Capítulo 6 Capítulo 6: El rastro de la sangre y la furia del guardián

La mantengo en brazos contra mi pecho y la sensación de su fragilidad me quema las manos a través de los guantes tácticos. Su respiración es débil, un hilo roto que apenas se sostiene entre sus labios pálidos. Tiene la cara manchada de tierra, las muñecas marcadas por la crueldad de las bridas y mi chaqueta oscura cubriéndole los hombros desnudos como un caparazón pesado.

Enzo aparece trotando desde la esquina del galpón abandonado, con el fusil asido y la mirada alerta, acompañado por tres de nuestros mejores operativos. Al verme salir de la penumbra con Cloe desvanecida en brazos, se detiene en seco. Su expresión se endurece al ver el estado de su ropa y los rastros de sangre.

—¿Está viva? —pregunta Enzo con voz tensa, acercándose de inmediato para abrir paso.

—Respira —respondo con un susurro ronco, y mi propia voz me suena ajena, destrozada por una rabia interior que amenaza con fundir mis propias entrañas—. Pero si uno solo de estos hijos de puta sigue respirando dentro de este perímetro, juro que no verán el amanecer. Llévala al vehículo blindado. Que el médico de campo le limpie las heridas y le suministre suero de inmediato.

—Entendido —asiente Enzo, tomando con cuidado el relevo de su cuerpo para depositarla en el todoterreno.

Me quedo de pie en medio de la gravilla, con las manos aún temblando de una ira sobrenatural. Me quito los guantes tácticos y los arrojo al suelo. Doy media vuelta y regreso a pasos agigantados hacia la penumbra del galpón donde empezó esta pesadilla. La adrenalina de la venganza pura bombea en cada vaso sanguíneo de mi cuerpo. Mis pasos resuenan con fuerza sobre el suelo de hormigón roto.

No necesito buscar mucho. En el centro de la nave, tirado junto al farol halógeno que sigue proyectando una luz parpadeante y amarillenta, está el imbécil que se atrevió a ponerle una mano encima.

Tiene la pierna derecha estirada, gimiendo de dolor mientras presiona un trapo empapado de sangre sobre la herida profunda que Cloe le provocó con el destornillador. El segundo sujeto, el que recibió mi primer impacto y tiene la nariz completamente fracturada, intenta arrastrarse hacia una de lateral de las puertas traseras para huir como una rata.

—¿A dónde crees que vas, pedazo de escoria? —le piso con bota firme la mano contra el suelo. El crujir de sus nudillos rompiéndose bajo el peso de mi suela se mezcla con un alarido gutural de dolor.

—¡Aaaagh! ¡Maldito seas! ¡Quítame el pie de encima! —grita el hombre, retorciéndose en el suelo como un gusano.

Me agacho lentamente frente a él, lo tomo de la solapa de la chaqueta de cuero y lo levanto sin esfuerzo, estrellándolo con violencia contra la columna de hormigón. El eco del golpe sacude el techo de chapa. Su rostro está bañado en sangre seca y sus ojos reflejan un terror puro y primitivo al reconocerme. Saben perfectamente quién soy. Saben que la fachada de guardaespaldas privado era solo el preludio de algo mucho peor.

—Tuviste la oportunidad de robar autos, de extorsionar negocios, de jugar a los secuestradores con gente de bajo nivel —susurro a milímetros de su cara, con una calma tan helada que hace que el tipo deje de respirar por un segundo—. Pero elegiste cruzar la línea equivocada. Elegiste tocar lo que me pertenece.

El hombre, con el labio partido y la respiración entrecortada, intenta esbozar una sonrisa cínica a pesar del miedo que lo paraliza. Su pecho sube y baja con agitación mientras tose un hilillo de sangre.

—¿Crees... crees que eres el único, Moretti? —suelta una risa seca, rota y burlona, mirando de reojo hacia la oscuridad de la nave—. Te crees el dueño absoluto de la pajarita de los Rossi... Te crees muy inteligente por haberla puesto bajo tu bota y jugar al protector...

Un golpe seco con los nudillos directamente en su mandíbula interrumpe su risa, reventándole el labio inferior y haciéndole tragar sangre.

—Cierra la maldita boca —siseo, apretando el agarre sobre su ropa hasta casi estrangularlo—. No estoy para tus juegos de payaso.

—¡Escúchame bien, idiota! —escupe él con furia, riendo de nuevo con una mueca desquiciada, a pesar del dolor y de la sangre que le inunda la boca—. Nosotros éramos solo los primeros en la fila... una advertencia barata para su querido padre. Pero ahí fuera... en los círculos de la alta sociedad y en las sombras del holding, hay muchos más. Mucho más hambrientos... mucho más ansiosos por probar el cuerpo de esa princesita de cristal que tú te guardas para ti solo.

Las palabras caen dentro de mi mente como bloques de hielo ardiente. El mundo a mi alrededor parece detenerse por una fracción de segundo.

Muchos más... ansiosos por probar su cuerpo...

La idea de que otros hombres, otros depredadores de la calaña de Matteo Rossi o de la mafia del norte, hayan codiciado a Cloe, la hayan mirado con la misma suciedad con la que estos bastardos la observaban esta noche, desata un frenesí homicida dentro de mi pecho. Una posesividad tan oscura y visceral que me arrebata cualquier rastro de humanidad.

—¿Quiénes? —exijo saber, pegando mi frente a la suya con una fuerza descomunal—. ¿Quiénes están detrás de ella? Dame nombres, maldita sea. ¡Dame los nombres o te juro que te arrancaré la piel a tiras antes de matarte!

El hombre tose, con una mezcla de dolor y burla estúpida en los ojos.

—Pregúntale a su propio padre... o a los socios con los que firmó los contratos de la boda... El conde Sforza no es el único que colecciona vírgenes en Florencia... A ella la quieren destrozar desde antes de que tú llegaras a fingir que la cuidas, Moretti...

No espero a que termine la frase. La rabia ciega me desborda. Saco mi pistola de la funda de la cintura y, sin dudarlo un solo instante, le disparo en el hombro izquierdo con el silenciador puesto.

¡PUP!

El estallido sordo se pierde en el eco de la nave. El hombre suelta un grito desgarrador, desplomándose hacia adelante y agarrándose la articulación destrozada mientras la sangre empapa su ropa de inmediato.

—Eso es solo un recordatorio de lo que pasa por hablar de más —le digo al oído, con una voz baja, desprovista de cualquier atisbo de piedad, mientras lo dejo caer como un guiñapo sobre el suelo polvoriento—. Pero te aseguro que esto no se va a quedar así. Voy a buscar a cada uno de esos malditos enfermos que se hayan atrevido a mirarla con deseo. Y uno por uno, van a pagar con su vida haber respirado el mismo aire que ella.

Me pongo de pie, sacudiéndome la ropa con desprecio, y me giro hacia el segundo sujeto, el que sigue gimiendo en el suelo con la pierna abierta y el muslo sangrando por la herida del destornillador.

El hombre me mira y se arrastra hacia atrás por el suelo, piedad reflejada en cada fibra de su rostro desfigurado.

—Por favor... por favor, jefe... no me dispare... yo solo cumplía órdenes...

—Llévenselo al sótano de la bodega principal de la zona industrial —ordeno por la radio del comunicador corporativo, llamando a Enzo y al equipo táctico que espera afuera—. Y asegúrense de que despierte mañana por la mañana con el recuerdo muy claro de lo que pasa cuando alguien se atreve a tocar lo que es de Dominic Moretti. Que sepan que la venganza apenas comienza.

Salgo del galpón abandonado sintiendo el viento helado de la noche golpear mi rostro sudoroso. La adrenalina de la violencia empieza a disiparse, dejando paso a una fría y calculadora determinación.

Me subo al asiento del conductor del vehículo blindado. En la parte trasera, tumbada sobre una camilla improvisada de campaña, Cloe descansa profundamente bajo el efecto del analgésico y el suero que le han administrado. Su rostro pálido, iluminado por la luz tenue del tablero del coche, sigue mostrando las marcas de los golpes y el terror de la noche.

Enzo se sienta en el asiento del copiloto, cerrando la puerta con fuerza y revisando su tableta táctica con los reportes de inteligencia.

—Hemos asegurado el perímetro y limpiado cualquier rastro de nuestra intervención, Dominic —informa Enzo con voz seria, sin apartar los ojos de la pantalla—. Pero lo que ese maldito te dijo... ¿Crees que hay más células esperando para atacarla?

Enciendo el motor del vehículo. El rugido potente de los cilindros rompe la quietud de la madrugada en la carretera de la Toscana. Acelero de golpe, incorporándome a la autopista en dirección a la finca de Florencia.

—No lo creo, Enzo. Lo sé —respondo con una voz tan fría que congela el aire de la cabina—. Matteo Rossi no solo vendía contratos financieros; vendía influencias, favores y conexiones con lo peor del hampa y la aristocracia corrupta. Y Cloe, sin saberlo, ha estado viviendo en medio de una jauría de lobos hambrientos durante años.

—¿Y qué planeas hacer? La boda con el conde Sforza sigue en pie para la próxima primavera, y el plan de liquidación financiera contra los Rossi está programado para ese mismo día en el Lago de Como —recuerda Enzo, mirándome de reojo con cautela—. Si desvías la atención para cazar a cada pervertido que haya querido acercarse a ella, vas a arruinar el trabajo de una década.

Miro por el retrovisor interior. Mis ojos se posan en el reflejo de Cloe, que duerme plácidamente, con su respiración volviéndose poco a poco más calmada, a pesar de las pesadillas que seguro la atormentan.

Siento una punzada extraña, posesiva y abrasadora en el fondo de mis costillas. El plan inicial era usarla, destruirla moralmente y dejarla caer junto con su familia. Pero las reglas acaban de cambiar esta noche. Ya no se trata solo de la memoria de mi padre ni de la bancarrota de las cuentas bancarias de los Rossi.

—El plan financiero no se toca —sentencio con voz firme, apretando el volante de cuero con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos—. Matteo Rossi va a perder cada céntimo, cada propiedad y cada gota de dignidad exactamente como lo teníamos previsto. Pero respecto a los demás... respecto a cualquier maldito animal que se atreva a poner sus ojos o sus sucias manos sobre ella...

Hago una pausa, mientras la velocidad del coche aumenta en la autovía desierta, devorando los kilómetros hacia el refugio donde nadie volverá a tocarla jamás.

—Los voy a cazar uno por uno, Enzo. Y cuando termine con ellos, no va a quedar absolutamente nadie en pie que se acuerde de su nombre. Porque desde esta noche, Cloe Rossi me pertenece en cuerpo y alma. Y el que se atreva a tocarla, pagará con su sangre el precio de su osadía.

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