Capítulo 5 Capítulo 5: El susurro en la oscuridad y el acero

El olor a humedad, aceite quemado y moho me sofocaba la garganta. La vibración de la furgoneta cesó de golpe con un frenazo seco que me hizo rodar contra el suelo de chapa helada, golpeándome las costillas ya magulladas.

—¡Bájala! —escuché una voz rasposa desde la cabina delantera—. Y hazlo rápido antes de que la patrulla de la autopista se dé cuenta de que andamos por este sector.

La puerta corredera se abrió de par en par con un estruendo metálico. El aire frío de la noche me azotó el rostro, pero no traía ningún alivio. Dos pares de manos brutales me sujetaron de los tobillos y de los hombros, arrastrándome sin contemplaciones fuera del vehículo. Caí de rodillas sobre la tierra húmeda de lo que parecía ser una zona industrial abandonada, rodeada de naves desiertas, vigas oxidadas y una penumbra casi absoluta iluminada apenas por la luna.

—¡Déjenme! —intenté gritar, pero la cinta de embalar pegada a mi boca transformó mi protesta en un gemido ahogado y patético.

—¡Cállate ya, perra! —uno de los sujetos, el tipo alto de la barba desaliñada que me había interceptado en el callejón, me dio un empujón fuerte en la espalda que me hizo rodar por la tierra.

Me llevaron a tirones hacia el interior de un galpón en ruinas. El techo de chapa tenía agujeros por los que se filtraba la luz de las estrellas y el viento helado. En el centro de la estancia había una mesa de madera podrida y un par de sillas rotas. La única iluminación venía de un farol halógeno colocado sobre el suelo, proyectando sombras deformes y amenazantes contra las paredes desgastadas.

El dolor en mis muñecas, apretadas violentamente con las bridas de plástico por detrás de mi espalda, era insoportable. Pero el terror que sentía en el estómago era mil veces peor.

El hombre de la barba me obligó a sentarme en el suelo, apoyándome contra una columna de hormigón. Se agachó frente a mí, sacando un cuchillo de combate de su cinturón. El brillo de la hoja de acero a la luz del farol me heló la sangre.

—Vamos a ver qué tan orgullosa es la princesita de los Rossi —siseó con una sonrisa perversa, mostrando unos dientes amarillentos y desordenados—. Tu padre se ha hecho el sordo con nuestras llamadas. Cree que esto es un juego. Creo que si le enviamos un recuerdo de su hermosa hijita, empezará a tomarse las cosas en serio.

Con la punta del cuchillo, enganchó el cuello de mi chaqueta oscura y la rasgó de arriba abajo con un movimiento seco. El sonido del tejido al romperse resonó en la nave desierta como un disparo.

¡NO!

Traté de moverme, de patear, de pegarme contra la columna de hormigón. El pánico se apoderó de cada fibra de mi ser. El tipo soltó una carcajada grotesca mientras la hoja cortaba también la tela fina de mi blusa pastel, dejando al descubierto la zona de mi clavícula y la tira de mi sujetador. El aire frío me quemó la piel expuesta, pero el asco y la humillación me ahogaron.

—Vaya, vaya... Matteo sí que sabe criar a sus mujeres —dijo el segundo hombre, acercándose con una botella de cerveza en la mano y mirándome con ojos voraces—. No se ve nada mal la heredera. Quizá deberíamos divertirnos un poco antes de llamar al viejo otra vez.

—No hay tiempo para juegos, pero sí para un par de caricias —respondió el de la barba, pasando la mano libre por la piel de mi hombro con una brusquedad que me causó náuseas.

Mi corazón martilleaba tan fuerte contra mis costillas que sentía que me iba a estallar el pecho. Las lágrimas me cegaban por completo. En medio de mi desesperación, mientras me retorcía contra la columna, sentí que algo duro presionaba contra mi cadera derecha, atascado entre el dobladillo de mi pantalón de trabajo y la tierra.

Un objeto largo, delgado, metálico.

El destornillador del taller.

Lo había guardado mecánicamente en mi bolsillo de herramientas esa tarde antes de salir corriendo del estudio, la misma herramienta con la que me defendí en el primer ataque. En el caos de la captura y el arrastre, se había deslizado hacia mi costado. Mis manos atadas a la espalda penas podían llegar a la zona, pero el deseo de supervivencia encendió una llama feroz dentro de mí.

Con un esfuerzo sobrehumano, doblando los dedos atados hasta hacerme sangrar las muñecas con la brida plástica, logré deslizar dos dedos sobre el mango de plástico desgastado. Apreté el agarre con toda la fuerza que me quedaba.

El hombre de la barba se inclinó sobre mí, sujetándome del rostro con una mano para obligarme a mirarlo mientras acercaba su boca a mi cuello. El tufo a alcohol y sudor rancio me inundó la nariz. Su otra mano agarró la tela de mi blusa para terminar de rasgarla.

Ahora.

Con un alarido de rabia animal que rompió la cinta sobre mis labios con la fuerza del impacto, liberé la mano en un tirón desesperado, estirando la brida hasta el límite, y clavé el destornillador metálico con todo mi peso directamente en el muslo derecho del tipo.

¡ZAK!

El metal penetró en la carne con un sonido sordo.

—¡AAGHH! ¡MALDITA SEA! ¡LA PERRA ME APUÑALÓ OTRA VEZ! —bramó el sujeto, soltando un alarido desgarrador que resonó por toda la estructura de la nave.

Se llevó las manos a la pierna ensangrentada, perdiendo el equilibrio y cayendo hacia atrás sobre el suelo dusty.

No lo pensé un solo milisegundo. Me impulsé con las piernas, me puse de pie a trompicones y pasé las manos atadas por debajo de mis muslos en un movimiento gimnástico doloroso, logrando tener los brazos atados por delante de mi cuerpo. Le tiré un cabezazo salvaje al segundo hombre, que intentó agarrarme por la espalda. Mi frente impactó contra su nariz con un chasquido seco.

El hombre se llevó las manos a la cara ensangrentada, maldiciendo a gritos.

Salí corriendo desesperadamente hacia la oscuridad del patio exterior de la nave. Mis pies descalzos sobre la gravilla y los cristales rotos me provocaban un dolor lacerante a cada paso, pero la adrenalina amortiguaba el sufrimiento. Llevaba la ropa desgarrada sobre el pecho, sujetándola con mis manos atadas mientras mi respiración salía en jirones helados.

—¡Atrápenla! ¡No dejen que salga del recinto! ¡Mátenla si es necesario! —escuché los gritos furiosos de mis captores a mis espaldas, seguidos por el sonido de disparos que impactaron contra la estructura metálica del galpón.

Corrí a través del terreno baldío, entre contenedores oxidados y matorrales secos. El dolor de los golpes anteriores, el cansancio acumulado, el químico que me habían hecho inhalar horas atrás y la falta de aire empezaron a pasarme factura. Mis piernas temblaban como ramas secas. El suelo parecía oscilar bajo mis pies. Me sentía mareada, débil, al borde del colapso físico.

Llegué a una esquina oscura donde se acumulaban escombros y viejos bidones de aceite. El pasaje era angosto y sin salida. Estaba acorralada de nuevo.

Me apoyé contra el muro de ladrillos, tratando de tomar aire. El pecho me ardía como si estuviera tragando cristales molidos. Mis manos sangraban por la fricción de la brida y la piel de mi hombro estaba fría y expuesta por la blusa rota.

De pronto, una sombra gigantesca emergió desde la penumbra detrás de los bidones.

Antes de que pudiera reaccionar o lanzar un grito, una mano enorme, firme y cálida me cubrió la boca con violencia, mientras un brazo musculoso rodeó mi cintura y me pegó con fuerza contra un pecho sólido como el acero, arrastrándome hacia el hueco oscuro entre dos estructuras.

¡NO! ¡OTRA VEZ NO!

El pánico absoluto, el mismo miedo primario y ciego que me había controlado toda la noche, tomó el mando de mi cuerpo. No iba a dejar que me tocaran. No iba a permitir que me volvieran a encerrar.

Sin dudarlo, abrí la boca bajo su palma y clave mis dientes con rabia destructiva en la carne entre su pulgar e índice. Mordí con todas las fuerzas que me quedaban, sintiendo cómo atravesaba la tela dura de un guante táctico y llegaba a la piel, probando el sabor amargo y metálico de la sangre.

—¡Auuuh! ¡Maldita sea, Cloe! ¡Suéltame, loca de mierda! —un rugido de dolor profundo, áspero y ronco resonó justo por encima de mi cabeza.

La mano me soltó bruscamente.

El corazón se me detuvo en el pecho. Esa voz. Ese tono imperioso, dominador y exasperado.

Me giré a trompicones, cayendo de espaldas contra la pared de ladrillos, y levanté la vista entre el mar de lágrimas que me nublaba los ojos.

A la luz tenue de la luna, lo vi.

Dominic Moretti.

Llevaba un chaleco táctico negro sobre la ropa oscura, con varias armas enfundadas al pecho. Su rostro estaba tenso, dominado por una furia contenida que me pareció aterradora, pero sus ojos azules brillaban con una intensidad abrasadora en medio de la noche. Tenía la mano levantada, sacudiéndose el dolor mientras contemplaba la nueva mordedura que le había dejado sobre la piel del pulgar.

—¿Es que tu único método de defensa es comerte a la gente a mordiscos? —regañó él, y su voz temblaba entre la rabia y una extraña exasperación—. ¡Soy yo, carajo! ¡Soy Dominic!

Lo miré con los labios temblando, incapaz de articular una sola palabra. La ropa me colgaba desgarrada sobre el pecho, dejándome expuesta, y mis manos atadas por delante temblaban sin control. El labio inferior me sangraba de nuevo y tenía la cara cubierta de polvo y lágrimas.

Dominic bajó la vista hacia mi ropa rota. Al ver la blusa rasgada y la piel de mi hombro expuesta con los arañazos de mis captores, la expresión de su rostro sufrió una transformación pavorosa. La burla irritada desapareció en un milisegundo. Sus pupilas se dilatan por completo y un musculo de su mandíbula se contrajo con tanta violencia que pareció que se le fuera a romper el hueso.

Un aura de peligro absoluto y muerte emanó de su cuerpo.

—¿Te tocaron? —preguntó, y su voz ya no era alta; era un susurro helado, mortal, que me dio más miedo que los propios sicarios.

—Dominic... yo... —logré articular con un hilo de voz roto, pero el esfuerzo fue demasiado.

El piso se inclinó noventa grados bajo mis pies. La mezcla de la droga, el shock, la pérdida de sangre y el alivio brutal de ver su rostro después de haber rozado el infierno terminaron por romper la última reserva de fuerza que me mantenía en pie.

Mis rodillas cedieron por completo y mi cuerpo se desplomó hacia adelante como un lienzo sin bastidor.

—¡Cloe! —escuché su grito ahogado.

Antes de que mi rostro impactara contra la gravilla, los brazos fuertes y de agarre implacable de Dominic me atraparon en el aire. Con un movimiento rápido y protector, me levantó del suelo, pegando mi cuerpo frágil y tembloroso contra la firmeza de su pecho.

Sentí el calor de su cuerpo envolviéndome por completo. Quise hablar, quise pedirle perdón por haber huido, quise decirle que tenía miedo, pero mis párpados pesaban como si fueran de plomo. Las manchas negras inundaron mi visión por completo.

Lo último que percibí antes de que la inconsciencia me tragara definitivamente fue a Dominic quitándose su propia chaqueta táctica oscura con una sola mano para cubrir mi cuerpo desnudo y golpeado, mientras me apretaba contra él con una posesividad feroz y desesperada.

—Tranquila... ya estoy aquí —fue el último susurro grave que escuché retumbar en su pecho antes de sumergirme en el silencio de la noche.

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