Capítulo 3 Pídemelo

—No voy a rogarte que me beses.

Mauro mantuvo una mano en mi cintura y la otra entrelazada con la mía.

—No te pedí que rogaras.

—Dijiste que tenía que pedírtelo.

—Eso no es rogar. Es decidir.

—Ya decidí cuando firmé el contrato.

—Firmaste para contratar a Dante. No para besar a Mauro.

—Son la misma persona.

—No para ti.

Intenté apartarme, pero su mano no apretó ni me retuvo. Solo permaneció ahí, esperando que yo eligiera si romper el contacto.

—¿Siempre hablas así con tus clientas?

—Solo con las que me conocen desde antes de pagarme.

—No te pagué para analizarme.

—Me pagaste para convencer a tu familia de que llevo cuatro años enamorado de ti. Necesito saber qué haces cuando alguien se acerca.

—No hago nada.

—Ese es el problema.

Su pulgar trazó un movimiento lento sobre mi blusa. No llegó a mi piel, pero mi respiración cambió.

—Deja de hacer eso.

Mauro retiró la mano.

El espacio que dejó se sintió peor.

—Muy bien.

—No dije que te alejaras.

—Dijiste que dejara de tocarte.

—La cintura. No todo.

—Empiezas a entender cómo funciona pedir lo que quieres.

Lo odié durante medio segundo. El resto del tiempo observé su boca.

—Bésame —dije.

Mauro no se movió.

—Otra vez.

—Te pedí que me besaras.

—Me pediste como si quisieras terminar un trámite.

—Esto es un trámite.

—Entonces contrata a otro.

Su respuesta me golpeó en el orgullo.

—¿Te molesta que no esté emocionada?

—Me molesta que mientas cuando estamos solos.

—No estoy mintiendo.

—Tienes los dedos clavados en mi brazo.

Miré mi mano. Lo sujetaba desde que me había acercado.

Lo solté.

—¿Así mejor?

—No.

Mauro tomó mi muñeca y colocó mi mano sobre su pecho.

Debajo de la tela, su corazón latía.

—¿Eso también es parte del servicio?

—No.

—Entonces, ¿por qué estás nervioso?

—Porque tú no eres una clienta cualquiera.

—Qué frase tan conveniente.

—Y qué fácil sería dejarte creer que no significa nada.

Su mano subió hasta mi nuca sin tocarme.

—Pídemelo porque quieres saber cómo se siente. No porque necesitas ganar una discusión.

Había pensado en besarlo durante años, aunque me negara a reconocerlo. Recordaba aquella fiesta: su mano deteniéndome, su voz diciendo que yo era demasiado joven y la vergüenza de verlo marcharse.

—Quiero saber cómo besas —admití.

—Eso no es pedirlo.

—Bésame, Mauro.

Él inclinó el rostro.

El primer contacto fue suave, casi una pregunta. Sus labios rozaron los míos y se apartaron antes de que pudiera responder.

—¿Eso fue todo?

—Cerraste los ojos.

—La gente cierra los ojos cuando besa.

—Tú los cerraste antes de que te tocara.

—Porque sabía lo que ibas a hacer.

—No. Porque te dio miedo.

—No me das miedo.

—Entonces mírame.

Mauro volvió a acercarse. Esta vez mantuve los ojos abiertos.

Su boca tocó la mía sin prisa. Me obligó a sentir la presión de sus labios, el roce de su pulgar detrás de mi oreja y el modo en que esperaba mi respuesta.

Fui yo quien abrió la boca.

Mauro soltó un sonido bajo y me acercó de golpe. Mi cuerpo chocó contra el suyo. El beso dejó de parecer un ensayo.

Su lengua rozó la mía. Me sujeté de sus hombros mientras él descendía una mano por mi espalda hasta detenerse encima de mis caderas.

La puerta, la boda y el contrato desaparecieron.

Solo quedó el recuerdo de todas las veces que había imaginado aquello sin permitirme terminar la escena.

Mauro mordió mi labio inferior.

Se me escapó un gemido.

Él se detuvo.

No se apartó por completo, pero dejó de besarme.

—¿Por qué paras?

—Porque dijiste que solo querías practicar.

—No dije que terminaras.

—Tampoco dijiste que siguiera.

Respiré contra su boca.

—Sigue.

Su mano bajó. Me sostuvo por las caderas y me levantó para sentarme en el brazo del sofá.

—Esto no estaba en el contrato —murmuré.

—Tú pediste un novio creíble.

—No necesito que sea tan creíble.

—Tu cuerpo opina distinto.

Iba a responder, pero volvió a besarme.

Sus labios descendieron por mi mandíbula hasta mi cuello. Incliné la cabeza. La punta de su lengua rozó el lugar debajo de mi oreja y mis piernas se abrieron para que él quedara entre ellas.

Sentí la dureza de su cuerpo contra mí.

La evidencia me arrancó de la fantasía.

—Mauro.

Él se apartó antes de que terminara.

Sus manos abandonaron mi cuerpo y levantó ambos brazos, dejándome claro que no continuaría sin permiso.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No parece.

—No esperaba sentir...

Callé.

—¿Qué?

—Nada.

—Alma.

—No tienes derecho a preguntarme.

—Tienes razón.

La facilidad con la que aceptó el límite me desconcertó.

Me bajé del sofá y acomodé mi blusa. Mauro se giró para darme privacidad, aunque ya había sentido cada reacción que intentaba esconder.

—¿Besas así a todas?

La pregunta salió sola.

Él volvió a mirarme.

—No.

—Eso dices porque soy amiga de Sofía.

—Digo eso porque con las demás sé dónde termina el trabajo.

—¿Y conmigo no?

—Contigo llevo años fingiendo que no empieza.

—¿Qué significa eso?

Mauro recogió la carpeta, pero evitó responder.

—Necesitamos construir la historia de Gabriel. Dónde nos conocimos, cuándo empezamos a salir, quién dijo primero que estaba enamorado.

—No cambies de tema.

—Es el tema por el que me pagaste.

—Acabas de decir que llevas años fingiendo algo.

—Y tú llevas cuatro años inventando a otro hombre. Ninguno puede exigir honestidad todavía.

Se sentó frente a la mesa y abrió el contrato.

—Empecemos por la primera cita.

No me moví.

—¿Por qué te llamas Dante?

—Porque Mauro no está disponible para las clientas.

—Pero sí para mí.

—Eso todavía no lo sabes.

Me senté frente a él.

Durante dos horas inventamos restaurantes, viajes y discusiones. Mauro aprendía rápido. Recordó que Gabriel odiaba el cilantro, que me llamaba Almendra y que supuestamente me había regalado una pulsera durante nuestro segundo aniversario.

—¿Dónde está la pulsera? —preguntó.

—La perdí.

—Respuesta débil.

—Puedo comprar una.

—Yo lo haré.

—No gastes dinero.

—Debe parecer elegida por mí.

—No sabes qué joyas me gustan.

Mauro miró mi muñeca.

—Oro sencillo. Nada que haga ruido. Jamás usarías un corazón.

—¿Cómo sabes eso?

—Te conozco.

—Hace un año que no me veías.

—No significa que no preguntara por ti.

Antes de que respondiera, alguien llamó a la puerta.

Mauro miró el reloj.

—¿Esperas a alguien?

Negué.

Los golpes volvieron, acompañados por una voz conocida.

—¡Alma, abre! Traje comida y necesito contarte algo sobre Mauro.

Él se levantó.

Yo corrí hacia la puerta y puse ambos brazos contra su pecho.

—Es Sofía.

—Ya escuché.

—Escóndete.

—¿Dónde?

Miré el departamento sin encontrar una opción.

Sofía volvió a llamar.

—Sé que estás ahí. Tu coche está abajo.

Mauro señaló el dormitorio.

—Voy a salir por la ventana.

—Vivo en un quinto piso.

—Entonces decide rápido.

Lo empujé hacia mi habitación.

Antes de entrar, él tomó mi barbilla y limpió con el pulgar una mancha de labial junto a mi boca.

—Te faltó una regla en el contrato.

—¿Cuál?

Sofía comenzó a girar una llave en la cerradura.

Mauro sonrió y cerró la puerta del dormitorio.

—Nunca beses a un gigoló si no estás preparada para descubrir que llevaba años queriendo cobrarse ese beso.

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