Capítulo 7 La verdad que no ensayamos

—Muéstralo.

Mauro extendió la mano hacia Julián. Mi ex sacó el teléfono, pero no se lo entregó.

—Esto es entre Alma y yo.

—Acabas de usarlo para decirme con quién puede acostarse. Ya me incluiste.

Me coloqué junto a Mauro.

—Enséñame el mensaje.

Julián abrió una conversación fechada cuatro años atrás. Reconocí la fotografía de mi antiguo perfil y una frase enviada a las dos de la mañana: Inventé a un fotógrafo para que mi familia deje de mirarme como si me hubieras roto. Si preguntan, no sabes nada.

Debajo aparecía su respuesta: Siempre inventas algo cuando no quieres admitir que necesitas a alguien.

—Guardaste eso cuatro años —dije.

—Guardé la conversación completa.

—Qué romántico —murmuró Mauro—. Nada dice “quiero recuperarte” como conservar material para chantajearte.

Julián ignoró la burla.

—No quiero exhibirte. Termina el contrato antes de la boda y el mensaje se queda conmigo.

—¿Y después qué? ¿Me das otra oportunidad como premio por obedecer?

—Después hablamos sin él en medio.

—Antes de él tampoco quería volver contigo.

La respuesta le borró la seguridad. Mauro inclinó la cabeza hacia el pasillo.

—Ya la escuchaste.

—Esto no terminó —dijo Julián.

—Para Alma sí. Si publicas esa captura, todos sabrán que utilizaste una confesión privada para presionarla. El primero que quedará fuera de la boda serás tú.

Julián guardó el teléfono.

—Veremos a quién cree su familia.

Se marchó. Mauro cerró la puerta y pasó el seguro.

—¿Por qué se lo contaste?

—Había bebido. Acababa de cenar con mi familia y todos hablaban de lo bien que estaba Julián mientras me preguntaban qué había hecho yo para perderlo.

—Él respondió atacándote.

—No necesito que revises mi ruptura.

—Necesito conocer las armas que puede usar contra ti.

—Ese tono suena a Dante.

Mauro se acercó hasta dejar un espacio mínimo entre nosotros.

—Dante habría recomendado cancelar el servicio. Yo quiero romperle el teléfono contra la pared.

—Eso sería difícil de explicar durante la cena.

—Diríamos que Gabriel odia la tecnología.

La risa se me escapó. Mauro miró mi boca, pero no intentó besarme.

—Ponte otros zapatos —dijo—. Tenemos un concurso que ganar.

—¿Por qué tenemos que ganar?

—Porque tu hermana espera vernos fracasar y tu ex espera verte asustada.

—Esa respuesta sí parece de Mauro.

—No conoces suficientes versiones de mí para distinguirlas.

Diez minutos después bajamos al jardín. Valeria había colocado a seis parejas frente a una fila de sillas. Cada persona recibió dos paletas con los nombres de su pareja. Julián estaba al lado de Esteban, revisando las preguntas.

—No sabía que el padrino participaba —comentó Mauro.

—Necesitábamos a alguien imparcial —respondió Valeria.

—Elegiste al exnovio de una concursante. La imparcialidad murió antes del brindis.

Mi madre le pidió que no arruinara el juego. Mauro sonrió, me acomodó un mechón detrás de la oreja y ocupó su silla. El gesto provocó más suspiros familiares que cuatro años de historias inventadas.

Valeria comenzó con preguntas simples. Quién roncaba, quién gastaba más, quién pedía perdón primero. Mauro y yo coincidimos en casi todas. Él sabía que yo dejaba tazas por el departamento; yo recordaba que jamás admitía perder una discusión.

—¿Qué hace su pareja cuando está nerviosa? —leyó Valeria.

Escribí que Mauro se ajustaba el reloj. Él anotó que yo limpiaba una superficie que ya estaba limpia.

—Eso no lo sabes —protesté.

—Acomodaste tres veces las invitaciones antes de abrirme la puerta esta mañana.

—Estaban torcidas.

—También secaste la misma copa mientras Sofía interrogaba a la tubería de tu habitación.

Las risas me obligaron a bajar la paleta. Sofía, sentada detrás de nosotros, fingió que no encontraba nada divertido.

—¿Y qué hace él cuando está nervioso? —preguntó mi madre.

—No se ajusta el reloj —admití—. Comprueba que sigue ahí para tener algo que controlar.

Mauro miró su muñeca. Por primera vez desde que comenzó el juego, no tuvo una respuesta preparada.

—Punto para Alma —declaró Esteban.

—No había puntos individuales —protestó Valeria.

—Ahora hay. Esta familia necesita reglas menos dictatoriales.

—Siguiente pregunta —anunció Julián—. ¿Quién dijo “te amo” primero?

Levanté la paleta de Mauro. Él levantó la mía.

La familia rio por nuestro primer error.

—Alma lo dijo —expliqué.

—Yo lo pensé primero —corrigió Mauro.

—Eso no cuenta.

—Llevaba meses demostrándolo.

Mi madre se llevó una mano al pecho. Yo giré hacia él.

—No ensayamos eso.

—Por eso sonó bien.

Valeria nos impuso una penitencia por fallar: besarnos durante diez segundos. Mi padre protestó; mi tía comenzó a contar antes de que pudiéramos negarnos.

Mauro se inclinó.

—¿Puedo?

—Nos están mirando.

—No fue lo que pregunté.

Asentí.

Su mano quedó en mi nuca y su boca rozó la mía. Intenté recordar que era una prueba, pero al tercer segundo Mauro profundizó el beso. Al quinto, mis dedos se cerraron sobre su camisa. Al séptimo, su pulgar descendió por mi cuello. La cuenta llegó a diez y él no se apartó hasta que alguien dejó caer una copa.

—Eso pareció bastante ensayado —dijo Julián.

—La práctica hace al novio —respondió Mauro.

Regresamos a las sillas. Yo tenía los labios calientes y una nueva razón para odiar las paletas.

Julián tomó otra tarjeta.

—¿Cuál es el mayor miedo de su pareja?

El resto escribió. Mauro no. Permaneció observándome hasta que Valeria pidió las respuestas.

En mi tarjeta puse: Que descubran la mentira.

La de Mauro decía: Que solo la quieran cuando no causa problemas.

Nadie se rio.

—Eso no es cierto —dije.

—Entonces mírame y di que nunca aceptaste menos con tal de no incomodar a tu familia.

—Estamos en un juego.

—Tu hermana pidió respuestas.

Valeria carraspeó y pasó a la siguiente pareja, pero yo ya no escuché. Al terminar, subí a la suite sin despedirme. Mauro entró un minuto después.

—No vuelvas a desnudarme frente a todos.

—No mencioné nada que ellos no hubieran provocado.

—No tenías derecho.

—Tienes razón.

Su aceptación cortó la discusión. Sacó el contrato de la maleta, tachó una línea y firmó junto al cambio.

—¿Qué haces?

—Eliminar los besos y las caricias privadas del servicio. En público cumpliré el papel; a solas no volveré a tocarte por dinero.

—No puedes cambiarlo sin preguntarme.

Mauro dejó la pluma y sostuvo mi mirada.

—Puedes negarte, pero desde ahora cada vez que me beses sin testigos tendrás que admitir que no lo compraste.

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