Capítulo 1 El orden de los factores
El reloj de pared de mi oficina marcaba las 7:45 p.m. Era la hora en la que, normalmente, mi vida recuperaba el aliento. Mi escritorio estaba impecable: los informes organizados por colores, la agenda cerrada, el café frío en la taza de cerámica minimalista. Sin embargo, en el centro de mi pulcro universo había un problema de proporciones catastróficas llamado Alejandro Valenti.
Desde que lo habían contratado como Director Creativo para esta fusión, mi vida, que solía ser un reloj suizo, se había convertido en un caos de ideas abstractas y propuestas disruptivas.
—¿Otra vez aquí, Valentina? —la voz de Alejandro resonó desde el marco de la puerta. Tenía esa costumbre molesta de aparecer sin llamar, con la camisa remangada hasta los codos y una sonrisa que parecía saber exactamente qué estaba pensando yo en ese momento.
Levanté la vista, obligándome a mantener la expresión profesional que tanto esfuerzo me había costado perfeccionar. Alejandro no solo era un genio creativo; era una distracción andante. Tenía unos ojos oscuros que parecían leerte el alma y una forma de moverse que desprendía una confianza peligrosa.
—Los plazos de entrega no se cumplen solos, Alejandro —respondí, dándole un toque final a mi teclado—. Si dedicáramos la mitad del tiempo que pasas interrumpiéndome a trabajar en el presupuesto, ya habríamos terminado.
Él dio un paso dentro de la oficina, acortando la distancia de una forma que aceleró mi corazón. Se apoyó en mi escritorio, invadiendo mi espacio personal. Olía a madera, a papel viejo y a algo inconfundiblemente suyo que me puso la piel de gallina.
—¿Sabes cuál es tu problema, Valentina? —dijo, bajando la voz. El aire en la oficina de repente se volvió pesado—. Que tienes tanto miedo a que algo se salga de tus líneas que te olvidas de vivir. Estás aquí, encerrada en tu caja perfecta, mientras afuera hay un mundo que se muere por ver qué pasa si simplemente te dejas llevar.
—Mi "caja", como tú la llamas, es la razón por la que esta empresa sigue a flote —espeté, aunque el calor subía por mi cuello—. Ahora, si me disculpas, tengo trabajo.
Él no se movió. En lugar de eso, inclinó la cabeza, observando mi boca durante un segundo eterno. Mi pulso golpeaba con tanta fuerza contra mis sienes que temí que pudiera escucharlo.
—La propuesta para mañana —dijo, volviendo al tono profesional, aunque sus ojos seguían ardiendo con esa chispa de desafío—. No quiero que cambies los números. Quiero que cambies la historia. Haz que la junta sienta algo, no que solo entienda el balance. Puedes hacerlo, lo sé. El problema es que no quieres atreverte.
Se dio la vuelta y salió de mi oficina, dejándome allí, con las manos temblorosas sobre el teclado.
¿Atreverme? Él no tenía idea de lo que era atreverse.
Mi teléfono vibró en la mesa. Un mensaje de Isabela, mi trilliza, la que vivía la vida como si fuera un cortometraje de acción: "Necesito que me cubras mañana a las 10:00 a.m. en el club. Emergencia nivel 10. Por favor, hermana, tú eres la única que puede salvarme".
Miré el mensaje y luego la pantalla del ordenador. A las 10:00 a.m. tenía la reunión más importante del año. La reunión donde Alejandro iba a intentar demostrar que su visión creativa era superior a mis métricas.
La idea cruzó mi mente como un rayo: ¿Y si no era yo quien se presentaba? ¿Y si alguien con un enfoque radicalmente distinto —alguien que no tuviera miedo de jugar fuera de las reglas— tomaba mi lugar? Isabela siempre había sido la atrevida, la que no temía a nada. Y si ella quería que yo cubriera su caos, quizá era hora de que ella experimentara el mío.
Mis labios se curvaron en una sonrisa que no estaba en mis planes. Si él buscaba a la Valentina rígida y predecible, se iba a llevar una sorpresa.
Agarré el teléfono y tecleé una respuesta rápida: "Te cubriré, Isabela. Pero el favor te va a salir muy caro. Empieza a practicar tu mejor cara de ejecutiva. Mañana, las tres vamos a jugar un juego muy peligroso".
Dejé el teléfono y me recosté, mirando al techo. Por primera vez en años, no tenía un plan. Solo tenía un objetivo: Alejandro no sabría qué lo golpeó. Y, por primera vez en mi vida, la idea de perder el control no me daba miedo. Me daba una descarga de adrenalina que sabía, muy en el fondo, que era el comienzo de algo que no podría detener ni con todo el aire acondicionado del mundo.
Mañana, el juego empezaba.
