Capítulo 7 El filo de la verdad
La mañana se desplegó con una lentitud tortuosa, casi como si el tiempo mismo supiera que algo fundamental estaba a punto de fracturarse. El despertador sonó a las 6:00 a.m., pero mi mente llevaba horas despierta, recorriendo el laberinto de mis propias decisiones. Me quedé inmóvil bajo las sábanas, mirando el techo, sintiendo el peso de la expectativa. Hoy es el día, me dije, aunque la frase carecía de la firmeza de antaño. Era más una advertencia que una afirmación.
Mientras me preparaba, mis movimientos eran automáticos, un ritual de supervivencia que había perfeccionado durante años. La elección del traje, el peinado hacia atrás con una rigidez que no permitía un solo cabello fuera de lugar, el maquillaje sutil... todo era parte de un armazón. Me miré al espejo y, por un instante, me sentí una extraña. ¿Quién era la mujer que me devolvía la mirada? ¿Era Valentina, la Directora de Operaciones, o era una versión prefabricada de una persona que ya no reconocía del todo?
Recordé brevemente mi infancia, una época donde la espontaneidad era la norma. ¿En qué punto exacto decidí que el caos era el enemigo? ¿Fue tras aquel examen fallido en la universidad que me costó mi primera beca, o quizá fue la presión constante de destacar en un entorno donde ser igual a mis otras dos hermanas significaba, para el mundo, ser invisible? La rigidez se había convertido en mi forma de reclamar mi propia identidad, mi propio espacio. Si no puedo ser única, seré la mejor, me había jurado. Y ahora, irónicamente, estaba recurriendo a una de ellas para poder ser yo misma frente al hombre que, inexplicablemente, estaba desmantelando toda mi construcción.
Al llegar a la empresa, el aire fresco de la mañana no logró enfriar el ardor de la ansiedad. Conduje hasta el edificio de la firma con una precisión calculada, aunque cada semáforo en rojo se sentía como una oportunidad perdida para escapar. Cuando crucé las puertas de cristal, el ambiente era inusualmente tranquilo, cargado con la electricidad estática de algo que está por estallar.
Alejandro ya estaba allí. Podía sentir su presencia antes de verlo; un aura de seguridad, de magnetismo y de una curiosidad insaciable que parecía alterar la presión atmosférica del pasillo. Al entrar en su estudio creativo, la escena me obligó a detener mis pasos. Alejandro estaba frente al panel de ideas —ese gran mural donde nacían sus conceptos—, con las manos apoyadas en la mesa, su postura tensa, observando los bocetos. Estaba tan absorto que no me oyó entrar. Me tomé un segundo para observarlo, un lujo que nunca me permitía. Su camisa blanca, ligeramente arrugada en las mangas, revelaba los músculos de sus antebrazos. Había algo visceral en su forma de estar en el mundo, una honestidad brutal que me hacía sentir, a la vez, fascinada y profundamente expuesta.
Se giró lentamente, sus ojos oscuros recorrieron mi rostro con la misma precisión que un cirujano busca una arteria. Había una intensidad en su mirada que me obligó a sostener el contacto, sintiendo que cada fibra de mi ser se tensaba.
—Sabía que vendrías —dijo, su voz grave, vibrando en el espacio entre ambos—. Pero tenía la duda de cuál de las dos Valentina aparecería hoy.
Cerré la puerta detrás de mí, sintiendo que el clic del pestillo sellaba nuestro destino. El estudio creativo era un santuario de desorden organizado, muy lejos de mi oficina impecable. Aquí, las ideas flotaban, se mezclaban, chocaban. Era el lugar donde Alejandro vivía y, al estar aquí, me sentía como una intrusa en un mundo que no comprendía, pero que ansiaba conocer.
—No entiendo a qué te refieres, Alejandro —dije, aunque las palabras carecían de su mordiente habitual—. Estoy aquí por el contrato de fusión. No tengo tiempo para juegos psicológicos.
—¿Juegos? —cuestionó él, dando un paso hacia mí, cortando la distancia como un depredador que sabe que su presa está acorralada—. No, Valentina. Lo que está pasando aquí es mucho más profundo que un juego. Ayer, en esa reunión, vi algo que no encajaba en ninguna de tus hojas de cálculo. Vi a una mujer que se atrevía a improvisar. Una mujer que me miró como si... como si pudiera leerme. Y te aseguro que tú, la Valentina que yo conozco, nunca me ha mirado así.
Sus palabras me golpearon con una precisión hiriente. Me obligué a no dar un paso atrás, aunque mi instinto gritaba que huyera. Me acerqué a la mesa, fingiendo revisar unos documentos, buscando desesperadamente mi armadura.
—Quizás es que no me conoces tanto como crees —respondí, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba—. Quizás te has construido una imagen de mí y cualquier pequeña variación te desconcierta. No soy un acertijo, Alejandro. Soy una profesional tratando de salvar este proyecto.
Alejandro soltó una risa seca, desprovista de cualquier alegría. Rodeó la mesa en un movimiento fluido, bloqueando mi salida. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ese aroma a café recién hecho y a algo más, algo que me recordaba a la tormenta.
—No te hagas la profesional conmigo ahora —dijo, bajando la voz hasta un susurro áspero que me hizo temblar—. No después de lo que pasó ayer. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que no eras tú. O al menos, no la tú que se sienta en esa oficina fría a medir cada segundo del día. Había una chispa, Valentina. Una chispa que me ha tenido pensando toda la noche. ¿Quién es ella? ¿Quién es la mujer que se esconde detrás de tu escritorio?
La presión era asfixiante. Por un instante, estuve a punto de decirle toda la verdad. Estuve a punto de confesarle que mi hermana había estado allí, que toda esta farsa era una forma de proteger mi propia fragilidad. Pero el miedo era más fuerte. Si lo perdía a él, si perdía la admiración que empezaba a ver en sus ojos —incluso si estaba dirigida a la sombra de mi hermana—, me quedaría completamente sola.
—No hay nadie más —mentí, sintiendo cómo el peso de mis palabras se asentaba en el aire—. Solo soy yo. Quizás, si dejaras de buscar misterios donde no los hay, podrías concentrarte en el trabajo que tenemos pendiente.
Él me miró durante unos segundos eternos, analizando mi rostro en busca de alguna fisura, algún titubeo que delatara mi engaño. Sus ojos, oscuros como el café, parecían capaces de traspasar mi piel. Por fin, se alejó ligeramente, aunque no lo suficiente para romper la tensión eléctrica que nos envolvía.
—Si eso es lo que dices, Valentina, lo aceptaré —dijo él, pero su mirada prometía que no dejaría el tema ahí—. Pero ten cuidado. Porque voy a descubrir qué es lo que tanto te aterra. Y cuando lo haga, espero que estés preparada para enfrentarte a ti misma.
Se dio la vuelta y volvió a su panel de ideas, dejándome sola con mi propia mentira. Salí del estudio con el corazón martilleando, sabiendo que este enfrentamiento no era el final, sino el preludio de una tormenta que estaba a punto de desatar.
