Capítulo 5 La primera grieta

La primera grieta

La semana siguiente al compromiso se arrastró con la lentitud pesada de las obligaciones sociales. Elara cumplió cada una de ellas con la misma sonrisa educada: reuniones con floristas, catas de menú, visitas a salones de eventos. Liora estaba en todas partes, siempre un paso más cerca de Damián de lo que correspondía a una simple amiga de la novia. Y Damián, cuando aparecía, lo hacía como quien cumple un trámite molesto.

Fue un jueves por la noche cuando la grieta apareció.

Damián llegó sin avisar a las nueve y media. La madre de Elara ya se había retirado. La casa estaba en penumbra, solo las luces del vestíbulo y del salón principal permanecían encendidas. Elara bajaba las escaleras con un libro en la mano cuando lo vio quitarse el abrigo con movimientos bruscos.

—Llegas tarde —dijo ella, sin tono de reproche.

Él ni siquiera la miró.

—No vine a dar explicaciones. Necesito hablar contigo. Ahora.

La tomó del codo con una firmeza que no admitía negativa y la guió hacia el estudio del primer piso, el que había pertenecido a su padre. Cerró la puerta detrás de ellos con un golpe seco. La habitación olía a madera vieja y a cigarrillos que nadie había fumado en años.

Damián se apoyó en el borde del escritorio, cruzó los brazos y la miró por fin. Sus ojos grises estaban más fríos de lo habitual.

—Liora me contó que estás haciendo preguntas sobre la subsidiaria del norte —dijo sin preámbulos—. Sobre los números. Sobre quién firmó qué.

Elara sostuvo la mirada. Por dentro, el corazón le latía con fuerza, pero el rostro permaneció sereno.

—Solo escuché lo que dijiste en el almuerzo. Me pareció… interesante.

—No es asunto tuyo.

—Soy tu prometida. En tres meses seré tu esposa. Los asuntos de la familia Riven también serán míos.

Damián soltó una risa corta, sin humor.

—No te hagas ilusiones, Elara. Tú vas a ser un adorno. Una firma en los papeles. Nada más. No tienes voz. No tienes voto. Y desde luego no tienes derecho a husmear en lo que no te incumbe.

Se acercó. Cada paso era deliberado. Cuando estuvo frente a ella, tan cerca que pudo oler el alcohol caro en su aliento, inclinó la cabeza.

—¿Sabes por qué te elegí? Porque eras fácil. Callada. Agradecida. Porque tu madre estaba desesperada y tu padre ya estaba muerto. Porque no ibas a dar guerra. Y ahora resulta que de pronto quieres jugar a la esposa informada.

Elara no retrocedió. Esa fue la primera diferencia.

—No estoy jugando a nada —respondió con voz baja, pero firme—. Solo dejé de sonreír cada vez que me humillas delante de ella.

El silencio que siguió fue denso. Damián la miró como si acabara de escuchar algo imposible. Por un segundo, la máscara de indiferencia se resquebrajó y dejó ver algo más peligroso: irritación real.

—Cuidado con lo que dices.

—¿O qué? —preguntó ella, y por primera vez en esta nueva vida dejó que un filo apenas perceptible se colara en la voz—. ¿Me vas a envenenar más rápido?

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Damián se quedó completamente quieto. Sus ojos se estrecharon.

—¿Qué acabas de decir?

Elara sintió el peligro como un gusto metálico en la lengua. Retrocedió un paso mental, pero no físico. Suavizó la expresión, volvió a colocar la máscara, aunque ya no del todo.

—Nada. Estoy cansada. Hablé de más.

Damián la agarró de la muñeca. No con fuerza suficiente para lastimarla de verdad, pero sí lo bastante para que el mensaje quedara claro.

—Escúchame bien, Elara. No vuelvas a mencionar tonterías. No hagas preguntas. No mires a Liora como si tuvieras derecho a juzgarla. Y sobre todo, no olvides tu lugar. Eres un contrato. Un peso que estoy dispuesto a cargar… por ahora. Pero si te conviertes en un problema, encontraré la forma de aligerar esa carga. ¿Me entiendes?

Ella miró la mano que le sujetaba la muñeca. Después alzó la vista y sostuvo sus ojos.

—Te entiendo perfectamente, Damián.

Él la soltó con un gesto brusco, como si el contacto le molestara.

—Bien. Ahora limpia esa expresión de tu cara. No me gusta cuando miras así. Pareces… distinta. Y no me gusta lo distinto.

Se giró, recogió su abrigo y salió del estudio sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe que resonó en toda la planta baja.

Elara se quedó quieta en medio de la habitación. Miró su muñeca. Había una marca roja ligera. La frotó con el pulgar hasta que desapareció. Después sonrió. No la sonrisa dulce que usaba delante de los demás. Una sonrisa pequeña, fría, privada.

Había respondido.

Y él lo había notado.

•••

No pudo quedarse en la casa. Necesitaba aire. Se puso un abrigo negro, recogió el bolso y salió por la puerta lateral sin avisar a nadie. La noche estaba fría y el cielo sin estrellas. Caminó sin rumbo fijo durante varias cuadras, dejando que la rabia se le asentara en el pecho como algo sólido y útil.

Fue entonces cuando lo vio.

El auto negro estaba estacionado bajo un farol defectuoso, a dos calles de la casa Voss. Las luces apagadas. El motor en silencio. Cuando ella pasó a su lado, la ventanilla del conductor bajó con un zumbido suave.

—Vas a resfriarte —dijo una voz masculina, grave, calmada—. No trajiste bufanda.

Elara se detuvo. Por un segundo pensó en seguir caminando. Después se giró.

El hombre que la miraba desde el interior del auto tenía el cabello negro algo desordenado, ojos oscuros y una presencia que no pedía permiso. No sonreía. Solo la observaba con una atención tan intensa que le resultó casi física.

—¿Quién eres? —preguntó ella.

—Kael Thorne.

El nombre no le sonó de nada. Y sin embargo, algo en el modo en que lo dijo le hizo sentir que debería haberlo conocido mucho antes.

—Has estado vigilando la casa —afirmó, no preguntó.

—Sí.

—¿Por qué?

Kael sostuvo su mirada varios segundos antes de responder.

—Porque en tu otra vida nadie lo hizo. Y terminaste muerta.

El aire se le quedó quieto en los pulmones. Elara dio un paso más cerca del auto. La luz del farol le iluminaba solo media cara, pero fue suficiente para ver que no mentía. O que mentía con una habilidad peligrosa.

—No tienes idea de lo que estás diciendo.

—Tengo más idea de la que crees —respondió él con calma—. Vi cómo te miraba esta noche cuando salió de tu casa. Vi la marca en tu muñeca. Y vi la forma en que dejaste de bajar la cabeza cuando te habló.

Elara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—¿Me has estado observando todo este tiempo?

—Durante años —admitió sin dramatismo—. Desde antes de que te comprometieras con él. Desde antes de que Liora se convirtiera en su sombra. Nunca me acerqué. Pensé que no era mi lugar. Me equivoqué.

El silencio se extendió entre ellos. Un auto pasó a lo lejos. El viento movió una bolsa de plástico por la acera.

—¿Qué quieres? —preguntó finalmente Elara.

Kael inclinó apenas la cabeza.

—Nada que no estés dispuesta a dar. Por ahora solo quiero que sepas que ya no estás sola en esto. Y que si decides dejar de sonreírle a ese hombre, yo estaré aquí. No para salvarte. Para acompañarte mientras lo quemas todo.

Elara lo miró durante un largo rato. En su primera vida habría sentido miedo o confusión. Ahora solo sintió algo parecido a reconocimiento. Como si una pieza que había estado fuera de lugar durante años de pronto encajara.

—No confío en ti —dijo.

—Tampoco te lo pido —respondió Kael—. Solo te pido que no camines sola por estas calles a estas horas. Sube. Te llevo de regreso.

Ella dudó. Después rodeó el auto y abrió la puerta del copiloto. Se sentó. El interior olía a cuero frío y a algo metálico, limpio. Kael no arrancó de inmediato. Solo la miró de reojo.

—La próxima vez que te ponga una mano encima —dijo en voz baja—, no tendrás que responderle tú sola.

Elara giró el rostro hacia la ventanilla. Sonrió apenas, sin que él pudiera verla del todo.

—La próxima vez —murmuró— no voy a necesitar que nadie me defienda.

Kael no contestó. Arrancó el motor y condujo en silencio las pocas cuadras que los separaban de la casa Voss. Cuando se detuvo frente a la entrada lateral, Elara abrió la puerta. Antes de bajar, se giró hacia él.

—Esto no significa que seamos aliados.

—Todavía no —concedió Kael—. Pero lo seremos.

Ella bajó. Cerró la puerta. El auto permaneció inmóvil hasta que ella entró en la casa y la luz del vestíbulo se encendió. Solo entonces las luces traseras se alejaron y desaparecieron en la oscuridad.

Elara subió las escaleras con el eco de su propia voz todavía resonándole en la cabeza.

Había respondido a Damián.

Había mirado a Kael a los ojos.

Y por primera vez desde que abrió los ojos en esta segunda vida, sintió que el tablero de juego ya no le pertenecía solo a ellos.

Ella también estaba moviendo piezas.

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