Capítulo 4 Capítulo 4: El cazador enredado
El silencio de la oficina temporal en Florencia es interrumpido únicamente por el chasquido rítmico de mi encendedor de plata. Abrir la llama, cerrarla. Abrir, cerrar. El fuego brilla por una fracción de segundo sobre la superficie de cristal de la mesa antes de apagarse de nuevo. Es un hábito mecánico, la única válvula de escape para la rabia fría que amenaza con desbordarse por mis venas.
Todo estaba fríamente calculado.
Cloe creía que su pequeña fuga por la ventana trasera del taller había sido una victoria de su espíritu indomable. Qué ingenua. No hay un solo metro cuadrado en esta ciudad que no esté bajo la supervisión de mi red de inteligencia. Cuando vi a través de los monitores que saltaba al pasaje colindante ajustándose la capucha de la chaqueta, no la detuve. Al contrario. Le di la señal a los hombres de mi facción encubierta para que montaran el escenario. Un secuestro falso. Un susto quirúrgico, orchestrado al detalle, para quebrantar esa terquedad absurda que la caracteriza, obligarla a regresar a mis brazos buscando protección y acelerar su dependencia hacia mí antes del golpe final.
Mi plan era simple: dejar que la atraparan, mantenerla cautiva durante un par de horas en un sótano controlado para que probara el verdadero sabor del miedo, y luego aparecer yo, su impecable héroe y guardaespaldas, para "rescatarla" y ganarme su confianza absoluta de forma definitiva. Una jugada maestra. Clinica. Implacable.
El teléfono encriptado sobre la mesa comienza a vibrar, rompiendo el ritmo del encendedor.
Sonrío con frialdad al ver el número en la pantalla. Es la llamada. La confirmación de que la heredera de los Rossi ya está aterrada y lista para ser moldeada.
Deslizo el dedo por la pantalla y me llevo el aparato al oído.
—Habla —ordeno con voz tajante y distante.
—Señor Moretti... tenemos un problema grave —la voz de uno de mis hombres operativos suena alterada, distante, acompañada por el ruido del tráfico frenético.
Mi sonrisa se evapora en un instante. El encendedor de plata queda inmóvil en mi mano izquierda.
—¿Qué clase de problema? —pregunto, y mi tono baja una octava, volviéndose tan filoso como un bisturí—. La instrucción era clara. Debían interceptarla dos calles antes de la estación de Santa Maria Novella.
—Señor... nosotros llegamos al punto de interceptación tres minutos después de que ella doblara la esquina —responde el operativo, jaleando—. Pero el pasaje estaba vacío. Solo encontramos su bolso de cuero tirado en el suelo, las marcas de un frenazo de neumáticos pesados y restos de cinta de embalar.
El aire en mis pulmones se vuelve plomo. La sangre me da un vuelco violento en el pecho.
—¿De qué demonios estás hablando? —siseo, poniéndome de pie bruscamente. La silla de cuero sale despedida hacia atrás, estrellándose contra la pared.
—Alguien se nos adelantó, jefe. La chica nunca llegó a nuestro punto. Otra unidad se la llevó antes de que mis hombres cruzaran la calle. No eran de la firma. Vieron una furgoneta negra salir a toda velocidad hacia la autopista del norte.
—¡Incompetentes de mierda! —rujo, estrellando el puño libre contra la mesa de madera con tanta fuerza que la estructura de caoba cruje—. ¡Tenían una sola maldita tarea! ¡Saber cada paso que daba!
—Intentamos seguir la furgoneta, pero perdimos el rastro en el empalme de la A1. Quienquiera que fuera, conocía las cámaras de tráfico. Fue una operación limpia, señor.
Corto la llamada sin esperar una sola palabra más y tiro el teléfono sobre el escritorio. La pantalla se resquebraja con un chasquido seco. Mi respiración es pesada, errática. El pulso me retumba en las sienes con una furia destructiva que no sentía desde hace diez años.
Cloe.
No está en nuestras manos. No es un simulacro.
Alguien la tiene. Mercenarios reales. Enemigos de Matteo Rossi que no van a jugar a asustarla, sino que la van a destrozar, violar o matar para extorsionar a su padre o saldar cuentas de sangre en el bajo mundo corporativo.
La puerta de la oficina se abre de golpe y Enzo, mi mano derecha y el hombre que me ayudó a construir la facción táctica desde los cimientos, entra a la estancia. Su rostro maduro y cruzado por una cicatriz en la sien muestra una gravedad absoluta. Ha escuchado los gritos desde el pasillo.
—Dominic, me acaba de entrar el reporte de la unidad de rastreo —dice Enzo, cerrando la puerta tras de sí y cruzándose de brazos—. Es verídico. La interceptó una célula de cobradores de deudas vinculada a la mafia calabresa. Gente de la peor ralea. Matteo Rossi les debe más de veinte millones por unos cargamentos retenidos en el puerto de Génova.
Siento que la mandíbula se me traba con tanta fuerza que los dientes me duelen. Doy tres pasos rápidos hacia el ventanal, mirando las luces de Florencia que empiezan a encenderse bajo la noche. La imagen de Cloe indefensa, con la piel delicada de sus muñecas atada y la bofetada que le dieron en el primer ataque, me cruza la mente como una ráfaga de fuego.
—Prepara a la unidad de respuesta rápida —ordeno sin girarme, con la voz temblando por una furia contenida—. Rastreen la furgoneta. Quiero las cámaras del peaje, la ubicación de las antenas telefónicas de la zona y a todos los soplones de la zona industrial cantando en cinco minutos. Si hay que quemar Florencia para encontrarla, la quemamos.
—Espera un momento, Dominic —interviene Enzo, y su voz no tiene la prisa que exige mi cuerpo. Da dos pasos hacia mí, manteniéndose firme—. Piensa con la cabeza por una sola vez. Detente y analiza la situación.
Me giro violentamente hacia él, clavándole una mirada cargada de odio.
—¿Analizar qué, Enzo? ¿No me escuchaste? ¡La tienen!
—¡Exacto! ¡La tienen ellos! —exclama Enzo, levantando las manos para hacerme frenar—. ¿No te das cuenta de la oportunidad que esto significa? Nuestro objetivo final siempre ha sido la ruina total de Matteo Rossi. Que sufra, que pierda lo que más ama, que caiga en la bancarrota moral y financiera antes de que le caigamos encima en la boda. Si esa gente se encarga del trabajo sucio, si le devuelven a su hija en una caja o la utilizan para dejarlo en la quiebra absoluta hoy mismo... el resultado para nosotros es el mismo. Nos ahorra meses de trabajo y el riesgo de exponernos.
Las palabras de Enzo flotan en el aire pesado de la habitación. Por un segundo, la lógica fría y desalmada de la venganza que me ha alimentado durante diez años intenta abrirse paso en mi cerebro. Es verdad. Es la hija del monstruo que destruyó a mi familia. Si muere esta noche a manos de unos sicarios calabreses, el legado de Rossi habrá terminado. La justicia de la que tanto me jactaba estaría servida sin que yo tenga que apretar el gatillo.
Sería lo mejor. Lo más eficiente. Lo más limpio.
Sin embargo, en cuanto esa idea intenta asentarse en mi mente, una punzada visceral de rechazo me atenaza el estómago. La imagen de Cloe riéndose con manchas de pintura en la mejilla, la fragilidad de su cuerpo cuando se desmayó en mis brazos, la forma en que sus ojos castaños me desafiaban a pesar del terror... todo se sobrepone a la frialdad de mis planes.
Siento una náusea física ante la sola idea de que un tipo tosco le ponga una mano encima. De que su luz sea apagada por otros.
—No —murmuro, y la palabra sale de mi garganta como una amenaza.
—Dominic, sé razonable... —insiste Enzo, dando un paso al frente.
En dos zancadas cruzo el espacio que nos separa y lo agarro de la solapa de su chaqueta táctica, acorralándolo contra la pared con una fuerza salvaje. Mis ojos están clavados en los suyos, ardiendo en una rabia que trasciende cualquier estrategia corporativa.
—¡Dije que no, carajo! —grito a centímetros de su rostro, sintiendo cómo se me marca la vena del cuello—. Nadie toca a esa chica. ¿Me oíste? ¡Nadie!
—Es la hija de tu peor enemigo, Dominic —sisea Enzo, sosteniéndome la mirada sin amedrentarse, aunque puedo sentir la tensión de sus músculos bajo mi agarre—. ¿Desde cuándo te importa lo que le pase a una Rossi?
—¡Porque la persona que la va a destruir soy yo! —rujo, liberando la verdad más oscura y posesiva que habita en mi pecho—. ¡Nadie más tiene ese derecho! Su vida, su sufrimiento y su destino me pertenecen a mí. No voy a dejar que un atajo de perros callejosos arruine el final que yo mismo le tengo diseñado. Si Matteo Rossi va a perder a su hija, será bajo mis condiciones. Si ella va a caer, caerá conmigo. ¡Nadie más la toca!
Enzo me mira en silencio durante unos segundos largos. Ve en mi rostro algo que probablemente ni yo mismo quiero admitir: que mi obsesión por Cloe Rossi ha dejado de ser un simple cálculo táctico para convertirse en un incendio descontrolado que amenaza con consumirme por completo.
Lentamente, Enzo asiente con la cabeza y baja la mirada hacia mis manos.
—Entendido, jefe —dice con voz baja, profesional y resignada—. Pero si vamos por ella, esto ya no es una infiltración silenciosa. Vamos a entrar a sangre y fuego contra la mafia calabresa. Si tu nombre o tu rostro quedan expuestos antes de tiempo, tu padre no tendrá justicia y Matteo sabrá quién eres.
Lo suelto bruscamente, dándole la espalda y caminando hacia el armero oculto tras el panel de la pared. Acciono el mecanismo de seguridad y las puertas de madera se abren, dejando al descubierto el arsenal de grado militar que guardo para las operaciones negras.
Saco un chaleco táctico ligero, reviso el cargador de mi pistola de nueve milímetros con un movimiento seco y preciso, y me la encajo en la funda de la cintura.
—Que se entere si quiere —sentencio, colocándome la chaqueta oscura y ajustando los guantes de cuero negro sobre mis manos, sintiendo aún el leve escozor de la mordedura que Cloe me dejó la noche anterior en la piel—. Que todo el mundo sepa que cuando Dominic Moretti va a buscar lo que considera suyo, no queda un solo hombre en pie.
Miro mi reflejo en el cristal blindado del armero. El hombre que me devuelve la mirada ya no es el magnate frío de los fondos de inversión, ni el calculador estratega del plan de venganza. Es un depredador furioso, impulsado por una posesividad oscura y ardiente que se niega a dejar ir a su presa.
—Quiero los mapas de las naves abandonadas al norte de la autopista A1 en tres minutos —ordenó a Enzo mientras salgo de la oficina a pasos agigantados—. Prepara los vehículos. Voy a ir personalmente al frente. Y reza, Enzo... reza para que cuando los encuentre, a esa chica no le hayan hecho ni un solo rasguño. Porque si le tocaron un solo cabello, voy a matar a cada uno de esos bastardos con mis propias manos.
Cruzo el pasillo del edificio a toda velocidad, sintiendo que el pecho me arde a cada segundo que pasa. Cloe cree que huyó de mí para encontrar su libertad. Lo que no sabe es que ha desatado al verdadero demonio. Y no descansaré hasta tenerla de nuevo bajo mi sombra, atada a mí, le guste o no.
