Capítulo 5 La cláusula que rompimos
―Corta la llamada antes de que tu madre me pregunte cuándo pienso casarme contigo.
Mauro seguía con un brazo alrededor de mi cintura y el teléfono frente a nosotros. Valeria había dejado de sonreír. Mi madre apareció detrás de ella, todavía con la servilleta sobre el hombro.
―¿Gabriel? ―preguntó.
―Mauro ―corregí.
Él me apretó apenas.
―Gabriel para la familia.
Valeria entrecerró los ojos.
―¿Por qué tienes la voz del hermano de Sofía?
La pregunta me golpeó tarde. Mauro miró la pantalla como si no le preocupara que la mentira acabara de nacer torcida.
―Porque soy el hermano de Sofía.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
―¿Llevan cuatro años ocultándolo?
―Queríamos privacidad ―respondió Mauro.
―¿Y Sofía sabe?
Pensé en la bofetada, el contrato y la manera en que mi mejor amiga había salido del departamento.
―Todavía no entiende todo.
Valeria soltó una risa.
―Qué conveniente.
Mauro tomó el teléfono de mi mano.
―Nos vemos en la hacienda. Alma tiene trabajo y ustedes ya consumieron suficiente tiempo dudando de ella.
Colgó.
Lo empujé.
―¿Qué hiciste?
―Resolver el problema.
―Acabas de convertirte en Gabriel frente a mi familia.
―Era para lo que me pagaste.
―No tenías que revelar quién eres.
―Tu hermana reconoció mi voz.
―Podías fingir interferencia.
―No voy a esconderme detrás de una mala conexión durante siete días.
Caminó hacia la mesa y guardó el contrato. Yo seguía intentando imaginar la cara de Sofía cuando supiera que su hermano no solo asistiría, sino que mi familia creía que llevaba cuatro años acostándose conmigo.
―Esto ya es un desastre.
―Todavía no.
―¿Qué tendría que pasar para que lo consideres uno?
Mauro se volvió.
―Que yo olvide que esto es trabajo.
La calma de su respuesta fue peor que una provocación.
―Hace diez minutos dijiste que estabas celoso.
―Los celos no invalidan un contrato.
―¿Y besarme tampoco?
―Depende del beso.
―Qué profesional.
―Tú pediste experiencia.
Recogí las invitaciones y las metí en mi bolso.
―Tenemos que salir en una hora. Valeria quiere que lleguemos hoy para la cena previa.
―Lo sé. Me envió el itinerario mientras hablábamos.
―¿Le diste tu número?
―Gabriel debía tener teléfono.
―No respondas nada sin consultarme.
―Primera regla nueva.
―No agregues reglas.
―Entonces deja de dar órdenes contradictorias.
Fui a mi habitación y cerré la puerta. Necesitaba vestirme, respirar y decidir si podía pasar una semana fingiendo intimidad con un hombre que convertía cada límite en una conversación sobre deseo.
Abrí la maleta.
Encima de los vestidos encontré una caja negra que no había puesto ahí. La abrí. Dentro había una pulsera de oro delgada, sin dijes.
Mauro apareció apoyado en el marco.
―Segundo aniversario.
―No tenías que comprarla.
―Tu familia preguntará por regalos.
―Puedo decir que la perdí.
―Gabriel no permitiría que perdieras algo importante sin reemplazarlo.
―Gabriel no existe.
Mauro entró y tomó la pulsera.
―Durante siete días sí.
Le ofrecí la muñeca. Sus dedos cerraron el broche y quedaron sobre mi pulso. No se apartó.
―¿Cuántas veces haces esto? ―pregunté.
―¿Comprar joyas?
―Hacer que una mujer crea que observas cada detalle.
―Las clientas pagan para sentirse vistas.
―Entonces es una técnica.
―Contigo no tuve que estudiar.
Mi respiración se desordenó.
―No digas cosas así.
―¿Por qué?
―Porque no sé cuándo trabajas.
Su expresión perdió el humor.
―Ese será nuestro problema.
La bocina de un automóvil sonó abajo. Me alejé para mirar por la ventana.
Sofía estaba junto a su coche.
―Vino por nosotros.
―No subirá ―dijo Mauro.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque me escribió que bajara sin ti.
―No voy a quedarme.
Mauro tomó mi maleta.
―Entonces prepárate para una pelea.
La encontramos con los brazos cruzados. No me saludó.
―Tú vienes conmigo ―me dijo.
―Vamos todos a la misma hacienda.
―Mauro puede conducir solo.
―Mauro es Gabriel.
―No delante de mí.
Él guardó las maletas en su camioneta.
―Alma viaja conmigo. Necesitamos practicar la historia.
Sofía me tomó del brazo.
―No tienes que continuar porque ya pagaste.
―No es solo el dinero.
―Eso me preocupa más.
―Puedo decidir por mí.
Sofía miró la pulsera.
―¿Te la dio él?
―Es parte de la historia.
―Claro. Todo será parte de la historia hasta que termines desnuda creyendo que eres especial.
Mauro cerró la cajuela.
―Basta.
―No la vas a tocar.
―No decides eso.
―Es mi mejor amiga.
―Y es adulta.
Sofía me señaló.
―Cuando te rompa, no me pidas que finja sorpresa.
Subió a su automóvil y arrancó.
Durante el viaje, Mauro no hizo bromas. Mantuvo las manos en el volante y la mirada en la carretera. Yo observé la pulsera hasta que el silencio dejó de ser soportable.
―¿Sofía tiene razón?
―En algunas cosas.
―¿Vas a romperme?
―Eso depende de cuánto intentes comprar.
―No quiero comprarte fuera del contrato.
―Entonces no me preguntes como clienta.
―¿Y cómo debo preguntarte?
Mauro giró hacia un camino rodeado de árboles.
―Como la mujer que me besó antes de saber cuánto cobro.
La hacienda apareció al anochecer. Valeria había colocado luces en los jardines y fotografías de parejas en la entrada. La nuestra era una imagen vacía con ambos nombres.
Mi familia esperaba en la terraza.
Mauro bajó primero, rodeó la camioneta y me abrió la puerta. Colocó una mano en mi espalda.
―Desde ahora no te apartes cuando te toque.
―¿Por qué?
―Porque tu hermana está grabando.
Valeria sostenía el teléfono. Mi madre lloraba. Mi padre observaba a Mauro con una seriedad que reservaba para los hombres que no podía controlar.
Él me besó frente a todos.
No fue como el ensayo. Esta vez su mano descendió hasta mi cadera y su boca se demoró lo suficiente para que mi familia dejara de existir. Cuando se apartó, yo seguía agarrada a su camisa.
―Muy convincente ―murmuró Valeria.
―Cuatro años dan práctica ―respondió él.
Mi padre estrechó su mano y comenzó a interrogarlo sobre viajes que nunca habíamos hecho. Mauro respondió sin titubear, inventando desayunos en aeropuertos, discusiones por mapas y una reconciliación en Lisboa. Cada detalle sonaba tan íntimo que incluso yo quise recordar haberlo vivido.
Nos condujeron a la suite. Había pétalos sobre la cama, champaña y una tarjeta que decía “Para los próximos en casarse”.
Cerré la puerta.
―No puedo dormir ahí contigo.
―Firmaste habitación compartida.
―Después de ese beso, no.
―Ese beso estaba permitido.
―No de esa manera.
Mauro se acercó.
―Dime qué parte no estaba permitida.
―La mano.
―¿En tu cadera?
―Más abajo.
―No me detuviste.
―Estaba mi familia.
―Ahora no está.
Su palma volvió a mi cintura. Retrocedí hasta la cama.
―Mauro.
―Dime que pare.
No lo hice.
Me sentó en el borde y se colocó entre mis piernas. Su boca encontró la mía. Lo sujeté por el cuello, esta vez sin pensar en Valeria ni en el contrato. Mauro deslizó la mano bajo mi vestido y se detuvo en mi muslo.
―¿Puedo seguir?
―Sí.
Sus dedos subieron. Separé las piernas.
La puerta se abrió.
Sofía quedó inmóvil. Detrás de ella estaba Julián, mi exnovio, con la llave de padrino todavía en la mano.
Mauro no retiró la mano.
Julián me miró como si los cuatro años anteriores acabaran de regresar.
―Alma, dime que no contrataste al hermano de tu mejor amiga para reemplazarme en la cama.
