Capítulo 1 El hombre que compré
—¿Y Gabriel volverá a enfermarse justo el día de la boda?
Valeria formuló la pregunta con una sonrisa tan limpia que nadie habría podido acusarla de crueldad. Mi madre dejó la copa sobre el mantel. Mi padre se acomodó los lentes. Las seis personas reunidas en la mesa dirigieron la mirada hacia mí.
Yo seguí cortando el salmón.
—Gabriel no está enfermo.
—Todavía —dijo mi hermana—. Siempre le ocurre algo cuando tiene que conocernos.
—Viaja mucho.
—Cuatro años viajando es una hazaña.
Su prometido, Esteban, fingió toser para ocultar una risa. Hundí el cuchillo en el pescado y pensé que quizá la prisión no fuera tan incómoda si permitían llevar libros.
—Trabaja —respondí—. Algunas personas lo hacen incluso los fines de semana.
Valeria ladeó la cabeza.
—Qué raro. Nunca aparece en fotografías, no contesta videollamadas y tampoco tiene redes sociales. Es casi como si lo hubieras pedido por catálogo.
Mi madre pronunció su nombre, pero lo hizo con ese tono suave que utilizaba cuando quería parecer imparcial sin detener nada.
—Solo bromeo —añadió Valeria—. Alma sabe que me encantaría conocerlo.
No. A Valeria le encantaría descubrir que Gabriel no existía.
Había nacido durante una comida familiar cuatro años atrás, cuando mi ruptura con Julián todavía era reciente y mi tía preguntó si pensaba morirme sola. Inventé que estaba conociendo a alguien. Dos semanas después ya tenía nombre, trabajo, alergia a los mariscos y una madre que vivía en Mérida.
Cada mentira exigía otra. Gabriel se convirtió en fotógrafo de viajes porque explicaba sus ausencias. Le inventé una aversión a las cámaras porque mi familia pedía imágenes. Durante cuatro años había sobrevivido a cumpleaños, Navidad y dos funerales gracias a retrasos de vuelos, infecciones estomacales y proyectos en selvas donde, convenientemente, no había señal.
—Tengo una sorpresa —anunció Valeria.
Sacó un sobre beige de su bolso y lo deslizó hasta mí.
—La invitación ya llegó a mi departamento.
—Esa es la formal. Ábrela.
Rompí el sello. Dentro había dos tarjetas con nuestros nombres escritos a mano.
Alma Navarro y Gabriel Torres.
Sentí que el salmón se rebelaba en mi estómago.
—Pusiste su nombre.
—Llevan cuatro años juntos. Sería grosero tratarlo como acompañante.
—No tenías que hacerlo.
—También reservamos una suite para ustedes en la hacienda.
Levanté la vista.
—¿Una suite?
—Siete noches. Desde el lunes previo a la boda. Habrá cenas, ensayos, fotografías y actividades familiares.
—Gabriel tiene trabajo.
—Que lo cambie.
—No todos pueden detener su vida por una boda.
Valeria apoyó los brazos sobre la mesa.
—Tú dijiste que estaba deseando venir.
Lo había dicho para que dejara de preguntar.
—Desea, pero quizá no pueda.
Mi padre suspiró.
—Alma, basta.
—¿Basta qué?
—Cuatro años escuchando excusas. Tu madre y yo empezamos a preocuparnos.
—¿Por Gabriel?
—Por ti.
Ahí estaba. La lástima familiar, servida entre cubiertos dorados.
—Estoy bien.
—No parece —dijo mi madre—. Siempre llegas sola, trabajas hasta tarde y evitas hablar de tu relación. Si ese hombre no quiere integrarte en su vida, quizá deberías reconsiderar las cosas.
Esteban bajó la mirada al plato. Valeria no hizo el intento.
—Gabriel irá —dije.
El silencio llegó antes que el arrepentimiento.
Valeria sonrió.
—Perfecto. La habitación no permite cambios y la hacienda pidió los datos de ambos huéspedes. Los necesito en dos días.
—Te los enviaré.
—Y una fotografía para el cuadro de parejas.
—¿Qué cuadro?
—Una sorpresa.
Por supuesto. Mi hermana organizaba humillaciones con tipografía elegante.
La cena continuó, pero ya no probé nada. Respondí preguntas sobre un hombre inventado mientras calculaba cuántos días faltaban para la boda.
Nueve.
Tenía nueve días para fabricar un novio de cuatro años.
Al salir del restaurante, mi madre me alcanzó junto al estacionamiento.
—No tienes que demostrar nada.
—Acabo de prometer que irá.
—Puedes decirnos la verdad.
El aire se me atoró.
—¿Qué verdad?
—Que terminaron. Nadie te juzgará.
Casi me reí. Mi familia convertía cada tropiezo en una tradición anual.
—No terminamos.
—Entonces espero que aparezca.
Besó mi mejilla y se marchó. Esperé a que su automóvil doblara la esquina antes de soltar el aire.
Mi teléfono vibró.
Sofía Luján.
Contesté la videollamada desde el coche.
—Necesito un hombre.
—Buenas noches para ti también.
—Uno presentable, educado y capaz de fingir que lleva cuatro años enamorado de mí.
Sofía apareció con una mascarilla verde en el rostro.
—¿Por qué suena como secuestro?
Le mostré la invitación.
Leyó los nombres y abrió la boca.
—Valeria llamó Gabriel al fantasma.
—Y nos reservó una suite durante una semana.
—Inventa una ruptura.
—Mi madre acaba de ofrecerme consuelo por una ruptura que no ocurrió. Si lo hago ahora, Valeria olerá sangre.
—Diles la verdad.
—Prefiero besar un cactus.
—Puedo pedirle a alguien de la oficina.
—Tu compañero Rodrigo intentó venderme criptomonedas durante tu cumpleaños.
—Tiene traje.
—También tiene una infección moral.
Sofía se rio. Detrás de ella se abrió una puerta. Un hombre cruzó la cocina sin camisa, con el cabello húmedo y una toalla colgada del hombro.
Mauro Luján.
No lo veía desde hacía casi un año. Seguía teniendo la misma espalda ancha y la costumbre irritante de ocupar cualquier habitación sin esforzarse. Se inclinó para sacar agua del refrigerador. La toalla descendió lo suficiente para mostrar la línea oscura que desaparecía bajo el pantalón.
Aparté la vista tarde.
—¿Qué haces en casa de tu hermano?
—Mi edificio se quedó sin agua. ¿Por qué estás roja?
—Hace calor.
Mauro miró la pantalla desde atrás de ella.
—Hola, Alma.
Su voz arrastró un recuerdo que no necesitaba: yo, a los veintidós, intentando besarlo durante una fiesta; él apartándome con una mano en la cintura y diciendo que era demasiado joven para saber lo que quería.
—Hola.
Sus ojos se detuvieron en mi cara.
—¿Sigues inventando novios?
Corté la llamada.
Cinco segundos después, Sofía escribió: Voy a matarlo.
No respondí.
Subí al departamento, abrí una botella de vino y busqué alquiler de novio para boda. Aparecieron agencias de actores, acompañantes y páginas que parecían diseñadas por delincuentes con tiempo libre.
La cuarta tenía un fondo negro y una frase discreta:
Acompañantes privados. Confidencialidad absoluta.
Creé una cuenta con mi segundo apellido.
Los perfiles no mostraban rostros completos. Elegí a Dante por una fotografía donde solo aparecían su boca, una mandíbula marcada y una mano ajustándose los gemelos. El texto indicaba que hablaba inglés, sabía bailar, viajaba con frecuencia y podía adaptarse a eventos familiares.
Servicios disponibles: convivencia, contacto afectivo, besos simulados y habitación compartida.
Los servicios íntimos se negociaban directamente.
Imaginé una boca desconocida rozando la mía frente a mi familia, unas manos expertas rodeándome la cintura y siete noches escuchando respirar a un extraño. La idea debería haberme asustado. En cambio, provocó un calor incómodo entre mis piernas y una decisión peor.
Mi pulso cambió al leerlo.
Abrí el chat.
—Necesito que finjas ser mi novio durante una boda.
La respuesta llegó un minuto después.
—¿Cuántos días?
—Siete.
—¿Habitaciones separadas?
Miré las dos invitaciones.
—Una sola suite.
Los tres puntos aparecieron.
—Eso aumenta la tarifa.
—Puedo pagar.
—No pregunté si podías. Pregunté si entiendes qué implica contratarme para dormir contigo.
Tragué saliva y escribí:
—Implica que dormirás. Nada más.
La respuesta tardó.
—Entonces envíame la dirección. Mañana conocerás al hombre que acabas de comprar.
