Capítulo 1 El veneno sabe a miel

El veneno sabe a miel

Elara Voss abrió los ojos y lo primero que sintió fue el sabor metálico en la lengua.

No era la primera vez. Llevaba semanas acostumbrada a ese regusto a cobre y a algo dulce, demasiado dulce, que se le pegaba al fondo de la garganta. Los médicos de la familia Riven lo llamaban “fatiga crónica”. Damián lo llamaba “histeria”. Liora, con esa voz melosa que usaba solo delante de él, decía que Elara siempre había sido frágil.

Mentira.

El veneno era real. Lo sabía desde hacía dieciocho días, desde la noche en que encontró el frasco de cristal oscuro escondido detrás de los libros de su propio tocador. Un frasco sin etiqueta, con un líquido ambarino que olía a flores podridas. Esa misma noche, Damián había entrado en su habitación, se había quitado la corbata con calma y le había dicho, mientras se desabrochaba los puños de la camisa:

—Deja de mirarme así. No voy a tocar a una mujer que apesta a enfermedad.

Después se había ido a la suite de invitados. Donde Liora lo esperaba.

Ahora Elara yacía en la cama grande de madera oscura que nunca había compartido de verdad con su marido. Las sábanas de seda negra le pesaban como plomo. Su cuerpo ya no le respondía. Los dedos de los pies estaban fríos. Las manos, hinchadas. Cada respiración le costaba un esfuerzo que ya no quería hacer.

La puerta se abrió.

Damián entró primero. Impecable, como siempre. Traje gris perla, camisa blanca sin una sola arruga, el pelo negro peinado hacia atrás. Detrás de él, Liora. Vestía un vestido color crema que abrazaba su figura como si hubiera nacido para ser admirada. Llevaba el cabello suelto, exactamente como a Damián le gustaba.

Se detuvieron al pie de la cama.

—Todavía respira —dijo Liora, con una sonrisa pequeña, casi tierna—. Qué resistente.

Damián no contestó de inmediato. Sacó el teléfono, revisó algo y lo guardó otra vez en el bolsillo interno de la chaqueta.

—El médico dice que no durará la noche. Mejor así. El funeral puede organizarse en silencio. Nadie preguntará demasiado.

Elara intentó hablar. Solo salió un hilo de aire ronco.

—Damián…

Él la miró. Por primera vez en meses, la miró de verdad. No había odio en esos ojos grises. Solo impaciencia. Como si estuviera esperando que un trámite molesto terminara de una vez.

—No digas mi nombre con esa voz —murmuró—. Te suena patética.

Liora se acercó un poco más. Se sentó en el borde del colchón, con cuidado de no arrugar el vestido, y tomó la mano fría de Elara entre las suyas. El gesto era casi cariñoso.

—Pobrecita. Todo este tiempo creyendo que él algún día te querría. ¿Verdad, Elara? Desde el día del compromiso. Te veías tan feliz con ese anillo. Yo también estaba feliz… por otras razones.

Damián soltó una risa baja.

—Le dije mil veces que no la amaba. Que el matrimonio era un acuerdo entre familias. Que tú eras la única que quería. Ella no escuchaba. Prefería inventarse un cuento.

—Porque era débil —añadió Liora, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Y las mujeres débiles siempre terminan así.

Elara sintió que algo se le rompía dentro del pecho. No era el veneno. Era el último resto de esperanza que todavía se negaba a morir. Intentó apretar los dedos alrededor de los de Liora, pero no tuvo fuerza.

—¿Por qué…? —logró decir—. ¿Por qué tanto odio?

Damián se acercó. Se inclinó sobre ella hasta que su rostro quedó a pocos centímetros. El perfume caro que usaba siempre le golpeó la nariz, mezclado con el olor a sexo que todavía traía encima.

—No es odio, Elara. Es molestia. Eres un peso. Una firma en un contrato que ya no necesito. Tu padre está muerto. Tu madre no tiene poder. Y tú… tú nunca fuiste suficiente para que valiera la pena fingir.

Liora se rió suavemente.

—Además, resulta tan fácil. Un poco cada día en el té. En la sopa. En el vino que te gusta tanto. Nadie sospecha de la esposa enferma que se niega a comer delante de los demás.

Damián se enderezó.

—Cuando mueras, haré lo correcto. Te enterraré con el apellido Riven. Le diré a todo el mundo que te amé hasta el final. Y después me casaré con ella. Como debió ser desde el principio.

Elara cerró los ojos. Las lágrimas le resbalaron por las sienes y se perdieron en la almohada. No quería que las vieran. Ya había sido lo bastante humillada.

—Mírame —ordenó Damián.

Ella abrió los ojos otra vez. Él la observaba con esa expresión fría que usaba en las reuniones de negocios cuando alguien le traía números que no le gustaban.

—Quiero que mueras sabiendo una cosa —continuó—. Nunca, ni un solo día, sentí nada por ti. Ni deseo. Ni piedad. Ni siquiera lástima. Solo ganas de que desaparecieras.

Liora se inclinó y le besó la frente. Un beso ligero, casi maternal.

—Descansa, Elara. Ya no tienes que intentarlo más.

Se levantaron las dos figuras. Damián puso una mano en la cintura de Liora y la guió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo y miró por encima del hombro.

—Apaga la luz cuando te vayas, enfermera —dijo a la mujer que esperaba en el pasillo—. Y no vuelvas hasta la mañana. No hace falta que nadie la moleste.

La puerta se cerró.

Elara se quedó sola en la penumbra. El veneno le quemaba las venas. Cada latido era más lento que el anterior. Pensó en su madre, que había firmado el contrato de matrimonio con lágrimas de alegría. Pensó en el anillo de compromiso que todavía llevaba en el dedo, demasiado grande ahora que había perdido peso. Pensó en todas las noches que había esperado a que Damián volviera de los brazos de Liora y le dijera, aunque fuera una sola vez, que se había equivocado.

Nunca lo dijo.

La oscuridad se cerró alrededor de ella como un agua espesa. El último pensamiento que tuvo no fue de amor. Fue de rabia. Una rabia tan antigua y tan profunda que le dolió más que el veneno.

Si pudiera volver…

Si pudiera volver solo un día…

El corazón dio un último latido irregular.

Después, nada.

•••

Elara abrió los ojos con un jadeo violento.

La luz del sol de la tarde le golpeó la cara a través de las cortinas de gasa blanca. Estaba sentada en el sillón de terciopelo beige de su antiguo dormitorio. El de soltera. El de la casa Voss.

Frente a ella, sobre la mesita de mármol, había una caja de terciopelo azul abierto. Dentro, el anillo. El mismo anillo de compromiso con el diamante en forma de gota que Damián le había puesto en el dedo hacía exactamente tres años… en su primera vida.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Elara! ¿Sigues ahí mirando el anillo como idiota? —La voz de su madre era exactamente igual que recordaba—. Baja ya. Los Riven llegan en veinte minutos. Y ponte algo decente, por el amor de Dios. Pareces un fantasma.

Elara bajó la mirada a sus manos.

Suaves. Sin las manchas de los hematomas. Sin la hinchazón del veneno. Los dedos delgados y sanos de una joven de veintidós años.

El corazón le latía con fuerza. No de miedo.

De algo mucho más frío.

Escuchó pasos en el pasillo. Voces. El ruido lejano de un auto de lujo deteniéndose en la entrada. Y, más abajo, en el vestíbulo, la risa inconfundible de Liora Kane, que había llegado temprano “para ayudar a su mejor amiga”.

Elara cerró la caja del anillo con un chasquido suave.

Sonrió.

No era la sonrisa dulce y esperanzada del día de su compromiso original. Era otra. Más pequeña. Más quieta. La clase de sonrisa que se pone alguien que ya conoce el final de la historia y ha decidido reescribirlo con sangre.

Se levantó. Caminó hasta el espejo de cuerpo entero. Se miró.

La misma cara. Los mismos ojos grises claros. El mismo pelo castaño oscuro cayéndole sobre los hombros. Pero detrás de esa cara había alguien que ya había muerto una vez.

Alguien que recordaba perfectamente el sabor del veneno.

Alguien que recordaba las burlas en el lecho de muerte.

Alguien que ya no tenía nada que perder.

Bajó las escaleras con paso sereno.

En el vestíbulo, Damián Riven estaba quitándose los guantes de cuero. Alto, impecable, hermoso como siempre. Liora se colgaba de su brazo con naturalidad, riéndose de algo que él acababa de decir.

Cuando Elara apareció en el último escalón, los dos alzaron la vista.

Damián la miró con esa expresión educada y distante que usaba con las personas que no le importaban.

Liora sonrió, dulce, venenosa.

—Ahí está mi futura cuñada —dijo con voz alegre—. ¿Lista para convertirte en señora Riven?

Elara sostuvo la mirada de ambos durante tres segundos exactos.

Después sonrió de vuelta. Una sonrisa perfecta. Cálida. Casi radiante.

—Más que lista —respondió con suavidad—. Llevo esperando este día… toda la vida.

Y por primera vez desde que había abierto los ojos en esa segunda oportunidad, sintió que el aire le sabía a posibilidad.

A venganza.

A fuego lento.

En algún lugar de la casa, entre los empleados que se movían con bandejas y flores, un hombre de traje oscuro observaba en silencio desde la sombra del pasillo lateral. Nadie le prestaba atención. Nadie lo había notado nunca de verdad.

Kael Thorne cerró la puerta de servicio detrás de sí sin hacer ruido y se quedó mirando la espalda de Elara mientras ella bajaba el último escalón.

Había esperado años.

Ahora ella también estaba despertando.

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