Capítulo 6 El hombre que no reemplazó a nadie

—No contraté a nadie para reemplazarte.

La mano de Mauro seguía bajo mi vestido. Julián miró hacia mi muslo y después a mi cara, como si tuviera derecho a exigir una explicación. Mauro retiró los dedos con calma, bajó la tela y permaneció entre mis piernas.

—Entonces explícale qué compraste —dijo Julián.

—Primero explica por qué entraste con una llave —respondió Mauro—. Una puerta cerrada suele significar que no quieren recibirte.

Julián levantó la tarjeta de padrino.

—Valeria me pidió traerles el programa de mañana.

—¿Y Sofía debía supervisar la entrega? —pregunté.

Mi amiga cruzó los brazos.

—Vine para impedir que cometieras exactamente lo que acabo de encontrar.

Me puse de pie y alisé el vestido. Mauro no se alejó. Su cuerpo bloqueaba parte de mi vergüenza, aunque él fuera la causa de la otra parte.

—No encontraron nada —dije.

—Tenía la mano debajo de tu falda —replicó Julián.

—Vestido —corrigió Mauro—. Si vas a irrumpir, al menos describe bien la escena.

—¿Esto te divierte?

—Me divierte que creas que Alma te debe fidelidad cuatro años después de que la abandonaste.

Julián dio un paso. Mauro no lo imitó; solo giró lo suficiente para quedar delante de mí.

—Gabriel no existe —dijo mi ex—. Lo sé desde que Alma comenzó a mencionarlo.

Sofía cerró la puerta antes de que alguien del pasillo escuchara.

—Habla más bajo.

—¿Ahora quieres proteger la mentira? —le pregunté.

—Quiero evitar que Valeria convierta tu desastre en entretenimiento para ciento veinte invitados.

Julián dejó el programa sobre una mesa.

—No sé cuánto le pagaste, pero todavía puedes terminar esto.

—No vuelvas a hablar como si pudieras decidir por mí.

—Intento evitar que te humilles.

—Llegaste cuatro años tarde.

Su mandíbula se tensó. Por primera vez dejó de mirar a Mauro.

—Cometí un error al terminar contigo.

—No. Cometiste varios antes. Terminar fue lo único honesto.

Mauro apoyó una mano en mi espalda. No parecía una actuación; tampoco quise preguntar.

—Ya la escuchaste —dijo.

—Tú no hables por ella.

—No tuve que hacerlo. Ese debe de ser el problema.

Tres golpes interrumpieron la discusión.

—¿Alma? —llamó Valeria—. Mamá quiere saber por qué el padrino tarda tanto en entregar una hoja.

Nos miramos. Sofía señaló a Mauro.

—Saca las manos de ella.

Él me rodeó la cintura.

—Ahora sería sospechoso.

Abrí la puerta. Valeria examinó los cuatro rostros y la cama desordenada.

—¿Interrumpo algo?

—Julián entró sin llamar —respondió Mauro—. Le explicábamos que no debe hacerlo otra vez.

Valeria miró a mi ex con interés inmediato.

—¿Celos entre Gabriel y el padrino?

—No —dijimos tres voces.

—Un poco —añadió Mauro.

Le clavé los dedos en el costado. Él me besó la frente.

—Tu hermana quiere que bajemos en veinte minutos —continuó Valeria—. Habrá un juego para comprobar qué parejas se conocen mejor.

—Qué espontáneo —murmuré.

—Lo preparé hace meses.

—Eso lo empeora.

Valeria sonrió y salió con Julián. Antes de cruzar la puerta, él miró la mano de Mauro sobre mi cintura.

Sofía esperó hasta que sus pasos desaparecieron.

—No pienso encubrirlos si pierden el control.

—No te lo pedí —dije.

—Lo harás cuando Mauro confunda tus límites con una tarifa negociable.

Mauro retiró la mano.

—Nunca he cruzado un límite de una clienta.

—Alma no debería ser tu clienta.

—En eso estamos de acuerdo.

Sofía lo miró, sorprendida, pero él no explicó más. Mi amiga salió y cerró la puerta con tanta fuerza que los pétalos saltaron sobre la cama.

—¿Van a dormir juntos aquí? —preguntó desde el pasillo antes de desaparecer.

—La suite tiene una cama —respondí.

—También tiene un sofá.

Mauro observó el mueble estrecho junto a la ventana.

—Mido un metro noventa.

—Pues dóblate. Tu trabajo exige flexibilidad.

—Mi trabajo exige cumplir lo acordado con Alma, no obedecer a mi hermana.

Sofía volvió a asomarse.

—Si mañana encuentro un solo pétalo pegado donde no debe, juro que le contaré a mamá en qué consiste tu consultoría.

—Buenas noches para ti también.

Esta vez se marchó de verdad.

—¿Qué quisiste decir? —pregunté.

—Tenemos diecinueve minutos.

—No cambies de tema.

Mauro se agachó frente a mí. Sus dedos rodearon mi tobillo y desabrocharon la correa de mi zapato.

—¿Qué haces?

—Tienes una marca. No podrás caminar toda la noche con estos tacones.

Me quitó el zapato y acarició con el pulgar la piel enrojecida. El gesto fue más peligroso que la mano bajo mi vestido.

—¿Esto se lo haces a tus clientas?

—No trabajo descalzándolas.

—Pero sí las desvistes.

Mauro levantó la vista desde el suelo.

—Si quieres preguntarme con cuántas mujeres me he acostado, hazlo sin esconderte detrás de ellas.

—No me importa el número.

—Te importa imaginarme tocándolas como te toqué hace cinco minutos.

El calor regresó con una precisión irritante.

—No debiste dejar la mano ahí cuando entraron.

Se incorporó despacio. Quedé descalza y varios centímetros más baja, encerrada entre su cuerpo y el borde de la cama.

—La dejé porque Julián te habló como si todavía fueras suya. Quise que entendiera que no puede entrar, acusarte y esperar que te disculpes.

—¿También quisiste provocarlo?

—Sí.

—Eso no estaba en el contrato.

—Tampoco lo que estabas haciendo con tus piernas antes de que abrieran la puerta.

Lo empujé del pecho. Mauro atrapó mi mano, pero no me acercó.

—No uses eso para ganar una discusión.

—No estoy ganando. Estoy intentando recordar por qué debería bajar contigo y fingir que cada vez que me deseas es parte del servicio.

—Yo no dije que te deseara.

—No hizo falta.

Su mirada descendió hasta mis labios. El pulgar rozó el centro de mi palma y mi cuerpo volvió a inclinarse hacia él.

—Tenemos que practicar para el juego —dije.

—Pregunta.

—¿Qué fue lo primero que te gustó de mí?

Mauro no necesitó inventar.

—Tu forma de insultar a alguien sin dejar de sonreír.

—Eso fue cuando tenía veintidós.

—Fue antes. Tenías diecinueve y llamaste parásito con corbata al novio de Sofía.

—La engañaba.

—Lo sé. Por eso empecé a preguntar por ti.

Un golpe sonó en la puerta. Pensé que Valeria regresaba, pero Mauro abrió y su cuerpo se endureció.

Julián estaba solo.

—Olvidé decirte algo, Gabriel. Si al final de esta semana sigues acostándote con Alma, mostraré el mensaje con el que ella me confesó que te inventó.

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