Capítulo 1 El rechazo del alfa
—¡Sal de mi territorio o yo mismo te arrancaré el corazón del pecho!
Esa voz ya no le pertenecía a Kael, el esposo a quien Selene amaba. Era el rugido de un Alfa consumido por la rabia. Su voz retumbó como un trueno, haciendo temblar las paredes del gélido salón de mármol. Kael se erguía frente a su trono. Su aura era asfixiante; a Selene le costaba respirar mientras su esperanza se marchitaba.
Selene se quedó paralizada. El suelo bajo sus pies se sentía como hielo, y las piernas le temblaban. A su espalda, los dedos aplastaban un pedazo de papel con resultados de pruebas médicas que había recogido esa mañana. Había dos líneas rojas. La noticia que se suponía sería un regalo para su tercer aniversario de bodas ahora se sentía como el inicio de su destrucción.
—Kael, por favor. Escúchame primero —susurró Selene. Tenía la voz ronca y apenas audible en medio de la sala silenciosa.
En el borde del salón, los miembros del consejo empezaron a murmurar. Freya estaba al frente, con los brazos cruzados y una sonrisa delgada. Forzó el rostro para que pareciera que sentía lástima, pero en sus ojos brillaba el deleite.
—Escúchame, Kael. Esas fotos no son reales. Me tendieron una trampa. Nunca fui a ese hotel, y mucho menos te engañé con un Alfa de nuestros enemigos.
—¡MENTIROSA! —Kael se lanzó hacia adelante con una velocidad aterradora.
En un instante estuvo frente a Selene. Su mano poderosa le sujetó la mandíbula con brusquedad. Selene se estremeció de dolor, como si el hueso fuera a partirse. Cuando levantó la vista y miró a Kael a los ojos, sintió que el corazón se le detenía. Los ojos del hombre se habían vuelto completamente negros. Ya no estaba esa mirada suave ni el amor que Selene estaba acostumbrada a ver cada mañana.
—El olor de otro hombre se te ha pegado a la piel, Selene. ¡Puedo oler el aroma de mi enemigo en ti! —le ladró directamente a la cara. Su aliento ardía de ira—. Freya te vio ella misma en ese hotel. Estabas inconsciente en los brazos de mi enemigo. ¡Has avergonzado a esta manada!
—Freya está mintiendo, Kael. Esa tarde me dio una bebida y perdí el conocimiento de inmediato. Por favor, revisa las cámaras o pregúntales a los guardias.
—¡No te atrevas a mencionar su nombre con esa boca inmunda! —Kael empujó a Selene hasta que la mujer cayó con fuerza al suelo.
El cuerpo de Selene golpeó el mármol con un golpe seco. La cabeza le dio vueltas y el estómago, de pronto, se le revolvió. Se encogió, intentando protegerse el vientre con ambas manos.
—¡Ella fue quien salvó mi dignidad de una mujer como tú! —continuó Kael. Su voz fue tan fuerte que las lámparas de araña sobre ellos tintinearon suavemente.
En una esquina de la sala, Jace, un joven guerrero, parecía querer dar un paso adelante para ayudar a Selene. Pero su padre le sujetó el brazo de inmediato.
—No te metas, Jace. Solo te buscarás problemas si la defiendes —susurró su padre con voz temblorosa.
Selene lloró, con la respiración pesada sobre el piso helado.
—Kael, escucha. Estoy embarazada. Es tu hijo. El bebé que hemos estado esperando.
Kael se rió. Fue la risa más fría y cruel que Selene había escuchado jamás. El hombre se inclinó, clavando la mirada en el vientre de Selene con odio puro.
—¿Mi hijo? —susurró Kael, pero su voz sonó insoportablemente dolorosa—. No siento nada de ti, Selene. No hay vínculo, no hay vida que yo reconozca ahí dentro. Si de verdad estás embarazada, debe ser el resultado de tu aventura. ¡Estás llevando en el vientre al hijo de un enemigo!
Selene negó con la cabeza. Kael de verdad había cortado su vínculo espiritual de manera unilateral. La odiaba tanto que ya no podía sentir su propia sangre creciendo dentro de ella.
Kael dio un paso atrás. Tomó aire hondo y, de pronto, liberó a la fuerza su aura de Alfa. Ese poder hizo que todos en la sala bajaran la cabeza por instinto.
—Yo, el Alfa Kael de la Manada Luna de Plata, declaro que Luna Selene ha cometido traición.
Su voz se metió en la mente de cada miembro de la manada, estuviera donde estuviera.
Los ojos de Selene se abrieron de par en par. Intentó arrastrarse por el suelo y alcanzar los pies de Kael.
—Kael, ¡no! Te lo ruego, ¡no rompas el vínculo! ¡Este bebé podría morir!
A Kael no le importó. Miró al frente, como si Selene no valiera absolutamente nada.
—Yo, el Alfa Kael, ¡TE RECHAZO, Selene, como mi pareja y como mi Luna!
¡CRAC!
Selene lanzó un grito desgarrador. Un dolor extraordinario le golpeó el alma; se sentía mucho peor que cualquier herida física que hubiera sufrido. El vínculo espiritual otorgado por la Diosa Luna fue cercenado por la fuerza. La sangre empezó a salirle de la nariz y de las comisuras de los ojos por la intensa presión interna. Volvió a caer, encogida y temblando de shock.
—Ya no eres mi pareja. Ya no eres mi Luna —dijo Kael con voz plana—. Desde ahora, eres una renegada. No tienes nombre, ni hogar, ni protección. Cualquiera que te ayude será considerado mi enemigo.
Kael se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás ni una sola vez. Sus pasos sonaron firmes sobre el piso de mármol.
—Lárgate antes del atardecer. Si sigues aquí después de eso, los guardias te cazarán como a un animal salvaje.
Selene permaneció tendida en el suelo, respirando a bocanadas cortas. Sentía el corazón hecho trizas, en carne viva. Pero, en medio del dolor, notó un leve latido en el vientre. Esa pulsación no desapareció. Aunque su relación con Kael había sido destruida, el vínculo entre ella y su hijo se sentía aún más fuerte. Ese calor fue lo que mantuvo a Selene consciente.
Kael se detuvo en la puerta del salón. No se dio la vuelta, pero su voz helada se oyó con claridad:
—No vuelvas a aparecer ante mí, Selene. Para mí, tú y tu hijo ya están muertos.
Selene se limpió la sangre de los labios con una mano temblorosa. Intentó incorporarse y, de pronto, dejó escapar una risa breve. Su voz estaba ronca y sonaba lastimosa, pero iba cargada de un odio nuevo. Varios guerreros que la vieron sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
—Tiraste a la basura a una esposa que te fue sincera solo por una acusación barata, Kael —dijo Selene. Su voz era serena, pero increíblemente firme—. Hoy cortaste nuestro vínculo. Rompiste tu juramento. Recuerda mis palabras.
Selene tomó aire y clavó la mirada en la espalda de Kael.
—Algún día, te arrodillarás ante mí. Le suplicarás perdón a la mujer que insultaste hoy. Y cuando llegue ese momento, Kael, me aseguraré de que nunca puedas volver conmigo.
Con las últimas fuerzas, Selene se puso de pie. Tenía las piernas débiles, pero se negó a caer otra vez. Caminó despacio hacia la salida, pasando junto a las personas que antes la respetaban y que ahora la miraban con asco. Atravesó la puerta y salió directo a la tormenta que empezaba a desatarse.
Un viento fuerte le golpeó la cara, llevándose las lágrimas y la sangre que quedaban. No miró hacia atrás, ni al edificio lujoso ni al hombre que acababa de destruirle la vida. Bajo los destellos de los relámpagos, Selene acarició suavemente su vientre. Ya no estaba sola. Dentro de ella, una fuerza empezaba a agitarse, un secreto que algún día se convertiría en la perdición de la Manada Luna de Plata.
—Adiós, Alfa Kael. Celebra tu victoria por ahora. Porque cuando nos volvamos a ver, ya no eres mi amo. Eres solo mi presa.
