Capítulo 2 La sonrisa que ya no le pertenece

La sonrisa que ya no le pertenece

Elara bajó el último escalón con la espalda recta y la sonrisa todavía clavada en la cara. El vestíbulo de la casa Voss olía a flores blancas y a ese perfume caro que su madre insistía en pulverizar por todas partes cuando llegaban visitas importantes. Los Riven nunca venían sin avisar. Y esa tarde no eran solo visitas: eran el futuro.

Damián Riven la miró de arriba abajo con la misma expresión que usaba para evaluar un contrato. Fría. Precisa. Sin el menor rastro de calor.

—Llegas tarde —dijo, sin tono de reproche, solo de constatación—. Tu madre ya estaba empezando a ponerse nerviosa.

Liora soltó una risita suave y se despegó del brazo de Damián solo el tiempo suficiente para abrazar a Elara. El abrazo duró exactamente tres segundos. El tiempo justo para que el perfume dulce de Liora se le pegara a la piel.

—Estás pálida, mi vida —susurró contra su oído, con esa voz de mejor amiga preocupada—. ¿No habrás dormido otra vez pensando en él? Qué romántica eres.

Elara correspondió el abrazo con la misma dulzura de siempre. Por fuera. Por dentro, el recuerdo del lecho de muerte todavía le quemaba la garganta.

—Solo estaba eligiendo el vestido —respondió con voz suave—. Quería verte contento, Damián.

Él no contestó. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si aceptara un cumplido que no le interesaba, y se giró hacia el salón principal. Liora le siguió de inmediato, enganchándose otra vez a su brazo con la naturalidad de quien ya se siente dueña del espacio.

Elara los observó caminar. Tres años de matrimonio en su vida anterior le habían enseñado cada detalle de ese gesto: la forma en que los dedos de Damián se cerraban un segundo más de la cuenta alrededor de la cintura de Liora, la inclinación de su cuerpo hacia ella, el modo en que su voz se volvía más baja cuando le hablaba solo a ella.

Nada había cambiado.

Todavía.

La madre de Elara apareció desde el comedor con una sonrisa tensa y los ojos brillantes de ansiedad.

—Por fin. Ven, siéntate con nosotros. Los Riven trajeron champagne. Y el anillo… ¿ya te lo pusiste?

Elara miró la caja de terciopelo que todavía apretaba entre los dedos. La abrió con calma. El diamante en forma de gota captó la luz de la tarde y la devolvió en destellos fríos. En su primera vida, ese mismo anillo le había parecido la promesa más hermosa del mundo. Ahora solo le recordaba el peso de una cadena.

Se lo colocó en el dedo anular de la mano izquierda. Sonrió.

—Listo.

El salón principal estaba impecable. Floreros altos, sillones de terciopelo oscuro, la luz dorada de las lámparas de pie. El padre de Damián, un hombre de sesenta años con el mismo porte frío que su hijo, conversaba con la madre de Elara cerca de la chimenea. La madre de Damián, una mujer de sonrisa calculada, ya había ocupado el mejor sillón.

Cuando Elara entró, todas las miradas se posaron en ella durante un segundo. Después volvieron a sus conversaciones. Como si su presencia fuera simplemente el cumplimiento de un trámite.

Damián se sentó en el sofá central. Liora se acomodó a su lado sin que nadie lo cuestionara. Elara ocupó el sillón individual de enfrente, exactamente donde su madre le indicó con un gesto discreto.

El champagne se sirvió. Las copas tintinearon.

—Entonces —dijo el padre de Damián, levantando la suya—, al futuro de ambas familias. El compromiso se hará oficial esta noche, y la boda… digamos en tres meses. No hay razón para alargar lo inevitable.

Elara sostuvo la copa sin beber. En su primera vida había bebido cada brindis con el corazón acelerado. Ahora solo observaba el líquido dorado y pensaba en el sabor del veneno.

Damián giró la cabeza hacia ella. Por un instante, sus ojos grises se encontraron.

—¿Tienes algo que decir, Elara?

La pregunta era educada. Casi amable. Pero debajo había la misma impaciencia de siempre.

Ella inclinó la cabeza con modestia.

—Solo que estoy muy feliz. Y que haré todo lo posible por ser una buena esposa.

Liora soltó una risa cristalina.

—Qué dulce. Siempre has sido así de… entregada. Damián tiene mucha suerte.

Damián no sonrió. Solo bebió un sorbo de champagne y dejó la copa sobre la mesa de centro con un sonido suave pero definitivo.

—La suerte no tiene nada que ver —dijo—. Es un acuerdo. Ambos lo sabemos.

La madre de Elara se tensó en su asiento. Intentó reír para suavizar el comentario.

—Claro, claro. Pero los acuerdos también pueden volverse cariño con el tiempo, ¿no es así?

Damián la miró con esa expresión que usaba cuando alguien decía algo estúpido en una reunión de directorio.

—No en este caso.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Liora aprovechó para apoyar la mano en el muslo de Damián, un gesto rápido, casi invisible, que solo Elara captó porque lo había visto cientos de veces.

Elara bajó la mirada a su propio anillo. Sonrió otra vez. Más pequeña. Más quieta.

La conversación derivó hacia los negocios: la fusión de las dos empresas, los números del último trimestre, la necesidad de presentar un frente unido ante los accionistas. Elara escuchaba en silencio, exactamente como se esperaba de ella. En su primera vida había dejado que las palabras le entraran por un oído y le salieran por el otro, demasiado ocupada en mirar a Damián y soñar. Ahora memorizaba cada dato. Cada nombre. Cada debilidad que se dejaba entrever.

En un momento, Liora se levantó para ir al baño. Damián la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Después se inclinó ligeramente hacia Elara, lo suficiente para que solo ella lo escuchara.

—No hagas escenas esta noche —dijo en voz baja—. No te pongas sentimental. Y no intentes tocarme más de lo necesario. ¿Entendido?

Elara alzó la vista. Sus ojos grises se encontraron con los de él. Durante un segundo, dejó que el odio puro le subiera a la garganta… y después lo aplastó. Sonrió con la misma dulzura de siempre.

—Entendido, Damián. Nunca haría nada que te molestara.

Él la observó un instante más, como si buscara alguna grieta. No la encontró. Asintió una sola vez y se reclinó otra vez en el sofá.

Liora regresó. Se sentó aún más cerca de él. La conversación continuó.

Pasaron casi dos horas. Brindis. Sonrisas falsas. Comentarios sobre el vestido de novia que “habría que empezar a encargar cuanto antes”. Elara respondía cuando le hablaban, asentía cuando debías asentir, y guardaba cada humillación pequeña como si fueran monedas de oro.

Cuando por fin los Riven se levantaron para irse, la madre de Elara los acompañó hasta la puerta con demasiada efusividad. Damián se despidió de Elara con un inclinación de cabeza. Nada más. Liora, en cambio, la abrazó otra vez.

—Descansa, mi vida —susurró—. Mañana empezamos a planear todo. Voy a ayudarte en cada detalle. Como la mejor amiga que soy.

Elara le devolvió el abrazo.

—Gracias, Liora. No sé qué haría sin ti.

La puerta principal se cerró. El silencio que dejó atrás fue casi físico.

La madre de Elara soltó un suspiro largo y se pasó una mano por la frente.

—Podrías haber sido un poco más… cálida con él. Se te notaba distante.

Elara se quedó mirando la puerta cerrada.

—Está bien, madre. Yo me encargo de acercarme.

Subió las escaleras sin prisa. En el pasillo del segundo piso, una de las empleadas pasaba con una bandeja de copas vacías. Elara la detuvo con un gesto suave.

—¿Quién era el hombre del traje oscuro que estaba cerca de la puerta de servicio durante la reunión?

La empleada parpadeó, confundida.

—¿Qué hombre, señorita? Solo estábamos nosotros y los choferes de los Riven afuera.

Elara sostuvo la mirada un segundo. Después asintió.

—Debe haber sido un error mío. Gracias.

Entró en su habitación y cerró la puerta con llave. Se quitó el anillo y lo dejó sobre el tocador. Se miró en el espejo. La misma cara de siempre. Los mismos ojos. Pero detrás de ellos ya no estaba la niña que se moría de amor.

Se sentó en el borde de la cama y abrió el cajón inferior del tocador. En su primera vida guardaba ahí cartas tontas y fotos. Ahora solo había espacio vacío. Perfecto.

Empezaría mañana.

Mientras tanto, en la calle, un auto negro de cristales polarizados seguía estacionado a media cuadra de la casa Voss. Dentro, Kael Thorne observaba las luces del segundo piso. Tenía el teléfono en la mano, pero no lo usaba. Solo miraba.

Había visto la sonrisa de Elara cuando bajó las escaleras.

Había visto la forma en que sus ojos ya no se derretían al mirar a Damián.

Había visto, por primera vez en años, una grieta en la máscara de la muchacha que siempre había creído en el amor.

Kael apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos un segundo.

—Por fin —murmuró para sí mismo.

Después arrancó el motor y desapareció en la noche, tan silencioso como siempre había sido.

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