Capítulo 3 Capítulo 3: La farsa del control y la sombra de la fuga

El taller de Florencia olía a óleo fresco y barniz de damar, pero para mí ya no se sentía como un santuario. Ahora era una celda con ventanales de arco.

Desde la pequeña mesa de madera donde limpiaba mis pinceles, podía sentir la mirada fija de Dominic Moretti clavada en mi nuca. Llevaba tres días seguidos instalado en la esquina del estudio, de pie junto a la puerta trasera o sentado con una postura impecable en un taburete alto. Con su traje oscuro sin una sola arruga, el ordenador portátil encriptado sobre las rodillas y esa presencia implacable de dos metros, convertía mi refugio creativo en un cuartel militar.

El silencio entre los dos era denso, sofocante, cargado de una tensión que amenazaba con hacer saltar por los aires el lugar a la menor chispa.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome todo el día como si fuera un prisionero de guerra? —pregunté sin girarme, estrellando el pincel contra el frasco de solvente con más fuerza de la necesaria.

—Estoy haciendo el trabajo por el que se me paga, señorita Rossi —respondió la voz grave de Dominic, sin perder el tono neutro y pausado que me sacaba de quicio—. Vigilando el perímetro y asegurándome de que no cometas ninguna imprudencia.

Me giré bruscamente sobre la silla, encarándolo.

—¡Es mi taller! —exclamé, señalando las paredes de piedra y los caballetes—. Este es el único lugar del mundo donde no tengo que soportar el control de mi padre ni las miradas de su gente. Y tú lo estás arruinando todo con tu maldita sombra gigante y tus tácticas de interrogatorio.

Dominic levantó despacio la mirada de la pantalla. Sus ojos azules, helados y calculadores, me recorrieron de arriba abajo con esa calma irritante que me ponía los nervios de punta.

—Si no fuera por esta "sombra gigante", como me llamas, hace tres días estarías en el fondo de un río o sirviendo de moneda de cambio para los enemigos de tu padre —dijo, cerrando el portátil con un chasquido seco—. No entiendes la gravedad de la situación, Cloe. Hay gente muy peligrosa ahí fuera buscando una brecha en la seguridad de Matteo Rossi. Y la brecha más fácil y vulnerable eres tú.

—¡Yo no soy una brecha! —grité, poniéndome de pie y caminando hacia él con los puños apretados—. ¡Soy una persona! Tengo una vida, tengo clientes que atender y exposiciones que preparar. Gianna ni siquiera quiere venir al taller porque dice que pareces un sicario a punto de ejecutar a alguien.

—Gianna es una distracción y una falla de seguridad —espetó Dominic, poniéndose de pie con una lentitud amenazante. Al erguirse por completo, su sombra me cubrió por completo, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. No voy a poner en riesgo la operación porque a tu amiga le incomode la presencia de un profesional.

—¡Es mi amiga, no una falla de seguridad! —le di un empujón en el pecho con ambas manos, indignada. Como la última vez, sintió como si hubiera golpeado una muralla de piedra sólida. Él ni siquiera se inmutó, pero sus pupilas se dilataron sutilmente—. ¡Odio que actúes como si fueras el dueño de mis pasos! ¡No eres mi dueño, Dominic! No eres más que un empleado al que mi padre le paga para seguirme como un perro.

Un destello peligroso y oscuro cruzó la mirada de Dominic. Se inclinó ligeramente hacia mí, reduciendo la distancia entre nuestros rostros a escasos centímetros. El calor abrasador de su cuerpo y el aroma a cuero y madera me envolvieron de golpe, haciendo que el pulso se me desbocara en el pecho.

—No soy el perro de nadie, y mucho menos de tu padre —siseó con una voz tan baja y áspera que me erizó la piel por completo—. Si supieras la mitad de las cosas que hago para mantenerte a salvo en este instante, te lavarías la boca antes de volver a dirigirme la palabra.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué no me lo cuentas? —desafíe, sosteniéndole la mirada a pesar del temblor de mis manos—. ¿Por qué no me dices qué hay realmente detrás de esa máscara de piedra que llevas puesta? Porque no te creo, Dominic. No me creo tu papel de escolta abnegado. Hay algo en ti que me da rabia... y que me da miedo.

Dominic se quedó inmóvil. Por una fracción de segundo, vi una grieta en su armadura de arrogancia, un abismo de dolor y resentimiento tan profundo que me dejó sin aliento. Pero duró solo un suspiro. Recuperó la máscara impenetrable, dio un paso atrás y ajustó los puños de su chaqueta.

—Piensa lo que quieras, Cloe. A las seis de la tarde tenemos que salir hacia el aeropuerto. Tu padre exige que estés en la gala de Roma esta noche.

—No voy a ir a Roma —dije con firmeza.

—Vas a ir —sentenció él, dándome la espalda—. Y vas a subir al coche sin montar un espectáculo.

—Ya lo veremos —murmuré entre dientes.

A las cinco y media de la tarde, la luz dorada de Florencia comenzaba a extinguirse. Dominic estaba en el pasillo exterior del taller, hablando por su teléfono encriptado con su equipo de apoyo.

Era mi oportunidad. La única que tendría en semanas.

Me quité el delantal de trabajo, recogí mi bolso de cuero y me puse una chaqueta oscura con capucha. Abrí con extremo cuidado la ventana alta del almacén trasero, la que daba hacia el pequeño patio interior de la propiedad colindante, un pasaje angosto que los clientes no conocían y que conectaba con la calle peatonal de San Lorenzo.

Salté hacia el alféizar de madera y luego dejé caer mi cuerpo hacia el pavimento del callejón. El impacto me hizo doler los tobillos, pero la adrenalina amortiguó el dolor. Me ajusté la capucha sobre el cabello y eché a correr hacia la multitud de turistas que abarrotaba la plaza.

Por fin libre.

Respiré el aire fresco de la tarde con una mezcla de triunfo y alivio. Me sentía victoriosa. Le había demostrado a Dominic Moretti que no era una muñeca de porcelana que pudiera encerrar en una vitrina. Caminé a buen paso entre los puestos de artesanías y los cafés al aire libre, girando en varias esquinas para asegurarme de que nadie me seguía. Mi plan era simple: tomar un tren hacia la casa de verano de mi madre en Lucca y apagar el teléfono durante tres días. Que mi padre y su arrogante jefe de seguridad se volvieran locos buscándome.

Sin embargo, a medida que me alejaba del centro histórico y me adentraba en las callejuelas menos transitadas cerca de la estación de trenes de Santa Maria Novella, la sensación de triunfo comenzó a disiparse, reemplazada por una inquietud molesta.

El sol se había puesto por completo. Las luces de las farolas proyectaban sombras largas sobre los adoquines húmedos.

Un motor diésel retumbó a mis espaldas.

Giré la cabeza ligeramente. Una furgoneta negra con los cristales tintados avanzaba a paso de hombre a unos veinte metros detrás de mí. Acelere el paso, sintiendo que el corazón empezaba a martillearme contra las costillas.

Es solo coincidencia, me repetí en un intento desesperado por mantener la calma. Florencia está llena de furgonetas.

Giré a la derecha por un pasaje estrecho que cortaba camino hacia la estación. El pasaje estaba oscuro, flanqueado por altos muros de edificios antiguos y sin un solo comercio abierto.

Error fatal.

La furgoneta aceleró bruscamente, derrapando sobre las piedras húmedas y cruzándose en mitad del pasaje, bloqueándome el paso por completo. La puerta lateral corredera se abrió de golpe con un estruendo metálico.

—¡Maldita sea! —grité, dando media vuelta para correr hacia atrás.

Pero antes de que pudiera dar tres pasos, dos hombres fornidos vestidos con chaquetas de cuero oscuro salieron de la penumbra de un portal. No llevaban máscaras ni trajes de seguridad; sus rostros eran toscos, con cicatrices y miradas hambrientas.

—Mira lo que nos encontramos aquí —dijo uno de ellos, una mole de un metro noventa con barba desaliñada y voz rasposa—. La pajarita se escapó de su jaula.

—¡Aléjense de mí! —chillé, sacando un frasco de aerosol de pintura de mi bolso y lanzándoles un chorro directo a los ojos del más cercano.

El hombre rugió de dolor, llevándose las manos a la cara mientras maldecía en un dialecto norteño que no logré entender. Aproveché el descuido para esquivarlo, pero el segundo sujeto me sujetó fuertemente del brazo, retorciéndomelo hacia la espalda con una brutalidad que me hizo soltar un alarido.

—¡Suéltame! ¡Auxilio! ¡Alguien ajúdeme! —grité con todas las fuerzas de mis pulmones, pataleando y tratando de clavarle los talones en las espinillas.

—¡Cállate, perra! —el hombre de la furgoneta bajó del vehículo portando una cinta de embalar y una brida plástica—. Tus gritos no le van a servir de nada a Matteo Rossi cuando le enviemos un pedazo de tu oreja para que pague el rescate.

El terror, real y sin filtros, me congeló la sangre. Esto no era un simulacro. No eran las amenazas falsas que Dominic decía haber neutralizado. Estos hombres eran mercenarios reales, criminales que no dudarían en despedazarme con tal de sacarle millones a mi padre.

—¡Dominic! —el nombre salió de mi garganta en un grito instintivo, desesperado, ahogado por las lágrimas que comenzaron a desbordarse por mis mejillas. Por primera vez, deseé con cada fibra de mi ser que esa sombra implacable apareciera desde la oscuridad.

—Nadie va a venir a salvarte, princesita —se burló el tipo de la barba, agarrándome bruscamente del cabello para obligarme a subir a la furgoneta—. Tu papá pagará caro cada centavo que nos debe.

Me retorcí con desesperación, pero me empujaron con violencia hacia el interior del vehículo. Mi cabeza impactó contra la estructura de chapa del suelo, dejándome mareada y desorientada. Antes de que pudiera incorporarme, una brida de plástico me inmovilizó las muñecas a la espalda con un tirón seco que me cortó la circulación.

La puerta corredera se cerró de golpe, sumiendo el interior de la furgoneta en una penumbra casi total. El motor rugió con fuerza y el vehículo arrancó a toda velocidad, tirándome contra el suelo de metal.

Tumbada sobre el piso frío, escuchando las risas brutales de mis captores en la cabina delantera y sintiendo la vibración del motor alejándome de Florencia, el peso de mi estupidez me aplastó el pecho. Había querido huir de Dominic para demostrar mi independencia, y solo había logrado entregarme en bandeja de plata a monstruos de verdad.

Cerré los ojos, sintiendo las lágrimas frías rodar hacia mis orejas, mientras el eco de la voz de Dominic retumbaba en mi memoria: Si supieras la mitad de las cosas que hago para mantenerte a salvo en este instante...

Y por primera vez desde que lo conocí, me di cuenta de que mi único refugio en medio de este infierno era el hombre al que acababa de traicionar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo