Capítulo 5
Punto de vista de Aria
Me quedé mirando la puerta por la que acababa de salir Aiden Carter, incapaz aún de asimilar lo ocurrido. ¿De verdad había aceptado casarse conmigo? ¿Así, sin más?
Ahora que tenía un momento para pensarlo, el trato que le había propuesto parecía absurdo. Yo, Aria Jones, iba a casarme con Aiden Carter, el heredero de treinta y dos años de Imperio Carter y el principal rival empresarial de mi ex prometido.
Aquel matrimonio resolvería los problemas de ambos. Yo escaparía de la humillación de que me hubieran abandonado en el altar. Él conseguiría el terreno que su empresa llevaba años intentando adquirir.
La irrupción de Lillian en la habitación del hospital interrumpió mis pensamientos. La sorpresa estaba grabada en su rostro.
—¿El que acaba de salir de tu habitación era Aiden Carter? —preguntó con la voz mucho más aguda de lo normal.
Asentí, todavía aturdida.
—¿Aiden Carter? ¿El director ejecutivo de Grupo Carter? ¿El que Forbes incluyó entre los treinta empresarios menores de cuarenta años más influyentes? ¿Ese Aiden Carter?
—Sí, ese mismo —confirmé mientras me acomodaba en la cama.
—¿Qué hacía aquí? Espera... ¿tiene algo que ver con el accidente?
Le conté parte de lo ocurrido, aunque omití convenientemente la propuesta de matrimonio que acababa de hacerle.
—Vino a hablar de la indemnización por las lesiones que sufrí en el accidente de coche.
Lillian no pareció muy convencida, pero no insistió. Me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a casa para que pudiera cambiarme antes de regresar al hospital a cuidar de papá.
Papá solo se había desmayado a causa de la crisis emocional. No era nada grave, pero querían mantenerlo en observación.
Ya en casa, me puse un suéter cómodo y unos vaqueros. Intenté no pensar demasiado en lo que acababa de poner en marcha.
¿De verdad iba a casarme con Aiden Carter? ¿Con un hombre al que apenas conocía, salvo por su reputación de empresario despiadado?
Cuando regresé al hospital, papá estaba mucho mejor que el día anterior. La tensión que me oprimía el pecho se alivió un poco. Al menos algo iba bien.
Al día siguiente, estaba sentada junto a su cama, leyendo mientras él dormía, cuando se abrió la puerta de la habitación. Levanté la vista, convencida de que sería una enfermera o un médico.
En el umbral estaba Liam White, con un ramo de flores entre las manos.
Al verlo, una punzada dolorosa me atravesó el pecho.
El hombre que había prometido amarme para siempre. El hombre que me había dejado sola ante el altar. El hombre que, cuando empezaron a volar las balas, había elegido a Sophia Clarke en vez de a mí.
—Aria... —comenzó en un tono suave y arrepentido—. Me enteré de lo de tu padre. Quería saber cómo estaban los dos.
Antes de que pudiera responder, Lillian se levantó de un salto de la silla que ocupaba en un rincón.
—¡Cómo te atreves a aparecer por aquí después de lo que hiciste! ¡La dejaste plantada en el altar, egoísta egocéntrico! ¿Y ahora tienes el descaro de entrar como si no hubiera pasado nada? —espetó entre dientes.
El alboroto despertó a papá. En cuanto vio a Liam, su expresión se endureció.
—Lárgate —ordenó con voz débil pero firme.
Liam dio un paso al frente.
—Sr. Jones, por favor. Solo quiero explicarlo...
—¡He dicho que te largues! —La voz de papá se elevó y el monitor cardíaco empezó a pitar más deprisa—. Ya le has hecho suficiente daño a mi hija.
Yo no dije nada. Miré a Liam con una frialdad que jamás habría creído posible.
Había amado a ese hombre durante doce años. Había planeado pasar el resto de mi vida con él. Sin embargo, al tenerlo delante, no sentía... nada. Solo quedaba un vacío en el lugar donde antes había estado mi corazón.
—Aria, por favor... —suplicó Liam.
Me miraba con aquellos ojos que antes conseguían hacerme flaquear.
—Ya oíste a papá —dije por fin, sin vacilar—. Vete.
Lillian prácticamente lo empujó fuera de la habitación. Desde el pasillo, podía oírla arremeter contra él con furia.
—¡Vuelve con tu preciosa Sophia y deja en paz a Aria! ¡O llamaré a seguridad para que te echen!
Cuando regresó, tenía el rostro encendido por la rabia. Me observó con preocupación.
—¿Estás bien?
Asentí, sorprendida al comprobar que sí. Ver a Liam no había dolido tanto como esperaba.
Durante los días siguientes, descubrí que no podía entrar en ninguna red social ni desde el teléfono ni desde la tableta. Lillian había bloqueado el acceso a internet en secreto para protegerme de los comentarios crueles que circulaban por la red.
La confronté en cuanto me di cuenta.
—Quiero ver lo que están diciendo, Lillian —insistí.
La preocupación ensombreció su rostro.
—¿Por qué quieres torturarte de esa manera?
Le dediqué una sonrisa triste.
—He tardado doce años en despertar. Si no le echo sal a la herida, quizá olvide el dolor cuando cicatrice.
Los ojos de Lillian se llenaron de lágrimas. Aun así, terminó entregándome su teléfono a regañadientes.
—La gente puede ser muy cruel —murmuró mientras yo recorría los comentarios de una página de chismes—. ¿Cómo pueden decir esas cosas sobre ti?
Lo comprobé por mí misma.
El público no había tenido piedad. Todos especulaban sobre los motivos por los que Liam me había abandonado. Algunos decían que yo no era lo bastante buena para él. Otros aseguraban que debía de haber hecho algo terrible para alejarlo. Unos pocos incluso celebraban que hubiera elegido a Sophia y la describían como una especie de heroína romántica que había triunfado contra todo pronóstico.
Cada comentario era como el corte de una pequeña cuchilla, pero, con cada herida, mi determinación se volvía más firme.
Había sido una ingenua. Había creído en un romance de cuento de hadas que nunca había existido. Había llegado el momento de afrontar la realidad y seguir adelante.
El día que dieron de alta a papá, estábamos recogiendo sus cosas cuando mi teléfono vibró. Revisé el mensaje con disimulo y el pulso me dio un vuelco al ver que era de Aiden.
«Tengo tiempo mañana. Nos vemos en la oficina de asuntos civiles a las 10 a. m. Trae tus documentos. - A.C.»
Lo leí tres veces, cada vez más alterada. Aunque había aceptado mi propuesta en el hospital, una parte de mí nunca había creído que Aiden Carter fuera a cumplir nuestro acuerdo.
—¿Quién es, cariño? —preguntó papá al notar el cambio en mi expresión.
—Solo alguien del trabajo —mentí con soltura mientras guardaba el teléfono—. Nada importante.
En cuanto llegamos a casa, Lillian me arrastró hasta mi habitación.
—¡Bueno, desembucha! —exclamó, dejándose caer sobre mi cama con un brillo de emoción en los ojos—. Vi quién te escribió antes. Era Aiden Carter, ¿verdad? ¡El Aiden Carter!
—Sí —admití, esforzándome por parecer despreocupada—. Pero no es nada importante.
—¿Nada importante? —Arqueó una ceja, nada convencida—. El soltero más codiciado de la ciudad no escribe a la gente porque sí por «nada importante».
Movió las cejas con expresión insinuante.
—Vamos, ¿de qué se trata?
Suspiré.
—Solo son... cosas de la indemnización. Por el accidente.
—¿Indemnización? —Su interés se avivó de inmediato—. ¿De qué clase de indemnización estamos hablando? ¿Atropelló a tu perro o algo así?
Vacilé.
¿Cómo podía explicarle que le había pedido a Aiden Carter, el empresario más poderoso de la ciudad, que fingiera ser mi esposo? La petición volvió a parecerme completamente absurda.
Lillian malinterpretó mi silencio.
—Aria, no te sientas mal por pedirle dinero. Aiden Carter prácticamente se baña en billetes. Para él, cualquier problema que pueda resolverse con dinero ni siquiera es un problema. —Sonrió con picardía—. Entonces, ¿cuánto le pediste? ¡Dímelo y alégrame el día!
—No le pedí dinero —confesé—. Le hice otra clase de petición.
Su curiosidad aumentó aún más.
—¿Qué petición?
Inspiré hondo, a punto de confesarle mi impulsiva propuesta...
cuando se abrió la puerta y entró Martha, una de las empleadas domésticas.
