Capítulo 5 Fuego sobre el hielo

La sala de juntas parecía haberse encogido. El aire, denso y cargado de expectativas, vibraba con cada respiración que tomábamos. Alejandro no dejaba de mirarme, y lo que en un principio pensé que sería una reunión de rutina, se estaba convirtiendo en un duelo psicológico de alto voltaje.

—Valentina —dijo él, rompiendo el silencio tras mi propuesta—. He revisado tus proyecciones tres veces esta mañana, y sigo sin entender de dónde sacas estos números tan... inusualmente optimistas. Hace apenas cuarenta y ocho horas, me aseguraste que el mercado estaba estancado. ¿Qué ha pasado? ¿Te has golpeado la cabeza, o es que finalmente has decidido confiar en la magia de la incertidumbre?

Sentí un pequeño vuelco en el estómago. Mierda, pensé. Valentina me había advertido que los números eran el territorio más peligroso. Pero, a diferencia de ella, yo no sentía la necesidad de justificarme con una hoja de cálculo. Yo me sentía cómoda en la incertidumbre. Me recliné en la silla, entrelazando mis dedos sobre la mesa, emulando la postura fría que había visto a mi hermana adoptar tantas veces, pero añadiendo ese toque de seguridad que solo la experiencia de vivir al límite te otorga.

—El mercado no está estancado, Alejandro —dije, manteniendo su mirada fija sin pestañear—. El mercado está aburrido. Lo que tú llamas optimismo, yo lo llamo lectura de las tendencias subyacentes. A veces, para ver el futuro, tienes que dejar de mirar los espejos retrovisores y empezar a mirar el parabrisas.

Vi cómo sus pupilas se dilataban ligeramente. Había acertado. No era la respuesta técnica que esperaba, pero era la respuesta que lo desafiaba. Alejandro soltó una carcajada seca, una de esas risas que no reflejaban diversión, sino una mezcla de admiración y sospecha.

—Interesante —susurró, inclinándose hacia delante—. Muy interesante. Te diré algo: esta nueva versión de ti es mucho más peligrosa que la anterior. Antes sabía exactamente qué esperar; ahora, ni siquiera estoy seguro de si estás jugando conmigo o si realmente has perdido la cabeza.

—Tal vez ambas cosas —respondí, dándole una sonrisa que sentí que él captó como una invitación—. ¿Tienes algún problema con eso, o simplemente te molesta que alguien haya encontrado una forma más creativa de resolver tus problemas?

Él se quedó en silencio un instante, observándome como si fuera un acertijo que necesitaba desesperadamente descifrar. Podía sentir el calor de su mirada, un calor que recorría mis hombros y bajaba por mi espalda. Era intimidante, sí, pero también era embriagador. Entendía por qué Valentina estaba tan obsesionada con él. Alejandro Valenti no era un hombre al que pudieras ignorar; él exigía tu atención, tu energía, tu totalidad.

—No me molesta —admitió él, su voz bajando un tono, volviéndose más íntima—. De hecho, me fascina. Pero me pregunto... ¿qué es lo que te ha hecho cambiar? ¿Un nuevo asesor financiero? ¿O es que finalmente te diste cuenta de que pasar la vida detrás de un escritorio es una forma muy triste de morir?

Sentí una punzada de nerviosismo. Estaba empezando a acercarse demasiado a la verdad. Tenía que desviar la atención, tenía que volver a poner el foco en el proyecto antes de que sus preguntas empezaran a desenmarañar el disfraz.

—Mi vida personal no está en el orden del día, Alejandro —dije, recobrando la seriedad con un esfuerzo sobrehumano—. Estamos aquí para discutir la fusión, no para hacer un análisis psicológico de mi evolución. Si no tienes más objeciones sobre el presupuesto, propongo que pasemos a la fase de implementación creativa.

Él sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que me hizo estremecer.

—Oh, tengo muchas objeciones —dijo él, sin quitarme los ojos de encima—. Pero me gusta cómo piensas. Adelante, ilústrame. Pero ten cuidado, Valentina: si me convences, no habrá vuelta atrás. Me verás mucho más seguido de lo que tu agenda estrictamente organizada puede soportar.

Mientras comenzaba a exponer las ideas que Florencia y yo habíamos esbozado la noche anterior —ideas cargadas de arte, emoción y un toque de imprudencia que Valentina jamás habría aceptado—, sentí una descarga de adrenalina que nada en el mundo podría igualar. La reunión se convirtió en una coreografía. Yo lanzaba una propuesta, él intentaba cuestionarla con su lógica de creativo, y yo le respondía con una audacia que, al parecer, él no esperaba.

Por primera vez, me di cuenta de la dimensión de lo que Valentina estaba haciendo. No solo estaba arriesgando su trabajo; estaba arriesgando su corazón en un juego donde las reglas las ponía un hombre que se negaba a ser controlado.

Al final de la presentación, cuando la sala quedó en silencio y los socios principales empezaron a asentir con aprobación, Alejandro se puso en pie. Se acercó a mi lado de la mesa, su presencia tan abrumadora que apenas podía respirar.

—Has ganado este round —dijo, apoyando las manos en la mesa a mis lados, arrinconándome sin tocarme—. Pero dime la verdad, Valentina... ¿quién eres realmente? Porque la mujer que está sentada aquí hoy no es la misma que conocí ayer.

Su rostro estaba a centímetros del mío. Podía ver cada detalle, cada sombra de sus ojos, la textura de su piel. El aire entre nosotros parecía estático, lleno de posibilidades. Por un segundo, estuve a punto de decirle: «Soy Isabela. Soy la hermana que te hace sentir esto».

Pero me contuve. Valentina me necesitaba, y el juego apenas estaba empezando.

—A veces, las personas te muestran solo lo que quieres ver —susurré, manteniendo la calma—. Quizás simplemente has dejado de mirar solo lo que te conviene.

Él soltó un suspiro, una mezcla de frustración y deseo, antes de enderezarse.

—Te veré en la oficina, Valentina —dijo con una última mirada que prometía que esto no se quedaría así—. Y te aseguro que, para entonces, espero que el guion sea un poco más claro.

Cuando salió de la sala, me dejé caer en la silla, con el corazón martilleando contra mis costillas. Había sobrevivido. Pero la verdadera pregunta era: ¿podría sobrevivir a la siguiente interacción, cuando él volviera a estar frente a la verdadera Valentina y descubriera que la mujer que lo había dejado sin aliento hoy no era ella?

La respuesta era clara: el caos no había hecho más que empezar.

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