Capítulo 4 El juego de las sombras

Alejandro Valenti no era un hombre que creyera en las corazonadas. Creía en la intuición, que era algo muy distinto. Y su intuición le decía que la reunión de las diez de la mañana iba a ser el escenario de una rendición incondicional.

Estaba sentado en su oficina, con una taza de café negro que ya había perdido su calor, observando el horizonte de la ciudad a través del ventanal. En su mesa, el informe final de la fusión descansaba como una bestia dormida. Valentina —la inalcanzable, la estructurada, la impecable Valentina— había pasado semanas defendiendo su metodología con la ferocidad de una leona protegiendo a su cría. Él la respetaba, lo admitía en el silencio de sus pensamientos, pero no podía dejar de sentir una punzada de satisfacción al pensar en cómo desmantelaría sus argumentos.

Se pasó una mano por el cabello, deshaciendo el peinado perfecto que su asistente le insistía en mantener. Odiaba la formalidad excesiva de aquel entorno. Para Alejandro, el diseño no era un gráfico en una hoja de Excel; era una narrativa, una emoción, una conexión humana que no se podía medir con números. Valentina se negaba a verlo. Y eso, extrañamente, lo frustraba tanto como lo excitaba.

Recordó el momento en que se había apoyado en su escritorio el día anterior. La forma en que ella había intentado mantener la mirada, el ligero temblor en sus dedos cuando rozó el borde del teclado, el modo en que el color subía por sus mejillas cuando él se acercaba demasiado. Ella era un campo minado de emociones contenidas. ¿Qué pasaría si alguien simplemente se atreviera a detonar la primera mina?

—Esta mañana va a ser interesante —murmuró para sí mismo, levantándose y ajustándose la chaqueta del traje, que llevaba con una soltura que desesperaba a los ejecutivos más tradicionales.

Suspiró, recordando la extraña sensación que tenía en el pecho. No era miedo, ni tampoco exceso de confianza. Era una curiosidad casi dolorosa. Había algo en la rigidez de Valentina que le llamaba, un misterio que se moría por resolver. Se preguntaba si, debajo de esas capas de eficiencia, había una mujer que alguna vez se había dejado llevar, alguien que no hubiera medido el costo de la pasión.

Caminó por el pasillo hacia la sala de juntas, sus pasos resonando en el silencio del edificio. Se detuvo frente a la puerta cerrada. Sabía que ella estaría ahí, esperándolo con sus carpetas perfectamente alineadas, lista para soltar un discurso ensayado sobre el crecimiento proyectado y la eficiencia de los recursos. Él ya tenía preparada su respuesta: una propuesta creativa tan arriesgada que la obligaría a salir de su zona de confort, aunque fuera solo por unos minutos.

Se ajustó los gemelos y esbozó una sonrisa de lado, una que solía usar cuando sabía que iba a ganar, pero que hoy se sentía vacía, como si le faltara una pieza del rompecabezas.

—Vamos, Valentina —susurró ante la puerta cerrada—. Veamos si hoy por fin dejas de leer el guion y empiezas a improvisar.

Ajustó su postura, preparándose para el enfrentamiento. Pero, justo cuando su mano se posaba en la manilla de la puerta, un pensamiento fugaz le cruzó la mente. Había visto a Valentina salir del edificio tarde la noche anterior, y algo en su forma de caminar le había parecido... diferente. No era la misma determinación gélida de siempre. Era más... ¿ligera? ¿Como si estuviera tramando algo?

La duda era un invitado inesperado, pero bienvenido. Alejandro empujó la puerta y entró en la sala, listo para el combate. Sin embargo, no estaba preparado para lo que encontraría al otro lado.

El ambiente dentro de la sala de juntas era distinto. El aire no se sentía cargado de la tensión gélida a la que ella lo tenía acostumbrado. Había una calidez inusual, casi eléctrica. Y ahí, sentada en la cabecera de la mesa, estaba ella.

La misma Valentina de siempre. El mismo traje de seda crudo, el mismo peinado impecable. Pero cuando ella levantó la vista y sus ojos se encontraron con los suyos, él sintió un golpe en el estómago. No era la mirada de siempre, llena de cautela y crítica técnica. Era una mirada diferente, una chispa de picardía que brilló intensamente antes de que ella parpadeara y retomara la expresión profesional.

—Buenos días, Alejandro —dijo ella, con una voz que sonó un poco más melódica, un poco más profunda de lo que él recordaba.

Alejandro se quedó quieto, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies. Algo no encajaba. Y, por primera vez en toda su carrera, no tenía ni idea de si estaba a punto de ganar la partida o de caer en la trampa más elegante que le habían tendido nunca.

La duda se convirtió en fascinación. Se acercó a la mesa, manteniendo la mirada fija en ella, buscando una grieta en esa máscara perfecta.

—Has cambiado de opinión sobre la presentación, Valentina —dijo, tomando asiento justo frente a ella, sin quitarle los ojos de encima—. Siento una energía diferente en la habitación. ¿A qué se debe?

Ella ladeó la cabeza, un gesto que él jamás la había visto hacer. Era un movimiento sutil, pero cargado de una confianza que la hacía parecer una mujer completamente nueva.

—A veces, Alejandro, es necesario cambiar la perspectiva para ver la verdad —respondió ella, cerrando la carpeta de archivos con una suavidad deliberada—. Vamos a ver si tu creatividad está a la altura de mi nueva visión.

Alejandro sonrió, sintiendo que su corazón latía más rápido. Ella no estaba jugando a la defensiva. Estaba desafiándolo. Y en ese instante, supo que su informe, sus gráficos y sus planes estaban a punto de saltar por los aires.

No sabía quién estaba sentada frente a él, pero sabía una cosa: no se iría de esa reunión sin descubrir qué secreto escondía Valentina. La partida estaba empezando, y él estaba dispuesto a jugarla hasta el final.

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