Capítulo 2 Capítulo 2: La jaula de cristal y la primera sombra
El aroma a café recién molido y el roce tenue de unas sábanas de hilo egipcio fueron las primeras sensaciones que me devolvieron a la realidad. No estaba en el suelo frío de aquel almacén mugriento, ni tampoco sobre el asfalto helado de la callejuela florentina.
Abrí los ojos despacio, parpadeando con pesadez. La luz dorada de la mañana entraba a través de los ventanales de mi propia habitación en la finca familiar, a las afueras de Florencia. Un suave dolor sordo me palpitaba en la mejilla izquierda y el labio inferior me escocía al moverlo, recordándome que la pesadilla de la noche anterior no había sido un simple mal sueño.
—Por fin despiertas, princesita —escuché una voz grave, profunda y helada desde el rincón más oscuro del dormitorio.
Me sobresalté de golpe, llevándome la manta hacia el pecho mientras me incorporaba a toda prisa.
De pie junto al ventanal, cruzado de brazos y con una postura implacable, estaba Dominic Moretti. Vestía un impecable traje negro a medida que acentuaba la firmeza de sus hombros y la compostura dominante de su cuerpo. La luz matutina dibujaba las líneas marcadas de su mandíbula y resaltaba la frialdad azul de su mirada, que me observaba con una fijeza calculadora, indescifrable.
—¿Qué haces en mi habitación? —exclamé, con la voz rasposa por el cansancio—. ¡Sal de aquí de inmediato!
—En primer lugar, los modales. De nada por salvarte la vida anoche —respondió él sin moverse un solo centímetro, manteniendo un tono de voz pausado pero cargado de una autoridad que me hizo apretar los dientes—. En segundo lugar, a partir de hoy no doy un solo paso sin saber dónde estás. Tu padre me ha dado control total sobre tu agenda y tus desplazamientos.
—Mi padre no es dueño de mi vida —le espeté, sintiendo cómo el orgullo y la rabia sofocaban por un instante el recuerdo del terror vivido—. No necesito un niñero de dos metros con complejos de militar. Sé cuidarme sola.
Una sonrisa amarga y apenas perceptible cruzó los labios de Dominic. Dio tres pasos lentos hacia la cama. Su sola presencia parecía llenar todo el espacio de la habitación, sofocando el aire a mi alrededor.
—¿Sabes cuidarte sola? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí. El aroma a cuero, madera y su colonia cara me golpeó de lleno—. Anoche terminaste tirada en el suelo descalza, con los pies cortados, el labio sangrando y la cara marcada por un matón de tercera. Si no llego en el segundo exacto, señorita Rossi, a esta hora estarías en el maletero de un coche camino a una fosa común o vendida al mejor postor por los enemigos de tu padre. Así que no me vengas con discursos de independencia infantil.
El impacto de sus palabras me dio directo en el pecho. Me escocieron los ojos por las lágrimas de frustración que intenté contener con todas mis fuerzas. Tenía razón sobre el peligro, pero la forma fría y despectiva con la que desmenuzaba mi vulnerabilidad me resultaba insoportable.
—No eres más que un empleado a sueldo —murmuré, levantando el mentón para sostenerle la mirada azul—. No te pagamos para que me juzgues, solo para que hagas tu trabajo.
—Mi trabajo es mantenerte respirando, no caerte bien —replicó él con frialdad absoluta. Luego, desvió la mirada hacia mi mejilla lastimada y un músculo de su mandíbula se contrajo casi imperceptiblemente—. El médico del equipo ya revisó tus cortes y la contusión de la cara. Tienes que guardar reposo hoy, pero tu padre exige que bajes a desayunar en diez minutos. El conde Sforza ha venido a "interesarse" por tu estado tras enterarse del altercado.
El nombre de Julián Sforza volvió a revolverme el estómago.
—Dile que no voy a bajar.
—Se lo dirás tú misma. Te espero en el pasillo. Y ponte algo adecuado; no tenemos todo el día —sentenció Dominic, dándose media vuelta y saliendo de la habitación sin esperar réplica. La puerta se cerró tras él con un chasquido seco.
Me quedé a solas, apretando los puños contra las sábanas. La rabia me quemaba por dentro, pero bajo esa ira ardía una inquietud extraña. Había algo en la mirada de Dominic Moretti que no encajaba con la de un simple jefe de seguridad. Había una intensidad demasiado personal en sus ojos, una sombra de resentimiento oculto que no lograba comprender.
Quince minutos después, descendí por la majestuosa escalinata de mármol del salón principal. Vestía un sencillo vestido de manga larga de tono pastel que intentaba disimular mi palidez y el ligero hematoma en la mandíbula.
En el comedor, la mesa estaba servida con la opulencia habitual. Matteo Rossi, mi padre, presidía la cabecera vistiendo un traje gris impecable, leyendo el periódico financiero con la compostura de quien jamás ha cometido un error en su vida. A su lado, el conde Julián Sforza, un hombre de cuarenta y tantos años con sonrisa fingida y ojos voraces, sostenía una taza de porcelana.
Y de pie, a dos pasos de la gran arcada de entrada, como una estatua de piedra vestida de negro, estaba Dominic, vigilando cada movimiento de la sala.
—Cloe, querida —exclamó Sforza, poniéndose de pie de inmediato al verme. Se acercó y tomó mi mano para besar el dorso con una familiaridad que me provocó escalofríos—. ¡Qué tragedia lo de anoche! Me enteré de que unos desalmados intentaron asustarte. Gracias a Dios que la agencia de seguridad de Matteo actuó a tiempo.
—Fue más que un susto, Julián —respondí, retirando mi mano con discreción mientras ocupaba el asiento más alejado de él.
—Un fallo lamentable en la logística inicial, pero que ya ha sido corregido —intervino la voz profunda y seca de mi padre, sin levantar la vista de sus papeles—. El señor Moretti ha reestructurado todo el protocolo. A partir de hoy, Cloe, no saldrás del taller ni de la finca sin su presencia directa. Julian y yo hemos estado discutiendo los detalles de la boda para la próxima primavera en el Lago de Como; no podemos permitir que estos incidentes empañen la imagen de la familia ni afecten las acciones del holding.
Miré a mi padre con incredulidad. Ni una sola pregunta sobre cómo me sentía. Ni un solo gesto de afecto paternal tras haber estado a punto de ser secuestrada. Solo la boda, las acciones y la bendita imagen pública.
—¿Es en serio, papá? —dije, sintiendo que la voz me temblaba de indignación—. Casi me matan anoche y lo único que te importa es la fecha de una boda a la que ni siquiera he dado mi consentimiento.
—Cloe, no me hagas perder la paciencia frente a las visitas —advirtió Matteo, clavando sus ojos oscuros en los míos con una frialdad glacial—. Vas a hacer lo que se espera de ti. Tu seguridad está garantizada por el señor Moretti y tu futuro está asegurado junto a Julián. La discusión ha terminado.
Sentí que las paredes del comedor se cerraban sobre mí. Miré hacia la puerta instintivamente, buscando una vía de escape, y mis ojos se cruzaron con los de Dominic.
Por un instante, su rostro no mostraba la impasibilidad profesional de un escolta. Había una llama oscura brillando en el fondo de sus pupilas azules mientras miraba a mi padre, una mezcla de asco y desprecio tan profunda que me dejó helada. Pero duró solo una fracción de segundo; en cuanto notó que lo observaba, su rostro volvió a convertirse en una máscara impenetrable.
—Si me disculpan, no tengo apetito —murmuré, poniéndome de pie bruscamente.
—Cloe, vuelve a tu sitio —ordenó mi padre con voz tajante.
—La señorita Rossi debe tomar su medicación para el dolor a esta hora, señor Rossi —intervino la voz grave de Dominic, dando un paso al frente y rompiendo la tensión del comedor—. Con su permiso, la acompañaré de regreso a sus aposentos o al jardín privado.
Matteo Rossi miró a Dominic, evaluándolo durante unos segundos antes de asentir con la cabeza con suficiencia.
—Bien. Llévala al jardín, Moretti. Asegúrate de que no haga ninguna estupidez.
Salí del comedor a pasos agigantados, sintiendo el aire fresco del patio interior como una bendición. Me adentré en el jardín de rosales hasta llegar junto a la gran fuente de piedra. Me apoyé en el borde del mármol, respirando con dificultad mientras intentaba calmar el nudo que me ahogaba la garganta.
Los pasos firmes de Dominic se detuvieron a un par de metros detrás de mí.
—No deberías provocar a tu padre de esa manera si quieres mantener la calma —dijo con voz baja, menos severa que de costumbre.
Me giré bruscamente hacia él, con las lágrimas de rabia brillando en mis ojos.
—¡Tú no sabes nada de mi vida! ¡No sabes lo que es vivir en una casa donde solo eres una mercancía para vender al mejor postor! —grité, dándole un empujón con la mano en el pecho.
Dominic ni siquiera se movió un milímetro tras mi impacto. Su pecho se sentía duro como una placa de acero. Me sujetó de la muñeca con firmeza, pero sin hacer me daño, deteniendo mi mano en el aire.
La cercanía entre ambos se volvió repentinamente abrasadora. Podía sentir el calor de su respiración y ver los pequeños destellos dorados en sus ojos azules.
—Sé muy bien lo que es que la familia de Matteo Rossi te destruya la vida, Cloe —susurró él, y por primera vez pronunció mi nombre con un matiz grave, casi melancólico, que me recorrió la espalda como una descarga eléctrica.
Le miré fijamente, frunciendo el ceño, desconcertada por el peso trágico de sus palabras.
—¿De qué estás hablando? —pregunté en un murmullo.
Dominic pareció darse cuenta de que había dicho más de la cuenta. Su mirada se endureció de inmediato y me soltó la muñeca con lentitud, tomando un paso de distancia.
—Hablo de que conozco a los hombres como tu padre —corrigió con voz fría y distante, recuperando su máscara de piedra—. Y sé que no vas a ganar esta batalla gritando. Si quieres sobrevivir a este mundo, vas a tener que aprender a jugar tus cartas con la cabeza, no con el corazón.
Me quedé mirándolo en silencio, acariciándome la muñeca donde aún persistía el calor de sus dedos. Había un misterio enorme rodeando a Dominic Moretti, una grieta en su armadura de arrogancia por la que acababa de vislumbrar un dolor antiguo y peligroso.
—A partir de mañana regresamos a tu taller en Florencia —añadió él, dándome la espalda para vigilar el perímetro del jardín—. Prepárate. La función apenas acaba de empezar.
