Capítulo 2

POV de Iris

Ese era el truco de Liam: dejar caer lo justo para mantenerme enganchada, para que yo siguiera dándole todo.

Borré los mensajes. Pero no pude borrar los recuerdos.

Hace dos semanas, después de que Gen se enteró de lo de Yale, me encerró en mi cuarto. Me quitó las llaves del coche, mis tarjetas de crédito y mandó al personal a casa.

Muy tarde esa noche, alguien tocó a mi ventana.

Liam subió por la hiedra y se metió dando un traspié, sonriendo.

—¿Qué haces aquí? —susurré, con el corazón golpeándome el pecho—. Si Gen te atrapa…

—Me da igual. —Me agarró la muñeca—. Escuché que tu hermana te encerró. ¿Crees que iba a dejar pasar eso?

Vio el vendaje en mi sien. Frunció el ceño al instante.

—¿Estás herida?

—No es nada… —Se me quebró la voz—. Gen dijo que estoy loca por renunciar a Yale. Liam, nunca la había visto tan furiosa. Dijo que…

Liam se inclinó y besó el vendaje antes de que pudiera terminar.

El corazón se me detuvo.

—No te preocupes. —Bajó la voz, y sus dedos trazaron círculos sobre mi mano—. Yo te cuido.

—Pero…

—Shh. —Me presionó un dedo en los labios, con la mirada toda suave—. Vamos a ir juntos a la estatal, ¿sí? Solo nosotros. Nadie diciéndonos qué hacer.

La yema de su dedo siguió dibujando patrones en mi palma mientras lo decía.

El corazón se me aceleró. ¿Todas las dudas que Gen me había sembrado? Desaparecidas. En ese momento, volví a estar segura.

Creí que era amor. Ahora lo sé: era manipulación.

A la tarde siguiente, después de casi no dormir, el timbre me despertó.

Arrastré los pies hasta la puerta y la abrí.

Ahí estaba Liam. Con Emily.

—¡Iris! —Su sonrisa era cegadora—. ¡Ahí estás! ¿Por qué no me contestabas los mensajes?

Miré fijo a Emily. Camiseta sencilla, jeans, parada detrás de Liam como un cachorro regañado.

—¿Qué…?

—Ah, sí, casi se me olvida. —Liam se encogió de hombros como si nada—. Ya viene el baile de graduación. Emily necesita que le presten un vestido. Pensé que tú tienes como un millón, así que la traje.

Antes de que pudiera decir algo, los ojos de Emily se le llenaron de lágrimas.

—Iris, sé que no te gusto, pero… por favor… no me digas que no.

Se le quebró la voz.

—Solo quiero un vestido bonito. Solo una vez. Por favor…

Cuando no respondí enseguida, la cara de Liam cambió.

—Iris, es UN vestido. ¿En serio?

Yo solo lo miré.

—Tienes un clóset lleno de ellos, ¿cuál es el problema? —siguió—. A la familia de Emily apenas le alcanza para pagar la renta. No puede pagar un vestido para el baile. ¿No puedes ser buena onda con esto?

Emily sollozó y le jaló la manga.

—Olvídalo, Liam. Vámonos. No debí haber venido…

—Oye, no digas eso. —Liam la abrazó y luego me miró como si yo hubiera pateado a un cachorro—. Iris, de verdad pensé que eras mejor que esto. Siempre le decía a la gente que eras amable y generosa.

Me quedé ahí viendo su numerito y, de pronto, me dieron ganas de reírme.

—Tienes razón. —Por fin hablé—. SÍ tengo muchos vestidos.

Emily se animó.

—Pero… —Sostuve la mirada de Liam—. Son MÍOS. ¿Por qué se los prestaría a una chica cualquiera?

La cara de Liam se ensombreció.

—Iris…

—Además… —lo interrumpí—. ¿No traía Emily ese bolso nuevo de Prada el mes pasado? ¿El de tres mil dólares? Si puede pagar eso, ¿cómo es que no tiene para un vestido?

Emily se quedó blanca. Liam se tocó la nariz: su tic cuando lo atrapan.

—E-eso… eso fue un regalo de una amiga… —tartamudeó ella.

¿Una amiga? Claro. Yo conocía ese bolso. Liam lo compró con MI tarjeta. ¿Qué clase de “amiga”?

—¿Ah, sí? —sonreí—. Entonces pídele un vestido prestado a esa amiga también. ¿Para qué me molestas a mí?

—¡Iris! —Liam se puso delante de Emily—. ¿Sabes qué? Olvídalo. Vamos a COMPRAR uno. No es como si no pudiéramos pagarlo.

Le agarró la mano a Emily y se fue hecho una furia. Su llanto se fue apagando por el pasillo.

Cerré la puerta. Me recargué en ella. Respiré.

Luego saqué el teléfono y llamé al banco.

—Necesito congelar todas mis tarjetas secundarias. Ahora mismo.

Como hijo bastardo, Liam nunca recibió gran cosa de los Rockefeller. Su asignación era un chiste comparada con la de otros chicos ricos. Así que durante años yo había pagado todo: su teléfono, su laptop, su ropa, su coche… Creía que lo estaba ayudando. ¿La verdad? Estaba financiando a su “otra”.

Sin mis tarjetas, a ver qué le compra ahora.

Después de colgar, caminé hasta la ventana. Mi mano fue al collar que llevaba puesto.

Una cadena sencilla de platino. Un zafiro pequeño. Atrajo la luz, frío y azul.

Hace tres años, cuando ÉL me lo dio, me apretó el brazo tan fuerte que me dejó moretones.

—Iris Vanderbilt, ¿de verdad vas a salir con mi hermanastro perdedor? Te vas a estrellar y a arder.

—Y no vengas a llorarme cuando pase.

Yo le había gritado entonces. Le dije arrogante. Insoportable. Un imbécil completo.

¿Ahora? Cada palabra que dijo era cierta.

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