Capítulo 3 El primer corte es el más silencioso
El primer corte es el más silencioso
La mañana siguiente olía a café recién hecho y a hipocresía.
Elara bajó al comedor con el pelo recogido en una coleta baja y un vestido sencillo color hueso. Exactamente el tipo de imagen que su madre aprobaba y que Damián ignoraba. La señora Voss ya estaba sentada en la cabecera, revisando una lista interminable en su tableta.
—Liora llamó hace media hora —dijo sin levantar la vista—. Quiere venir esta tarde a hablar del vestido y de las flores. Dice que Damián le pidió que se involucrara “para que todo salga perfecto”.
Elara sirvió su propio café. En su primera vida habría sonreído con gratitud absurda. Ahora solo asintió.
—Está bien. Que venga.
—También dijo que Damián pasará después de las seis. Tiene una reunión, pero quiere verse contigo un rato. Solo un rato.
Elara sostuvo la taza entre las manos y sintió el calor atravesarle los dedos. “Un rato”. En su vida anterior esas palabras habían significado que llegaría tarde, olería a perfume de Liora y se iría en menos de veinte minutos con alguna excusa fría.
—Perfecto —respondió con suavidad—. Estaré lista.
Su madre la miró por fin. Había algo en la expresión de Elara que no terminaba de encajar, pero la mujer era demasiado práctica para profundizar.
—No lo asustes, ¿eh? Sé dulce. Los hombres como Damián se aburren fácil si una se pone intensa.
Elara sonrió.
—No pienso ponerme intensa, madre.
•••
Liora llegó a las cuatro en punto, como si el reloj de la casa Voss le perteneciera. Traía dos carpetas gruesas y una sonrisa de mejor amiga perfecta. El perfume dulce entró antes que ella.
—¡Mi futura señora Riven! —exclamó, abrazándola con fuerza—. Mírame, ya traigo opciones de vestidos. Damián dijo que le da igual, así que tú y yo vamos a decidirlo todo.
Se instalaron en el salón pequeño del primer piso. Liora abrió la primera carpeta y empezó a hablar sin parar: escotes, colas, encajes belgas, diseñadores que “solo aceptaban clientas de cierto nivel”. Elara escuchaba, asentía y de vez en cuando señalaba un diseño con el dedo.
—Este me gusta —dijo en un momento, señalando un vestido sencillo, de líneas limpias, casi severo.
Liora frunció el ceño apenas un segundo.
—¿No te parece demasiado… simple? Damián tiene un gusto más… sofisticado. Mira este. Escote en V profundo, espalda descubierta. Te verás preciosa. Y él no podrá quitarte los ojos de encima.
Elara sostuvo la mirada de su “mejor amiga” durante un instante más largo de lo educado. Después sonrió con dulzura.
—Tienes razón. Elige tú. Confío en tu criterio.
Liora parpadeó, sorprendida por la facilidad, pero recuperó la compostura de inmediato.
—Claro que sí. Para eso estoy.
Pasaron casi dos horas. Liora hablaba y hablaba. Elara tomaba notas mentales: los nombres de los diseñadores, los presupuestos inflados, la forma en que Liora mencionaba de pasada que “Damián y yo ya hablamos de la luna de miel” como si fuera lo más natural del mundo.
A las seis y diez el sonido de un auto se escuchó en la entrada. Liora se incorporó de inmediato, alisándose el vestido.
—Ese debe ser él. Voy a abrirle.
Elara no se movió del sofá. Escuchó los pasos, la voz baja de Damián, la risa suave de Liora. Cuando entraron al salón, Damián traía la corbata aflojada y el mismo gesto de impaciencia de siempre. Liora caminaba pegada a él.
—Hola —dijo él, mirando a Elara como quien saluda a una secretaria—. ¿Todo bien con los preparativos?
—Sí —respondió ella—. Liora ha sido de gran ayuda.
Damián asintió, ya buscando con la mirada un lugar donde sentarse lo más lejos posible de su prometida. Liora se acomodó a su lado sin pedir permiso.
Hubo cinco minutos de conversación vacía. Después Damián miró el reloj.
—No puedo quedarme. Tengo una cena de negocios.
—¿Con quién? —preguntó Elara con tono curioso, casi inocente.
Él la miró. Por un segundo pareció molesto de que se atreviera a preguntar.
—Con gente que importa. No te preocupes por eso.
Liora puso una mano sobre el brazo de él.
—Yo lo acompaño un rato. Tengo que pasar por la oficina de mi padre de todas formas. ¿Te parece bien, Elara? Así no se aburre en el trayecto.
Elara sostuvo la sonrisa.
—Claro. Vayan con cuidado.
Damián se levantó. No se acercó a despedirse. Solo inclinó la cabeza una vez y salió. Liora se demoró lo suficiente para besar a Elara en la mejilla.
—No te quedes despierta esperándolo —susurró—. Ya sabes cómo son estas cenas. Se alargan.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Elara se quedó sentada en el silencio del salón. Contó hasta treinta. Después se levantó, recogió las carpetas que Liora había dejado y subió a su habitación.
Encendió la lámpara del escritorio y abrió la primera carpeta. Empezó a anotar en un cuaderno nuevo cada nombre, cada cifra, cada comentario fuera de lugar. En su primera vida había tirado esa información a la basura mental. Ahora la guardaba como quien afila un cuchillo.
A las once de la noche recibió un mensaje de Damián:
No vuelvo. Quédate en tu casa. Hablamos mañana.
Ni una disculpa. Ni una mentira elaborada. Solo la orden seca.
Elara miró la pantalla durante un largo rato. Después apagó el teléfono y se acercó a la ventana. La calle estaba casi vacía. Un auto negro permanecía estacionado a media cuadra, con las luces apagadas. Llevaba ahí desde que Liora se había ido.
Ella frunció el ceño apenas. En su vida anterior nunca había prestado atención a los autos que se quedaban demasiado tiempo frente a su casa. Ahora sí.
Observó durante un minuto. El vehículo no se movió. Tampoco se encendió ninguna luz interior.
Elara cerró las cortinas con calma.
No sabía quién era.
Todavía.
Pero algo en su instinto —el mismo instinto que había ignorado mientras la envenenaban— le dijo que esa presencia no pertenecía a los Riven ni a los Voss.
Se sacó el anillo de compromiso y lo dejó otra vez sobre el tocador. Se miró en el espejo. La misma cara. La misma sonrisa educada que había usado todo el día.
Solo que esta vez, cuando la sonrisa desapareció, lo que quedó debajo fue algo mucho más quieto y mucho más peligroso.
Mañana empezaría a hacer preguntas discretas.
Sobre los negocios de los Riven.
Sobre las “cenas” de Damián.
Sobre la cantidad exacta de veces que Liora aparecía en los mismos lugares que él sin que nadie lo cuestionara.
Y sobre el auto negro que parecía no tener dueño.
Elara apagó la luz y se acostó encima de las sábanas, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Por primera vez desde que había abierto los ojos en esta segunda vida, no sintió miedo.
Solo paciencia.
Mucha, mucha paciencia. Después de todo, la venganza era un plato que se sirve frío.
