Capítulo 2 El hombre detrás de la puerta
—¿Qué clase de mujer contrata a un desconocido para dormir con ella?
La pregunta llegó a las nueve de la mañana, acompañada por tres golpes secos en la puerta.
Me quedé inmóvil en la sala.
No esperaba que Dante fuera puntual. Tampoco que su voz sonara tan familiar.
Abrí.
Mauro Luján estaba frente a mí.
Camisa blanca, pantalón oscuro, una chaqueta doblada sobre el antebrazo y esa expresión de quien acababa de encontrar algo que llevaba tiempo buscando.
Intenté cerrar.
Su zapato se interpuso.
—Alma.
—Te equivocaste de departamento.
—No.
Empujó con suavidad y la puerta volvió a abrirse.
—Vengo a cumplir un contrato.
El estómago se me vació.
—Tú no eres Dante.
Mauro sacó el teléfono y mostró la conversación de la noche anterior.
Mi conversación.
La frase “una sola suite” seguía ahí como una amenaza.
—Dante es un nombre profesional.
—Tú no eres acompañante.
—Eso depende de lo que entiendas por acompañante.
—Tu hermana cree que trabajas en consultoría.
—Mi hermana cree muchas cosas porque no pregunta.
—Voy a cancelar.
Tomé el teléfono para abrir la aplicación, pero Mauro cerró la mano alrededor de mi muñeca.
No apretó.
Su pulgar quedó sobre mi pulso y mi cuerpo decidió traicionarme.
—Si cancelas hoy, pierdes el anticipo.
—No me importa.
—Pagaste bastante.
Lo miré.
—Entonces ya puedes irte.
Mauro no se movió.
Su mirada recorrió la sala, las invitaciones sobre la mesa y la copa de vino junto a la computadora.
—Cuatro años inventando a Gabriel y ahora vas a rendirte porque el hombre que contrataste tiene un apellido conocido.
—No quiero meterte en esto.
—Ya lo hiciste.
—No sabía que eras tú.
—Eso hace más interesante la pregunta.
—¿Cuál?
Cerró la puerta detrás de él.
—Por qué elegiste mi perfil.
—No vi tu cara.
—Viste mi boca.
—Había poca luz.
—También mi mano.
—Los gemelos eran bonitos.
Mauro levantó una ceja.
—¿Contrataste a un hombre por sus gemelos?
—Contraté experiencia.
—Eso sí lo viste.
—Tu perfil decía que sabías comportarte en eventos familiares.
—Y bailar.
—Eso también.
—Y dormir en una habitación compartida.
—Sin servicios íntimos.
—Lo dejaste claro tres veces.
—Porque no quiero confusiones.
—Entonces mírame y dime que no estás confundida.
Lo hice.
Fue peor.
Mauro seguía teniendo la cicatriz junto a la ceja, el cabello oscuro y la costumbre de observarme sin disimulo. A los veintidós años había intentado besarlo durante una fiesta. Él me sostuvo por la cintura, apartó mi boca y dijo que yo era demasiado joven para saber lo que quería.
Desde entonces fingía no recordar sus manos.
—No estoy confundida.
—Bien.
Dejó la chaqueta sobre una silla.
—Empecemos.
—¿Empecemos qué?
—La entrevista.
—Ya llené el formulario.
—Dice que llevas cuatro años con un fotógrafo llamado Gabriel Torres, que viaja constantemente y que tu familia lo considera sospechoso.
—Es un resumen.
—También dice que habrá una suite, siete noches y un exnovio en la boda.
—Julián es padrino.
—Eso no responde por qué lo mencionaste.
—Porque conoce mis mentiras.
Mauro tomó una invitación.
—¿Tu familia espera que durmamos juntos?
—Espera que nos comportemos como pareja.
—Eso incluye tocarte.
—De forma normal.
—Define normal.
—Tomarnos de la mano. Abrazos. Tal vez un beso.
—¿Tal vez?
—Si es necesario.
Se acercó.
Retrocedí hasta chocar con el sofá.
—Para ellos será necesario —dijo—. Cuatro años de relación no se parecen a dos personas que piden permiso antes de rozarse.
—No pienso besarte ahora.
—No te lo he pedido.
—Tu cara sí.
—Mi cara calcula cuánto trabajo me espera.
—Eres insoportable.
—Y tú mientes mal.
—He sostenido a Gabriel durante cuatro años.
—Porque tu familia quiso creerte.
Se detuvo frente a mí.
—Yo no.
—¿Qué quieres saber?
—Cómo te toca Gabriel cuando nadie mira.
—No existe.
—Durante siete días tendrá mi cuerpo. Necesito saber qué versión de mí compraste.
—No compré tu cuerpo.
—Pagaste por mi tiempo, mis manos, mi boca y una cama compartida. No finjas que escogiste un guía turístico.
Su sinceridad me golpeó en el pecho y más abajo.
—No habrá sexo.
—Ya lo sé.
—Ni caricias fuera del contrato.
—Eso tendrás que definirlo mejor.
—¿Por qué?
Mauro apartó un mechón de mi cabello. Sus nudillos rozaron mi mejilla. Fue un gesto pequeño, pero mi respiración cambió.
Él lo notó.
—Porque esto puede parecer inocente hasta que recuerdas quién lo está haciendo.
—No significa nada.
—Entonces no deberías temblar.
—Hace frío.
Mauro miró la ventana cerrada.
—Claro.
Me aparté.
—No conviertas esto en una revancha por aquella fiesta.
—¿Todavía piensas en esa noche?
—No.
—Acabas de mencionarla.
—Porque empezaste a tocarme como entonces.
—Entonces te aparté.
—Lo recuerdo.
—Yo también.
La forma en que lo dijo me obligó a mirarlo.
—¿Por qué aceptaste este trabajo?
Su expresión se cerró.
—Necesito el dinero.
—Sofía cree que te va bien.
—Sofía no sabe todo.
—¿Y yo sí debo saberlo?
—Solo lo necesario para que el contrato funcione.
Sacó una carpeta de la chaqueta y la dejó sobre la mesa.
—Reglas básicas. No revelas mi profesión. No improvisas escenas íntimas sin avisarme. No prometes cosas en mi nombre. Y no utilizas a tu ex para ponerme celoso.
Solté una risa.
—¿Por qué te pondrías celoso?
—Porque voy a fingir estar enamorado de ti. Si quiero convencer a tu familia, tendré que hacerlo mejor que tú.
Abrí la carpeta.
La primera hoja incluía horarios, límites y una lista de conductas permitidas: besos sociales, contacto en la cintura, dormir en la misma cama y muestras de afecto frente a terceros.
Abajo aparecía un espacio en blanco.
—¿Qué va aquí?
—Lo que no quieres que haga.
Tomé una pluma.
—Nada debajo de la ropa.
Mauro observó cómo escribía.
—¿Más?
—No entrar al baño mientras estoy ahí.
—Razonable.
—No tocarme mientras duermo.
—Aunque seas tú quien me busque.
Mi mano se detuvo.
—No hago eso.
—Sofía dice que hablas dormida.
—Sofía habla demasiado.
Mauro acercó otra silla.
—Falta el beso.
—Ya está permitido.
—Necesito saber cómo reaccionas.
—Como cualquier persona.
—No eres cualquier persona cuando mientes.
—No voy a practicar contigo.
—Entonces llegarás a la boda, tu madre pedirá una fotografía y cerrarás los ojos antes de que mi boca te toque.
—No cierro los ojos por miedo.
—Demuéstralo.
—No.
—Perfecto. Gabriel será un novio que no besa.
—No dije eso.
—Entonces ven.
—¿Aquí?
—¿Prefieres la cama?
La pregunta me dejó sin respuesta.
Mauro se levantó, se colocó frente a mí y extendió la mano.
—Solo un ensayo.
—No confío en ti.
—No necesitas confiar. Necesitas decidir.
Miré su mano.
Después su boca.
Después la puerta.
Puse mi mano sobre la suya.
Mauro tiró de mí con suavidad. Quedé frente a su pecho. Su otra mano se posó en mi cintura, donde la había colocado aquella noche.
—Si quieres que pare, dilo.
—Todavía no has hecho nada.
—Por eso te lo digo ahora.
Sus labios se acercaron, pero se detuvieron antes de tocarme.
—¿Así besas a tus clientas?
—No.
—¿Entonces?
Su pulgar presionó mi cintura.
—A mis clientas no tengo que recordarles que una vez intentaron besarme primero.
Mi orgullo ganó una batalla que mi cuerpo ya había perdido.
Subí la barbilla.
—Hazlo.
Mauro sonrió apenas.
—No, Alma. Esta vez vas a pedírmelo.
