Capítulo 1 La traición
La lluvia golpeaba el asfalto con tanta fuerza que convertía las calles en un espejo oscuro donde las luces de la ciudad se deshacían entre charcos. James Rosh corría sin mirar atrás, respirando con dificultad mientras aferraba contra su pecho una mochila negra completamente empapada. Sus zapatos resbalaban sobre el pavimento mojado, el agua le escurría por el rostro y las gafas apenas le permitían distinguir las siluetas de los edificios. Cada inhalación quemaba sus pulmones, pero detenerse significaba morir.
El sonido de los motores volvió a acercarse.
Tres camionetas negras giraron la esquina a toda velocidad, levantando una cortina de agua mientras los neumáticos chirriaban sobre el pavimento. James apretó con más fuerza la mochila y aceleró el paso. No necesitaba mirar para saber que seguían detrás de él.
Todo había cambiado en menos de una hora.
Hacía apenas unas horas había despertado convencido de que aquel sería el mejor día de su vida. Después de tres años sin vacaciones, incontables noches durmiendo sobre el teclado de su computador y litros interminables de café, por fin había terminado el proyecto que soñó desde que era estudiante de ingeniería en informática.
No era simplemente un programa, era la culminación de toda su vida.
Una inteligencia artificial capaz de anticipar ataques informáticos antes de que ocurrieran, aprendiendo sola con cada intento de intrusión y fortaleciendo cualquier sistema conectado a ella. Ninguna empresa había conseguido algo semejante. Ningún gobierno poseía una tecnología parecida.
James lo sabía, también sabía cuánto valía, miles de millones o quizá mucho más, los bancos y los gobiernos se pelearían por ella.
Pero el dinero nunca había sido su motivación.
Lo único que deseaba era demostrar que un muchacho común, criado por una madre enfermera y un padre mecánico, podía cambiar el mundo utilizando únicamente su inteligencia.
Una bocina ensordecedora lo sacó de sus pensamientos.
Un automóvil pasó rozándolo y el aire desplazado casi lo hizo perder el equilibrio. Recuperó la estabilidad en el último instante y siguió corriendo hasta doblar por un callejón estrecho, donde la lluvia apenas alcanzaba a entrar entre los altos edificios.
Sacó el teléfono del bolsillo con manos temblorosas.
La pantalla estaba llena de grietas.
Marcó un número, una vez, dos veces, tres veces.
Siempre el mismo resultado.
—El número al que intenta comunicarse no se encuentra disponible.
James soltó una amarga carcajada.
—Claro... tampoco ibas a contestar ahora.
Guardó el teléfono mientras un recuerdo atravesaba su mente con la misma violencia que un disparo.
Aquella mañana había comprado un anillo, no era especialmente caro, había tenido que ahorrar durante meses para pagarlo.
Aun así, cuando lo vio en la vitrina, supo que era el indicado. Era sencillo, elegante y tenía una pequeña piedra azul que a Kathy siempre le había gustado.
Pensaba sorprenderla al terminar la reunión con el directorio y presentar la nueva IA.
Iba a presentar oficialmente la inteligencia artificial, firmar el contrato de desarrollo y, después, pedirle matrimonio con un futuro que ofrecerle.
Había imaginado tantas veces ese momento que incluso ensayó frente al espejo las palabras que pensaba decir.
Sonrió con amargura, qué estúpido había sido, el rugido de un motor volvió a acercarse.
James levantó la vista justo cuando una de las camionetas bloqueó la salida del callejón.
Sin pensarlo, giró sobre sus pasos y tomó otra dirección.
El agua le llegaba hasta los tobillos, sus pasos se escuchaban mientras el agua se colaba en su ropa, su respiración era cada vez más pesada.
Sentía un dolor punzante en el costado, pero seguía avanzando.
No podía permitir que aquella mochila terminara en manos de Gabriel Rivas.
Jamás.
Mientras corría, las imágenes regresaban una tras otra, clavándose en su memoria como cuchillos.
Había llegado temprano a la empresa.
Llevaba el computador bajo el brazo y un pequeño estuche de terciopelo azul escondido dentro del bolsillo del abrigo.
Kathy solía llegar antes que todos, quería darle una sorpresa, le llevaba su chocolate favorito, subió directamente al último piso.
La secretaria de recepción ya conocía su rostro y lo dejó pasar sin hacer preguntas, las puertas del ascensor se abrieron frente a la oficina del presidente ejecutivo, Kathy era su secretaria, y lo había ayudado para que el CEO le ayudara en su proyecto.
Entonces escuchó una risa.
La risa de Kathy, sonrió sin darse cuenta, pensó que quizá estaba hablando por teléfono.
Caminó hasta la puerta entreabierta.
Y el mundo dejó de existir, Gabriel Rivas tenía a Kathy sentada sobre su escritorio, sus embestidas eran intensas, ella gemía mientras lo besaba sin la menor culpa.
La falda estaba subida hasta la cintura y la camisa del CEO permanecía abierta mientras sus embestidas se hacían mas y más intensas.
Los documentos que James había preparado durante semanas estaban tirados por el suelo, mezclados con la ropa de ambos.
Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones, no pudo moverse, no pudo hablar.
Simplemente observó cómo la mujer con la que llevaba cinco años compartiendo su vida era follada ferozmente por el hombre que dirigía la empresa donde ambos trabajaban.
Fue Kathy quien lo vio primero, su sonrisa desapareció durante apenas un segundo.
Luego suspiró con fastidio.
—Gabriel... nos encontró.
El CEO giró lentamente la cabeza y, lejos de mostrar vergüenza, dió un último empujón gruñendo contra su cuello, salió de ella subiéndose el pantalón, se acomodó tranquilamente los puños de su camisa y empezó a abrocharla sin la menor culpa.
—Supongo que tarde o temprano iba a pasar.
James seguía inmóvil.
—¿Por... cuánto tiempo?
Kathy ni siquiera intentó inventar una mentira, solo suspiró y lo miró.
—Un año.
Aquella respuesta fue más dolorosa que cualquier golpe.
Un año.
Trescientos sesenta y cinco días que mientras él trabajaba hasta la madrugada para terminar el proyecto, ella compartía la cama con otro hombre.
—¿Por qué?
Kathy bajó del escritorio con absoluta tranquilidad y comenzó a acomodarse la ropa.
—Porque tú eres brillante, James... pero Gabriel tiene el mundo, tiene poder, tiene dinero y me ama.
James sintió un nudo en la garganta.
—Yo estaba haciendo todo esto por nosotros.
Ella soltó una sonrisa que jamás le había conocido, una sonrisa fría y vacía.
—Ese fue tu error.
El silencio que siguió fue insoportable, James sintió el anillo dentro del pequeño estuche que todavía llevaba en el bolsillo, sin decir una palabra, lo sacó y lo dejó sobre el escritorio.
Kathy lo miró apenas un instante, ni siquiera lo abrió, fue en ese momento cuando James comprendió que nunca había amado al hombre que era.
Solo había visto en él, un talento que podía utilizar.
