccionistas se levantaron de sus asientos, desatando una ovación atronadora que hizo temblar las arañas de cristal.
Victoria Grey permaneció sentada, con la boca ligeramente abierta y el rostro pálido como la cera, sabiendo que acababa de perder toda oportunidad de impugnar el contrato de la familia.
Max avanzó hacia el cordón de terciopelo, subió los tres escalones del escenario sin pedir permiso a los guardias de seguridad y se detuvo justo frente a mí. Sacó un pañuelo de seda blanca del bolsillo de su esmoquin. Sin importarle la multitud ni los fotógrafos cuyas luces empezaban a parpadear, tomó mi mano manchada de óleo rojo y empezó a limpiar mis dedos uno a uno, con un cuidado lento y dominante.
—Dijiste que los destruirías —murmuré con la voz rota por el cansancio y la excitación que todavía latía entre mis piernas.
Max se inclinó sobre mi mano, besando el nudillo de mi dedo índice, aún manchado de rojo. Su aliento cálido me quemó la piel.
—Te equivocaste, mi pequeña artista —susurró para que solo yo pudiera oírlo, mientras sus ojos oscuros devoraban los míos—. No los destruiste tú. Te entregaste ante ellos y los obligaste a adorar tu ruina. Ahora que tu contrato está sellado ante el mundo... es hora de que pagues el precio real de tu libertad en mi cama.
