Capítulo 6 El eco del desconcierto

El aire en el pasillo de la planta ejecutiva parecía haber cambiado de densidad. O quizás era solo mi propia percepción, alterada por el torbellino de emociones que me había perseguido desde que salí de la sede central. Cada paso que daba hacia mi oficina se sentía como un retorno a la normalidad, pero una normalidad que, de repente, me resultaba ajena, casi hostil. Mi tacones resonaban sobre el mármol pulido con una cadencia que solía resultarme reconfortante, el sonido de la disciplina, del orden, del control. Hoy, sin embargo, el eco me devolvía una pregunta que no quería responder: ¿seguía siendo yo quien marcaba el ritmo?

Entré en mi oficina y el primer impacto fue visual. Todo estaba exactamente como lo había dejado: mis informes organizados por prioridad, la agenda abierta en la página correcta, el brillo impecable de mi escritorio de cristal. Sin embargo, en el centro de ese orden monástico, un objeto ajeno reclamaba toda mi atención. Una nota adhesiva de color naranja vibrante, un tono tan chillón que rozaba la ofensa visual, estaba pegada en el marco de mi monitor.

Mis dedos, que solían ser firmes al teclear, temblaron ligeramente mientras retiraba el papel. La caligrafía era rápida, casi impulsiva, una antítesis perfecta de mi propia escritura metódica.

«Lo de hoy ha sido fascinante. Pero creo que ambos sabemos que esa no fue la versión completa de la historia. Mañana, tú y yo. Sin guiones. ¿Te atreves?»

No necesitaba firma. El aura de Alejandro Valenti emanaba de esas palabras como un perfume persistente. Me senté lentamente, sintiendo cómo el respaldo de cuero de mi silla —mi trono de eficiencia— me ofrecía un soporte que, por primera vez, no me bastaba. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo había logrado Isabela, en solo un par de horas, traspasar una armadura que yo había tardado años en forjar? La ira me recorrió el cuerpo, una llama que se mezclaba con una envidia que me quemaba la garganta. No era solo que hubiera tenido éxito en la reunión; era que lo había hecho divirtiéndose. Mientras yo me desgastaba calculando riesgos, ella había navegado el caos como si fuera su patio de juegos, y lo más inquietante era que Alejandro no solo lo había aceptado, sino que lo había exigido.

—Valentina —la voz de mi asistente, Elena, me sobresaltó tanto que el papel casi se me resbala de las manos. Me apresuré a deslizarlo bajo una carpeta de documentos, sintiendo que mi rostro traicionaba mi calma habitual—. Los del departamento de marketing han estado llamando tres veces. Dicen que la presentación de esta mañana fue... inusual. Están desconcertados, casi preocupados. Dicen que te vieron sonreír cuando Alejandro te cuestionó los márgenes.

—Inusual es una palabra que sugiere falta de criterio —respondí, forzando mi voz a adquirir ese tono neutro y corporativo que solía cerrar cualquier conversación—. Fue una presentación técnica. Quizás el equipo de marketing está empezando a entender que el pragmatismo no es sinónimo de aburrimiento.

Elena se quedó en el umbral, mirándome con una mezcla de respeto y una pizca de duda que antes no había notado. —Si tú lo dices. Por cierto, me preguntaron si estabas bien. Dijeron que te veías... más humana.

Más humana. La frase se quedó suspendida en el aire como una acusación. Me obligué a no responder, limitándome a un gesto con la mano que indicaba que la conversación había terminado. Cuando cerró la puerta, me dejé caer hacia atrás, mirando el techo. La dualidad de mi existencia me estaba partiendo en dos. Yo era la arquitecta de este plan, la que había dictado las reglas, la que había previsto cada contingencia. Pero al delegar mi voz en Isabela, había soltado el volante sin haber verificado si los frenos funcionaban.

¿Qué era yo ahora? ¿Valentina, la mujer de los datos, o esa proyección de audacia que Alejandro estaba empezando a amar? Me levanté y caminé hacia el ventanal. La ciudad, con sus millones de luces, parecía un circuito integrado de datos donde cada punto tenía un lugar. Yo solía sentirme cómoda siendo un punto clave en esa red. Ahora, me sentía como un error de sistema.

El problema no era Isabela. El problema era que ella no había "actuado" en esa reunión; simplemente había dejado que su verdadera naturaleza floreciera bajo mi identidad. Y Alejandro, con esa mirada suya que parecía diseccionar cualquier superficie, se había quedado prendado de eso. Me pregunté qué diría él si supiera que la mujer que lo había cautivado no era la que estaba parada frente a él día tras día. ¿Se sentiría engañado? ¿O se sentiría, en última instancia, aliviado de no tener que lidiar más con mi frialdad?

El monólogo interno sobre mi propia dualidad se vio interrumpido por un golpe seco en la puerta. No hubo tiempo para que mi asistente anunciara nada. Alejandro entró, con la misma seguridad con la que se movía por el mundo, esa que no pedía permiso porque daba por hecho que todo le pertenecía. Llevaba el saco desabotonado y sus ojos oscuros recorrieron mi oficina con una intensidad que hizo que mi escritorio se sintiera de repente diminuto.

—Veo que has recibido mi mensaje —dijo él, deteniéndose a mitad de camino, sin dejar de observarme—. Te ves distinta, Valentina. Hay algo en tus ojos que no estaba ahí hace veinticuatro horas. ¿Es la falta de sueño o es el miedo a que tu plan perfecto empiece a desmoronarse?

Me obligué a mantener la mirada, aunque por dentro me sentía desnuda. La nota naranja seguía bajo la carpeta, quemándome la conciencia.

—No sé de qué hablas, Alejandro. Si quieres hablar del presupuesto, podemos abrir el archivo. Si quieres hablar de metáforas, me temo que tengo una agenda demasiado llena.

Él dio un paso hacia adelante, acortando la distancia. Su aroma —una mezcla de café, cuero y algo salvaje— invadió mi espacio personal, desorientando mis sentidos.

—No quiero hablar de presupuestos —dijo él, bajando el tono—. Quiero hablar de la mujer que estaba en esa sala de juntas esta mañana. Esa mujer tenía fuego. Tenía una seguridad que no solo desafiaba mis números, sino que desafiaba mi capacidad de concentración. Y, debo confesarte, me ha dejado con ganas de más.

Sentí el calor subir por mi cuello, una reacción física que odiaba porque no podía controlar. Alejandro me estaba observando, intentando descifrar el acertijo.

—Quizás solo necesitabas ver las cosas desde otro ángulo —respondí, buscando un contraataque—. La fusión es un proceso dinámico, Alejandro. Si no puedes adaptarte al ritmo, quizás seas tú quien tiene un problema de flexibilidad.

Él soltó una carcajada, pero no era de burla; era una nota grave, de reconocimiento. —Oh, yo me adapto muy bien. El problema es que me gusta saber con quién estoy jugando. Y hoy... hoy no he jugado contigo. O al menos, no con la versión de ti que me ha mantenido despierto toda la noche.

Se dio la vuelta y caminó hacia el ventanal, dándome la espalda. Sus hombros se veían anchos bajo la camisa, y la tensión en su postura era evidente.

—Mañana vamos a tener una reunión privada —dijo, sin mirarme—. Vamos a discutir los puntos finales del contrato. Y te aseguro una cosa, Valentina: si intentas esconderte de nuevo detrás de tus carpetas y tus respuestas ensayadas, me encargaré personalmente de que no te quede otra opción que ser honesta conmigo.

Cuando se fue, dejándome sola con el silencio cargado de electricidad de la oficina, me di cuenta de que mi plan ya no era un plan. Era una bola de nieve cayendo por una pendiente. Alejandro no iba a dejarlo pasar. Y yo, en el fondo, sabía que no quería que lo hiciera.

Mi teléfono vibró en el bolsillo, un mensaje de Isabela: "¡Te adoró! Creo que le encantó el cambio. ¿Cuándo vamos por la segunda ronda?"

Leí el mensaje y miré la nota naranja en mi escritorio. Tenía que llamar a mis hermanas. Tenía que decirles que esto ya no era solo negocios. Alejandro Valenti estaba buscando a la mujer que había conocido esta mañana, y yo, por mi propia culpa, estaba a punto de quedarme atrapada en una mentira que se sentía más real que cualquier cosa que hubiera vivido en años.

La verdadera Valentina estaba a punto de entrar en su juego, pero no para ganar la fusión. Sino para descubrir si, en medio de todas estas identidades, aún quedaba espacio para ser ella misma y, finalmente, arriesgarse a perder el control.

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