Capítulo 4 El secreto de Mauro

—Abre, Alma. Sé que estás ahí.

Sofía terminó de girar la llave y yo apenas alcancé a separarme de la puerta del dormitorio. Mauro desapareció detrás de ella mientras yo corría hacia la entrada.

—¡Ya voy!

—Pues deja de gritar y abre.

Quité el seguro justo cuando Sofía empujaba desde el otro lado. Entró con una bolsa de comida y el bolso colgado del hombro.

—¿Por qué tardaste?

—Estaba en el baño.

Sus ojos bajaron a mis pies descalzos y después recorrieron mi ropa arrugada.

—¿Con zapatos junto al sofá?

Miré hacia donde había dejado los tacones.

—Me los quité al salir.

Cerró la puerta y olfateó el aire.

—Huele a perfume de hombre.

—Es el aromatizante.

—Tu aromatizante usa sándalo caro.

Dejó la comida sobre la mesa y encontró las dos copas que Mauro había usado para servirse agua. Una tenía la marca de mis labios. La otra seguía húmeda.

—¿Estás con alguien?

—No.

—¿Gabriel se materializó?

—No empieces.

Sofía se dejó caer en el sofá donde Mauro me había sentado para besarme. La memoria me calentó el cuello.

—Te traje tacos y una solución para la boda.

—Ya resolví lo de la boda.

—¿Cómo?

—Encontré a alguien.

Sofía dejó de abrir las servilletas.

—¿A quién?

—Un conocido.

—¿Mío?

—No.

—¿De dónde salió?

—De internet. Es actor.

—¿Contrataste a un actor para fingir ser Gabriel?

—No me mires así.

—Estoy decidiendo si abrazarte o pedir una intervención.

Desde el dormitorio llegó un golpe seco.

Sofía giró la cabeza.

—¿Qué fue eso?

—La tubería.

—Tu tubería acaba de tirar algo.

Me levanté antes que ella.

—El edificio está viejo.

—Nunca escuché una tubería dentro de tu habitación.

Caminó hacia el pasillo. Me interpuse.

—Primero come.

—Primero voy a revisar.

Su mano alcanzó el picaporte. Agarré su muñeca.

—No entres.

Sofía me miró.

—Hay alguien ahí.

—No.

—Entonces abre.

—Estoy cambiando las sábanas.

—¿Y las sábanas golpean muebles?

Entrecerró los ojos.

—Alma Navarro, si ese actor está desnudo, necesito saberlo antes de encontrarme con algo que no podré olvidar.

—No está desnudo.

—Entonces sí hay alguien.

Cerré los ojos.

—No puedes verlo todavía.

—¿Por qué?

—Porque el trato no está cerrado.

Una sombra se movió bajo la puerta. Sofía la vio.

—Sal de ahí.

Mauro abrió.

Llevaba la camisa fuera del pantalón y el primer botón desabrochado. Parecía el dueño del departamento.

Sofía abrió la boca.

—¿Mauro?

—Hola, Sofi.

—¿Qué haces en la habitación de Alma?

—Esperaba que terminaran de hablar.

—¿Por qué?

—Porque ella me pidió que me escondiera.

La mirada de Sofía cayó sobre mí.

—¿Te acostaste con mi hermano?

—No.

Mauro apoyó un hombro en el marco.

—Todavía no.

—Cállate —dijimos Sofía y yo.

Él sonrió.

Sofía caminó hacia su hermano.

—Hace una hora estabas en mi departamento.

—Y luego vine aquí.

—¿Para qué?

Mauro me miró.

—Alma tiene que contártelo.

—No.

—Tú me contrataste.

La palabra quedó suspendida.

Sofía parpadeó.

—¿Contrataste a Mauro para qué?

—Para la boda. Necesito que finja ser Gabriel.

Sofía se rio.

—¿Mi hermano? ¿El hombre que rechazaste cada vez que insinué que harían buena pareja?

—Nunca lo rechazó —dijo Mauro.

—Tú dijiste que era demasiado joven —le recordé.

—Eso no es un rechazo permanente.

Sofía levantó ambas manos.

—Mauro no puede fingir ser tu novio.

—¿Por qué no?

—Porque yo estaré en la boda.

—Puedes fingir que no sabes nada.

—No voy a ayudarte a mentir.

Mauro cruzó los brazos.

—Lo has hecho durante cuatro años con Gabriel.

Sofía lo observó.

—¿Ya practicaron?

—Un beso —dije.

—Dos —corrigió Mauro.

—Fue el mismo.

—Hubo una pausa.

—No importa.

—A mí sí.

Sofía se volvió hacia mí.

—No puedes contratarlo.

—Ya lo hice.

—No sabes lo que hace.

Mauro dejó de sonreír.

—Sofía.

—No. Ella merece saberlo.

—Sé que usa el nombre Dante.

El rostro de mi amiga perdió color.

—¿Cómo lo sabes?

—Su perfil estaba en la agencia.

—¿Qué agencia?

Nadie respondió.

Sofía miró a Mauro.

—Dime que no es la página de acompañantes privados.

Mauro se alejó del marco.

—Hablemos en casa.

—¿Trabajas ahí?

—No tienes que convertirlo en un juicio.

—Mamá cree que eres consultor.

—Mamá también cree que tomo vitaminas.

—¿Te acuestas con mujeres por dinero?

Mauro metió las manos en los bolsillos.

—A veces me pagan por acompañarlas.

—Eso no responde.

—Porque no es asunto tuyo.

Sofía lo abofeteó.

Mauro volvió a mirarla sin pestañear.

—¿Terminaste?

—Eres un idiota.

—Eso ya lo sabías.

—No permitiré que uses a Alma.

—Ella me buscó.

—Sin saber quién eras.

—Y ahora lo sabe.

Sofía me sujetó del brazo.

—Cancela el contrato.

—Pierdo el dinero.

—Yo te lo presto.

—No necesito que me rescates.

—Necesitas mantenerte lejos de él.

Mauro soltó una risa sin humor.

—Dile la verdadera razón.

—Cállate.

—¿Qué razón? —pregunté.

Sofía apretó mi brazo.

—Mi hermano no se queda. Hace sentir a cada mujer como si fuera la única y desaparece cuando dejan de pagarle.

La frase me dolió más de lo razonable.

—Esto solo durará una semana.

—Eso basta para que te arruine.

Mauro tomó su chaqueta.

—No voy a discutir contigo aquí.

—Porque sabes que tengo razón.

—Porque Alma no necesita escuchar tus prejuicios sobre una vida que nunca preguntaste.

Sofía recogió su bolso.

—Elige a otro.

—No puedo presentarme con alguien que no conozco.

—Tampoco conoces a Mauro.

La puerta se cerró detrás de ella.

Mauro tomó el contrato y caminó hacia la salida.

—¿Adónde vas?

—A darte tiempo para cancelar.

—No te pedí eso.

—Tu cara sí.

—Sofía exagera.

—Sofía me conoce.

—Yo también.

—Conoces al hermano que te rechazó una vez. No al hombre que contrataste anoche.

—Entonces explícame.

Mauro dejó la carpeta sobre la mesa.

—No me acuesto con todas mis clientas. Algunas quieren compañía; otras, una pareja para un evento. Cuando existe sexo, se habla antes y ambas partes aceptan. Nunca prometo amor.

—¿Y conmigo?

—Contigo no debería haber aceptado.

—Pero aceptaste.

—Porque vi tu nombre después de confirmar el pago y no soporté que otro hombre leyera que dormiría contigo siete noches.

El enojo se mezcló con un calor inoportuno.

—Eso suena a celos.

—Lo es.

Mauro se acercó hasta dejarme contra la mesa.

—También es una mala razón para aceptar un contrato.

—Puedes irte.

—Puedo.

—Pero no quieres.

—No.

Su mano llegó a mi cintura.

—¿Y si cancelo?

—Perderás el anticipo.

—No pregunté por el dinero.

Mauro bajó la mirada hacia mi boca.

—Si cancelas, dejaré de ser Dante. Pero seguiré siendo el hombre al que acabas de besar.

—¿Eso cambia algo?

—Sí. Sin contrato ya no tendría que fingir que solo te toco porque pagaste.

Mi respiración se quebró.

—Mauro.

—Dime que quieres otro acompañante y me marcho.

No pude.

Mi teléfono vibró sobre la mesa. Valeria aparecía en una videollamada.

Respondí por reflejo.

—¿Qué quieres?

—Ver a Gabriel. Mamá está conmigo y no creemos que vaya a venir.

Antes de que pudiera cortar, Mauro tomó el teléfono, me rodeó la cintura y apareció en cámara.

—Buenas tardes.

Valeria guardó silencio.

Mauro me besó en la sien.

—Soy Gabriel, y si vuelven a hacer que Alma dude de llevarme a esa boda, tendrán que explicarme en persona por qué disfrutan humillando a mi novia.

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