Capítulo 2 Lo que no se oye

Lo que no se oye

El cerrojo suena como un hueso que se parte.

Quedo con la espalda contra la madera y Mateo Aldunate a un paso. El estudio huele a pólvora tibia, a whisky derramado y a hierro. Una lámpara de pie ilumina a medias el escritorio: papeles revueltos, un vaso con el fondo ámbar, una mancha oscura en la alfombra persa que todavía brilla. No miro esa mancha. La siento, igual, como se siente una mirada en la nuca.

Él no grita. Cierra la distancia con la calma de quien ha cerrado muchas puertas.

—Te pregunté algo.

Mi voz sale rota, pequeña, de sirvienta.

—Vine… oí un ruido. Creí que alguien se había caído. Yo… yo no…

—No tartamodees. Pierdes tiempo.

Sus ojos bajan otra vez: los pies descalzos, la camiseta vieja que se me pega al pecho porque el miedo me ha puesto la piel de gallina, el pelo suelto que no alcancé a recoger. No hay lascivia en esa inspección. Hay inventario. Como si decidiera qué parte de mí sirve y qué parte estorba.

Doy un paso hacia un lado, inútil. El escritorio me corta la huida. Detrás de él, una puerta más —la que da al ala prohibida— está entreabierta. Por la rendija se ve un trozo de piso de madera y el borde de una sábana blanca arrastrada. Blanca. Manchada.

El estómago se me cierra.

—No miras ahí —dice, sin volver la cabeza, como si hubiera oído el movimiento de mis pupilas—. Miras.

Obedezco. Lo miro a él. Es peor. A esta distancia se le ve el pulso en la garganta, un golpe seco bajo la piel. La camisa negra tiene una salpicadura en el costado derecho, cerca de las costillas. No sé si es suya o de otro. El corte de los nudillos, el de mediodía, se le ha abierto otra vez. Una hebra de sangre nueva le baja hasta la muñeca y se le pierde bajo el reloj.

—¿Viste a alguien entrar? —pregunta.

—No.

—¿Salir?

—No.

—¿Oíste un nombre?

Trago saliva. El nombre que oí fui yo misma, dicha como trampa.

—Solo oí el disparo. Y su voz. Dijo que nadie de esta casa abriera la boca.

Una comisura se le mueve. No es una sonrisa. Es el reconocimiento de que, al menos, no miento con torpeza.

—Y aun así abriste la tuya —murmura—. Con los pies descalzos. Como si esta casa fuera tuya.

—Perdón. No volverá a pasar. Yo solo… mi mamá está enferma. Yo vine a trabajar. No vine a…

Se me quiebra la frase. Odio que se me quiebre. Odio que use a mamá como escudo, pero es lo único verdadero que tengo y lo pongo delante de mí como se pone una silla entre el cuerpo y un perro.

Mateo inclina la cabeza. Esa inclinación otra vez. Anota.

—Teresa Navarro. Diálisis. Tres veces por semana. La deuda original era de tu padre, que se murió debiendo más de lo que valía su apellido. Nosotros condonamos una parte. Tú eres el resto.

Me quedo fría. Claro que lo sabe. En esta casa no se contrata a nadie sin abrirle la vida como un cajón.

—Entonces entiende —continúa, y da otro paso, ahora tan cerca que el calor de su pecho me alcanza la cara—. Si hablas, no te mato primero. Primero se acaba la máquina. Después el cuarto de tu madre. Después tú. En ese orden. Es más limpio. La gente habla menos cuando le van quitando las razones de una en una.

El miedo me baja a las rodillas. No lloro. Me niego. El llanto en esta habitación sería otra forma de abrirle la puerta.

—No voy a hablar —digo. La voz me sale más firme de lo que esperaba—. No vi nada. No oí nada. Mañana frego el vestíbulo y bajo la cabeza.

Él me estudia en silencio. Un segundo. Tres. Diez. El reloj del escritorio no se oye; o se oye demasiado. Su respiración me toca la frente. Huele a lluvia vieja y a alcohol caro y a algo quemado. Yo huelo a jabón de servicio y a sudor frío. Entre los dos hay un palmo. Menos.

Levanta la mano.

No me pega. Me recoge un mechón que se me ha pegado a la boca y lo aparta con dos dedos, como quien quita una mota de un traje. El roce es mínimo. Me atraviesa igual. Se me cierra la garganta. Se me abre, más abajo, un calor vergonzoso que no debería existir en una habitación con sangre en la alfombra.

—Tienes los ojos muy abiertos para alguien que no vio nada —dice, casi en voz baja.

—Tengo miedo.

—El miedo se nota en la boca. Tú la tienes prieta. Eso no es solo miedo.

No sé qué responder. Si hablo, me delato. Si callo, también. Él suelta el mechón. Los dedos le quedan un instante en el aire, cerca de mi mejilla, y después caen.

Se aleja de golpe, como si el contacto lo hubiera ofendido a él y no a mí. Camina hasta el escritorio, abre un cajón, saca un paño oscuro y se limpia los nudillos con una calma irritante. La sangre nueva mancha la tela. No mira la herida. Mira el vaso. Lo deja donde está.

—Desde mañana no fregas el vestíbulo —ordena.

El corazón se me dispara, estúpido, hacia el despido.

—Señor, yo…

—Sirves el ala este. Mi habitación. Este estudio. El pasillo que conecta. Rosa te da las llaves que necesitas y ninguna más. No entras al oeste. No abres lo que esté cerrado. Y si vuelves a aparecer descalza a las dos de la mañana, no voy a preguntarte qué oíste. Voy a decidirlo yo.

Trago.

—¿Por qué yo?

Por fin me mira de frente, y esa es la primera vez que entiendo del todo la diferencia de altura, de mundo, de derecho a existir.

—Porque ya me viste la cara después de un disparo —responde—. Eso no se destaña. O te tengo cerca, donde puedo contar tus silencios, o te desaparezco. Hoy estoy cansado. Hoy elijo lo primero.

Un golpe en la puerta nos corta.

—Don Mateo.

La voz es de hombre. Grave. Del otro lado.

Mateo no aparta los ojos de los míos cuando responde:

—Espera.

A mí, más bajo:

—Sales por esa puerta. Subes a tu cuarto. No enciendes la luz. Si Rosa pregunta, se te destornilló una cañería y bajaste. Si Tomás pregunta… —se detiene, y el nombre me queda sonando, nuevo, peligroso—. Si Tomás pregunta, no le contestas. A él no le debes ni “buenos días”.

Asiento. El picaporte a mi espalda vuelve a existir. Él no se mueve para abrirme. Tengo que girarme, darle la nuca, sentir su mirada en el punto exacto donde el pelo se me abre. Lo hago. El cerrojo gira. El pasillo está oscuro otra vez.

Doy un paso afuera.

El hombre del otro lado es alto, de traje gris, la corbata todavía hecha a las dos de la mañana. Tiene la cara de quien no se sorprende de nada y, aun así, se le frunce el entrecejo cuando me ve: descalza, temblando, saliendo del estudio del Don. Nuestros ojos se cruzan un segundo. En el suyo hay una pregunta que no se dice delante del jefe.

—Tomás —dice Mateo, detrás de mí, y el nombre encaja—. Adentro.

Yo no corro. Caminar despacio es otra forma de no parecer culpable. Subo la escalera de servicio con las plantas pegajosas de frío. En el segundo piso, una puerta se entreabre: Rosa, el moño deshecho, los ojos hinchados de un sueño corto. Me ve. Cierra. No pregunta. Esa mujer ha cerrado muchas puertas en su vida.

En mi cuarto me siento en el borde de la cama y me miro las manos. Me tiemblan. Me las aprieto entre las rodillas hasta que duelen. La foto de mamá sigue en el velador, sonriendo con una inocencia que ya no me pertenece.

No duermo.

Cuando el cielo empieza a aclararse, me lavo la cara con agua helada, me recojo el pelo, me pongo el uniforme como una armadura barata. En el espejo del baño compartido soy otra vez Elisa Navarro, la nueva. Nadie diría que hace tres horas un hombre con sangre en la camisa me apartó el pelo de la boca.

A las seis Rosa está en la cocina. Me tiende un llavero pequeño. Tres llaves. El metal está tibio de su palma.

—Ala este —dice, sin preámbulo—. Sábanas, polvo, bandeja del desayuno. No hables. No preguntes por qué te cambiaron. Y si ves algo que no entiendes, Elisa, tu trabajo es no entenderlo mejor.

—Sí, señora.

Ella me sostiene la mirada un segundo más de lo necesario.

—Anoche el ala oeste tuvo visitas. Hoy no las tiene. Eso es todo lo que necesitas saber.

Asiento. El pan se me queda seco en la boca. Como de pie, otra vez, junto a la ventana. El hombre del garaje ya no está. En su lugar hay un auto negro con el motor aún caliente y el maletero cerrado con un candado que no llevaba ayer.

Subo al ala este con la bandeja: café negro, pan, un vaso de jugo que nadie va a tocar. La habitación de Mateo Aldunate es amplia, en penumbra, las cortinas apenas entreabiertas. La cama está deshecha de un solo lado. Huele a él: esa lluvia, esa sombra. Sobre el respaldo hay una camisa blanca. En el suelo, junto a la mesita, los zapatos de anoche, todavía con barro.

Dejo la bandeja. Empiezo por las ventanas, de espaldas a la cama, el pulso demasiado alto para sacudir un simple cortinaje.

—No pongas el jugo.

La voz viene del umbral del baño.

Me vuelvo demasiado rápido. Él está ahí, el pelo mojado, una toalla oscura a la cintura, el pecho desnudo con una contusión violácea bajo la costilla derecha. No es una herida de bala. Es el golpe de alguien que forcejeó y perdió. El agua le corre por la clavícula. Me quema la cara. Bajo la vista al suelo, tarde.

—El jugo se pone rancio —añade, como si no acabara de aparecérseme medio desnudo—. Café. Nada más. Y no mires lo que no te corresponde. Otra vez.

—Perdón.

Camina hacia el armario. No se cubre. No tiene por qué. Esta habitación es suya; yo soy el mueble que deja el café. Oigo el roce de la tela cuando se pone los pantalones. Oigo el cinturón. Cada sonido me llega más nítido de lo que debería.

—Rosa te explicó las llaves.

—Sí, señor.

—Hay una cuarta que no te dio. Está en el cajón de arriba de mi escritorio. No la busques.

—No la buscaré.

Se abrocha la camisa despacio. Los botones. El cuello. Cuando llega a los puños, se detiene. Los nudillos todavía están abiertos.

—Ven.

La palabra me atraviesa.

Me acerco. Él tiende la mano herida sobre el escritorio, la palma hacia abajo, como quien no pide ayuda y aun así la ordena. En una bandeja de plata hay algodón, alcohol, una tira de gasa. No sé en qué momento las dejaron ahí. O sí lo sé: esta casa anticipa la sangre con la misma naturalidad con la que anticipa el café.

Humedezco el algodón. El olor a alcohol pica. Tomo su mano. Está caliente. Pesada. Las venas se le marcan cuando aprieto un poco para limpiar el corte. Él no se queja. Me mira a la raya del pelo, no a los ojos, como si mirarme a los ojos ahora fuera más peligroso que el disparo.

—Tienes pulso de pájaro —dice.

—Tengo frío.

—No tienes frío.

El algodón se pone rosado. Envuelvo la gasa. Mis dedos tropiezan con los suyos. Un segundo. Él no los retira. Yo tampoco, hasta que termino el nudo y me suelto como quien suelta una olla caliente.

—Puedes irte.

Asiento. Recojo la bandeja del jugo. En la puerta, cuando ya creo que el aire va a volver a ser aire, su voz me alcanza la espalda:

—Elisa.

Me detengo. No me vuelvo del todo.

—Anoche elegí no desaparecerte. Eso no es bondad. Es una deuda nueva. Las mías se cobran. No lo olvides cuando te tiemble otra vez la boca.

Salgo.

El pasillo del ala este está en silencio. Bajo con la bandeja temblando. En el primer descanso de la escalera está Tomás. El de la corbata a las dos de la mañana. Me bloquea el paso sin tocarme, las manos en los bolsillos, la mirada que no pregunta: afirma.

—Anoche saliste de su estudio —dice, bajo—. El Don no deja testigos. Si tú sigues respirando, es porque te necesita para algo. Averigua qué. O averígualo yo.

Pasa de largo. Me deja el olor a tabaco y a colonia barata.

En la cocina, Rosa me arrebata la bandeja y, al ver la gasa usada entre las tazas, aprieta la boca.

—Vendó al señor.

No es una pregunta.

—Sí.

Ella cierra el cajón de los cuchillos con un golpe seco.

—Entonces ya no eres la nueva, Elisa. Eres un problema con uniforme. Y los problemas, en esta casa, o se casan con el silencio… o se los lleva el auto del maletero cerrado.

Afuera, en el patio, ese auto arranca.

No voy a la ventana. No hace falta. El motor se aleja hacia el oeste, hacia la parte de la casa donde anoche hubo un disparo, una sábana blanca y una puerta que Mateo Aldunate me prohibió abrir.

En el bolsillo del delantal, contra el muslo, siento el peso de las tres llaves.

Y, más hondo, el recuerdo de una cuarta que no debo buscar.

Mis dedos, traidores otra vez, ya están pensando en el cajón de arriba del escritorio.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo