Capítulo 4 Lo que se esconde detrás de una sonrisa
Lo que se esconde detrás de una sonrisa
Tres días después del compromiso oficial, la casa Voss se había convertido en un campo de batalla disfrazado de organización nupcial.
Elara se despertó antes del amanecer. No por ansiedad, sino por costumbre nueva. En su primera vida dormía hasta tarde, aferrada a la esperanza de que Damián la llamara. Ahora se levantaba, se duchaba con agua fría y se miraba al espejo hasta que la expresión de dulzura quedaba perfectamente colocada. Era un ejercicio diario. Como afilar un cuchillo.
Bajó al comedor. Su madre ya estaba allí, rodeada de carpetas y listas.
—Liora viene a las once —anunció sin preámbulos—. Trae a la diseñadora del vestido. Y Damián confirmó que pasará a almorzar. Solo almorzar. Tiene una reunión a las tres.
Elara sirvió café.
—Está bien.
—Ponte el vestido azul claro. El que te hace parecer más… accesible. No quieres que piense que te estás poniendo difícil.
Elara asintió. Accesible. La palabra le supo amarga, pero la guardó.
Liora llegó puntual, como siempre. Traía consigo a una mujer de unos cuarenta años, elegante y de voz suave, que resultó ser la diseñadora. Durante dos horas Elara permaneció de pie en el centro del salón mientras le tomaban medidas, le mostraban telas y discutían escotes. Liora decidía casi todo.
—Este escote es perfecto —dijo, sosteniendo una muestra de encaje—. Damián prefiere algo que resalte. Ya sabes cómo es.
Elara sonrió.
—Como digas.
La diseñadora anotaba. Liora se movía alrededor de Elara con una familiaridad que rozaba lo posesivo, corrigiendo posturas, apartándole el cabello, comentando en voz baja detalles que solo ellas dos podían oír.
—Estás más delgada —murmuró en un momento—. ¿No estarás dejando de comer otra vez por los nervios? Damián odia a las mujeres que se ven frágiles… aunque a ti siempre te ha gustado parecerlo.
Elara sostuvo la mirada de su mejor amiga en el espejo. La sonrisa no se le movió.
—Solo quiero llegar perfecta al altar.
Cuando la diseñadora se retiró, Liora se quedó. Se dejó caer en el sofá con naturalidad y cruzó las piernas.
—Damián llega en veinte minutos. Voy a ordenar que preparen algo ligero. Él no come mucho cuando está de mal humor.
—¿Está de mal humor? —preguntó Elara con tono inocente.
Liora soltó una risa suave.
—Siempre está de mal humor cuando tiene que cumplir con obligaciones… como esta. Pero no te preocupes. Yo sé cómo calmarlo.
Elara no contestó. Solo se sentó frente a ella y esperó.
Damián llegó a las doce y media. Entró sin saludar a nadie en particular, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla. Liora se levantó de inmediato y le ofreció una copa de agua. Él la aceptó sin mirarla, pero sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario.
—¿Ya terminaron con el circo del vestido? —preguntó.
—Casi —respondió Liora—. Elara se ve hermosa en todo. Aunque todavía no decide el escote.
Damián miró a Elara por primera vez desde que había entrado. La evaluó de arriba abajo con esa frialdad profesional que usaba en las juntas.
—Que sea discreto. No quiero que parezca que está pidiendo atención.
Elara inclinó la cabeza.
—Como prefieras.
Durante el almuerzo la conversación fue mínima. Damián habló casi exclusivamente con Liora sobre un problema en una de las subsidiarias de la empresa. Elara comía en silencio, escuchando cada nombre, cada cifra, cada molestia que él mencionaba. En su vida anterior habría intentado intervenir con alguna frase dulce. Ahora solo memorizaba.
Cuando terminaron, Damián se levantó y miró el reloj.
—Me voy. Hay una reunión que no puedo cancelar.
Liora se ofreció a acompañarlo hasta el auto. Elara se quedó en su sitio. Desde la ventana del comedor los vio hablar junto al vehículo negro. Liora se rió de algo. Damián le sujetó la muñeca un instante, con esa familiaridad que ya no se molestaba en disimular. Después se inclinó y le dijo algo al oído. Liora asintió y lo besó en la comisura de los labios, rápida, segura de que nadie importante los veía.
Elara observó sin pestañear.
Cuando Liora regresó, tenía las mejillas ligeramente sonrosadas y una sonrisa satisfecha.
—Se le olvidó decirte adiós. Estaba distraído. Ya sabes cómo se pone con el trabajo.
—No importa —respondió Elara con suavidad—. Entiendo.
Liora la estudió un segundo más de la cuenta, como si buscara alguna grieta. No encontró ninguna. Se encogió de hombros y recogió su bolso.
—Mañana vuelvo con las muestras de flores. No te escapes.
Cuando la puerta se cerró, Elara subió a su habitación. Se quitó el vestido azul claro y lo dejó sobre la cama. Se puso una camisa simple y se sentó frente al escritorio. Abrió el cuaderno donde llevaba tres días anotando.
Escribió:
Reunión de subsidiaria. Problema con números. Damián irritado. Liora lo calma con contacto físico. Beso en la calle. Ya no se esconden delante de los conductores.
Después cerró el cuaderno y miró por la ventana.
El auto negro seguía ahí. Estacionado a media cuadra, en la misma posición de las últimas noches. Esta vez, sin embargo, la ventanilla del lado del conductor estaba apenas entornada. Elara no pudo ver el rostro, pero sí la silueta de un hombre que no hacía ningún intento de ocultarse del todo.
Por primera vez desde su renacimiento, sintió una punzada de curiosidad real.
No miedo.
Curiosidad.
Se quedó observando durante varios minutos. El auto no se movió. Ella tampoco.
Al final, cerró las cortinas con calma y regresó al escritorio. Encendió la lámpara y empezó a escribir una lista nueva. Nombres de personas que en su primera vida habían sido leales a su padre. Abogados. Contadores. Un antiguo socio que había sido desplazado por los Riven.
Pequeños hilos.
Los tiraría uno por uno.
Abajo, en la calle, Kael Thorne apagó el cigarrillo que no había fumado del todo y arrugó el filtro entre los dedos. Había visto la forma en que ella miraba el auto. Ya no era la mirada de una mujer que no notaba nada. Era la de alguien que empezaba a ver.
Sonrió apenas, sin humor.
—Buenas noches, Elara —murmuró hacia la ventana cerrada.
Después arrancó el motor y se perdió en el tráfico de la noche, dejando atrás la casa Voss y a la mujer que, por fin, estaba dejando de ser presa.
