Capítulo 2 ELIMÍNENLO
James permaneció inmóvil durante varios segundos, incapaz de apartar la mirada de la mujer con la que había compartido cinco años de su vida. Ni siquiera recordaba haber soltado la mochila donde llevaba el computador. Todo el esfuerzo de los últimos tres años, las noches sin dormir, las comidas olvidadas frente a una pantalla y las incontables líneas de código parecían insignificantes comparadas con el vacío que acababa de abrirse en su pecho.
Gabriel terminó de abotonarse la camisa con absoluta tranquilidad. No había rastro de vergüenza en su rostro. Caminó alrededor del escritorio como si acabara de terminar una reunión cualquiera y tomó una copa de cristal que descansaba sobre un mueble cercano.
—No imaginé que llegarías tan temprano, James.
La naturalidad con la que pronunció aquellas palabras hizo que la mandíbula del joven se tensara.
—¿Porqué?
Kathy desvió la mirada apenas un instante antes de volver a observarlo. Su expresión ya no tenía rastro de dulzura. Era una mujer completamente distinta de aquella que lo esperaba con café cuando él salía tarde de la oficina o que fingía quedarse hasta después del horario laboral solo para acompañarlo mientras terminaba de programar.
—¿Eso importa?
James sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.
—Para mí sí.
Ella soltó un suspiro impaciente.
—Está bien. Si tanto quieres saberlo... fueron cinco años en los que tú solo hablaste de computadoras, algoritmos y servidores. ¿Sabes cuántas veces cancelaste una cita porque "estabas a punto de terminar una función"? Perdí la cuenta.
James bajó lentamente la cabeza, era cierto, muchas veces había llegado tarde, muchas veces había prometido vacaciones que nunca ocurrieron, muchas veces eligió seguir programando.
Pero todo lo hizo creyendo que construía un futuro para ambos, quería poner el mundo a sus pies.
—Lo hice por nosotros.
Gabriel dejó escapar una breve carcajada.
—No, James. Lo hiciste por ti, por tu sueño.
Aquella frase lo hizo levantar la vista, Gabriel bebió un pequeño sorbo de whisky antes de continuar.
—Y tengo que reconocer que eres un genio. Probablemente el mejor ingeniero que ha pasado por esta empresa.
James no respondió, Gabriel caminó hasta quedar frente a él.
—Por eso te contraté.
El joven frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Gabriel sonrió.
—¿De verdad crees que una empresa como la mía encontró por casualidad a un chico recién graduado capaz de desarrollar una inteligencia artificial revolucionaria?
James sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿No?
—Claro que no.
Gabriel levantó un dedo como si enumerara cosas.
—Te buscamos, te contratamos, te dimos todos los recursos que necesitabas.
James comenzó a comprender hacia dónde iba aquella conversación, Gabriel dio un paso más.
—Y tú hiciste exactamente lo que esperaba.
El silencio volvió a llenar la oficina, James tragó saliva.
—No... esto fue por mi esfuerzo, yo me gané este puesto.
—Sí.
Gabriel sonrió satisfecho.
—Mientras tú escribías millones de líneas de código creyendo que estabas construyendo tu futuro, nosotros construíamos el nuestro.
James giró lentamente la cabeza hacia Kathy, ella no dijo absolutamente nada, ni una palabra, ni una explicación, ni una disculpa, ni un miserable gramo de arrepentimiento, solo permanecía allí, observándolo como si fuera un empleado más. Entonces comprendió algo mucho peor que la infidelidad. Ella jamás había estado enamorada de él, solo lo había usado para conseguir algo mejor, y ese algo mejor era Gabriel.
El aire comenzó a faltarle, retrocedió un paso, luego otro, su mirada cayó sobre el computador que descansaba dentro de la mochila, instintivamente volvió a sujetarla, Gabriel siguió el movimiento con una sonrisa.
—Ah... por fin llegamos a la parte importante.
James abrazó la mochila contra su pecho.
—Esto es mío.
—¿Seguro?
—Cada línea de código la escribí yo.
—Dentro de mi empresa.
James apretó los dientes.
—Con mi inteligencia, son mi sacrificio.
—Usando mis servidores James, incluso ese laptop que tanto abrazas es mío.
El joven negó lentamente con la cabeza.
—No te la voy a entregar.
Gabriel lanzó una breve carcajada.
—No necesito que me entregues nada.
James sintió un extraño presentimiento.
—¿Qué hiciste?
El empresario abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una carpeta azul, la dejó sobre la mesa.
—Ábrela.
James permaneció inmóvil.
—Ábrela, vamos, ¿No tienes curiosidad?
Con manos temblorosas tomó la carpeta, en la primera hoja aparecía el logotipo de la oficina de patentes, debajo... un nombre... Gabriel Rivas.
James sintió que el mundo dejaba de girar, pasó la página, luego otra y otra más, allí estaba absolutamente todo, la descripción del proyecto, los diagramas, las funciones principales, los algoritmos, incluso el nombre comercial que él mismo había inventado semanas atrás, su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Cómo...?
Gabriel volvió a sonreír.
—Pregúntale a tu novia.
James giró lentamente la cabeza, Kathy sostuvo su mirada sin el menor remordimiento.
—Mientras dormías... copiaba tus avances, tenía que asegurarme de que no cometieras algún error.
El joven sintió un vacío insoportable en el pecho, ella continuó hablando con una frialdad que jamás imaginó escuchar.
—Cada noche fotografiaba tus apuntes, copiaba tus respaldos, descargaba las nuevas versiones y las enviaba a Gabriel.
James bajó lentamente la vista hacia sus propias manos.
Le temblaban, cinco años, fueron cinco años creyendo que compartía su vida con la mujer que amaba, cinco años entregándole sin miedo cada uno de sus sueños, cinco años construyendo, sin saberlo, el imperio de quienes acababan de destruirlo.
Y en ese preciso instante comprendió algo que le heló la sangre, aquella no había sido una traición improvisada, había sido un plan perfectamente calculado desde el principio. James cerró lentamente la carpeta y permaneció inmóvil durante varios segundos. El zumbido del aire acondicionado era el único sonido dentro de aquella inmensa oficina. Nunca imaginó que el silencio pudiera doler tanto, sus ojos recorrieron una última vez el rostro de Kathy. Buscó una señal, una sola, un poco de culpa, un arrepentimiento, una lágrima.
No encontró nada.
La mujer que tenía frente a él parecía una desconocida, todo aquello que creyó conocer durante cinco años había desaparecido en cuestión de minutos. Sin decir una palabra, volvió a colgarse la mochila al hombro, Gabriel arqueó una ceja.
—¿Ya te vas?
James sostuvo su mirada.
—Sí, no me quedaré un solo segundo en este lugar asqueroso.
—¿Crees que te dejaré ir así de fácil?
—No pienso seguir trabajando para un ladrón.
Gabriel sonrió con tranquilidad.
—Cuidado con las palabras.
—¿Te molestan? Pensé que después de robar mi trabajo y mi novia, ya no tendrías vergüenza.
—James, deja de hacer el ridículo, entrega tu mochila. Siempre fuiste demasiado ingenuo. Creíste que el talento bastaba para llegar lejos.
James negó lentamente con la cabeza.
—No. Lo que nunca imaginé fue que compartiría mi vida con alguien capaz de venderme por dinero, de traicionarme así, de convertirse en la puta del jefe.
La expresión de Kathy se endureció.
—¿Venderte? No seas dramático. Gabriel me ofreció un futuro que tú jamás habrías podido darme.
James sonrió con una tristeza infinita.
—Ojalá seas feliz y no te cambie cuando ya no le sirvas.
Se dio media vuelta y simplemente abrió la puerta y salió.
—Lo haremos de la manera difícil entonces.
Gabriel tomó su celular y llamó a alguien.
—Elimínenlo y tráiganme la mochila
