Capítulo 3 NO PUEDO DEJAR CABOS SUELTOS

Los empleados levantaron la vista al verlo pasar. Algunos lo saludaron con una sonrisa, sin imaginar que acababan de ver a un hombre al que le habían destruido la vida y habían puesto precio a su cabeza.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, James apoyó la espalda contra la pared metálica y cerró los ojos, apenas podía regular su respiración, cinco años, cinco años resumidos en un viaje de treinta pisos.

Al llegar al estacionamiento caminó hasta su viejo automóvil, un sedán que había comprado de segunda mano apenas comenzó a trabajar. Nunca le importaron los lujos. Todo su dinero había terminado invertido en servidores, licencias y componentes para desarrollar su inteligencia artificial.

Abrió la puerta, dejó la mochila sobre el asiento del copiloto y permaneció varios segundos con las manos apoyadas sobre el volante.

Respiró hondo, todavía tenía una oportunidad, la patente estaba registrada, sí, pero la versión definitiva de la inteligencia artificial seguía únicamente en su computador, nadie podía terminarla sin él.

Encendió el motor decidido a desaparecer de aquella ciudad y empezar de nuevo.

Vagó por horas, la noche lo pilló mientras el cielo se abría dejando caer una lluvia que empapaba todo, iba a girar para salir de la ciudad, tenía que ponerse a salvo, cuando observó una camioneta negra colocarse detrás de él  pero no le dio importancia. Segundos después apareció una segunda, luego una tercera, las tres comenzaron a seguirlo a la misma velocidad.

Un escalofrío recorrió su espalda, aceleró y las camionetas hicieron lo mismo, el corazón comenzó a golpearle el pecho con fuerza, giró bruscamente en una esquina, ellos también, ya no había dudas, lo estaban siguiendo, tomó el teléfono para llamar a la policía, pero la pantalla se apagó, no tenía carga, todo ese día estaba destinado a ser fatal para él.

—No... no, por favor...

Volvió a intentarlo, nada, lo conecto al cable del auto para cargar lo suficiente para hacer una llamada, entonces una de las camionetas aceleró hasta colocarse a su lado. James alcanzó a distinguir el rostro inexpresivo del conductor y comprendió inmediatamente que aquello no era una amenaza, era una sentencia, pisó el acelerador hasta el fondo, pero su auto viejo no era rival para esas camionetas.

Las calles comenzaron a desfilar frente a él como manchas de luz mientras la lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas.

Miró un segundo la mochila, todo estaba allí, cinco años de trabajo, su vida entera, jamás permitiría que terminara en manos de Gabriel.

Cuando una de las camionetas intentó cerrarle el paso, giró con violencia hacia una avenida secundaria y frenó de golpe frente a una calle de una sola vía, tomó la mochila y salió corriendo bajo la lluvia. Las camionetas no pudieron seguirlo pero las voces comenzaron a escucharse detrás de él, subió las escaleras de dos en dos.

Diez pisos, doce, quince, cada respiración quemaba más que la anterior, solo necesitaba un lugar para esconderse, no se dio cuenta cuando llegó a la azotea y ya no había salida. Frente a él solo estaba el borde del edificio y una ciudad iluminada que parecía completamente ajena a su tragedia.

Las voces cesaron y de pronto, Gabriel apareció acompañado por varios hombres vestidos de negro y uno de ellos sostenía un paragua para que no se mojara.

Metió las manos en los bolsillos del pantalón y caminó con absoluta calma hasta quedar a pocos metros de James.

—Te dije que no hacía falta correr., pero quisiste hacerlo difícil.

James abrazó la mochila contra su pecho.

—Jamás tendrás mi trabajo.

Gabriel sonrió.

—Te equivocas. Ya lo tengo.

—No tienes la versión final.

—La tendré.

James negó lentamente con la cabeza.

—Aunque me mates... jamás podrás terminarla.

Durante unos segundos, Gabriel permaneció observándolo en silencio, después suspiró con aparente decepción.

—James... de verdad eras brillante. Pero cometiste un error imperdonable.

James sostuvo su mirada. Gabriel dio un paso al frente.

—Creer que en este mundo el talento vale más que el poder.

La lluvia golpeó con fuerza el cemento, el viento agitó la ropa de ambos, James comprendió, al mirar los rostros de aquellos hombres, que no saldría vivo de aquella azotea, aun así, sonrió, una sonrisa pequeña, cansada, pero sincera, porque, incluso si aquella era la última noche de su vida, había una cosa que Gabriel jamás podría robarle.

Su inteligencia y sin ella jamás terminaría el programa.

— Verás James, si lo hubieras hecho fácil, no tendría que hacer esto, no tengo nada contra ti, son solo negocios, pero como entenderás, estos son tus últimos momentos y lo que menos necesito es un par de padres preguntando por su único hijo.

—No... no los metas en esto.

— Tarde, ya van camino a casa y tendrán un accidente fatal, pero míralo por otro lado, pronto estarás con ellos, entiéndeme, no puedo dejar cabos sueltos.

Los ojos de James se llenaron de odio.

— ¡¡¡Te voy a matar maldito bastardoooo!!!!!

James se lanzó contra él pero no alcanzó a tocarlo, un hombre lo detuvo y lo tomó del cuello acercándolo al borde.

— Em, para ser más exactos, Yo te mataré a ti, suéltalo.

El hombre lo soltó y el cuerpo de James empezó a caer, toda su vida pasó por sus ojos, solo quería hacer sentir orgullosos a sus padres y un futuro con la mujer de amaba, pero había conseguido esto, y mientras cerraba los ojos por un instante, una única idea cruzó su mente.

"Ojalá existiera una segunda oportunidad..."

El sonido de un trueno cubrió el resto y la oscuridad cayó sobre él y James Rosh desapareció del mundo para siempre, o eso creía.

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